ENTREVISTA A DR. PABLO GUERRA[1]
Desde hace varios años he priorizado en mis estudios e investigaciones, el surgimiento de numerosas experiencias de economía basadas en lazos solidarios y en valores como la ayuda mutua, la reciprocidad y la cooperación, con el convencimiento de que éstos valores no son solamente parte del discurso de un movimiento económico alternativo tanto al privado capitalista como al estatal público, sino que además, se presentan como verdaderos factores de producción distintivos con respecto al resto de las experiencias económicas. Ahora bien, sucede que para dar cuenta de estas verdaderas manifestaciones antihegemónicas, el concepto del cooperativismo nos queda muy corto. Es así que los europeos, por ejemplo, han preferido utilizar desde hace ya varias décadas el concepto de economía social. Mi rechazo a este término proviene del hecho que todo comportamiento económico es social: tanto el homo oeconomicus como su contra referente, lo que yo llamo el homo utopicus , practican a su modo, comportamientos económicos en determinadas esferas sociales, de manera que debemos buscar un concepto más pertinente para dar cuenta de las variadas experiencias de carácter asociativo. Es así que surge en América Latina, desde las pioneras investigaciones de Luis Razeto, el concepto de “economía de la solidaridad”. Yo entiendo que este término es mucho más específico, y retrata mejor la realidad a la que se pretende dar cuenta. De hecho, la pertinencia del término se traduce en el éxito que ha tenido su uso sobre todo a partir de los años noventa. En mis elaboraciones académicas, no obstante, prefiero la denominación “socioeconomía de la solidaridad” fundamentalmente por dos razones. En primer lugar, pues encierro en un solo concepto dos corrientes de pensamiento que con orígenes muy distintos buscan más o menos lo mismo. Por un lado me refiero a la economía de la solidaridad, que como ya dije nace en América Latina, y por otro lado me refiero a la corriente de la “socioeconomía” que nace en Norteamérica, como parte del discurso económico del pensamiento comunitarista, mucho más conocido por sus aportes en materia de filosofía política, que por sus aportes en el área de las ciencias sociales.
Ambos enfoques, persiguen el mismo objetivo de distanciarse de las elaboraciones del liberalismo individualista, diseñando nuevas categorías de análisis que incluyen una nueva mirada sobre las plurales racionalidades económicas que forman parte de nuestros “mercados determinados”. En segundo lugar, bajo la idea de “socioeconomía” pretendo hacer referencia no solo a la necesidad de diálogo entre las disciplinas económicas y sociológicas, sino fundamentalmente a la necesidad de entender el comportamiento económico como subsumido a lo social, una temática muy bien trabajada desde la antropología económica por parte de Karl Polanyi, otro de los autores que admiro especialmente por sus contribuciones en estas materias.
Agradezco la pregunta porque la entiendo central en nuestro planteamiento teórico. Empecemos por donde debemos comenzar: La socioeconomía de la solidaridad, no reniega del papel del mercado, y no pretende un esquema económico donde todos nos comportemos de manera solidaria. A esta altura de la historia humana, sería una estupidez pensar en un esquema de ese tipo. Más bien, quienes nos movemos dentro de esta perspectiva, preferimos hablar de “mercado determinado”, que es un concepto que comienza a manejar David Ricardo, y que Antonio Gramsci utiliza mucho, para hacer referencia a la idea de una realidad histórica concreta donde conviven numerosas experiencias, comportamientos y racionalidades diferentes en materia económica. Es así que en nuestros “mercados determinados” concretos, existen al menos tres grandes sectores de la economía: el del estado, el privado capitalista, y el solidario. Desde nuestro punto de vista todos estos sectores tienen una contribución importante que hacer en aras de ir construyendo un mercado verdaderamente democrático y justo. Se comprenderá entonces que la vieja discusión “más mercado o más estado” no tiene sentido desde nuestro enfoque: más bien, en el mercado determinado actúan varios actores con numerosas racionalidades.
Quisiera responder, aunque sea brevemente su pregunta sobre el papel que le caben a los actores más hegemónicos. Lo que comúnmente se denomina “economía de mercado”, se ha mostrado muy eficiente para generar riquezas, pero terriblemente ineficaz para distribuirla con criterio equitativo. Se deduce que dejar librado el comportamiento económico a la economía pura de mercado, como sueñan los neoliberales, sería una tragedia desde el punto de vista social, y sobre eso hay bastante evidencia en nuestros países. Al Estado, por lo tanto le cabe un rol fundamental no solo en la orientación y regulación, e incluso en algunos casos en la producción, sino fundamentalmente en la redistribución de los ingresos. Pero el Estado debería reconocer además, que su rol no es sustituir a la sociedad civil, sino encausarla, de manera que ésta vaya incorporando cada vez más responsabilidades en la producción y distribución de bienes y servicios. El Estado, en definitiva, debe ser el garante del bien común en nuestras sociedades, aplicando en tal sentido los principios de solidaridad y subsidiaridad.
Lamentablemente en los últimos 20 o 30 años, bajo el dogma neoliberal primero y del Consenso de Washington luego, el sector estatal ha perdido mucho peso, pero no a favor de las economías solidarias, sino a favor del sector privado capitalista. Por otro lado, observo que muchas viejas cooperativas lentamente han dejado de verse a sí mismas como semilla de una nueva cultura económica, y han terminado jugando como actores del sector dominante. A pesar de ello, han surgido numerosas experiencias alternativas en todos los rincones de nuestro continente que demuestran cómo no solo es deseable, sino además posible, aunar la solidaridad con la sustentabilidad social, ambiental y económica.
Mire, lamentablemente, ese es un aspecto donde Uruguay está aún muy lejos con respecto a otros países latinoamericanos. En nuestro país, si bien hubo en los últimos años un avance manifiesto de experiencias de economías solidarias, y una mayor visibilidad pública por parte de organizaciones no solo pertenecientes al cooperativismo tradicional, sino de diversos alcances asociativos, eso no se ha traducido en la implementación de políticas públicas específicas. Parece mentira, pero todavía no tenemos ningún espacio institucional, más allá de una comisión de carácter honorario que solamente concierne al movimiento cooperativo, como sí ha sucedido en el resto de nuestros países hermanos. Es de esperar que el cambio de gobierno, y la implementación del Plan de Emergencia Social, facilite la toma de conciencia en estas materias.
Claro que es uno de los caminos de integración. De hecho desde hace varios años funciona el Foro Consultivo de Economía Social del MERCOSUR, como el espacio regional para desarrollar este desafío. Es clave para un mayor desarrollo de las economías solidarias, pensar en el rol de los circuitos de producción, distribución, ahorro y consumo solidarios, integrando las diversas experiencias de nuestros países. Creo, por ejemplo, que ya es hora de ir pensando en la necesidad de organizar una gran Feria de la Economía Solidaria a nivel regional, que sirva no solo para mostrar cómo otra economía es posible, sino además para generar negocios y mayores transacciones dentro del sector. Estas Ferias ya están funcionando bien a nivel nacional. El primero en instrumentarlas fue Chile, luego le siguió Brasil, y finalmente Argentina, Paraguay y Uruguay. Creo que es hora de pensar, repito, en una Feria Internacional, que muestre cuántos bienes y servicios son producidos desde el sector solidario.
Todos. El cooperativismo en todas sus manifestaciones, las empresas recuperadas, las pequeñas experiencias autogestionadas, los emprendimientos populares que generan inserción social, en fin, creo que el abanico es muy grande y todos tienen un papel que cumplir.
Las experiencias de economía solidaria se basan desde el punto de vista de la teoría de factores, en el factor trabajo y el factor solidaridad (llamado factor C por Razeto). Desde ese punto de vista, la economía solidaria es vital en un plan estratégico que promueva tanto la generación de empleo como la inserción social. He visto en tal sentido, con muy buenos ojos, cómo muchas ONGs muy serias que desde hace mucho tiempo trabajan con sectores excluidos, vienen utilizando estas herramientas para generar inclusión. Este es sin embargo un proceso que puede llevar mucho tiempo y recursos, y que sobre todo debe hacerse bien. La generación de emprendimientos de economías solidarias debe basarse en metodologías apropiadas, sobre todo si no queremos repetir como loros los eslóganes que nos quisieron vender desde los ochenta quienes soñaban con microempresarios amasando pequeñas fortunas. Un emprendimiento de economía solidaria es otra cosa. Los objetivos sociales son tan importantes como los económicos, y con esto volvemos a la pregunta con la que iniciábamos esta entrevista...
[1] Uruguayo. Sociólogo. Profesor en la Universidad de la República y Universidad Católica del Uruguay. Investigador en economías solidarias. Integrante del Gabinete socio técnico del Instituto Cuesta Duarte (PIT CNT). Autor de 11 libros y numerosos artículos publicados en diversos países de América y Europa. Coordinador de la Asociación Iberoamericana de Comunitaristas (AIC).