Iglesia Católica y Tercer Sector en Uruguay:
Avances para una comprensión histórico – sociológica de su acción
social.
Por Pablo Guerra[1]
Introducción:
La Iglesia Católica en el Uruguay, a
diferencia de lo ocurrido en otros
países del área, ha tenido sobre
principios de siglo XX un temprano proceso de separación del Estado que operó
en el marco de una creciente polémica donde protagonizaron con singular
presencia los conceptos de secularización y laicización.
Uno de los ejes de ese debate tuvo que ver con el papel del Estado y de la
sociedad civil, con especial referencia a las organizaciones religiosas, en la
ejecución de determinadas políticas sociales, de manera que el Estado uruguayo
se convertiría en uno de los primeros en el continente en desarrollar un modelo
de bienestar por el cuál pasaba a desempeñar la mayoría de los servicios
sociales demandados por la ciudadanía.
Uno de los objetivos del trabajo
será analizar cómo reaccionó la Iglesia Católica en su inserción social a
partir de entonces, y bajo qué marco doctrinario legitimó sus nuevas
incursiones en el plano social en esta primer etapa histórica que ubicamos
entre 1917 y comienzos de los setenta.
El análisis nos conducirá a una lectura
contemporánea del fenómeno, dónde la Iglesia Católica ha ido consolidando en
todo el país una densa red de servicios sociales, verdadera base constitutiva del
tercer sector en el país.
Justamente la mayoría de estos
servicios sociales pasan a constituir un rol central en la prestación de
servicios a la población a partir de la década del setenta, cuando el Estado de
Bienestar comienza a mostrar signos de debilitamiento. Para este segundo gran
período de referencia en la historia de
las políticas sociales en el país, la
Iglesia comienza a procesar su intervención
desde posturas distintas a las que caracterizaron su participación sobre
principios de siglo.
Una nueva concepción sobre la acción
social de los cristianos, ahora iluminada por el Concilio Vaticano II, más el
desarrollo de las Encíclicas Sociales y el impacto de los Concilios
Latinoamericanos, le permitirá a la Iglesia uruguaya fortalecer su Pastoral Social, y con ello, reorientar
su participación hacia nuevos criterios teológicos y sociológicos que le darán
un sentido distinto a su acción.
Políticas sociales e Iglesia.
Nuestra hipótesis acerca de los
orígenes de las políticas públicas sociales, es que antes de difundirse el
concepto de “cuestión social”, cosa que ocurre luego de la revolución
industrial, ya existían políticas públicas. En concreto podemos distinguir las
políticas de regulación y las políticas de redistribución. Las primeras
–ampliamente dominantes- se caracterizaron por
regular centralmente el comportamiento
económico de los agentes. Para ser más precisos, lo que muestra la historia de la economía es que
las diversas civilizaciones intentaron regular la actividad mercantil para no
dejarla librada a las acciones egoístas de los individuos. En términos de
Polanyi (POLANYI:2000), existían mercados regulados para evitar la institucionalización
del mercado desimbricado de la sociedad. Las segundas se caracterizan por
establecer lo que Razeto denomina relaciones
de tributación y relaciones de
asignación jerárquica (RAZETO:1994). Son antecedentes más que precisos de
las políticas activas en materia social de nuestras sociedades contemporáneas.
Estas, como ya hemos desarrollado en
otra oportunidad (GUERRA:2001),
surgieron en un contexto en que el mercantilismo ya estaba primando, y donde
los problemas sociales, fundamentalmente el hambre por falta de trabajo o de
salarios dignos, debían ser corregidos
por medio de intervenciones más precisas de las autoridades. En todos los
casos, estas políticas intentaban frenar la lógica de los mercados.
Evidentemente una vez que triunfan los
representantes del capital y se instaura la economía de mercado, la lógica de
intervención pública varió considerablemente.
Veamos con algo más de detenimiento
este proceso, comenzando por el Siglo XII. Según Castel (CASTEL:1994), para
entonces la sociedad europea había instituido los principales rasgos de una
política de asistencia moderna, que
debemos diferenciar de la política
pública en el sentido que aquella fue
formulada, dirigida y sostenida por organizaciones que hoy podríamos llamar
como pertenecientes a la sociedad civil, donde la Iglesia cumplía un rol
fundamental. Desde esos tiempos ya se tenía conocimiento de dos clases de
población: un primer grupo es el de aquellos que no pueden subvenir sus
necesidades básicas porque no están en condiciones de trabajar. Es el caso de
los ancianos, paralíticos, niños, etc. A éstos se les desliga de la obligación
del trabajo (handicapología), y son
los clientes potenciales de lo social-asistencial. Por otro lado están los capacitados para trabajar pero no lo hacen (“indigente válido”), caso del
vagabundo, “extraño”, extranjero, que en todo caso constituían los desafiliados de la sociedad, o lo que
nosotros hoy llamaríamos marginados. El
autor francés también llama pobres vergonzantes a los primeros y mendigos válidos a los segundos.
En esta historia de las
políticas de atención social, hace ver que existen modos de organización
colectiva que no recurren a lo social – asistencial, pues se basan en las
regulaciones de la sociabilidad
primaria (tejidos de redes familiares, de vecindad, etc.). Estamos en
presencia, aunque no lo diga así Castel, de las relaciones de reciprocidad,
entre las que podemos distinguir de corte horizontal (la comunidad horizontal
resuelve los casos problemáticos) y de corte vertical (en la Edad Media era
costumbre que el Señor no cerrara sus graneros a los miserables).
Cuando se relajan los lazos
primarios, la asistencia a los carenciados se vuelve objeto de prácticas
especializadas: surgen las
instituciones sociales (orfanato, hospital, etc.). Estas prácticas de lo social-asistencial darán origen a
estructuras asistenciales que van más allá de la intervención comunitaria.
Luego presentan un bosquejo de especialización, una tecnificación mínima. Al no
basarse en los lazos primarios, la asistencia puede tener lugar fuera del
espacio de lo local (ej. se cura en el hospital). Para entonces según el autor
francés, se consagran dos criterios para
existir: la pertenencia comunitaria (se atiende a los miembros del grupo y
se rechaza al extraño); y la atención del inepto para el trabajo. En todos los casos la asistencia se relaciona con
la territorialización, conforme lo cuál
se atiende en primer lugar a un prójimo cercano.
Demos otro paso en nuestro análisis.
Veamos qué sucede con respecto a la valorización que se hacía de la pobreza en
el ambiente clerical de la edad media. Esta sin duda fué polémica, pues muchos
consideraban a los mendicantes como vagos.
Además, en todo caso, la pobreza material involuntaria era duramente
cuestionada por la Iglesia.
En ese ambiente de ambivalencia
surge lo que Castel denomina economía de la salvación, por la cuál el rico ejerce su virtud cristiana hacia el pobre para
salvarse a los ojos de Dios. Eran épocas donde se recibía mucho dinero por
limosnas y herencias. Bajo esta tendencia, siempre según el autor francés, el pobre solo era valorado como
medio y no como persona; y la pobreza era considerada como necesaria para
practicar la caridad.
El cristianismo en esa época veía en
el sufriente a Cristo, por lo cuál se lo exaltaba. Se privilegió por ese medio,
a los incapacitados para brindarles asistencia. Se dejaba de lado a los que
sobrevivían en la indigencia sin ser minusválidos.
Pero como dijimos, este criterio de
incapacidad física no era el único que abría las puertas de la asistencia. Se
le sumaba el de la pertenencia comunitaria: se impuso en la edad media la
domicialización. La “matrícula” (S VI) era la lista de indigentes que debían
ser mantenidos por la Iglesia local, o Parroquia. Lo mismo ocurre en los
conventos. La Iglesia se presenta
entonces como la principal institución de gestión de la asistencia pública.
Obviamente otras instituciones
fueron surgiendo, sobre todo a medida que crecían las ciudades. Sobre el S XIV,
por ejemplo, toman parte de la asistencia agrupamientos como gremios y
confraternidades. Dos siglos después, la crisis de los alimentos y el aumento
demográfico derivó en un debate público sobre la pobreza que condujo a la prohibición de extranjeros
y de la mendicidad. Junto al intento por mejorar la gestión local, se
implementan políticas de encierro de los mendigos, como sucede con los
workhouses en Londres, sobre el año 1547. Para quedar encerrado, sin embargo,
también había que ser domiciliado: los vagabundos eran expulsados y luego,
sobre 1687, éstos pasan a ser enviados a calabozos (galeras a perpetuidad). En
los hospitales generales mientras tanto se trabajaba y se oraba. La intención
pasaba por la reinserción. Luego se volvió a gestionar esto por medio de las parroquias
en el ámbito local: “cada parroquia responderá por sus pobres como un padre de
familia con sus hijos”, excluyendo nuevamente a quienes estuvieran fuera de sus
parroquias: eran los tiempos de Speemhamland.
Si bien en todos los casos el
cristianismo era fundamental, también otras religiones cumplieron su
papel en la economía de salvación (recordemos
los hospitales de musulmanes). Los protestantes, mientras tanto verían con ojos más
sospechosos a la pobreza, como retratara muy bien Max Weber en su investigación
sobre la ética calvinista y el origen
del capitalismo .
En definitiva, la sola pobreza no
era suficiente para beneficiarse con la asistencia. Se debía dar también el
principio de proximidad, y el de la incapacidad para trabajar. Véase como estos
dos principios pueden cambiar con el paso del tiempo. No obstante hay
excepciones a la regla, caso entre
otros de los “pobres vergonzantes”: individuos con buena educación que cayeron
en la desgracia de la pobreza. La indulgencia para con esta gente demuestra el
desprecio con que se consideraban los trabajos manuales: una persona de buena
posición, incluso caída en la indigencia, era dispensada de entregarse al
trabajo.
Otro problema reseñado por Castel
era el de los mendigos válidos que crecían con la expansión demográfica. Desde
el S. XIV se legisla para impedirles
recibir limosnas, las que debían entregarse a los inválidos. A pesar de ello,
lentamente también fueron incorporados a la asistencia, en caso de pertenecer a
alguna parroquia. Pero con la figura del mendigo válido surge por primera vez la pregunta de
cómo convertir a un solicitante de
ayuda en un productor de su propia existencia.
A partir del S. XIV empiezan a sucederse normas para impedir la
movilidad de los trabajadores. Se les ordenaba que trabajaran y que lo hicieran
en el lugar correspondiente. Esto se dio luego de la peste negra cuando los
pocos trabajadores empezaban a
movilizarse para encontrar el lugar donde
se les pagara mejor, o sea aquellas Parroquias más ricas.
En este cuadro, la franja más
marginal en una red cerrada de interdependencias , está dada por el
vagabundo: está fuera del orden del
trabajo al estar valido, y fuera del orden de socialidad al ser extranjero. Es
el desafiliado por excelencia siempre según el autor de la Metamorfósis de la
Cuestión Social.
Ahora bien, esa inmovilidad asociada a la prestación de asistencia, sería duramente
cuestionada desde posiciones liberales, cosa que ocurre cuando comienzan a
desarrollarse los mecanismo mercantiles incluyendo lentamente al trabajo como mercancía, luego de la revolución industrial. La historia de las
Leyes de los Pobres, de las Actas de Residencia, de Speenhamland, etc. hasta
su caída definitiva en 1834, resumen
para Inglaterra, la victoria del liberalismo.
Auge del Liberalismo: de la inacción hasta la vuelta de la caridad.
Luego de la Revolución Industrial , además de un discurso por el cuál se hacía hincapié en la
necesidad de trabajar (Locke, Smith, el propio Marx, como nos lo recuerda
Arendt), nace en el S. XVIII la promoción por la libertad de trabajo, lo que
implicaba la destrucción del trabajo regulado y forzado. En ese sentido la obra
de Turgot fue ejemplar, al suprimir los gremios, los depósitos de mendicidad,
la supervivencia de la corvée, etc. Eso ya lo había adelantado en la Enciclopedia, donde señala las bases
liberales de su programa: el deber del Estado es la destrucción de los
impedimentos que obstaculizan la industria; o sea, un Estado mínimo que suprimiera las trabas al mercado.
Se ensalzaba mientras tanto,
la iniciativa privada y el gusto por el riesgo, una razón más por la cuál
debían desaparecer las experiencias de encierro que nunca podrían ser
eficientes en tanto no perseguían el interés personal (Cfr. Montlinot en 1770:
“no puede tener éxito ninguna fábrica nueva que no sea el fruto de la industria
y que no tenga por guía el interés
personal”). Observemos cómo cambian los
valores que guían las motivaciones de los individuos en el proceso
económico: hasta esta época el interés
individual, propio del homo oeconomicus,
no tuvo sino un secundario papel en la historia de nuestras
civilizaciones.
Con la Revolución Francesa por su lado, se declara el derecho de toda
persona a su subsistencia, algo así como ese “derecho a vivir” que guiara a los
jueces de Berkshire a decretar el subsidio a los pobres de Speenhamland. En el
caso de los inválidos, se debe
socorrerlos. En el caso de los indigentes válidos, el principio era ayudarlos
por medio del trabajo. Este “derecho al trabajo” ya no se legitimaba en una visión disciplinaria
del Estado según la cual había que poner a trabajar a las clases peligrosas
para controlarlas y moralizarlas, sino que obedecía más a la idea de una deuda
moral (ROSANVALLON: 1995, 132). Mientras que en esta última etapa se hablaba de
“desocupado”, en la primera se prefería el término de “individuos ociosos”,
donde se confundían, siguiendo una ordenanza parisina de 1515, a “marrulleros,
vagabundos, incorregibles, bellacos,
rufianes, pícaros y pícaras” (Ibidem).
En cuanto a los medios escogidos, se distinguen
dos grandes momentos históricos. En el primero, enseguida de la
Revolución, el Estado se obligaba a proveer trabajo a quien lo demandara ya sea
por medio de las obras públicas (recolección de basura, limpieza del Sena,
etc.), o por los Talleres de Socorro. La
experiencia demostró ineficacia en su puesta en práctica, lo que lleva a
un pronto reordenamiento en 1790, separándose los beneficiarios en dos grupos: los sanos, que debían trabajar a
destajo; y los de inferior capacidad, que recibían un jornal. Aún así, la
mayoría de los Talleres cerrarán en 1791. El cierre de estos Talleres
contribuirá a una fascinante polémica acerca de los límites del derecho al
trabajo, que recoge Rosanvallon en su
texto citado. De hecho, esta polémica es la que abre el juego a un segundo período, de connotaciones plenamente
liberales donde –siguiendo la línea de Turgot- el Estado debía perseguir la
liberalización de las trabas, de ninguna manera garantizar directamente el
empleo como esgrimió la Asamblea
General en su 4to. Reporte. Se partía
de la base que el mercado lo podría todo, no se pensó nunca en la posibilidad
de que las medidas de liberalización no fueran suficientes; es más, tal
como ocurre actualmente con los contemporáneos neoliberales, se pensó que la
seguridad de encontrar trabajo conduciría a que los trabajadores pusieran
demasiadas exigencias para trabajar. El autor francés que venimos siguiendo en
estos asuntos, concluye que el derecho
al trabajo ahora pierde sentido ante la categoría del deber de implicación
del Estado (Idem. Ant, 142).
En este marco liberal, la búsqueda mas
frecuente consistió, al decir de Castel, en cómo lograr un compromiso entre
mercado y trabajo que asegurara la paz social. Se necesitaba integrar a la
clase trabajadora, la que por algunos todavía era considerada “clase
peligrosa”. Esta búsqueda será fundamental para comprender una nueva oleada de
políticas sociales.
Surgen en ese sentido, iniciativas
del tipo “políticas sociales sin Estado”, con fuerte presencia del patronato y
de lo filantrópico, y con fuertes regulaciones morales, como es el caso de las Colonias Agrícolas, de singular éxito en
los Países Bajos entre 1830 y 1850.
Alexis de Tocqueville, sostiene en
el S. XIX que aquellos países europeos
más avanzados, en realidad escondían una enorme masa de pobreza, cosa que no
existía en los menos desarrollados. Compara en tal sentido a Portugal e
Inglaterra. En el primero de ellos existía una pobreza integrada, donde las
redes primarias funcionaban. En Inglaterra, la
riqueza convivía con un enorme pauperismo. Pauperismo que existía a la
par del trabajo, lo que daba de narices contra la idea liberal de que pobre es
aquel que no trabaja. Observe el lector cuánta similitud tiene esta lectura con
los más de 1000 millones de trabajadores indigentes en nuestros días, que
siguen aumentando a pesar que también
aumentan las riquezas materiales a escala planetaria. La de entonces, como la
de ahora, según nuestra hipótesis, era una pobreza debida justamente a la liberalización del mercado de trabajo. Los miserables de Víctor Hugo describe
muy bien la situación incierta de quienes se encontraban en la frontera entre
la miseria y el crimen. Eran años en que se asociaba el desamparo de la
condición salarial con ciertos riesgos de disociación social: crecimiento de
tasas de hijos ilegítimos, del niño de niños abandonados, de infanticidios,
etc.
Mientras eso sucedía, Le Play en la segunda mitad del siglo pretendió
combatir el pauperismo por el patronato
voluntario, situándose fuera de la
posición de los liberales y de los socialistas. El patronato voluntario
consistía en ir más allá de las meras obligaciones mercantilistas, y atender a
las necesidades del obrero. Los liberales más extremos no querían intervención
de ningún tipo, pues en última instancia el pauperismo es un mal necesario
(Malthus). La Iglesia mientras tanto, salvo excepciones, continuaba sustentando
posiciones conservadoras de corte meramente asistencialista. En el medio, se
encontraban una serie de medidas que darían lugar a las modernas políticas
sociales.
Las políticas sociales sin estado,
dieron lugar a las fórmulas mutuales.
Se desarrollaban de esta manera, políticas más bien paternalistas, donde el
patrón se distanciaba de la figura del amo. Se creó incluso la figura del
“ingeniero social”, esto es, aquel patrón que asociaba la competencia técnica
con la preocupación de guiar a los obreros hacia el bien. Castel es consciente
que estas figuras se conservan hasta hoy en día. Aún así éstas fueron las
primeras formas sistemáticas de protección social, aunque reactivaron formas
muy arcaicas de dominación. La mayor toma de conciencia de la clase obrera
llevó a que en su momento despreciaran a la filantropía tildándola de
“verdadera pesadilla” como se reprodujo en L´Atelier por el año 1840. Cuánto
más, cuando descubrieron que la asociación obrera podría conducir a la
abolición de la explotación salarial.
El antagonismo por tanto crecía, y
era momento entonces de que el Estado volviera a aparecer, terciando en las
relaciones.
Resumiendo entonces, nos encontramos
con que luego de la Revolución Industrial, con el triunfo de la economía de
mercado y la lenta instauración de una cultura de trabajo industrial fuertemente
resistida por las capas populares, cae la
tendencia regulatoria y redistribucionista que caracterizó a las
sociedades con mercado regulado, y se glorifica a la libertad y el contrato, a la par que irrumpen nuevamente las
políticas sociales del sector privado con mayor conciencia social. Son tiempos
además, donde se discuten socialmente figuras muy particulares como las del
vagabundo y el mendigo, discusión que encerraba sin duda, aspectos económicos con otros culturales e ideológicos
en cada uno de los marcos históricos.
No vamos a desarrollar en este
momento la que hemos definido como una
tercer oleada en políticas sociales
(modelos bismarkianos y beveridgeanos). En el
próximo capítulo veremos cómo impactaron algunas de estas ideas en el caso uruguayo.
Trabajo, intervención pública y disciplinamiento en el Uruguay.
El caso del Uruguay es muy
interesante a los efectos de nuestra análisis. Nuestra hipótesis, que
necesariamente deberá ser confirmada o refutada en alguna investigación
específica al respecto, es que en materias de intervención pública hacia el
trabajo, se sucedieron dos etapas claves en el proceso histórico. La primera
tiene origen con el proceso independentista y culmina sobre fines del siglo
XIX, al iniciarse el proceso de mercantilización capitalista de nuestra
economía. Esta etapa se caracteriza por la abundancia de recursos naturales, el
desarrollo de una clase trabajadora con escaso disciplinamiento, y por el peso
de las políticas represoras y disciplinadoras en materia laboral. La segunda
etapa, originada como se dijo con la génesis del capitalismo en el país,
también conocida como “proceso de modernización” por algunos historiadores, se
caracteriza por la escasez económica y por el desarrollo de políticas sociales que intentan paliar los mecanismos de libre
mercado.
La descripción que Barrán hace de la
economía uruguaya en la primera mitad del Siglo XIX, en su magnífica historia
sobre la sensibilidad del país, es elocuente para entender algunos fenómenos sociales vinculados al
trabajo en lo que respecta a nuestra primer etapa de análisis. Nuestro país en
la época tenía el mayor número de
ganado per cápita en el mundo y probablemente la tasa más alta de consumo de
carne. En ese marco de exhuberancia, se comprenderá que el proyecto de
disciplinamiento burgués debería esperar algunos años para ser ensayado: “La
abundancia de carne, el principal alimento, su baratura en la capital, su a
menudo ningún valor de cambio en el medio rural, facilitaban la vida de los sectores populares, no los forzaban,
como en otras partes del mundo, a cumplir con la maldición bíblica, que suena
tanto a patronal: trabajar para comer” (BARRAN: 1990, 31-32).
Justamente ese “Uruguay bárbaro”,
mostraba una campaña repleta de vagabundos y zafrales, armados, con caballos y a menudo con
sus estómagos bien satisfechos. Según
relata un británico en su vista al país en 1822, “la gente de las clases
trabajadoras no se distingue por su laboriosidad siendo bastante adicta a la
holgazanería y a la embriaguez (...). con tres días de trabajo por semana, dada
la baratura de las provisiones, les dá para mantenerse”. Termina rematando que
“casi no hay ningún europeo, por más trabajador que haya sido a su llegada, que
no caiga en esta cultura de holgazanería”
(IDEM, 33).
En ese marco, el Estado aliado a las
clases dominantes, iniciaría una cruzada para obligar a trabajar a esas
“clases ociosas”. Se suceden, por ejemplo, las diferentes ordenanzas locales
para disipar la vagancia. En 1859, un Edicto del Jefe de Policía de la época,
por ejemplo, ante “el espectáculo repugnante” que daban “las reuniones de
muchachos mal entretenidos que divagan por las calles y plazas”, ordena a la
policía apresarles, y colocarlos en un taller de oficios en caso de
reincidencia. En la misma línea, se ordenaba a la policía en 1837, cerrar las
puertas de los conventillos a las 22 hs en invierno y 23 hs. en verano. Los
antecedentes de estas prácticas encuentran raíces en la génesis misma de la
ciudad de Montevideo. En 1783, su Cabildo, por ejemplo, mandó “recoger todos
los hombres... sin oficio ni beneficio,
ejercitados en ociosidad” y ocuparlos en el empedrado de las calles (IDEM,
60-63).
Probablemente el cambio de filosofía
de intervención pública más claro fue el que tuvo lugar bajo la revolución
artiguista, cuando el Reglamento Provisorio de la Provincia Oriental para el
fomento de su campaña y seguridad de sus hacendados de 1815, le otorgaba a “los
negros libres, los zambos de esta clase, los indios y los criollos pobres” una
“suerte de estancia”. En ese contexto donde se estipulaba el derecho a vivir y trabajar, al igual que lo ocurrido
para el caso europeo, la vagancia iba a ser también legítimamente reprimida.
Con el fracaso del Artiguismo, la vagancia, sin embargo vuelve a ser un tema exclusivamente policial. El diputado
Francisco Muñoz, por ejemplo, sostenía en 1826 que “... sin policía nada podrá
hacerse. La policía proporcionará que los hombres sean exactos y aplicados al
trabajo, ella cuidará de hacer entrar en sus deberes a un sinnúmero de
individuos” (IDEM: 62). La necesidad de contar con mano de obra disciplinada,
conduce necesariamente entonces a una alianza entre empresarios e institución
policial. Eran tiempos en que se autorizaba a éste, apresar hasta por ocho días
a los trabajadores que faltaban a sus puestos de trabajo por estar “bebiendo o
jugando en las pulperías”. Se establece en tal sentido, la papeleta de conchabo (con antecedentes en la legislación colonial y
luego Artiguista), que certificaba la ocupación de cada sujeto. El no tenerla,
podía costarle a los vagos, varios
años de trabajo en el ejército, o varios meses de trabajo público.
Sobre la mitad de siglo se instalan
además los primeros Asilos, gerenciados por los franciscanos, para recluir a los “vagos” y “perezosos”, y
obligarlos a trabajar en diversos talleres.
Incluso la Iglesia participaba de
esta particular cultura hacia el trabajo, estableciendo tantos días de
fiesta religiosa, que testimonios de la
época llegaban a sostener que sus contemporáneos “parecían más sacristanes que comerciantes e
industriales”.
Para Barrán, el paso del tiempo
lleva a una lenta pero clara tendencia
de inserción en economías capitalistas,
produciéndose sobre la última parte del siglo XIX, grandes inversiones
sobre todo por parte de los ingleses, además de una reestructuración de los
campos, vía el cercamiento. El pasaje del Uruguay bárbaro al civilizado
necesitaba por lo tanto de una nueva sensibilidad hacia el trabajo procurando
una vez más el disciplinamiento: sexualidad, ocio y juego, se constituían
entonces, en los grandes objetivos a
erradicar para el levantamiento del nuevo modelo; a la vez que trabajo,
ahorro y recato del cuerpo pasaban a asomarse como las metas a alcanzar.
En
estas circunstancias, no sorprende que la indigencia fuera comprendida
básicamente como consecuencia inevitable de la pereza y holgazanería. La
persecución del holgazán, al igual que en los modelos europeos comenzó teniendo
objetivos policiales, tratándose a éstos como clases peligrosas, propensa a
delitos fundamentalmente contra las personas y no contra la propiedad.
En un segundo momento, sin embargo,
insertado en la etapa capitalista, la estructura económica necesitó del
disciplinamiento de esas clases. El trabajo entonces, como factor productivo,
pasaba a ser un instrumento fundamentalmente funcional al capital. Sin embargo,
los cambios generados en la estructura
productiva del Uruguay, con legislaciones especialmente defensoras de la
propiedad privada, y con hitos como el
de los cercados en el medio rural, darían cabida a un discurso más progresista
sobre las causas de la indigencia. Resulta ilustrativo en ese sentido el papel
que tuvo en nuestras capas de intelectuales, las ideas por ejemplo, de Henry
George, autor en 1879 de Progreso y
Miseria, libro donde se impulsaba entre otras cosas, una fuerte
democratización en el uso de la tierra.
Incluso esta tendencia tendría gran receptividad en medios gubernamentales ya
entrado el siglo XX, con la aparición
en escena del batllismo y de la organización sindical, que llevarán a la puesta
en práctica ciertas políticas públicas sociales muy avanzadas para la época.
A diferencia de la primera etapa, en la segunda, comienzan a
hacerse más comunes las reivindicaciones de carácter social, e incluso ya se
ensayaban con cierta profundidad, razones económicas y sociales para entender
las inestabilidades políticas. En 1885, Pedro Figari, eminente intelectual
de la época diría: “El motín, la
sublevación y las revoluciones no encuentran elementos para producirse y
desarrollarse en donde abundan el trabajo bien compensado y los capitales
reproductivos, dedicados a explotar la naturaleza. Con una sabia organización
de la propiedad llegaremos a consolidar la paz, atrayendo al proletariado
ocioso a buscar por medios lícitos y adecuados la satisfacción de sus legítimas
aspiraciones” (BARRAN-NAHUM, 1981: 57). Por su lado, Francisco Bauzá, Ministro
de Gobierno en 1893 señalaría que “si no se ataca en su origen (NdeR: el
desempleo) la plaga del pauperismo el porvenir del país se verá amenazado”
(IDEM). Domingo Arena, probablemente el máximo
ideólogo del batllismo sería muy claro al respecto en 1908 al dirigirse
a los hacendados de Tacuarembó: “Soy un persuadido de que la frecuencia con que
se han producido nuestras aventuras guerreras, se debe en gran parte a causas
económicas...” (IDEM: 58). La Iglesia, mientras tanto, siguiendo los pasos de
la Rerun Novarum, y de la mano de Mons. Soler, condenaría los vicios del
capitalismo señalando tajantemente en su Pastoral de Cuaresma de 1896, aún
terriblemente vigente: "No puede ser que
junto a colosales fortunas se desarrolle una enorme miseria. La
industria y el comercio no pueden alimentarse de la sangre humana". De esta manera, la Iglesia rechaza una concepción meramente
asistencialista en el plano social, para insertarse entre los actores sociales
que intentan descifrar el origen del
pauperismo en causas más profundas, dando lugar por tanto, a respuestas más
contundentes: "...Es cierto que la Iglesia predica la caridad para los
desheredados y los enfermos... pero el obrero no es ni el enfermo ni el
desheredado. El obrero tiene derecho al amparo de una virtud más austera que la
caridad, tiene derecho a la justicia" (SOLER, 1896).
De esta manera, las políticas públicas de principio de siglo XX se van incorporando a la línea de la inserción
por el trabajo. Al igual que lo ocurrido en Europa, las colonias agrícolas son
vistas como instrumentos apropiados para superar la indigencia y fomentar
hábitos de trabajo, a lo que se sumaba para el caso nuestro, el peligro que
representaba para el gobierno colorado, los frecuentes levantamientos de la
campaña sofocados recién en 1904. Incluso las posturas más conservadoras de la
época aconsejaban este tipo de instrumento. Por ejemplo, algunos diputados
colorados y blancos de estas posiciones, en 1908 propusieron crear la colonia
“Patria” con 2000 hectáreas fiscales divididas en 79 chacras destinadas a “ese
frecuente núcleo nacional que. Casi en constante peregrinación, puebla nuestros
dilatados campos(...) acorralado por el
hambre y la necesidad, que no pocas veces lo impelen al hurto o al abigeato,
transformándolo al que pudo ser elemento útil para sí y su familia, en agente
del vicio o del cuatrerismo” (BARRAN - NAHUM: 120). Finalmente la colonia nunca
llegó a constituirse, al igual que en
otros múltiples casos. Sin duda que desde tiendas ruralistas se esgrimieron
otras posiciones que se asemejan más a las posiciones de la primer etapa:
constitución de “refugios agrícolas” con fuerte presencia policial, o
recrudecimiento de las penas de vagancia, pasando de seis meses de servicio
militar, a “dos o tres años de trabajo obligatorio en obras públicas de las
Intendencias Municipales”. No faltaron, por supuesto, quienes pidieran mayores
recursos para la policía y la vuelta de
la papeleta de conchavo. Esta especie de
vuelta sobre los orígenes de la miseria, sin embargo, quedarían
mayormente recluídos a esos sectores de la clase alta rural. El medio urbano de
la época, con activa presencia de sectores progresistas seguí insistiendo en el
origen socioeconómico de los problemas del desempleo.
Como consecuencia casi lógica de lo
anterior, el reformismo de la época tomaría como referentes de políticas dos grandes temáticas: la
estructura de propiedad de la tierra y los derechos de los asalariados urbanos:
las huelgas de 1905, por ejemplo, fueron fundamentales para desatar en Batlle
la discusión de los diversos tópicos que pudieran dar cuenta de la lucha entre
capital y trabajo. Se sucedieron de esta manera, las leyes de jornada de
trabajo, de accidentes laborales, etc. En materia rural, además de una
riquísima polémica sobre las limitaciones a la propiedad de la tierra, tuvo
lugar la aprobación de la ley Muró (1905), para crear colonias de trabajo sobre
tierras fiscales. El lector debe saber además,
que el proyecto original incluía la posibilidad de expropiar latifundios
para tal cometido.
Iglesia y Estado en Uruguay: el reparto del poder.
La construcción de las políticas
sociales modernas en Uruguay tuvo lugar en medio del debate sobre los
vínculos que debían existir entre
Iglesia y Estado, o dicho de otra manera, se realizó en medio de un debate acerca
de los alcances del papel del Estado y
del principio de la laicidad.
Uno de los resultados de esa discusión, además de un proceso de
secularización y ruptura de relaciones que no vamos a reseñar en esta oportunidad, es el de desarrollos de
concepciones que hacían hincapié en la
denominada “privatización de lo religioso” (DIAZ SALAZAR:1994).
Como se sabe, en sociedades de corte
premoderno, las débiles fronteras entre lo
público y lo privado, entre Estado y Sociedad Civil, tenían en lo
religioso un nexo integrador
fundamental que caería al ámbito de lo individual y lo privado conforme
irrumpía el proyecto modernizador. A la par que eso sucedía, el Estado secularizante iría sustituyendo los símbolos
y costumbres religiosas, por símbolos,
costumbres, rituales e incluso “liturgias” que han ido conformando lo que se ha
dado en llamar acertadamente “religiones cívicas”.
El caso uruguayo es paradigmático en
los dos sentidos anotados, esto es, en la tendencia privatizadora de lo religioso; y en la configuración de la
“religiosidad civil”, fenómenos que impactarán más temprano en nuestro país que en el resto del continente,
originando además, agrias disputas y una serie importante de política
anticlericales.
La Iglesia Católica respondió a este
aluvión de políticas y conductas anticlericales, sino antireligiosas, gestando,
en el marco de una estrategia global de la Iglesia, el pasaje de una “Iglesia de los Congresos Católicos”
(como se conoció el período que va desde el primer Congreso Católico de
1889 al cuarto Congreso de 1911), hacia
el desarrollo de la “Acción Católica”. Para algunos autores, entre quiénes
probablemente los más embanderados sean Juan Luis Segundo y Patricio Rodé, este
pasaje provocó una especie de “guetización”, o sea, una tendencia de
preservación privada de lo católico, de reforzamiento de las estructuras internas para hacer frente al
embate de una sociedad y de un Estado que se aparecían como
hostiles a la Iglesia.
Esta tendencia, sin embargo, sufriría cambios luego del Concilio Vaticano II, cuando comienzan a operarse
nuevos proyectos de inserción social de los cristianos.
La renovación post-sinodal
En las materias que aquí nos interesan, esto es, las políticas
sociales, probablemente uno de los indicadores más representativos de los
nuevos tiempos que se venían a nivel eclesial, haya sido el desarrollo de la Acción Católica
especializada, organizada esta vez no en función de la edad y el sexo como sucediera en los años treinta y cuarenta,
sino que a partir de la década del cincuenta, influidos por la JOC de Cardjin,
pasaba a estar organizada en función de
la dimensión misionera del laico de acuerdo al ambiente donde realiza ese
apostolado: el obrero (Juventud Obrera
católica), el liceal (Juventud Estudiantil Católica), el rural (Juventud
Agraria Católica), y el llamado independiente (Acción Católica de los medios
independientes).
Estos cambios, se desarrollaron,
además, en el marco de una esperada
renovación en la liturgia, en la catequesis, en la teología y por cierto, en el
papel del laicado.
A ello se suman nuevos aires
promovidos por el Concilio Vaticano II, en el tema del ecumenismo, donde además
de reconocerse el valor de la libertad religiosa (algo impensable cincuenta
años atrás), se reconoce como “hermanas” a las iglesias antes consideradas
“separadas”. De la mano de este reconocimiento, comienzan a operarse
interesantes convergencias entre católicos y protestantes, dando lugar por
ejemplo a la edición de la revista
“Cristianismo y Sociedad”, donde algunas figuras del protestantismo adquieren
relevancia nunca antes tenida en el ambiente cultural uruguayo, caso del Pastor
Castro entre otros. Esa década también perfilaría a numerosos católicos
como referentes en diversos ámbitos de
la cultura y la política en nuestro país, rememorando los tiempos de Soler,
Bauzá, Zorrila o Cayota, para citar solo algunos hombres claves del 900. Desde
los sesenta empiezan a pesar nombres como los de Carlos Real de Azúa,
Juan Luis Segundo o Juan Pablo Terra, tres referentes en diversos ámbitos de la
vida pública del país.
Con estos cambios, tanto la Iglesia
Católica como las Iglesias protestantes históricas, sin duda empiezan a
corregir su visión sobre la inserción social y política, legitimada en una
nueva teología escatológica que lentamente iba incorporando elementos
latinoamericanistas. En este sentido, jugaron un rol fundamental la Conferencia
Latinoamericana de Medellín para los
Católicos (1968) y la III Conferencia Evangélica Latinoamericana para el
protestantismo (1969).
No podríamos desconocer sin embargo,
la influencia que en los nuevos materiales elaborados en nuestro continente,
tuvieron algunos humanistas europeos como los de esa brillante trilogía
francesa compuesta por Maritain, Mounier y Lebret[2].
Indudablemente estos referentes ineludibles para los cristianos de la época, se
constituirían en fuente teórica para
los primeros esbozos de una teología de la liberación como la que ya sobre
fines de los sesenta presentaba Gustavo Gutiérrez en todo el continente
De manera que, en términos muy
sintéticos, podríamos decir que los grandes cambios eclesiales en la década del
sesenta vienen dados por la renovación eclesial del Concilio Vaticano II, por
la consolidación de una identidad latinoamericano a nivel eclesial, tanto entre
católicos como entre protestantes, y en la irrupción de una teología
latinoamericanista, lo que en su conjunto potenciaría la participación de los
cristianos en la vida social y política de los pueblos.
Las nuevas valoraciones sobre la
secularización, por su lado, daban lugar a
una mayor comprensión por parte de los cristianos, sobre los espacios
públicos ganados por el Estado en detrimento de la Iglesia Católica; y a una tolerancia sobre los alcances del
laicismo (por ejemplo en materia de escuela pública); junto a una necesaria valorización de la libertad
de cultos –reconocida tardíamente por el Concilio Vaticano II-. A ello se le
suma un reposicionamiento en los asuntos públicos, desligándose la Iglesia de
estructuras partidarias. En efecto, la ruptura de la Unión Cívica y la
fundación del Partido Demócrata Cristiano, reconocido como partido no
confesional, son fenómenos que pueden leerse desde esta perspectiva. Mientras
que la Unión Cívica nace en el seno de los Congresos Católicos con la intención
de defender los intereses de la Iglesia Católica; la Democracia Cristiana nace
promovida por los sectores progresistas de la Unión Cívica, influidos por la
corriente humanista cristiana de la postguerra, pero sin caer en la estricta
vinculación eclesial de antes.
Otro de los cambios significativos
es la reposición de la Iglesia en la vida pública, definiendo el rol de los
laicos, y promoviendo nuevas
estructuras de participación, ahora en mayor diálogo con el conjunto de la
sociedad y del Estado. No debe llamar la atención en ese sentido, por ejemplo,
las características que tuvo la XVI Semana Social de la Iglesia celebrada en
1999. Para el desarrollo de este Semana Social, a diferencia de celebraciones
más cerradas como las que tuvieron lugar en la primera mitad del siglo, se
propició la participación de los diversos actores sociales, religiosos y
políticos a nivel local y nacional. El Acto Final, por su lado, pretendía
reunir a todos los candidatos a la Presidencia de la República. En los hechos
participaron tres de los cuatro candidatos. Insólitamente, el faltante –de reconocida práctica católica aunque vocero
del neoliberalismo- prefirió no concurrir al tener conocimiento de las críticas
que el documento formulaba al modelo neoliberal. Este hecho en sí mismo habla a
las claras del reposicionamiento de la Iglesia en temas sociales, y de las
nuevas articulaciones que van teniendo lugar con el sistema político.
Caída del Estado de Bienestar y acción social de la Iglesia.
No cabe duda que desde fines de
los sesenta hasta la recuperación de la democracia, en 1985, el Estado ensayó
una retirada paulatina de varias de sus responsabilidades sociales. A partir de
la recuperación democrática, si bien la
participación de los gastos sociales mostró significativos avances, lo cierto
es que el Estado ha optado por ejecutar buena parte de sus políticas
recurriendo a los actores de la sociedad civil, entre quienes la iglesia y sus
organizaciones. Hoy son numerosos, por
ejemplo, los convenios entre comedores,
policlínicas y guarderías infantiles gestionadas por integrantes de la Pastoral
Social, y diversas instancias del Estado, sobre todo el Instituto Nacional del Menor, el Instituto
de Alimentación y las Intendencias Municipales.
Esta enorme red de asistencia de la
iglesia católica tuvo sus orígenes justamente entre los años sesenta y ochenta,
cuando era visible la retirada del
Estado o su ineficiencia en la prestación de servicios. Su magnitud exacta, sin
embargo, aún no la podemos cuantificar.
En efecto, lamentablemente aún no se cuenta con ninguna
investigación representativa del accionar eclesial uruguayo en materia social.
Aparte de algunas investigaciones de grado que estamos tutoreando en el marco
del Taller de Sociología del Tercer Sector que impartimos en la Universidad
Católica del Uruguay, solo contamos con un estudio exploratorio realizado por
el Observatorio del Sur (Obsur), a pedido de la Secretaría de la Conferencia
Episcopal del Uruguay, titulado “Servicios Sociales de la Iglesia Católica en
Uruguay”. El estudio, sin embargo, solo pretendía ser “un primer intento de
evaluación cuantitativa” de los servicios prestados por la Iglesia, poniendo
especial acento en el voluntariado “como herramienta de apoyo y su impacto en
las comunidades”(BERON y CENTURIÓN:2000).
Las limitaciones de la investigación tienen que ver con el universo
muestral (solamente el interior del país), y la validez de la muestra (solo 36
parroquias). Aún así, los datos que emanan del Informe son muy interesantes: en
las 36 Parroquias se relevaron 128 servicios, alrededor de 1800 personas
trabajando y destinando aproximadamente 25000 horas mensuales a una población
de 30000 beneficiarios directos.
Según el rubro de los servicios, destacan por su orden: Educación
(24%), Ayudas comunitarias (16%), Atención a la Infancia (14%), y Alimentación
(13%).
En cuanto a la antigüedad de los servicios, sólo un tercio (30.5%)
tiene menos de cinco años de antigüedad. Igual porcentaje para servicios con
entre 5 y 10 años, y 39% de servicios con más de 10 años de actuación.
El trabajo voluntario es fundamental para mantener estas obras: el
81.5% del personal involucrado no recibe remuneración por su trabajo.
Otro dato de particular importancia es que la mayoría de los
encuestados admitió no haber participado en ningún tipo de formación en sus
trabajos (55%). Esto ha llevado a Obsur a ofrecer para el presente año un
Programa de Formación de Animadores Comunitarios, tendiente a formar justamente
voluntarios cristianos[3].
Para el caso de Montevideo, por su
parte, la Guía de la Solidaridad ha censado 150 organizaciones prestadoras de
servicios dirigidos a la infancia. De ellas, al menos 70 tienen vinculación directa con organizaciones religiosas. El resto corresponde a
organizaciones civiles laicas, organizaciones cooperativas, sindicatos, ONGs.,
o comisiones barriales, donde
participan también un número importante de laicos vinculados a la
Iglesia. En otros rubros de trabajo, por su parte, la proporción de la
participación de organizaciones de iglesia parecería ser mayor, aunque nos
falta trabajo empírico para demostrarlo.
Las organizaciones de Iglesia y su
Pastoral Social, sin embargo, no se limitan a un trabajo clásico de
intervención social. En los últimos años, por ejemplo, se han ensayado
programas de fortalecimiento de organizaciones económicas populares, de
producción orgánica entre pequeños agricultores, de generación de empresas
solidarias, y más recientemente, de clubes de trueque y monedas alternativas.
En todos los casos, estamos en presencia de una Iglesia comprometida no solo a
contribuir en el corto plazo a paliar determinadas situaciones críticas, sino
además, a alcanzar logros que permitan plasmarse en semillas para cambios
sociales más profundos, todo ello plasmado en las búsquedas que promueve el
nuevo paradigma de la economía de la solidaridad que se incorpora a la Iglesia
desde fines de los años ochenta.
Un ejemplo en la materia es el
acuerdo logrado este año entre la Universidad de la República y la Pastoral
Social de la Diócesis de Salto, por el cuál la primera le asesorará a la
segunda para la puesta en práctica de organizaciones que desarrollen el trueque
mediante monedas sociales y locales, con el ánimo no solo de paliar en algo la pobreza y el desempleo que han
crecido en Uruguay en los últimos años, sino también para ejecutar una herramienta
que permita el fortalecimiento de las economías solidarias[4].
Un buen ejemplo de cooperación entonces, entre sector público y tercer sector,
tendiente a fortalecer los mecanismos sociales y alternativos de hacer
economía.
Bibliografía:
Barrán, José Pedro (1990): Historia de la sensibilidad en el Uruguay.
Tomo 1, la Cultura Bárbara (1800 – 1860), Montevideo, Banda Oriental.
Barrán, J. P. y Nahum, B. (1981): Batlle, los estancieros y el imperio
británico, tomo II, un diálogo difícil, Montevideo, Banda Oriental.
Berón, V. y Centurión, F. (2000): “Servicios Sociales de la
Iglesia Católica en el Uruguay”, Separata de Cuadernos Vianney No. 7,
Montevideo, Obsur.
Brena, Tomás (1980): El
pensamiento y la acción social de los Católicos en el Uruguay, Montevideo,
Barreiro y Ramos.
Castel, Robert (1997): La metamorfosis de la cuestión social. Una
crónica del salariado, Bs.As., Paidós.
Díaz-Salazar, R. et al (1994): Formas modernas de
religión, Madrid, Alianza.
Guerra, Pablo (2001): "Sobre el
origen y significados de las políticas públicas sociales", en Eutopía
No. 5, Zaragosa (en edición).
Polanyi, Karl (2000): La
Gran Transformación, México, JP.
Razeto, Luis (1994): Crítica de la Economía, Mercado Democrático
y Crecimiento, Santiago, Pet.
[1] Uruguayo. Sociólogo. Doctor© con tesis en
socioeconomía de la solidaridad. Profesor en la Universidad de la República y
Universidad Católica. Asesor de organizaciones sociales y eclesiales.
[2] Sobre todo Lebret, quien tuvo una gran
influencia sobre numerosos católicos del Uruguay, en la implementación del
trabajo de base y en la constitución de los Equipos del Bien Común, conformado
entre otros por el citado Terra, Dionisio Garmendia, Beatriz Tabares, Carlos
Tosar, Alberto Pigola, Blanca Artola, etc.
[3] Cfr. “El Viejo Arcón” No. 16, Montevideo,
Julio 2001.
[4] Cfr. “Programa de Fortalecimiento de
Organizaciones Económicas Populares mediante economías de trueque. Estudio de
factibilidad socioeconómica y jurídica”, dirigido por el autor de esta
ponencia, Universidad de la República Oriental del Uruguay, Comisión Sectorial
de Investigaciones Científicas, Instituto de Relaciones Laborales, 2001.