La socioeconomía solidaria como estrategia de desarrollo humano. [1]
Por Dr. Pablo Guerra[2]
Nuestras economías necesitan más solidaridad.
1. Comencemos
hablando del sentido último de la socioeconomía solidaria: nuestra sociedad,
pero de forma más notoria nuestra economía, necesitan de forma urgente mayor dosis
de solidaridad.
No es
que esté ausente. Buena parte de nuestros esfuerzos académicos, compartidos con
mucho de Uds., ha consistido justamente en demostrar cómo la cooperación, el
amor, la compasión, la fraternidad, la ayuda mutua, en definitiva el espíritu solidario (del latín solidum, que usamos para referirnos al sentimiento
de ser parte de un colectivo), explican una parte muy importante de nuestros
comportamientos cotidianos en materia económica[3].
Más
bien, lo que ocurre es que nos ha tocado vivir en un mundo donde ciertas
doctrinas e ideologías exacerbaron el papel del homo oeconomicus, frío, calculador y egoísta, lo elevaron como paradigma
del comportamiento racional en la economía, y terminaron entonces por montar
una particular cultura económica que ha generado un sinnúmero de situaciones
escandalosas y paradójicas.
Abanderados
detrás de la ideología falaz de la competitividad desenfrenada, los adalides de
“la mano invisible del mercado” son incapaces de percibir el “abrazo invisible” que no solo ha explicado el desarrollo
humano y económico de civilizaciones enteras en la antigüedad como testifican
los estudiosos de la antropología económica, sino que, actualmente también está
presente con mucha fuerza en cada uno de nosotros y en muchas de las
organizaciones de las que formamos parte, y que podemos situar bajo el paraguas
conceptual de la economía solidaria, o socioeconomía solidaria como preferimos
denominar nosotros mismos.
Sin
embargo, no podemos esconder que el pensamiento único ha podido más que el paradigma
de la complejidad en estos tiempos que nos ha tocado vivir. De otra manera no
podríamos explicarnos cómo seguimos tan lejos de ciertos cánones de bienestar
para la inmensa mayoría de la población del mundo. Una parte considerable de
nuestros colegas, por ejemplo, siguen más atentos la evolución de un Producto
Bruto Interno que de un Indice de Desarrollo Humano. Están más preocupados por
un rebrote de la inflación que por un rebrote del cólera. Compran cada mañana
el periódico para evaluar el Down Jones, pero seguramente desconocen la evolución
que sigue la Tasa de Desempleo.
Estimadas
amigas y amigos, la economía de la solidaridad como Uds. ya saben, es un
enfoque que supera largamente el mero estudio de las organizaciones comunitarias.
Todos quienes estamos participando de este nuevo enfoque, estamos convencidos acerca
del rol positivo que tienen las organizaciones cooperativas y solidarias en
nuestras economías, pero eso no nos alcanza, y por eso intentamos elevar las
miras, e incursionar en visiones más amplias, para que en su conjunto las
dimensiones micro y macro puedan contribuir a una verdadera humanización de los
procesos económicos. Esto, no es nada novedoso para quienes estudiamos la
historia de la llamada economía social. Los precursores del cooperativismo,
llegaron a las propuestas de construir determinadas organizaciones democráticas
y justas (cooperativas y comunidades fundamentalmente), luego de reflexionar
sobre la situación socioeconómica, y de distanciarse del discurso liberal en
boga. Allí están las obras de Owen, Thompson, Buchez y tantos otros animadores
del cooperativismo y fuertemente críticos a un capitalismo salvaje que por
entonces se instalaba en varios países europeos.
2. Nuestra
intención en este Encuentro no es hacer un repaso de cómo los actores
cooperativos contribuyen en la consecución de cada uno de los objetivos fijados
en su momento por las Naciones Unidas. Otros ya han realizado esta tarea antes[4]
y todos concuerdan acerca de cómo la matriz social y económica que caracteriza
a las organizaciones cooperativas, ayuda positivamente sobre todo en la
creación de empleos, en la satisfacción de determinadas necesidades básicas,
así como en acercar la demanda a la oferta en ciertas circunstancias en que las
empresas capitalistas o del Estado aparecen como muy alejadas de los sectores
populares.
En
definitiva, ya son varios los estudios empíricos que demuestran la pertinencia
del movimiento cooperativo y del movimiento de la economía solidaria, como
actores fundamentales en la consecución de los objetivos del milenio.
Lamentablemente, y a pesar de ello, prácticamente no existe literatura oficial
de las Naciones Unidas donde se ubique al sector cooperativo o solidario como
actor fundamental en la lucha contra la pobreza y la exclusión y a favor de los
Objetivos del Milenio. También faltan estudios más abarcativos en la materia,
esto es, análisis que vayan más allá de los meramente organizacionales en
materia cooperativa, que integren todas las modalidades de la economía
solidaria, y que puedan dar un salto más teórico en estas materias. Justamente
nuestra intención, aprovechando esta magnífica oportunidad, es poder
reflexionar con todos Uds. algunos aspectos que esconden sendas discusiones teóricas
en cuanto a qué entendemos por economía solidaria y cooperativismo, y cómo
pueden actuar estos movimientos en el marco de los objetivos del milenio.
Digamos,
además, y antes de entrar de lleno en nuestra temática, algo con respecto a
estos objetivos. Por lo general, he percibido dos grandes tendencias en la
opinión pública y política con respecto a esta iniciativa de las Naciones
Unidas. Por una parte, están aquellos que ven en este emprendimiento, el mayor
esfuerzo concreto por dar pasos contundentes en la lucha contra algunos de los
principales males que aquejan al mundo, y sobre todo al mundo en vías al
desarrollo. Por otra parte están aquellos que sostienen que se tratan de
objetivos miserables, y que al final no ocurrirán grandes cambios en el panorama
social de nuestros pueblos. En lo particular manejo una tercer posición en
estas materias: si bien creo que algunos objetivos son, evidentemente muy
miserables (como por ejemplo plantearse la meta en 15 años de reducir solo a la
mitad la pobreza extrema, y dar por sentado que millones continuarán muriéndose
de hambre), creo que es sin embargo un instrumento global que posiciona las
temáticas sociales en un protagonismo como pocas veces ha tenido,
comprometiendo a los Estados Nacionales, y a la comunidad internacional toda,
en metas bien específicas. Adelantemos sin embargo, que toda la evidencia hasta
el momento hace pensar en que aún así, la probabilidad de cumplir con los
objetivos propuestos es, al momento, muy baja, habida cuenta de los indicadores
actuales y las proyecciones de cara al futuro. Digamos también, que la
comunidad internacional se ha visto sacudida en los últimos años por escenarios
que lamentablemente han cambiado el eje de discusión. Todos somos testigos que
hoy se habla mucho más de la lucha contra el terrorismo, que de la lucha contra
la pobreza.
Sin
embargo, muchos movimientos sociales, culturales, políticos, y por cierto
académicos, persisten en la necesidad de profundizar la mirada y poner el
acento en las graves deudas que tenemos en términos de desarrollo humano.
Felicito en ese sentido, la iniciativa de este encuentro universitario que
invita a reflexionar sobre “los aportes de la economía social y solidaria a los
retos del milenio”. Se trata de volver
a poner el eje de discusión en los enormes desafíos que desde nuestro
continente tenemos en materia socioeconómica, desafíos que son antes que nada
éticos, donde la economía social y solidaria tiene mucho para aportar, en el
entendido que a diferencia de otros sectores de la economía, aquí la
responsabilidad social es entendida no como una mera herramienta de marketing,
sino como un componente fundamental de la acción específica que está presente
en su historia, en su doctrina y en su práctica cotidiana.
La economía solidaria como nuevo paradigma.
3. Solo
a los efectos de simplificar una realidad más compleja, y con el ánimo de
entender definitivamente de qué hablamos cuando nos referimos a la economía
solidaria, digamos que ésta, a diferencia de otros conceptos en apariencia
similares, presenta al menos tres dimensiones bien precisas: en primer término,
la economía solidaria es un movimiento
de ideas, una ideología, y por lo tanto un discurso que trata de convencer
acerca de la necesidad de cambiar ciertas conductas y datos de la realidad que
a sus ojos aparecen como funcionales a un modelo que genera pobreza, exclusión,
deterioro del medio ambiente y porque no, enajenación en los procesos
productivos. En este sentido, hemos señalado en varias oportunidades[5]
que la ES es heredera de una larga tradición de movimientos de ideas que
algunos llaman contestatarios, otros
llaman proféticos, pero que fundamentalmente se caracterizan por oponerse a determinado statu quo que se entiende contrario a
los valores que defiende: en este caso, solidaridad, equidad, sustentabilidad,
y democracia en la toma de decisiones, para señalar algunos de los más
notorios. En concreto, para el caso latinoamericano, no cabe duda que el
movimiento de la economía solidaria, desde esta dimensión, ha sido uno de los
más críticos al paradigma del neoliberalismo y a algunos de sus instrumentos
específicos.
Básicamente
esta dimensión de la economía solidaria podemos observarla actuando con fuerza
en el marco de las diversas redes constituidas bajo la influencia del Foro
Social Mundial. Sendos encuentros latinoamericanos de líderes, delegados y
representantes de la economía solidaria en nuestros países, como el de Lima
(1997), Porto Alegre (1998), Cochabamba (2005) o La Habana (2007), encuentros
del movimiento sindical como los de la Clat desde inicios de los noventa,
encuentros de diferentes estructuras eclesiales –como es el caso de Cáritas-, encuentros
en el marco de Ferias como las de Brasil (Santa María) o Uruguay (Atlántida); o
incluso encuentros académicos como las II Jornadas regionales de Estudios
cooperativos y de la economía solidaria (Montevideo, 2005), han concluido con
declaraciones que cuestionan muy fuertemente el actual desorden económico,
social y ecológico, proponiendo alternativas solidarias, asociativas y
responsables con la comunidad y las futuras generaciones. Veamos dos ejemplos
en la materia.
Carta
de Porto Alegre: “Juntos constatamos que, a pesar de a distancia y de las
distintas circunstancias de nuestras respectivas realidades, el peso de la
economía capitalista globalizada y de su modelo de funcionamiento comporta
semejantes situaciones de injusticia social y económica, e implica una amenaza permanente a la vida
humana y del Planeta”[6].
Las II
Jornadas Universitarias sobre cooperativismo, economía solidaria y procesos
asociativos, decía con respecto al neoliberalismo:
“El
neoliberalismo produjo en las últimas décadas un conjunto de ajustes estructurales,
macroeconómicos y políticos, dejando una herencia de exclusión social, aumento
de miseria, marginalización de multitudes, intensificación de la violencia
urbana y degradación ética, a partir de la cínica filosofía de la maximización
del lucro como base de producción de riquezas”[7].
Desde
esta primera dimensión, la economía solidaria intenta rescatar un discurso
alternativo, en aras de construir una sociedad más humana. El slogan de “otra
economía es posible”, que popularizara el FSM, en definitiva viene a sacudir la
modorra de un movimiento cooperativo que con el paso del tiempo ha ido
marginalizando justamente esta dimensión más política, a pesar que como ya
dijimos, en sus orígenes estaba muy presente entre sus principales líderes. Al
hacerlo el cooperativismo corre el riesgo de perder mística, de perder
convicción, y fuerza de cambio en la sociedad, fuerza que solo es posible mantener
si se tienen aspiraciones superiores.
En
segundo término, decimos que la economía solidaria es también un nuevo paradigma
en términos teóricos. En concreto, aquí sobresale la necesidad de superar
ciertos parámetros positivistas en materia teórica, e incursionar en
modalidades más emparentadas con el paradigma de la complejidad. Debemos
destacar en primer término la influencia de la antropología sustantivista de
Polanyi, para entender cómo en realidad las dimensiones económicas no pueden
estar separadas de los aspectos sociales, culturales y políticos en una
sociedad determinada (es lo que el
autor denominaba una economía imbricada, o “embedded economy”). Solo teniendo en cuenta estos argumentos se
puede comprender nuestra propensión particular de referirnos a nuestra
disciplina como una “socioeconomía solidaria” en vez de “economía solidaria”
como es más usual llamar. Digamos al respecto que desde este paradigma no queda
más remedio que rechazar aquellas visiones que segmentando la realidad, se
refieren a la pobreza, por ejemplo, como un fenómeno meramente social, de la
“cuestión social” que nada tiene que ver con la economía. Este es como Uds.
comprenderán un tema especialmente significativo desde el punto de vista de
nuestra exposición. Podríamos preguntarnos en tal sentido que rol están jugando
nuestros Ministerios de Economía en materia de objetivos del milenio o incluso
que rol juegan estos Ministerios en el fomento y desarrollo de la economía
solidaria[8].
En segundo término debemos destacar la influencia que ha tenido la economía
solidaria en construir conceptos y categorías analíticas diferentes a las más
habitualmente utilizadas desde las diferentes
perspectivas teóricas convencionales (tanto en su variante clásica,
neoclásica como marxista, por ejemplo). La propia definición de la economía
desde nuestras vertientes, siempre vinculada a la satisfacción de necesidades,
y más emparentadas a la versión original Aristotélica de la oiko nomía, y ya no de la mera Krematístike, es un buen ejemplo al
respecto.
Descubriendo
entonces, los diversos mecanismos que operan en cada uno de nuestros “mercados
determinados” (he aquí una de las categorías analíticas que viene a rescatar la
economía solidaria, de la mano de Ricardo y Gramsci), podemos concluir que la
receta liberal del libre mercado ha resultado funcional a los intereses de los
más poderosos, en tanto que la receta opuesta, esto es, el estatismo puro, no
ha resuelto el problema de la mayor equidad, y por sobre todas las cosas ha
truncado la posibilidad de generar riquezas, de donde se deduce que ya no es
tiempo de recetas, sino de sabias articulaciones sinérgicas entre todos los
sectores, y por sobre todas las cosas, de mayor protagonismo de las comunidades
y de los esfuerzos económicos solidarios. Volveremos sobre este asunto.
Justamente
la tercera dimensión de la economía solidaria es la que refiere a una
particular forma de “hacer economía”, esto es, de producir, consumir,
distribuir y acumular. Bajo esta denominación incluimos diversos formatos que muchos autores prefieren
denominar “economía social”, y donde, por supuesto, las cooperativas
constituyen en este momento la modalidad más corriente, aunque deberíamos también considerar
las mutuales, las asociaciones, y otros
posibles formatos más propios de ciertos países, como es el caso de los Fondos
de Empleados en Colombia, por ejemplo .
Esta
tercera dimensión es la más corrientemente asociada al concepto de la economía
solidaria, dando lugar a nociones como “sector solidario” o “tercer sector”.
Sin
embargo, no quisiera pasar a la segunda parte de mi exposición sin insistir en
cuanto que los tres niveles anteriores son de fundamental importancia para
comprender el significado de la economía solidaria en el continente, y además,
de fundamental importancia para analizar el papel que le cabe a ésta, en la
construcción de una sociedad más justa y solidaria, o en otros términos, su rol
en la consecución de los objetivos del milenio.
Pasemos
entonces a analizar dos debates específicos en la materia.
El rol
que juega la redistribución de los ingresos en la lucha contra la
pobreza.
4. No
cabe duda con respecto a la realidad
latinoamericana, que uno de sus principales problemas para resolver los
diversos aspectos relacionados con los objetivos del milenio refieren no tanto a las dificultades por crear riqueza,
sino a la forma particularmente inequitativa en que se distribuyen esas
riquezas. Ya desde hace algunos años el BID sentenciaba a América Latina como
el continente que peor distribuye su riqueza, siendo algunos de sus países
particularmente preocupantes en la materia[9].
Otros trabajos posteriores, han tratado de examinar las condiciones en las
cuáles cada uno de nuestros países podrían alcanzar la meta de reducir a la
mitad la tasa de pobreza extrema registrada en 1999[10].
En un reciente trabajo
de la Cepal, se consideraron dos escenarios: uno de carácter
"histórico", que extrapola al futuro el crecimiento y la dinámica de
la desigualdad de cada país en los años noventa; y un escenario
"alternativo", que simula los cambios que acercarían más a cada país
a un "ideal regional" (que en el informe se ha denominado
"Maxilandia"), a la vez más rico y más equitativo que cualquier país
de América Latina y el Caribe en la actualidad.
Las conclusiones
inquietantes provienen de las simulaciones basadas en la evolución histórica de
los países. Si los países de la muestra siguieran comportándose como en el
decenio de 1990, en 2015 sólo 7 de los 18 cumplirían sus metas de reducción de
la pobreza (respecto de la línea internacional de pobreza). Ellos son
Argentina, Chile, Colombia, Honduras, Panamá, la República Dominicana y
Uruguay. Una dosis mayor de inquietud
surge cuando observamos que dos de esos países (Argentina y Uruguay) sufrieron
a partir del 2000, sendas crisis que dispararon sus tasas de pobreza y por lo
tanto desajustaron la proyección histórica[11].
En un escenario
alternativo, que implicara mayor progresividad en la distribución de los
ingresos, el resultado es totalmente distinto: la casi totalidad de los países
podrían alcanzar la meta combinando tasas anuales medias de crecimiento del PIB
per cápita de 3% o menos con bajas acumulativas de la desigualdad inferiores a
4%.
Dos conclusiones del Informe son especialmente sugerente. La primera dice que “los resultados de los esfuerzos por reducir la pobreza realizados últimamente en América Latina y el Caribe han sido desalentadores, en gran medida porque no ha sido posible controlar los elevados niveles de desigualdad de la región. En los pocos casos en que los países han logrado disminuir la desigualdad, se han logrado grandes beneficios en materia de reducción de la pobreza”. La segunda señala que “no hay evidencia de que económicamente el crecimiento y la reducción de la desigualdad se sustituyan. Por el contrario, en general todo indica que los elevados niveles de desigualdad de la región son un obstáculo para el logro de un crecimiento más dinámico”[12].
La economía solidaria sin duda puede contribuir como ningún otro sector en este desafío de crear riqueza y distribuirla con equidad. De hecho, sus organizaciones se caracterizan por cuestionar las modalidades de acumulación típicas del sector capitalista, que contribuyen a generar tantas desigualdades, sobre todo cuando son guiados por un modelo de comportamiento individualista, egoísta, y utilitarista, en definitiva por una racionalidad de tipo “homo oeconomicus” que sirvió de base legitimante del liberalismo económico ya desde principios del Siglo XVII. La racionalidad alternativa de la economía solidaria, privilegiando la visión comunitaria, e incentivando la cooperación, la reciprocidad y la ayuda mutua, ha dado lugar en el plano de la distribución de los ingresos y de la acumulación, a instrumentos muy específicos como ser el a mi gusto antipático y ya casi carente de sentido, concepto de “organizaciones sin fines de lucro”, u otros más acertados como el reparto de utilidades conforme a determinados parámetros morales (que cada legislación nacional define obviamente con criterios distintos), el criterio de reparto a prorrata según el aporte realizado por cada socio, o incluso el establecimiento de topes salariales para evitar demasiadas diferencias dentro de una escala salarial[13].
Pero por lo demás, la economía solidaria, en su variante teórica, logra enfocar el debate de la distribución de las riquezas en su expresión más pertinente, esto es, entender la necesidad de distribuir factores productivos que empoderados por parte de los sectores populares, puedan generar luego riqueza sostenible[14]. Nos explicamos: el común de la gente puede llegar a pensar que el problema de la pobreza se resuelve con el mero reparto de las riquezas (ya sea en su variante de capital físico o capital financiero). De hecho, muchas veces las políticas redistributivas aplicadas en nuestros países se vieron tentadas a aplicar este modelo simplista y populista, con resultados desalentadores: al cabo de un tiempo, los pobres de antes siguen siendo tan pobres, y los ricos, vuelven a acumular y sacar ventajas nuevamente. El secreto de la redistribución para que se vuelva eficiente, es que la misma implique la posibilidad de ejercer dominio sobre todos los factores que operan en el proceso económico: dominio de capital, de finanzas, de tecnología, de trabajo, de cooperación, de gestión y sobre todo de “saber hacer” (know haw). De hecho, este es también el secreto del éxito de cualquier emprendimiento solidario: tener dominio de todos los factores necesarios para la producción, y gestionarlos bajo los parámetros del trabajo comunitario.
En este sentido queremos sostener que la redistribución de riquezas debe incluir todos los aspectos posibles, a los efectos que los beneficiarios puedan controlar aquellos resortes necesarios para hacer sustentable la reproducción de la riqueza, ahora en términos más equitativos, en el marco de un mercado democrático y justo.
El papel de los otros actores.
5. Muchas
veces quienes trabajamos en la promoción y desarrollo de experiencias
solidarias y comunitarias, nos vemos tentados a pensar que la solución a tanta
pobreza, inequidad y despilfarro consumista está en la construcción de un único
modelo alternativo de hacer las cosas. De hecho, bajo la denominación
“socialismos utópicos” se erigieron modelos específicos que fueron pensados
para ir avanzando hasta ocupar todos los espacios de la economía: allí están
las experiencias de los falansterios de Proudhon, las comunidades de Owen, o
incluso la “República Cooperativa” que soñaba Gide. Hoy en día, muchos de mis
colegas piensan que la solución a nuestros problemas pasan o por la
totalización de los mercados (utopía liberal), o por la totalización de los
estados (mecanismo utilizado fundamentalmente por los socialismos reales).
Sobre el primero digamos que la Inglaterra post revolución industrial lo
intentó aplicar, generando la “mano invisible”, algunas de las peores
condiciones de vida que recuerde la clase obrera en su historia, condiciones
que comenzaron a cambiar cuando justamente el mercado supo aceptar determinadas
normas y reglas sociales y legislativas para su mejor funcionamiento. Para
América Latina me permito decir que el recetario del mal llamado Consenso de
Washington intentó reposicionar esta idea, con resultados en algunos casos
terribles para el conjunto de la población. Sobre la receta opuesta, digamos
que tampoco ha sido efectiva en tanto cercena la posibilidad de la sociedad
civil a asumir sus propios desafíos. Valga señalar en este sentido, que algunas
experiencias de apertura hacia la economía solidaria en economías fuertemente
estatistas , han sido francamente positivas, como es el caso de las
cooperativas agropecuarias afiliadas a la ANAP, en Cuba. No ha faltado quien
proponga, como Uds. se imaginan, que la economía solidaria debe sustituir a las
economías capitalistas y del estado, volviendo al recetario fácil y simplista.
Desde
nuestro punto de vista, la economía solidaria debe fortalecerse como el sector
que nuclea a aquellas experiencias asociativas, cooperativas y mutuales que
comparten una visión justamente solidaria de la vida social y económica. Pero eso
no alcanza, y en tal sentido, debe formar parte de la estrategia del sector
solidario, transmitir esos valores,
principios, e instrumentos específicos al resto de los sectores: las empresas
de capital necesitan incorporar más solidaridad en sus negocios. Son un motor
espectacular en cuanto creación de riquezas, pero distribuyen muy mal, y en
algunos casos generan tantas externalidades negativas que debieran revisar su
papel en la sociedad. El Estado debe incorporar más solidaridad en su
actuación. En concreto, detenta los circuitos de tributación y asignación jerárquica,
y por ese medio, se constituye en el actor fundamental para promover y para
redistribuir mejor.
En los
hechos, vivimos en un contexto donde
los sectores se encuentran mutuamente condicionados. Así como la economía
solidaria ha recibido insumos (imputs) desde las lógicas de los otros sectores
de la economía, creemos que la solidaridad, central en el sector que nos une, debe
contagiar al resto de las lógicas.
6.- Los
fundamentos de la economía solidaria, que colocan al ser humano “como sujeto y
finalidad”[15] de la
actividad económica, ubican al sector, en una posición clave para hacer frente
al desafío del desarrollo humano, y más concretamente de los objetivos del
milenio. En las tres dimensiones señaladas al comienzo, la economía solidaria
presenta desafíos de enorme potencialidad en materia de desarrollo humano
integral:
a)
la
economía solidaria debe transformar la cultura dominante de competitividad
desenfrenada, por una cultura de cooperación y ayuda mutua.
b)
asimismo,
desde sus propios paradigmas interpretativos, debe contribuir a una nueva
conceptualización del mercado, de la empresa, de los factores productivos, y
por ese medio, diseñar mejor los programas de creación y redistribución de las
riquezas.
c)
Finalmente,
al canalizar los dinamismos económicos por medio de estructuras más democráticas
y justas, la economía solidaria, en todas sus variantes demuestra cómo la
solidaridad se transforma en un factor económico eficiente: cooperativas,
comunidades de trabajo, bancos éticos, estructuras de comercio justo,
asociaciones de pequeños productores, comunidades nativas, consumidores
responsables, etc., son nuevos actores que ya están transformando nuestras
culturas e instituciones económicas con un sentido integrador y de compromiso
con una economía más humana.
[1] Conferencia de apertura del II Encuentro Sudamericano de Investigadores en Cooperativismo “Los aportes de la economía social y solidaria a los retos del Milenio”, Bogotá, Colombia, Mayo de 2007.
[2] Uruguayo. Sociólogo. Profesor en la Universidad de la República.
[3] Incluso como nos enseña Luis Razeto, esta solidaridad se vuelve factor económico por excelencia en una parte significativa de emprendimientos económicos populares.
[4] Cfr. Birchall, J.: Cooperatives and the millennium development goals, disponible en www.ilo.org. También cfr. Schwettmann, J.: “Cooperativas y los objetivos del milenio. Una apreciación de la OIT” en www.iru.de/publikationen_sp
[5] Cfr. Guerra, P.: “Economía Solidaria” en Rev. Umbrales, Montevideo, Mayo 2006.
[6] Encontro Latino de Cultura e Socioeconomia Solidárias, Porto Alegre, 02 al 09 de agosto de 1998
[7] II Jornadas sobre Cooperativismo, Economía Solidaria y Procesos Asociativos, Montevideo, Universidad de la República, Noviembre de 2005.
[8] De hecho, las pocas políticas públicas de fomento a las economías solidarias en el continente suelen estar ajenas a los super ministerios de economía. La excepción parecería ser Ecuador, que acaba de crear una secretaría de Economía Solidaria en el seno de su Ministerio de Economía.
[9] Cfr. BIB: América Latina frente a la desigualdad, Washington, 1998. Para entonces Brasil y Paraguay lideraban las estadísticas de inequidad en la distribución de ingresos en los hogares.
[10] Cfr. CEPAL, IPEA, PNUD: Hacia el objetivo del milenio de reducir la pobreza en América Latina y el Caribe, Santiago, CEPAL, 2003.
[11] En otros seis países seguiría disminuyendo la incidencia de la pobreza extrema, pero demasiado lentamente. Estos países son Brasil, Costa Rica, El Salvador, Guatemala, México y Nicaragua. En la práctica, en los cinco restantes -Bolivia, Ecuador, Paraguay, Perú y Venezuela- los niveles de pobreza se elevarían, ya sea por un aumento de la desigualdad, por la merma del ingreso per cápita, o por ambas cosas.
[12] Idem. Ant.
[13] No repasaremos en esta ocasión las dificultades que el modelo organizacional tipo de cooperativas ha tenido conforme efectiviza estos instrumentos.
[14] Este tema, puesto en la discusión por Razeto, generó interesantes debates en el marco del II Encuentro Latinoamericano de Economía Solidaria y Comercio Justo, La Habana, Febrero de 2007.
[15] Cfr. I Conferencia Nacional de Economía Solidaria, Brasilia, 26 al 29 de Junio de 2006.