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Corrientes del pensamiento contemporáneo (2)

El viejo liberalismo

 

Una corriente compleja.

 

Decimos que el liberalismo es una corriente especialmente compleja por varias razones. En primer lugar, es una corriente que ha influido en tres de las dimensiones fundamentales del pensamiento contemporáneo, esto es, la política, la filosofía y la economía. Se comprenderá entonces cuán complejo es unificar criterios entre postulados tanto de políticos como filósofos y economistas.

 

En segundo lugar, el liberalismo es una corriente que hunde raíces al menos en el siglo XVII, y que desde entonces ha venido desarrollando sus ideas hasta hoy en día. Esto hace que tengamos que distinguir viejos y nuevos liberalismos, agregando un nuevo elemento de complejidad.

 

En tercer lugar, el liberalismo se ha transformado en una corriente compleja por la simple constatación de que subsisten notorias diferencias internas entre sus adeptos. Por ejemplo,  así como en el siglo XVIII había liberales demócratas, hubo otros que jamás creyeron en el sufragio universal; en los tiempos que corren, por su lado, hay liberales que creen en las bondades de cierta intervención estatal y otros que persiguen un Estado de tipo laissez-faire.

 

Finalmente, y sin ánimo de descartar otras razones, el liberalismo se distingue  por ser una corriente más difusa que otras en cuanto no se la puede vincular a un autor determinado, sino a varias fuentes dispersas en el tiempo y en el espacio. Fruto de lo anterior, resulta que el liberalismo es quizá la corriente más compleja de todas las que iremos desarrollando en esta sección de “corrientes del pensamiento contemporáneo”.

 

No sorprende entonces que entre los propios liberales existan dificultades para ponerse de acuerdo acerca del alcance y los límites de sus propuestas. Para descomplejizar en algo este panorama, podemos hacer una primer distinción entre el viejo y nuevo liberalismo; así como entre liberalismo político y liberalismo económico. Estos distingos, sin embargo, no deben llevarnos a pensar que, por ejemplo, liberalismo político y liberalismo económico son dos corrientes disímiles. Más bien creemos que tienen una raíz en común, como veremos luego.

 

Por lo demás, en esta ocasión nos detendremos en el viejo liberalismo, esto es, en sus orígenes y primer desarrollo. En otra ocasión nos referiremos al neo-liberalismo.

 

Origen y características.

 

El liberalismo irrumpe en la historia de las ideas, con el afán de poner límites al totalitarismo y abuso del poder centralizado de los estados absolutistas que habrían caracterizado a las monarquías europeas, sobre todo hasta la Constitución Inglesa primero y la Revolución Francesa luego. Asoman como particularmente importantes en tal sentido, las obras de John Locke (1632-1704) y el varón de Montesquieu (1689 – 1755). El primero, en medio de la fermental polémica sobre los alcances de la soberanía popular y formas de gobierno en la Inglaterra del Siglo XVII, haría hincapié en su Tratado sobre el Gobierno Civil (1690), en el concepto de la soberanía popular, la libertad religiosa y la separación entre Iglesia y Estado, rechazando el Derecho Divino y las prerrogativas de un Estado totalitario. El segundo mientras tanto, en El espíritu de las Leyes (1748) abogaría por algunas instituciones fundamentales en la Declaración de Derechos del Hombre, como ser la separación de los poderes y el rol de los cuerpos intermedios.

 

Estas posturas serán reforzadas por notorias voces del siglo XVIII que defenderán los derechos individuales y la libertad en todas sus expresiones, principios básicos que distinguieron desde entonces a todo liberal. Es en estas materias que comienzan a vincularse los principios políticos y económicos del liberalismo, en el marco de las primeras transformaciones ocurridas con la revolución industrial. Voltaire, por ejemplo, en sus Lettres anglaises señalaría categóricamente que “el comercio, que ha enriquecido a los ciudadanos de Inglaterra, ha contribuído a hacerlos libres, y esta libertad a su vez ha dilatado el comercio, formándose así la grandeza del Estado”. He aquí la esencia del liberalismo económico y político: la libertad de comercio y la libertad del individuo van de la misma mano, y se transforman en palanca del bienestar general.

 

La exacerbación de los beneficios de la libertad individual, conduce luego a fomentar ciertas conductas egoístas. El utilitarismo liberal ha sido muy preciso en ese sentido. Mandeville, por ejemplo, en su Fábula de las Abejas (1723), concluye que los vicios de los individuos son un beneficio para la sociedad: si todos nos comportamos de forma egoísta e individualista, la sociedad en su conjunto será la beneficiada. Se comprenderá como estas ideas han contribuído a desarrollar el actual neoliberalismo. Otros autores que siguieron esta lógica son Sir James Stewart, Jhon Millar,Vico, o el más conocido Adam Smith.

 

Efectivamente, será Adam Smith (1723 – 1790), quien mejor desarrollara los principios del liberalismo económico. En su célebre obra de 1776, Ensayo sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones, sentaría las bases de la visión liberal de las ciencias económicas, al hacer hincapié en la concurrencia entre el interés individual y el interés general, la propiedad privada, y el origen de la riqueza por medio de la división del trabajo. “No esperamos nuestra comida de la benevolencia del carnicero, del cervecero o del panadero; la esperamos del  cuidado que ellos  tienen de su propio interés. No  nos dirigimos a sus sentimientos humanitarios, sino a su  amor de si mismos, y jamás les  hablamos de nuestras necesidades sino de las ventajas que ellos sacarán”.

 

Estas ideas entonces, que vinculaban con especial hincapié los derechos individuales junto a la libertad en todas sus manifestaciones –incluídas las económicas-, impulsadas primero por algunos aristócratas y luego por la fortalecida burguesía industrial y comercial, se transformarían en la corriente más importante del Siglo XIX. En tal sentido, el liberalismo tuvo un particular suceso en la organización sociopolítica y económica de Europa, de los Estados Unidos de América, y también de nuestro continente latinoamericano.

 

Conviene precisar sin embargo, que la absoluta libertad en materia económica sin intervención del Estado (doctrina del laissez faire – laissez passer), puesta en funcionamiento claramente en los mercados internos del trabajo sobre mediados del siglo XIX,  solo generaría un enorme caos social y aumentos de la pauperización, lo que condujo nuevamente a replantear la necesidad de las regulaciones por parte incluso de algunos liberales.

 

A eso debemos sumar que si bien se propugnaba la menor intervención posible del estado al interior de las economías, el Siglo XIX se caracterizó por políticas de férreo proteccionismo en materia de comercio exterior por parte de las naciones más ricas.

 

 

 

Recuadro:

 

El liberalismo a la defensiva...

 

“Ya en la década de 1830, el Parlamento inglés había empezado con vacilaciones a promulgar leyes fabriles regulando las horas y las condiciones de trabajo, aunque toda esa legislación limitaba la libertad de contratación, y era pues contraria no solo a la tendencia de la primera legislación liberal sino también a la teoría generalmente sostenida de lo que debía ser la política liberal.

 

A medida que avanzaba el S. XIX, el volumen de la legislación social creció gradualmente hasta que, en opinión de observadores competentes, a fines del tercer cuarto del siglo, el Parlamento había descartado efectivamente al individualismo como su principio orientador y había aceptado el colectivismo.

 

 

El liberalismo, tal como se había entendido, estaba a la defensiva y, mediante una curiosa anomalía, la legislación promulgada en interés del bienestar social y, por lo tanto, de la mayor felicidad, iba en contra de las ideas liberales aceptadas”.

 

(George Sabine: Historia de la teoría política, Cap. XXXI.)