CORRIENTES DEL PENSAMIENTO CONTEMPORANEO (X)

Nuevos aportes latinoamericanos al acervo mundial: la pedagogía liberadora, la teología de la liberación y la economía de la solidaridad.

 

La pedagogía liberadora.

 

En los años setenta el pedagogo Paulo Freire, oriundo de Recife – Brasil, marcaría un jalón importante en las ciencias de la educación al proponer una nueva mirada sobre cómo trabaja la cultura dominante para legitimar ciertas relaciones sociales.

Entre las obras de Freire destacan La educación como práctica de la libertad (1967) y Acción cultural para la libertad (1970). En estos y otros textos, se parte de una mirada dialéctica de la cultura, según la cuál, ésta no solo contiene una forma de dominación, sino además las bases para que los oprimidos puedan interpretar la realidad y transformarla según sus propios intereses. Para comprender este fenómeno, el autor recurre a ciertas nociones básicas y hasta entonces escasamente utilizadas en el lenguaje de la pedagogía, como es el caso del poder, la concientización, ideología, emancipación, etc.

Estas ideas han contribuido a criticar los mecanismos más usualmente utilizados en política de alfabetización, en tanto reducen los procesos de lectura, escritura y pensamiento  a meras técnicas alienantes que no solo ignoran la cultura del oprimido, sino que además contribuyen a fortalecer las ideologías dominantes. En tal sentido, numerosas experiencias populares de educación en todo el mundo han basado su método en las elaboraciones de Freire.

 

 

La teología de la liberación.

 

Otro de los aportes sobresalientes del pensamiento latinoamericano tuvo lugar en el marco de las elaboraciones teológicas, en este caso con amplias repercusiones en las ciencias sociales así como en la realidad social: nos referimos a la teología de la liberación.

 

La teología de la liberación nace en el marco de una serie de cambios muy significativos de la Iglesia Latinoamericana, sobre todo luego del Concilio de Medellín (1968), que harían hincapié en la necesidad de lograr un mayor compromiso de los cristianos con el cambio social. En ese marco, numerosos teólogos entre quienes el más representativo es Gustavo Gutiérrez, comienzan a buscar cierta secularización de la esperanza cristiana intentando quebrar una tendencia muy manifiesta en ciertos cortes conservadores de la Iglesia, en el sentido de ahistorizar el cristianismo. En 1968 escribía el sacerdote peruano: “Una teología de la liberación tendrá que responder en primer lugar, a esta pregunta: ¿hay alguna relación entre construir el mundo y salvarlo?... se trata de un proceso de liberación humana, de emancipación del hombre en la perspectiva de la fe...”.

 

Estas ideas, luego recogidas por numerosos teólogos fundamentalmente latinoamericanos, entre quienes el uruguayo Juan Luis Segundo, terminarían por generar una verdadera corriente teológica (no exentas de diferencias según el autor que se trate)

encarnada en la realidad social del continente más desigual del mundo.

 

La idea fundamental de esta teología es que Dios libera al hombre en todos los planos, inclusive el social. Es así que el relato bíblico incluye hechos históricos concretos donde Dios intercede a favor de la justicia social y la liberación de su pueblo, caso del Exodo, el regreso del exilio de Babilonia, la figura del Jubileo, la labor de los Profetas, etc. Apoyados en esta idea central, los teólogos de la liberación procuran una lectura más integral de la relación entre religión y sociedad. Es así que apoyan sus elaboraciones con las de las ciencias sociales (de allí el vínculo que han tenido con ciertos instrumentos del método marxista utilizados por algunos teólogos), mostrando especial interés por la práxis liberadora.

 

Así otra de las nociones fundamentales es la  de la esperanza de “un nuevo cielo y una nueva tierra”, entendidos no como un horizonte sobrenatural, sino como una realidad que está parcialmente presente en la historia. Estas ideas tienen como antecedentes las elaboraciones teológicas europeas de Moltmann o Metz, influídas por el texto El Principio Esperanza (1956) del filósofo de origen marxista, Ernst Bloch.

 

Además de los citados Gutiérrez y Segundo, cabe mencionar otros autores de relevancia como Leonardo Boff, Hugo Assmann, Jon Sobrino, Giulio Girardi, o el recientemente designado asesor presidencial de Lula en Brasil, Frei Betto.

 

Economía de la Solidaridad.

 

La idea según la cuál además del sector capitalista y estatal de nuestras economías, existe un tercer sector con una racionalidad propia de carácter solidario, tiene antecedentes muy lejanos en el tiempo, entre los cuáles, notoriamente los vinculados a la doctrina cooperativista, surgida por la labor de los pioneros de Rochdale (Inglaterra) en el año 1848.

 

Sin embargo, la elaboración teórica más fina, recurriendo a un análisis científico riguroso de estas ideas, nace en Latinoamérica junto al término “economía de la solidaridad” que terminaría generalizándose en todo el mundo. Concretamente nace con las elaboraciones de Luis Razeto en Chile, sobre comienzos de los años ochenta.

 

Más allá de sus orígenes, la economía de la solidaridad, desde sus vertientes latinoamericanas, explica la activación económica de ciertos grupos sociales, comunidades de trabajo, cooperativas y organizaciones populares que deciden producir, consumir, acumular y distribuir con racionalidades e instrumentos alternativos a los que hegemonizan en nuestros mercados.  Por ejemplo, mientras que una empresa capitalista se caracteriza por ser dirigida por el factor capital, una empresa alternativa se caracterizará por estar dirigida por el factor trabajo o el factor C (con este nombre se individualizan los factores comunitarios que inciden económicamente en la gestión de numerosos emprendimientos solidarios). Mientras que la racionalidad empresarial capitalista conduce en el mejor de los casos a pagar de acuerdo a la produtividad de los factores, la racionalidad solidaria incorpora criterios sociales y de equidad. Así sucesivamente podríamos ir sumando diferencias entre la acción hegemónica y la acción alternativa.

 

A raíz de estas elaboraciones numerosas organizaciones sociales y populares, además de sindicales, se han dedicado a fortalecer esas experiencias económicas alternativas. Cabe mencionar, por ejemplo, la importancia que han tenido en los últimos años en la región, las empresas recuperadas por los trabajadores, convertidas en experiencias autogestionarias.

 

Recuadro: La potencialidad de las economías alternativas y solidarias

 

“Es importante conocer las múltiples formas de organizar las actividades económicas, tanto a nivel de empresas singulares como de conglomerados sectoriales, que se insertan a su vez en diferentes modelos económicos y de desarrollo. Tal conocimiento sirve para juzgar las formas económicas predominantes, y para optar consecuentemente por desarrollar aquellas alternativas que nos parezcan más adecuadas, necesarias o eficientes, en función de nuestros valores, aspiraciones e intereses.

 

En este contexto de crisis como el que vivimos, que afecta no solamente a las estructuras capitalistas predominantes sino también a los proyectos de transformación más difundidos, es especialmente necesario buscar y prestar atención a las experiencias alternativas; porque ellas aunque no siempre tengan una visibilidad o un grado de presencia significativa, contienen en si mismas aspiraciones e intenciones de ser elementos agentes de nuevos o renovados procesos de cambio social.

 

Identificar sus estructuras internas, sus modos de operación y funcionamiento, la manera en que se insertan en la economía y sociedad, sus tendencias de crecimiento y las potencialidades, nos permite descubrir posibilidades inéditas de acción que vale la pena explorar, envistas de construir una economía más humana, más justa, y solidaria”.

 

(Luis Razeto: Las empresas alternativas, Montevideo, Nordan, 2002).