Juan
Pablo II
El Papa anti neoliberal
Dr. Pablo Guerra
Sociólogo
La
anunciada muerte de Juan Pablo II ha desatado, como es lógico, los más variados
comentarios, recuerdos, opiniones y reseñas sobre su vida y obra. Como es
lógico también, tal avalancha de opiniones han venido desde dentro y fuera de
la Iglesia, lo que resulta comprensible
habida cuenta de la trascendencia que tienen los actos, hechos y
personalidades religiosas en nuestras sociedades, más allá de las siempre más
estrechas fronteras eclesiales.
Aunque legítimas, sin embargo, no todas las
opiniones aparecen suficientemente fundadas, y rara vez captan la complejidad
en el pensamiento y acción de un hombre al que debe reconocérsele entre otras
cualidades, una profunda erudicción y formación filosófica y teológica, elementos
que por cierto sabría volcar desde el
principio en un magisterio muchas veces incomprendido en tiempos en que
parecería dominar la escena cierto relativismo moral, al que se opuso con sus
mayores fuerzas.
Por ejemplo, llama la atención que se discuta
si este fue o no fue un Papa anticomunista, un asunto que resulta impertinente
desde el punto de vista doctrinario e histórico, pero que además está plagado
de malos entendidos sazonados por las distintas visiones y hechos concretos que han tenido que vivir y sufrir, por ejemplo,
pueblos tan distintos como los de Europa del Este y Latinoamérica (los unos,
soportando los extremos del totalitarismo soviético, los otros padeciendo el
totalitarismo de derecha). Quienes hacen hincapié en el asunto del anticomunismo,
están cercenando además, la posibilidad de descubrir que este Papa fue
fundamentalmente anti neoliberal.
Su compromiso social, si bien queda de
manifiesto desde su primera Encíclica (“Redemptor
Hominis”), pasa al primer plano con la que a mi criterio ha sido la
encíclica social más innovadora de este Papa: me refiero a su tercera obra, “Laborem Exercerns”, sobre el trabajo
humano, publicada en 1981. Escrita por el primer Papa obrero en la historia
contemporánea, no solo critica la
esencia del capitalismo y del sistema colectivista, sino que fundamentalmente
asume la centralidad del trabajo humano (“es una clave, quizá la clave esencial
de toda cuestión social”) como factor de desarrollo integral, de liberación y
de culturización, reiterando en tal sentido “el principio de prioridad del
trabajo frente al capital”. Asuntos como el desempleo, el salario, las
prestaciones sociales, los sindicatos, los derechos de los minusválidos, así
como de los migrantes, forman parte de una obra fundamental aún en nuestros
días.
Luego vendría
“Sollicitudo rei socialis”, escrita en 1987, con motivo del vigésimo
aniversario de la notable “Populorum
Progressio” de Pablo VI. Aquí el acento vuelve a ponerse en el concepto del
desarrollo humano integral, denunciando la cada día más creciente brecha entre
el norte y el sur, o la miseria y pobreza que azota a millones, todo en el
marco de una escandalosa escalada armamentista, temas que como se comprenderá,
asumen rigurosa actualidad.
Su novena encíclica es “Centesimus annus”,
escrita en 1991, al conmemorarse los 100 años de la primera encíclica social de
la Iglesia, de León XIII. Es aquí donde se centra en el fenómeno de los
socialismos reales, señalando que “su error fundamental ... es de carácter
antropológico”. Incluso, en el marco de una entrevista dada a un periodista
polaco en 1993, destacaría aspectos positivos del socialismo en otros planos:
“El comunismo ha tenido cierto éxito en este siglo como una reacción contra una
clase de capitalismo desenfrenado, salvaje, que todos conocemos muy bien /.../
los partidarios de un capitalismo a ultranza tienden a ignorar también las
cosas buenas logradas por el comunismo: sus esfuerzos por superar el desempleo,
su preocupación por los pobres... Durante la época del comunismo hubo una
preocupación por la comunidad, a diferencia del capitalismo, que es bastante
individualista”.
Desde hace muchos años queda meridianamente claro
cual es el contrareferente de la doctrina social: el capitalismo salvaje, o la
“lucha contra un sistema económico, entendido como método que asegura el
predominio absoluto del capital...”. De esta manera estaban madurando las
condiciones para la condena al neoliberalismo, que se formaliza finalmente en
la Exhortación Apostólica PostSinodal “La Iglesia en América”, de 1999. Allí,
en el marco de “los pecados sociales que claman al cielo”, hace referencia a
“un sistema conocido como neoliberalismo; sistema que haciendo referencia a una
concepción economicista del hombre, considera las ganancias y las leyes de
mercado como parámetros absolutos en detrimento de la dignidad y del respeto de
las personas y los pueblos”.
Para
este continente, y para este tiempo, el mensaje anti neoliberal de Juan Pablo
II, debería adquirir la relevancia y centralidad que algunos han preferido
ignorar o menospreciar. Que así sea.