Decisores y Asesores:
Porqué los políticos los prefieren economistas.
Por Pablo A. Guerra
Los economistas (y en Uruguay, sus hermanos de formación, los contadores), parecen ser los preferidos para los elencos políticos. A la hora de armar un equipo de gobierno, éstos ocupan roles protagónicos; a la hora de pensar un programa político, las esferas macroeconómicas suelen ocupar las primeras páginas; a la hora de mostrar soluciones a problemas de coyuntura, nada mejor que un economista; en fin, a la hora de gobernar nada más poderoso que un Ministerio de Economía y un economista a su frente.
En el plano nacional y coyuntural, la campaña electoral que ya desde hace unos meses viene operando en el Uruguay, pone en el eje central de discusión un tema económico, como el de la crisis del Brasil, y abre una polémica de cómo hacerle frente, donde los economistas vuelven a ser figuras principalísimas y verdaderas vedettes en la construcción de los discursos públicos.
Sin duda todo esto merece una explicación o al menos alguna reflexión. Podríamos intentar preguntarnos entonces, qué fenómeno está operando para que una disciplina acapare los lugares más privilegiados del mundo de la polis. La pregunta encierra mayor trascendencia si nos atenemos, por un lado a la notoria mayor complejidad que adquieren nuestros sistemas sociales, y por otro, a la necesaria multidisciplinariedad para hacerle frente con mejores grados de eficiencia. En segundo lugar, para arrojar más dificultades a una posible respuesta, la demanda de economistas como principales asesores políticos, se da en un contexto internacional donde la propia disciplina ha sido objeto de duras críticas por su incapacidad para predecir crisis como las vividas en los últimos meses, pero sobre todo por su falta de habilidad para comprender cabalmente los comportamientos económicos, y por esta vía, su inadecuada capacidad para proponer soluciones eficaces a problemas muy preocupantes sobre fines de siglo.
De hecho, buena parte de nuestro razonamiento se orienta en la línea de pensamiento de la socioeconomía, corriente fundada sobre fines de los ochenta por el sociólogo norteamericano Etzioni, y a donde han concurrido diversos economistas de primera línea (entre los cuáles el último Premio Nobel, A. Sen), motivados por la búsqueda de orientaciones más sociológicas para el tratamiento de problemas económicos. No debe llamar particularmente la atención, en ese sentido, que el citado economista hindú, Amartya Sen, haya dedicado buena parte de su labor docente a la investigación del fenómeno de la pobreza, tema para el cuál, evidentemente, precisó del auxilio del conjunto de las ciencias sociales.
Sin embargo, el grueso de la actividad profesional de los economistas sigue otra tendencia, de corte más convencional, partiendo de dudosos presupuestos que atrapan a esta ciencia en una visión del mundo idealizada y mecanicista. R. Lekachman, por ejemplo, en si libro titulado justamente "Jaque a los economistas. Porqué los expertos nunca resolverán nuestros problemas", añora la época donde los economistas pensaban con perspectiva moral, institucional e histórica (nosotros podríamos agregar, con una fuerte formación filosófica y notorios conocimientos sociológicos), señalando en tal sentido que Smith, Marx, Veblen y Keynes, son más relevantes para comprender nuestro desconcertante mundo actual, que cualquier economista contemporáneo. Su tesis es que la economía se ha vuelto irrelevante para el público ya escéptico de tantas recetas fallidas, y su argumento se basa en que "la agenda convencional se aleja cada vez más de las angustias de hombres y mujeres reales en empleos ordinarios y reales. Los economistas debieran estar pensando acerca del pleno empleo, sobre la planificación democrática, sobre la distribución equitativa de los ingresos y la riqueza, sobre cómo amansar a los oligopolios y cómo domesticar a las multinacionales, sobre el aumento de la participación de los trabajadores en la administración de las empresas y sobre la organización del cuidado de la salud para todos". Volveremos sobre esto.
Por otro lado, el Prof. Paul Ormerod, en su libro con otro título muy sugerente: "Por una nueva economía. Las falacias de las ciencias económicas", en la misma línea que el anterior, plantea que las ciencias económicas ya no enseñan a pensar de qué modo podría funcionar el mundo, sino que transmiten una serie de verdades evidentes acerca de cómo funciona. Su tesis, en este caso, consiste en mostrar cómo la disciplina empezó a mostrarse ineficaz al construir su método de análisis, basado en el deseo de aumentar la precisión matemática, de modo que pudieran disfrutar del status y prestigio de las ciencias físicas en la era victoriana. Irónicamente, Ormerod concluye que en la actualidad la economía intensifica su fervor en estas creencias, a la vez que su perspectiva mecanicista es considerada cada vez menos relevante por biólogos, químicos y físicos.
Pues bien, en este marco, estamos observando perplejos la hegemonía de las ciencias económicas de corte más convencional, en el debate político. Nuestra tesis es que dicho fenómeno tiene lugar en momentos en que los discursos políticos prefieren no arriesgar en profundidad y visión del futuro, o dicho de otra manera, estaríamos en presencia del postmodernismo apoderándose de la lógica civil en nuestro país. Efectivamente, el fin de los "metarrelatos", el "fin de la historia", la pérdida de sentido de toda utopía, son datos que caracterizan un modelo social de tipo postmodernista, donde no se discute la sociedad que queremos (pues ésta en definitiva, no dista demasiado de la que tenemos), sino los instrumentos de corto plazo para corregir los problemas coyunturales. De hecho, esta postura encaja a las perfecciones con la célebre llamada de atención de Keynes, reacio a pensar a largo plazo, pues para entonces todos estaríamos muertos.
Sociológicamente, sin embargo, entiendo pertinente señalar que hay evidencia suficiente para señalar lo contrario: o pensamos a largo plazo, o todos estaremos muertos. Los inquietantes fenómenos sociales de fines de siglo, como el desempleo, la pobreza y la creciente desigualdad económica, unido a los problemas ecológicos colaboran en nuestra postura, y nos obligan a elevar las miras con respecto a los anteojos más comúnmente utilizados por la economía convencional, de la que por suerte no forman parte todos los economistas, aunque sí sus discursos más hegemónicos y académicamente más admirados.
Traigo a colación nuevamente, entonces, las palabras de Lekachman. żAcaso los economistas no deberían estar pensando en el pleno empleo, en la distribución de las riquezas, en el bienestar de los pueblos?. Escuchando a los asesores económicos de los políticos, el corto plazo adquiere una relevancia mayor a la razonable, aunque legitimadora del statu quo o modelo de desarrollo hegemónico. Guiándose por ello, y por las tendencias de los documentos internacionales más divulgados en los últimos años (caso del Banco Mundial, FMI, BID), los partidos políticos podrían caer en problemas particularmente dramáticos, a la hora de privilegiar las políticas gubernamentales, desatendiéndose esos temas traídos por Lekachman y otros tantos, entre los cuáles, la pobreza, marginalidad, procesos de exclusión, fenómenos de desintegración social, sustentabilidad ecológica, etc., que aunque presentes en los noveles programas de gobierno, no dejan de tener un status menor en la discusión pública.
Quizá el ejemplo más contundente en esta línea, viene a la hora de explicar el fenómeno del desempleo y procurar soluciones. Desde la economía convencional y cortoplacista (hegemónica en nuestro medio, y por cierto, hegemónica en los principales organismos internacionales), el diagnóstico es más o menos consensual (efectos de las nuevas tecnologías, de la globalización, etc.), y la solución siempre está pasando por el crecimiento económico y la inversión, cosa que le hemos escuchado a los asesores económicos de todos los partidos políticos. Si retrucamos que venimos creciendo a una tasa del 3% anual, y el desempleo sube, se nos dice que en realidad el tema es que debemos crecer a un 6% anual. Si descubrimos que aún así ello es insuficiente, se nos dirá que el crecimiento deberá ser mayor; lo que no sólo rompe con toda lógica de sentido común, sino que además muestra una notable falta de visión en al menos dos dimensiones. La primera de ellas, vinculada a lo ambiental. El crecimiento económico, sobre todo relacionado a un mayor uso de energías no renovables, está destruyendo el planeta a pasos agigantados. Para el caso uruguayo, la erosión de los suelos y la disminución de la capa de ozono, sean probablemente los problemas ecológicos de mayor impacto económico (el primero vinculado al agro, el segundo al turismo). De manera que un crecimiento que no tenga en cuenta la variable ambiental, no sólo no conducirá a tener mayores empleos, sino que además afectará negativamente la calidad de vida de las personas (en definitiva, el fin último de la economía, contra lo que parece imperar en ciertos ambientes académicos). El segundo aspecto es que un razonamiento como el que venimos viendo, que resuelve todo (y en este caso el empleo), por medio del mero crecimiento, esconde otro tema preocupante para nuestras sociedades, como es el reparto. ĄCuánto hace que no escuchamos a los economistas hablar de la distribución!. El postmodernismo dominante en el discurso, parece hacer hincapié sólo en la producción, aún cuando el mundo muestra retrocesos significativos en la distribución de los ingresos, y aún cuando Uruguay, contra las distorsiones informativas al respecto, integra la peor mitad del mundo en esa materia, según descubrimos en la letra chica del último Informe del BID.
Los problemas del planeta en su conjunto y del Uruguay en concreto, necesitan de múltiples disciplinas y puntos de vista, para obtener un justo diagnóstico y correctas soluciones, aún de los aspectos propiamente económicos. La socioeconomía, en tal sentido, promoviendo una visión amplia de estos asuntos, y nutriéndose de la perspectiva sociológica, económica y ambiental, se parapeta como una interesante línea integral y plural de análisis.
Es necesario apostar, en tal sentido, a un debate público acerca de lo queremos sea nuestro país y las políticas más deseables en cada caso, para luego analizar con los economistas las herramientas más oportunas y eficaces para llevarlas a cabo. El riesgo de nuestras sociedades es seguir conservando la lógica que parece imperar en los últimos años: primero se establecen los objetivos macroeconómicos (por cierto, muy importantes), y luego viene lo demás. En el plano institucional esa lógica perversa se refuerza con la existencia de un superministerio en el seno del Poder Ejecutivo (Economía y Finanzas) que controla la labor y funciones de los restantes Ministerios. Desde el seno del sistema político han surgido intentos de paliar esta situación (ej. creación de un Ministerio de Producción). Todavía está verde, sin embargo, la posibilidad de crear un Ministerio de Asuntos Sociales, o Ministerio de Solidaridad, o Ministerio de Planificación al estilo francés o chileno, donde lo social tenga un peso no menor a lo económico en el plano ejecutivo. Justamente los franceses se han dado esta discusión en su última campaña electoral ganada por Jospin, donde el tema del desempleo, trabajado multidisciplinariamente, le ganó la batalla a la convencional asesoría economicista.
En definitiva, y como se dice comúnmente, lo económico es muy serio para dejarlo sólo en mano de los economistas.