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Corrientes del pensamiento contemporáneo

 

Ficha 1: la revolución industrial y el origen de la economía de mercado

 

Presentación

 

Con esta ficha comenzamos una serie de artículos que tendrán como objeto presentar al lector de Trabajo y Utopía, algunas de las principales corrientes de pensamiento de la historia contemporánea.

 

Como se comprenderá, la selección de estas corrientes, así como su delimitación en el tiempo, son tareas riesgosas. ¿Desde cuándo consideramos  que los diversos autores forman parte de la contemporaneidad?, ¿qué corrientes priorizar en el tratamiento y qué razones daremos para dejar otras de lado?. Justamente en esta primera entrega intentaremos dar respuestas a estas interrogantes.

 

A nuestros efectos hay un fenómeno histórico que por sus características y consecuencias, creemos que notoriamente marca un antes y después no solo en la historia del pensamiento social y político, sino además, y fundamentalmente, en la forma de organizarnos socioeconómicamente como civilización humana. Ese hecho histórico, a partir del cuál podemos entender a las corrientes del pensamiento contemporáneo, es sin duda la revolución industrial. Como veremos en la nota central, las consecuencias sociales y económicas de la revolución industrial dieron lugar al origen de las ciencias sociales y económicas. Es así, por ejemplo, que Adam Smith escribe su influyente ensayo sobre “La Riqueza de las Naciones” –reconocido casi unánimemente como fundador de la ciencia económica- en el año 1776; en tanto Saint Simon y Comte comienzan sus análisis del “industrialismo”, sobre principios del Siglo XIX, abriendo con sus escritos, todo un hilo conductor fundante de la sociología, que recorrerían entre otros, Spencer, Marx, Durkheim, Tönnies y Weber.

 

La crisis que este hecho histórico generaría, no quedaría circunscripto a teorizaciones en el marco de las nacientes ciencias sociales, sino que también darían lugar a reflexiones filosóficas y sociales, además de experiencias concretas de organización política, social y económica que solo comprendidas en su conjunto, pueden considerarse como el piso sobre el cuál se fueron constituyendo verdaderas corrientes con influencia en la historia concreta del mundo entero durante los siglos XIX y XX. De esta manera, socialismo utópico, liberalismo, marxismo, anarquismo, socialcristianismo, fascismo, socialdemocracia, neoliberalismo, comunitarismo, etc., se constituirán en algunas de las corrientes sobre las que reflexionaremos en próximas entregas.

 

La Revolución Industrial

 

Valgan dos precisiones iniciales sobre la revolución industrial. En primer lugar, digamos que ésta es un hecho histórico concreto que  podemos ubicar en un lugar y momento preciso: Inglaterra, en la segunda mitad del siglo XVIII, de tal manera que la difusión y desarrollo en otros contextos espacio – temporales deberán ser reconocidos como “procesos industrializadores”. En tal sentido, Francia tuvo el suyo en la primera mitad del siglo XIX; Alemania y Norteamérica en la segunda mitad; Rusia a fines de siglo; en tanto América Latina, lo hizo fundamentalmente entre principios y mediados de este siglo.

 

En segundo lugar digamos que más que una Revolución Industrial, hubo una “Revolución Industrial y Agraria”, en el sentido que ocurrieron cambios importantes en el ámbito de las manufacturas, pero también los hubo, y de gran significación, en el plano de la transformación de las condiciones de vida en las áreas agrícolas. Condiciones de vida, que estuvieron básicamente inalteradas durante alrededor de cuatro mil años.

 

En ese sentido, siguiendo a Toynbee y Sombart, tenemos que los grandes cambios del sistema agrícola, industrial y social en general  fueron, entre otros:

 

·        la destrucción del sistema medieval de cultivo de la tierra

·        el vallado de las tierras comunales y sin cultivar para su explotación individual y la concentración de las pequeñas explotaciones formando otras mayores

·        el constante y rápido crecimiento de la población a partir de la década de 1750

·        la disminución de la población agrícola que se traslada al medio urbano. Algunos logran insertarse laboralmente y otros engrosan los primeros “cinturones de pobreza” en las ciudades.

·        la paulatina y constante sustitución del sistema doméstico de producción, por el sistema fabril

·        el incremento de las fábricas por la introducción de las máquinas y la expansión del comercio como consecuencia del desarrollo de las comunicaciones.

 

Llegado a este punto, sin embargo, todavía no hemos visto la principal característica de la revolución industrial. En efecto, todos los fenómenos reseñados son de alguna manera secundarios y subalternos al cambio más fundamental: el desarrollo de la economía de mercado.

 

 

Sociedad Industrial y hegemonía de la economía de mercado.

 

Según la tesis de Karl Polanyi, la economía de mercado fue hasta la revolución industrial una institución minoritaria y apenas incidental en la vida de las diferentes civilizaciones, estando la economía por lo general, sumergida a las relaciones sociales que ocurren entre los hombres. En ese sentido, tanto en una pequeña comunidad como en una vasta sociedad despótica, el sistema económico será administrado por motivaciones no económicas. Los etnógrafos modernos, por su parte, parecen convenir en algunas características comunes a las sociedades pre-industriales: ausencia de motivación de ganancia; ausencia del principio de trabajar por una remuneración; ausencia del principio del menor esfuerzo; y ausencia de "cualquier institución separada y distinta basada en motivaciones económicas".

 

La Revolución , sin embargo, con el surgimiento de las máquinas y la producción fabril, desataría el desarrollo y posterior hegemonización de las lógicas mercantiles. La explicación, dada en forma simple es que solo podrán costearse las máquinas por el comerciante si éstas son capaces de producir grandes cantidades de bienes. Los bienes a su vez deben tener asegurado un mercado para las ventas. Para ello es necesario contar con todos los factores necesarios en la producción. Estos, a su vez, deberán estar disponibles en la cantidad necesaria para quien quiera comprarlos. Y eso solo es posible con un mercado de bienes, y de hombres trabajadores que funcione sin interferencias ni regulaciones, en fin, con un mercado autoregulado.

 

 

Bajo el sistema feudalista, la tierra y la mano de obra formaban parte de la propia organización social. La tierra, por ejemplo, era el elemento central del orden feudal y de las instituciones de la época: todo lo referido a su propiedad, administración, etc., estaba alejado de la lógica de la compra y la venta, y sometida a un conjunto de regulaciones institucionales enteramente diferentes.

 

Lo mismo sucedía con la mano de obra: con el sistema gremial las relaciones del maestro - oficial - aprendiz; y sus salarios, estaban regulados por las costumbres y leyes del gremio y la ciudad. Ejemplos en el campo jurídico de salvaguardar a la tierra y el trabajo del circuito mercantil fueron el Estatuto de Artífices (1563) y la Ley de Pobres (1601), además de las políticas de anticercamientos de los Tudor y los primeros Estuardo en Inglaterra. Justamente todas estas instituciones dejarían de funcionar con el advenimiento de la economía de mercado.

 

Esto significa que recién en el Siglo XIX  la sociedad se subordinó a la economía; o dicho con palabras de Polanyi, "una economía de mercado solo puede existir en una sociedad de mercado". En ese caso, todos los componentes de la economía, incluida la tierra y la mano de obra, estarán incluidos en el sistema de mercado, o dicho de otra manera, todos los factores de producción serán considerados mercancías destinadas a la venta, y sujetas al mecanismo de la oferta y demanda. De esta forma, tierra, mano de obra y dinero deben organizarse en mercados. Esto a pesar que la tierra y la mano de obra no son mercancías; ni siquiera el dinero que es un símbolo del poder de compra que por lo general no se produce, sino que surge a través del mecanismo de la banca o de las finanzas estatales.

 

Conscientes de la crisis generada por esta “dislocación social”, las grandes masas populares comienzan a crear sus espacios de lucha contra el mercado autoregulado, constituyendo por ejemplo, el moderno sindicalismo.

 

Es en este marco que se origina una fuerte disputa acerca de cómo debería volver a organizarse una sociedad que de esta manera mostraba enormes signos de crisis. La historia de las ideas del siglo XIX, que comenzaremos a repasar a partir del próximo número serán testigos de esa disputa.

 

Soc. Pablo Guerra