X CONGRESO NACIONAL DE FONDOS DE
EMPLEADOS
Santa marta, Colombia, 19 – 22
de Mayo de 2005.
Por Dr. Pablo Guerra[1]
En primer lugar quisiera
agradecer especialmente a Analfe por la invitación que se nos formulara para exponer en este importante Congreso, y a su
vez felicitar a los organizadores por la pertinencia de los temas seleccionados
para la discusión y reflexión por parte de los participantes.
Esta vez se nos ha pedido hacer
una exposición sobre el tema de la solidaridad, y para ello hemos preferido
enmarcar la temática en sus dimensiones socioeconómicas. Tal delimitación
obedece, en primer lugar, a mi particular experiencia e investigación en estas
materias, y en segundo lugar, a que sin dudas los fondos de empleados nacen y
se desarrollan, como Uds. comprenderán por ser testigos directos, en el marco de estas específicas dimensiones
de la solidaridad.
Vayamos por partes, mientras
lentamente vamos exponiendo sobre los ejes centrales de nuestra ponencia.
Cuando nos referimos a la dimensión socioeconómica de la solidaridad estamos
haciendo referencia a dos recortes bien diferenciados.
En un primer sentido, muy amplio
del término, las dimensiones socioeconómicas se refieren a un particular
recorte desde el punto de vista de los enfoques disciplinarios así como de las
esferas de la realidad que apuntamos abordar específicamente.
Ahora bien, desde un segundo
punto de vista, intentamos dar un paso más, y cuando nos referimos a la
socioeconomía no solo hacemos referencia a dos dimensiones de la realidad, sino que nos referimos a un enfoque
específico entre tantos posibles dentro de las ciencias sociales y las
corrientes del pensamiento contemporáneo. La socioeconomía pasa a ser desde
nuestro punto de vista, una nueva disciplina, o mejor dicho, un nuevo
paradigma, hermanado al pensamiento comunitarista, y que al decir de Amitai
Etzioni, uno de sus grandes impulsores, parte de cuatro premisas fundamentales:
1.
Las
personas no son entendidas como seres calculadores, caracterizables por su
racionalismo, sangre fría y propio interés;
2.
La modificación del argumento de la
racionalidad;
3.
La
imbricación societal del mercado, y el consecuente papel en él de las
instituciones y el poder político; y
4.
El
incremento de elementos empírico – inductivos en el estudio del comportamiento
económico[2].
El concepto de la solidaridad
tan central es al paradigma socioeconómico, que desde hace varios años venimos
insistiendo en el concepto de “socioeconomía de la solidaridad”[3]
para dar cuenta de las numerosas experiencias económicas caracterizadas por
producir, consumir, distribuir, ahorrar o acumular con sentido solidario.
Sin duda que el principal
contrareferente de estas orientaciones, desde el punto de vista teórico,
proviene del liberalismo individualista. Como Uds. saben, el liberalismo
individualista inicia sus primeras elaboraciones en las fases previas de la
expansión económica generada por la Revolución Industrial, de fines del Siglo
XVIII. En este marco histórico comienzan a desenvolverse motivaciones
económicas ajenas a las costumbres más arraigadas en las diferentes
civilizaciones humanas anteriores a la implantación de las economías de
mercado. El ensalsamiento de los comportamientos individuales en contraposición
del comportamiento colectivo; la búsqueda del mayor lucro posible en
contraposición de la ganancia justa; las motivaciones economicistas en
oposición a las motivaciones sociales; en fin, la elevación del homo oeconomicus como clave para
comprender los comportamientos no solo en el plano estrictamente comercial,
sino además en los otros planos de la vida, son solo algunos de los ejemplos de
cómo se pasa de una economía subsumida a los valores sociales, hacia una
sociedad dominada por comportamientos económicos.
Justamente, los siglos XVII, y
sobre todo XVIII, serían testigos de las primeras elaboraciones individualistas
que descarnadamente señalaban no solo que la economía funcionaría mejor sin
referencia moral alguna, sino que además, agregaban, no había nada mejor para
la lógica del mercado, que comportarse de manera inmoral, esto es, basado en
verdaderos antivalores, como es el caso del egoísmo o la avaricia.
Ya no se trata de “alcanzar la
gloria”, como bien dice Hirschman[4],
refiriéndose a la meta personal que guiaría a muchos durante tanto tiempo, una
virtud destacada especialmente –aunque no solo- entre los caballeros de la Edad
Media. Ahora más bien, la meta pasa a ser el mayor enriquecimiento posible,
temática que Max Weber trabajara especialmente en su investigación sobre la ética protestante y el espíritu del
capitalismo; dejando atrás la condena que San Agustín realizaría sobre el ansia
del dinero, o la que más adelante hiciera el Concilio Lateranense sobre la
usura. Diría Helvecio sobre este
particular momento histórico que,
“Igual que el mundo
físico es gobernado por las leyes del movimiento, así el universo moral es
gobernado por las leyes del interés”.
En el plano estrictamente
económico, fue Adam Smith quien más contribuyó a esta idea, haciendo ya famoso
aquel pasaje de su Riqueza de las
Naciones, donde señalaba que
“No esperamos nuestra comida de la benevolencia del carnicero, del cervecero o del panadero; la esperamos del cuidado que ellos tienen de su propio interés. No nos dirigimos a sus sentimientos humanitarios, sino a su amor de si mismos, y jamás les hablamos de nuestras necesidades sino de las ventajas que ellos sacarán”.
Friedrich
Hayek, verdadero maestro de los
neoliberales contemporáneos
continúa en esta línea, parapetando al mercado como principio ético. Dice
Hayek:
“La popularidad de la idea según la cuál siempre es mejor
cooperar que competir, demuestra el general desconocimiento de la verdadera
función orientadora del mercado. La cooperación, al igual que la solidaridad,
sólo son posibles si existe un amplio consenso, no solo en cuanto a los fines a
alcanzar, sino también en lo que atañe
a los medios a emplearse. En los colectivos de reducida dimensión ello es
realmente posible, pero difícilmente lo es cuando de lo que se trata es
adaptarse a circunstancias desconocidas. Ahora bien, es en esta adaptación a
lo desconocido en lo que se apoya la
coordinación de los esfuerzos en un orden extenso. La competencia no es otra
cosa que un ininterrumpido proceso de descubrimiento, presente en toda
evolución, que nos lleva a responder
inconscientemente a nuevas situaciones.
Es la renovada competencia, y no el consenso, lo que aumenta cada vez más
nuestra eficacia”[5]. De esta
manera, al defender el “orden extenso”, descalifica el valor de la justicia
social. En “Nuestra Herencia Moral”, por ejemplo, esperaba que quienes hablaran
de justicia social sintieran “una vergüenza insoportable al utilizar su
término”.
Desde
la socioeconomía de la solidaridad, sin embargo, pensamos distinto. Nosotros
creemos que los valores morales y éticos forman parte de la economía, tanto en
el plano teórico como en el de las prácticas concretas.
Gracias a la existencia de esos
valores morales, es que nuestros mercados no son puramente el reflejo del
comportamiento individualista y de competitividad desenfrenada. Nuestros
mercados, también incorporan los lazos de solidaridad, tanto aquellos tejidos
desde la sociedad civil, como aquellos desarrollados desde la intervención
pública estatal.
Es muy obvio, y sin embargo hay
que repetirlo hasta el cansancio, que no siempre nos comportamos de manera fría
y calculadora. Hay autores incluso, que en el afán de trasladar sus erróneos
análisis en el campo económico al resto de los campos sociales, nos hacen
creer, por ejemplo, que la propensión a casarnos y tener hijos es función de x
cantidad de factores medibles. Es así que Gary Becker nos habla de “mercados
conyugales”, o “distribución de productos maritales”, en una esfera de nuestras
vidas donde justamente correspondería señalar que buena parte de nuestros actos
nada tienen que ver con la medición y el cálculo, sino con el amor y el
compartir.
Nuestra postura en estas materias es que la racionalidad instrumental
no es suficiente para explicar todas las acciones económicas, y que es inmoral
pretender aplicarla al resto de las actividades humanas.
En este punto nuestro marco teórico entronca con el comunitarismo de
Etzioni, que distingue entre el Rational
Economic Man y el Socio Economic
Person, y pone en un mismo pie de igualdad la razón, con los valores y las
emociones. Desde este punto de vista, múltiples actividades relacionales de
nuestras vidas cotidianas no terminan “satisfechas” (en el sentido utilitarista
del placer) sino ennoblecidas. Solo así comprenderíamos en su cabalidad, por
ejemplo, el dar por sobre el recibir. Siguiendo esta misma línea de
razonamiento, decimos que el peor peligro que encierra el neoliberalismo es
pretender ya no solo una economía de mercado, sino además una sociedad de
mercado. Desde nuestro punto de vista, es legítima y deseable la economía con
mercado (funcionando éste de manera democrática y en vista a promover la
justicia social); pero es perverso invadir el campo de lo relacional y social
con los criterios mercantilistas. Un buen indicador de salud social es
descubrir, en tal sentido, cuántas cosas aún no pueden ser compradas por el
dinero en cada uno de nuestros países; así como saber cuántas necesidades puedo
satisfacer por medio de organizaciones comunitarias y de raíz solidaria, como
es el caso de los Fondos de Empleados en Colombia.
Y es justamente aquí donde
quisiera doblar la apuesta y señalar que el amor y el compartir tienen no solo
una muy alta incidencia en los asuntos familiares, sino también en los más
estrictamente comerciales.
Lamentablemente la ciencia
económica aún está en pañales en estos asuntos, y le dedica muy pocos esfuerzos
al papel que la ayuda mutua, la reciprocidad, o las donaciones tienen en
nuestros mercados. “A lo largo de mi
vida me han ofrecido muchas cosas gratuitas... y no solo en mi primer año de
existencia”, sentenciaba Paul Samuelson en un artículo de 1974[6]. El citado autor en otro artículo publicado por Newsweek un año antes de ser merecedor del premio Nobel de economía
(1970) contradiciendo según él, las enseñanzas recibidas en la Universidad de
Chicago, negaba el principio de que todo
tiene precio: “¿No hay nada gratuito?. Qué disparate. Una ley científica con solo cuatro billones de
excepciones (N de R: hoy deberíamos decir seis billones de excepciones). Si
fuese verdad eso, ningún miembro de la
especie humana sobreviviría ni siquiera una semana”[7].
Samuelson de esa manera pasa a legitimar el uso de la
palabra amor en el análisis económico: “Me refiero, por supuesto, al amor no en
el sentido griego de eros, sino más bien de ágape, que se define como `amor
espontáneo y altruista que se expresa
libremente sin cálculo de coste o de ganancia para quien lo otorga o de mérito en quien lo recibe´”. Con esto, se distancia de la doctrina más recibida por
los economistas, heredera de Smith, según la cual, en palabras de Samuel
Butler, “el mundo lo gobernará siempre el egoísmo del propio interés”. “¿Qué es
lo que economizan los economistas?”, preguntó alguna vez Sir Dennis Robertson. Amor, fue su sorprendente respuesta.
La tesis que defendemos quienes
nos movemos en el marco de una socioeconomía solidaria, es que la economía debe dar entrada a todas las lógica
alternativas; y que el egoísmo es tanto parte del mercado como también lo son
el altruismo, la reciprocidad, la ayuda mutua y el amor, entre otros. Todos
estos valores hacen al papel que la solidaridad tiene desde el punto de vista
socioeconómico, y todas las organizaciones de la economía solidaria seguro que
recogen varios de estos elementos como constitutivos de su forma de ser.
A nuestro criterio, la
solidaridad presenta dos grandes acepciones, cada una de las cuáles, como se
verá, resultan de fundamental importancia para delimitar las esferas de acción
de las economías solidarias:
Primera acepción.
Etimológicamente, el concepto de
solidaridad proviene del latín “solidum” (sólido) para hacer referencia a algo
que está integrado.
Desde este punto de vista la
solidaridad se entiende como hacer algo en conjunto, con espíritu comunitario y
asociativo.
Segunda acepción.
En segundo término, se asocia a
la solidaridad con el altruismo, para distinguir aquellas acciones que se hacen
no en beneficio propio, sino en beneficio de un prójimo.
Atendiendo a las dos acepciones anteriores,
podemos decir que la economía de la solidaridad incluye todas aquellas experiencias comunitarias donde se
comparten medios y beneficios (caso de las comunidades de trabajo, las empresas
autogestionadas, cooperativas, mutualidades, etc.); como aquellas otras que
explícitamente tienen como referencia en los resultados económicos no solo los
propios intereses, sino también –en un mismo o superior rango- los de terceros
beneficiados (como ocurre con las corrientes de comercio justo, fondos de inversión
ética, etc.).
Concluyendo.
La solidaridad es un término que
puede acabar muy fácilmente desgastado si no le incorporamos teoría y no le
damos una dirección correcta. Lo mismo sucede, por ende, con el concepto de
economía de la solidaridad, de lo que se deduce la importancia de desarrollar
una correcta teoría que le de sustento e identidad.
Desde el punto de vista
socioeconómico, la solidaridad pasa a concebirse fundamentalmente como un
concepto arraigado en clave comunitaria, que incorpora valores morales como la
reciprocidad, la ayuda mutua, y la cooperación; y que pretende a su vez
rescatar el papel que el altruismo y el amor tienen en nuestros actos más
cotidianos, incluyendo los actos económicos en todas sus variantes, plasmándose
en categorías analíticas específicas.
En estas materias, el discurso
de la solidaridad no solo posibilita tomar conciencia sobre las
particularidades de un sector
determinado de nuestras economías, sino que además permite construir una
ciudadanía activa y participativa, orientada a la consecución de un desarrollo
humano integral donde el “qué hacer” tenga al
menos el mismo rango de importancia que el “cómo hacerlo”. Y en este
último sentido la respuesta no será, como lo sueñan algunos, una de carácter
individualista y con sentimientos ajenos al bien común, sino una respuesta que
haga hincapié en el “entre todos”, aportando cada uno según sus talentos.
Muchas gracias
[1] Uruguayo. Sociólogo. Profesor en la Universidad de la República y Universidad Católica del Uruguay. Investigador en economías solidarias. Autor de 11 libros y numerosos artículos publicados en diversos países de América y Europa. Consultor del PNUD, de Cinterfor – OIT, y de diversas organizaciones sociales del Uruguay y la región. Coordinador de la Asociación Iberoamericana de Comunitaristas.
[2] Cfr. Etzioni, A. en Prólogo de Pérez Adán, J.: Socioeconomía, Madrid, Trotta, 1997.
[3] Cfr. Guerra, P.: Socioeconomía de la Solidaridad, Montevideo, Nordan, 2002.
[4] Cfr. Hirschman, A.: Las pasiones y los intereses. Argumentos políticos a favor del capitalismo previos a su triunfo, Barcelona, Península, 1999.
[5] Cfr. Hayek, F.: La fatal arrogancia. Los errores del socialismo, Madrid, Unión Ed., 1990; citado por Rebellato, J.: La encrucijada de la ética, Montevideo, Nordan, 1995, p. 24.
[6] Cfr. Samuelson, P.: “Economía Navideña”, Newsweek, 30 de Diciembre de 1974, en Economía desde el corazón, Barcelona, Orbis, 1984, p. 16.
[7] Cfr. Samuelson, P.: “Amor”, Newsweek, 29 de Diciembre de 1969; en Idem. ant., p. 19.