Corrientes del Pensamiento Contemporáneo (VIII)
Fascismo y Nacionalsocialismo
El fascismo y el nacionalsocialismo son dos corrientes del pensamiento que debemos ubicar precisamente en el espacio y tiempo. En concreto, representan la inspiración teórica de los regímenes totalitarios encabezados por Hitler en Alemania y Mussolini en Italia, en los preámbulos y desarrollo de la II Guerra Mundial.
Esta primer precisión nos servirá para despejar dudas. A nuestro entender, si bien es comprensible que muchas personas hablen de “Fascismos” en plural, incluyendo bajo este rótulo numerosas experiencias totalitarias, lo cierto es que preferimos la precisión en los términos, y rechazamos la idea de un fascismo genérico. Es así entonces que corresponde distinguir las bases teóricas y doctrinarias de los regímenes que en su momento desarrollaran Hitler por un lado y Mussolini por otro. Ambos tienen en común haber sido regímenes totalitarios de derecha, pero de allí en más corresponde revisar las diferencias.
En base a ello es que también nos resultan insuficientes posturas como las de Carl Friedrich, quien cobija bajo el término “totalitarismo”, varias experiencias ya no solo de derechas, sino también de izquierdas. Nuestros lectores habrán sentido en más de una ocasión, sentencias del tipo “el régimen soviético y las dictaduras fascistas son en el fondo la misma cosa” (ver recuadro). Quienes defienden esta idea, encuentran que éstas experiencias políticas tienen más elementos en común que diferencias. Entre esos elementos en común, Friedrich y Brzezinski citan:
1. Una ideología oficial que cubre todos los aspectos de la vida humana; 2. Un sistema de partido único encabezado por un dictador; 3. Un sistema de control ciudadano de corte policíaco; 4. Concentración de todo el poder publicitario; 5. Concentración de todos los medios militares; 6. Control central y dirección de toda la economía.
En realidad, las numerosas experiencias totalitarias encierran a su interior diferencias muy notorias, como sucede con las que toca hoy repasar.
Fascismo y Nacionalsocialismo como corpus teórico.
Estas dos corrientes han tenido una enorme influencia en los acontecimientos del Siglo XX, razón por la cuál no debemos ignorarlas. Aún así, es claro que a diferencia de las anteriores corrientes, en este caso estamos en presencia de sistemas de ideas muy pobres, y de escaso basamento filosófico.
El régimen nacionalsocialista se basó en la autobiografía de su lider, titulada Mein Kampf, donde se postula una visión del mundo intransigente basada en la idea fuerza de la raza y el sentido nacionalista. Hay allí dos elementos centrales que definen al nazismo: su teoría del espacio y su visión racista.
Sobre lo primero (Lebensraum) , Hitler defendía la idea de la expansión territorial, ya que a su entender, los estados, como cualquier organismo biológico, si dejan de crecer terminan muriendo, y si ello ocurre entonces se culmina cediendo espacio a las razas inferiores. Por esta razón es que Hitler rechaza la mera expansión económica, y llama a sus ciudadanos a la expansión territorial, para lo cuál era necesario montar toda una estructura de guerra.
En el origen de esta necesidad de expansión se encontraba su idea de raza. Le correspondía a la raza aria el deber de continuar su mandato edificador de cultura. La ideología racista fue luego desarrollada con sentido de filosofía de la historia, por parte de Alfred Rosenmberg: la historia, según el citado autor, es el escenario de las luchas entre las razas, más concretamente entre la raza aria, creadora de cultura, y el resto de las razas “inferiores” o “destructoras”, caso de la raza judía. Esta particular y nefasta visión racista le lleva al régimen nazi a escribir algunas de las más crueles páginas negras de la historia de la humanidad.
El Fascismo por su lado, comienza a operar políticamente rechazando las doctrinas. “Nuestra doctrina es un hecho” señalaba su carismático líder, invitando a descartarlas a todas, en miras al único punto de referencia fundamental: la nación. Sobre el año 1929, sin embargo, reconoce la necesidad de construir un soporte teórico, y reclama a sus asesores (sobre todo Giovanni Gentile) un documento urgente para ser presentado en su Congreso Nacional.
Probablemente el rasgo más característico del fascismo haya sido el corporativismo. Siempre al servicio del Estado (una realidad incluso superior a la Nación, según el Duce, al punto de hacer famosa la frase dictada en la Scala de Milán: “Todo para el estado, nada contra el estado, nada fuera del estado), las corporaciones fascistas de patrones y trabajadores, tenían como referente cierto autogobierno que condujera a la grandeza de la economía italiana.
El régimen nacionalsocialista, menos innovador, fue en ese sentido muy distinto al fascista, aunque en última instancia intentaban controlar políticamente la economía de la nación.
En así que se entiende el llamado de estos regímenes a constituir una nueva forma de socialismo. Goebbels, por ejemplo, llama a construir el “verdadero socialismo” que no consiste en alzar una clase contra otra, sino en unirlas en aras de una nación con proyecto propio. El régimen fascista va en el mismo camino, y propone un socialismo donde las luchas de clases sean sustituídas “por la solidaridad nacional”. Justamente el fascio, simboliza la unidad, fuerza y justicia de la nación. Comprenderá el lector que el llamado a un socialismo es mera retórica, desde el momento que los grandes industriales del momento no escatimaron su apoyo a estas tendencias.
De hecho, además, Touchard entiende que estas corrientes son manifiestamente anti-igualitarias, tanto en el plano económico como político. En este último sentido, estos regímenes terminan siendo elitistas. Para Hitler, ese elitismo es básicamente racial: “El papel del más fuerte consiste en dominar, no en confundirse con el más debil”. Para Mussolini, es un elitismo más vago y menos impregnado de causas originarias: “La historia está hecha por las minorías”, decía el Duce, menospreciando los dictados de la mayoría. Esto, a pesar de que ambos regímenes, justo es decirlo, tuvieron en su momento el apoyo de grandes masas populares.
Recuadro:
Nacionalsocialismo y comunismo
“A pesar de las semejanzas manifiestas, sin embargo, es indudable que el comunismo se encontraba en un nivel muy superior, moral e intelectualmente, al del nacionalsocialismo... Este último “era políticamente cínico en su base: la intención permanente de manipular a la naturaleza humana mediante la intoxicación emocional y la histeria, no de realizar un valor sino de enaltecer a una élite autoformada que, en realidad, no era más que una pandilla. El comunismo era fanático, pero, en general, era honesto y, al menos inicialmente, su propósito fundamental era generoso y humano. La teoría del nacionalsocialismo era una mezcla incongruente de mitos y prejuicios reunidos ocasionalmente, sin tener en cuenta la verdad ni la consistencia. El marxismo que heredó Lenin tenía tras de sí no sólo una tradición europea sino dos generaciones de pensamiento socialista, que podía jactarse de una continuidad moral e intelectual. Había nacido de la convicción, compartida después por la democracia misma, de que el primer impacto de la tecnología industrial y el capitalismo era deshumanizador y socialmente desmoralizante y sus fines últimos habían sido los de la democracia misma. El nacionalsocialismo, por el contrario, era un proyecto de imperialismo económico que aliaba la explotación al sentimiento de una grandiosa misión nacional. Sus fines correspondía a su sórdida moral”.
(George Sabine: Historia de la Teoría Política).