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CARTA
ENCÍCLICA POPULORUM
PROGRESSIO DEL PAPA PABLO
VI SOBRE "EL DESARROLLO DE LOS PUEBLOS"[1]
El desarrollo de los pueblos, y muy
especialmente el de aquellos que se esfuerzan por escapar del hambre, de
la miseria, de las enfermedades endémicas, de la ignorancia; que buscan
una participación más intensa en los frutos de la civilización, una más
activa apreciación de sus humanas peculiaridades; y que, finalmente, se
orientan con constante decisión hacia la meta de su pleno desarrollo,
es observado por la Iglesia con atención. Apenas terminado el
Concilio Ecuménico Vaticano II, una renovada toma de conciencia de las
exigencias del mensaje evangélico obliga a la Iglesia a ponerse al
servicio de los los hombres para ayudarles a captar todas ls dimensiones
de este grave problema y convencerles de la urgencia de una acción
solidaria en este cambio decisivo de la historia de la
humanidad..
2. Nuestros predecesores —León XIII, al escribir su
encíclica Rerum novarum[2], Pío XI al promulgar la encíclica
Quadragesimo anno[3], y, sin hablar de los radiomensajes de Pío
XII para todo el mundo[4], Juan XXIII, al publicar sus encíclicas
Mater et Magistra[5] y Pacem in terris[6]— nunca faltaron
al deber, propio de su alto oficio, de proyectar —con tan
notables documentos— la luz del Evangelio sobre las cuestiones sociales
de su tiempo.
3. Hoy el hecho más importante es que todos tengan
clara conciencia de que actualmente la cuestión social entra por
completo en la universal solidaridad de los hombres. Claramente lo
ha afirmado nuestro predecesor, de fel. rec., Juan XXIII[7], y el
Concilio se ha hecho eco de ello en su Constitución pastoral sobre la
Iglesia en el mundo actual[8]. Puesto que tanta y tan grave es la
importancia de tal enseñanza, ante todo es necesario obedecerla sin
pérdida de tiempo. Con lastimera voz los pueblos hambrientos gritan a
los que abundan en riquezas. Y la Iglesia, conmovida ante gritos tales
de angustia, llama a todos y a cada uno de los hombres para
que, movidos por amor, respondan finalmente al clamor de los
hermanos.
4. Ya antes de ser elevados al Sumo Pontificado, nuestros
dos viajes a la América Latina (1960) y al África (1962), nos pusieron
en personal contacto con aquellos continentes, atenazados por los
problemas de su propio desarrollo, no obstante sus singulares
bienes materiales y espirituales. Revestidos de la paternidad
universal, hemos podido, en nuestros viajes a Tierra Santa y a la
India, ver con nuestros ojos y casi tocar con las manos las gravísimas
dificultades que pesan sobre estos pueblos de antigua civilización en su
lucha con los problemas del desarrollo. Y mientras en Roma se celebraba
el Concilio Vaticano II, circunstancias providenciales nos permitieron
dirigirnos a la Asamblea General de las Naciones Unidas y allí, como
ante tan honrado Areópago, defender públicamente la causa de los
pueblos pobres.
5. Finalmente, para responder al voto del
Concilio y para concretar la aportación de la Santa Sede a esta gran
causa de los pueblos en vías de desarrollo, recientemente creímos que
era deber nuestro añadir a los demás organismos centrales de la Iglesia
una Comisión Pontificia, que tuviese como misión singular suya
"suscitar, en el pueblo de Dios, una plena conciencia de su misión en
el momento presente, para, de una parte, promover el progreso de los
países pobres y fomentar la justicia social entre las naciones, y por
otra, ayudar a las naciones subdesarrolladas a que también ellas
trabajen por su propio desarrollo"[9]: Justicia y Paz es su nombre y
su programa. Pensamos que para este programa, junto con nuestros hijos
católicos y hermanos cristianos, han de unirse en iniciativas y
trabajos todos los hombres de buena voluntad. Conforme a ello, Nos
dirigimos hoy este solemne llamamiento a todos los hombres para
una acción concreta en pro del desarrollo integral del hombre y del
desarrollo solidario de la humanidad.
PRIMERA PARTE
6. Verse libres de la miseria,
hallar con mayor seguridad la propia subsistencia, la salud,
una estable ocupación; participar con más plenitud en las
responsabilidades, mas fuera de toda opresión y lejos de situaciones
ofensivas para la dignidad del hombre; tener una cultura más perfecta
—en una palabra, hacer, conocer y tener más para ser también más—, tal es
la aspiración de los hombres de hoy, cuando un gran número de ellos se
ven condenados a vivir en tales condiciones que convierten casi en
ilusorio deseo tan legítimo. Por otra parte, pueblos recientemente
transformados en naciones independientes sienten la necesidad de añadir a
la libertad política un crecimiento autónomo y digno, social no menos
que económico, con el cual puedan asegurar a sus propios ciudadanos un
pleno desarrollo humano y ocupar el puesto que en el concierto de las
naciones les corresponde.
7. Ante la amplitud y urgencia de la
labor que precisa llevar a cabo, disponemos de medios heredados del
pasado, aunque sean insuficientes. Ciertamente se ha de reconocer que
las potencias coloniales con frecuencia no se han fijado sino en su
propio interés, su poderío o su gloria; y, al retirarse, a veces han
dejado una situación económica vulnerable, ligada, por ejemplo, al
monocultivo, cuyos valores hállanse sometidos a tan bruscas
como desproporcionadas variaciones. Pero aun reconociendo objetivamente
los errores de un cierto tipo de colonialismo y sus consecuencias,
necesario es, al mismo tiempo, rendir homenaje a las cualidades y a las
realizaciones de los colonizadores, que en tantas regiones abandonadas
han aportado su ciencia y su técnica, dejando en ellas preciosas
señales de su presencia. Aun siendo incompletas, ciertas estructuras
establecidas permanecen y han cumplido su papel, por ejemplo, logrando
hacer retroceder la ignorancia y la enfermedad o habiendo establecido
comunicaciones beneficiosas y mejorado las condiciones de
vida.
8. Mas, aun reconociendo todo esto, es muy cierto que tal
organización es notoriamente insuficiente para enfrentarse con la dura
realidad de la economía moderna. Dejado a sí mismo, su mecanismo
conduce al mundo hacia una agravación, y no hacia una atenuación, en
la disparidad de los niveles de vida: los pueblos ricos gozan de un
rápido crecimiento, mientras los pobres no logran sino un lento
desarrollo. Crece el desequilibrio: unos producen excesivamente géneros
alimenticios de los que otros carecen con grave daño, y estos últimos
experimentan cuán inciertas resultan sus exportaciones.
9. Y al
mismo tiempo los conflictos sociales se han ampliado hasta alcanzar
dimensiones exactamente mundiales. La viva inquietud que se ha adueñado
de las clases pobres en los países que se van industrializando alcanza
ahora a aquellas cuya economía es casi exclusivamente agraria: los
campesinos han llegado —ellos también— a adquirir la conciencia de su
inmerecida miseria[10]. A eso se añade el escándalo de las irritantes
disparidades no sólo en el goce de los bienes, sino, aún más, en el
ejercicio del poder. Mientras en algunas regiones una oligarquía goza
con una refinada civilización, el resto de la población, pobre y dispersa,
se halla "casi privada de toda iniciativa y de toda responsabilidad
propias, por vivir frecuentemente en condiciones de vida y de trabajo
indignas de la persona humana"[11].
10. Por otra parte, el choque
entre las civilizaciones tradicionales y las novedades traídas por
la civilización industrial tiene un efecto destructor en las
estructuras que no se adaptan a las nuevas condiciones. Dentro del
ámbito, a veces rígido, de tales estructuras se encuadraba la
vida personal y familiar, que encontraba en ellas indispensable apoyo,
y a ellas continúan aferrados los ancianos, mientras los jóvenes
tienden a liberarse de ellas como de un obstáculo inútil, volviéndose
ávidamente hacia las nuevas formas de la vida social. Así sucede que el
conflicto de las generaciones se agrava con un trágico dilema: o
conservar instituciones y creencias ancestrales, renunciando al
progreso, o entregarse a las técnicas y formas de vida venidas
de fuera, pero rechazando, junto con las tradiciones del pasado, la
riqueza de valores humanos que contenían. De hecho sucede con
frecuencia que van faltando los apoyos morales, espirituales
y religiosos del pasado, sin que la inserción en el mundo nuevo quede
asegurada por otros.
CONCLUSIÓN
11. Ante tan
variable situación, cada vez se hace más violenta la tentación que obliga
a dejarse arrastrar hacia mesianismos tan prometedores como forjadores
de ilusiones. ¿Quién no ve los peligros que de ello pueden derivarse,
como reacciones populares violentas, agitaciones insurreccionales y
propensión gradual hacia ideologías totalitarias? Estos son los datos
del problema, cuya gravedad no puede escapar a nadie.
2. LA IGLESIA Y EL
DESARROLLO
12. Fiel a
la enseñanza y al ejemplo de su divino Fundador, que como señal de su
misión dio al mundo el anuncio de la Buena Nueva a los pobres[12], la
Iglesia nunca ha dejado de promover la elevación humana de los pueblos,
a los cuales llevaba la fe en Jesucristo. Al mismo tiempo que iglesias,
sus misioneros han construido centros asistenciales y hospitales, escuelas
y universidades. Enseñando a los indígenas la manera de lograr el mayor
provecho de los recursos naturales, frecuentemente los han protegido
contra la explotación de extranjeros.Sin duda alguna su labor, por lo
mismo que era humana, no fue perfecta; y a veces pudo suceder que
algunos mezclaran no pocos modos de pensar y de vivir de su país
originario con el anuncio del auténtico mensaje evangélico. Mas también
supieron cultivar y aun promover las instituciones locales. En no pocas
regiones fueron ellos los "pioneros", así del progreso material como del
desarrollo material como del desarrollo cultural. Basta recordar el
ejemplo del padre. Carlos de Foucauld, a quien se juzgó digno de
llamarle, por su caridad, el "Hermano universal", y al que
también debemos la compilación de un precioso diccionario de la lengua
tuareg. Nos queremos aquí rendir a esos precursores, frecuentemente muy
ignorados, el homenaje que se merecen: tanto a ellos como a los que,
emulándoles, fueron sus sucesores y que, todavía hoy, siguen
dedicándose al servicio tan generoso como desinteresado de aquellos a
quienes evangelizan.
13. Pero ya no bastan las iniciativas locales
e individuales. La actual situación del mundo exige una solución de
conjunto que arranque de una clara visión de todos los aspectos
económicos, sociales, culturales y espirituales. Merced a la
experiencia que de la humanidad tiene, la Iglesia, sin pretender en
modo alguno mezclarse en lo político de los Estados, está
"atenta exclusivamente a continuar, guiada por el Espíritu Paráclito,
la obra misma de Cristo, que vino al mundo para dar testimonio de la
verdad, para salvar y no para juzgar, para servir y no para
ser servido"[13]. Fundada para establecer, ya desde acá abajo, el Reino
de los cielos y no para conquistar terrenal poder, afirma ella
claramente que los dos campos son distintos, como soberanos son los dos
poderes, el eclesiástico y el civil, cada uno en su campo de
acción[14]. Pero, al vivir en la historia, ella debe "escrutar a fondo
los signos de los tiempos e interpretarlos a la luz del Evangelio"[15].
En comunión con las mejores aspiraciones de los hombres y sufriendo al
no verles satisfechos, desea ayudarles a que consigan su pleno desarrollo,
y precisamente para esto ellas les ofrece lo que posee como propio: una
visión global del hombre y de la humanidad.
14. El desarrollo no
se reduce al simple crecimiento económico. Para ser auténtico,
el desarrollo ha de ser integral, es decir, debe promover a todos los
hombres y a todo el hombre. Con gran exactitud lo ha subrayado un
eminente experto: "Nosotros no aceptamos la separación entre lo
económico y lo humano, ni entre el desarrollo y la civilización en que se
halla inserto. Para nosotros es el hombre lo que cuenta, cada hombre,
todo grupo de hombres, hasta comprender la humanidad
entera"[16].
15. En los designios de Dios cada hombre está llamado
a un determinado desarrollo, porque toda vida es una vocación. Desde su
nacimiento, a todos se ha dado, como en germen, un conjunto de
aptitudes y cualidades para que las hagan fructificar: su floración,
durante la educación recibida en el propio ambiente y por el personal
esfuerzo propio, permitirá a cada uno orientarse hacia su destino, que
le ha sido señalado por el Creador. Por la inteligencia y la libertad,
el hombre es responsable, así de su propio crecimiento como de su
salvación. Ayudado, y a veces estorbado, por los que le educan y le
rodean, cada uno continúa siempre, cualesquiera sean los influjos en él
ejercidos, siendo el principal artífice de su éxito o de su fracaso: sólo
por el esfuerzo de su inteligencia y de su voluntad el hombre puede
crecer en humanidad, valer más, ser más.
16. Por otra parte, ese
crecimiento no es facultativo. Así como la creación entera se
halla ordenada a su Creador, la criatura espiritual está obligada a
orientar espontáneamente su vida hacia Dios, verdad primera y bien
soberano. Por ello, el crecimiento humano constituye como una precisa
síntesis de nuestros deberes. Más aún, esta armonía de la naturaleza,
enriquecida por el esfuerzo personal y responsable, está llamada a
superarse a sí misma. Mediante su inserción en Cristo vivificante, el
hombre entra en una nueva dimensión, en un humanismo trascendente, que
le confiere su mayor plenitud: ésta es la finalidad suprema del
desarrollo personal.
17. Pero cada uno de los hombres es miembro
de la sociedad, pertenece a la humanidad entera. No se trata sólo de
este o aquel hombre, sino que todos los hombres están llamados a un
pleno desarrollo. Nacen, crecen y mueren las civilizaciones. Pero, como
las olas del mar durante el flujo de la marea van avanzando, cada una
un poco más, sobre la arena de la playa, de igual manera la humanidad
avanza por el camino de la historia. Herederos de pasadas
generaciones, pero beneficiándonos del trabajo de nuestros
contemporáneos, nos hallamos obligados para con todos, y no podemos
desentendernos de los que todavía vendrán a aumentar más el círculo de
la familia humana. La solidaridad universal, que es un hecho a la vez
que un beneficio para todos, es también un deber.
18. Este
crecimiento personal y comunitario correría peligro, si la verdadera
escala de valores se alterase. Es legítimo el deseo de lo necesario, y
trabajar para conseguirlo es un deber: el que no quiera trabajar, no
coma[17]. Pero la adquisición de bienes temporales puede convertirse
en codicia, en deseo de tener cada vez más y llegar a la tentación de
acrecentar el propio poder. La avaricia de las personas, de las
familias y de las naciones puede alcanzar tanto a los más pobres como a
los más ricos, suscitando, en unos y en otros, un materialismo que los
ahoga.
19. Luego el tener más, así para los pueblos como para las
personas, no es el fin último. Todo crecimiento es ambivalente.
Necesario para que el hombre sea más hombre, le encierra como en una
prisión desde el momento que se convierte en bien supremo, que impide
mirar ya más allá. Entonces los corazones se endurecen, los espíritus
se cierran con relación a los demás; los hombres ya no se unen por la
amistad, sino por el interés, que pronto coloca a unos frente a otros y
los desune. La búsqueda, pues, exclusiva del poseer se convierte en un
obstáculo para el crecimiento del ser, mientras se opone a su verdadera
grandeza: para las naciones, como para las personas, la avaricia es la
señal de un subdesarrollo moral.
20. Si proseguir el desarrollo
exige un número cada vez mayor de técnicos, aún exige más hombres de
pensamiento, capaces de profunda reflexión, que se consagren a buscar el
nuevo humanismo que permita al hombre hallarse a sí mismo, asumiendo
los valores espirituales superiores del amor, de la amistad, de la
oración y de la contemplación[18]. Así es como podrá cumplirse en toda
su plenitud el verdadero desarrollo, que es el paso, para todos y cada
uno, de unas condiciones de vida menos humanas a condiciones más
humanas.
21. Menos humanas: la penuria material de quienes están
privados de un mínimo vital y la penuria moral de quienes por el
egoísmo están mutilados. Menos humanas: las estructuras opresoras, ya
provengan del abuso del tener, ya del abuso del poder, de la explotación
de los trabajadores o de la injusticia de las transacciones. Más
humanas: lograr ascender de la miseria a la posesión de lo necesario,
la victoria sobre las plagas sociales, la adquisición de la cultura.
Más humanas todavía: el aumento en considerar la dignidad de los demás,
la orientación hacia el espíritu de pobreza[19], la cooperación al bien
común, la voluntad de la paz. Más humanas aún: el reconocimiento, por
el hombre, de los valores supremos y de Dios, fuente y fin de todos
ellos. Más humanas, finalmente, y, sobre todo, la fe, don de Dios,
acogido por la buena voluntad de los hombres, y la unidad en la caridad
de Cristo, que a todos nos llama a participar, como hijos, en la vida
del Dios viviente, Padre de todos los hombres.
3. LA ACCIÓN QUE SE DEBE
EMPRENDER
22.
Llenad la tierra, y sometedla[20]: desde sus primeras páginas la
Biblia nos enseña que la creación entera es para el hombre, al que se
le exige que aplique todo su esfuerzo inteligente para valorizarla y,
mediante su trabajo, perfeccionarla, por decirlo así, poniéndola a
su servicio. Mas si la tierra está así hecha para que a cada uno le
proporcione medios de subsistencia e instrumentos para su progreso,
todo hombre tiene derecho a encontrar en ella cuanto necesita. Lo ha
recordado el reciente Concilio: "Dios ha destinado la tierra y todo
cuanto ella contiene, para uso de todos los hombres y de todos los
pueblos, de modo que los bienes creados, en forma equitativa, deben
alcanzar a todos bajo la dirección de la justicia acompañada por la
caridad"[21]. Y todos los demás derechos, cualesquiera sean, aun
comprendidos en ellos los de propiedad y libre comercio, a ello están
subordinados: no deben estorbar, antes al contrario, deben facilitar su
realización y es un deber social grave y urgente hacerlos volver a su
finalidad primaria.
23. "Si alguno tiene bienes de este mundo y
viendo a su hermano en necesidad le cierra las entrañas, ¿cómo es
posible que en él resida el amor de Dios?"[22]. Bien conocida es la
firmeza con que los Padres de la Iglesia precisaban cuál debe ser la
actitud de los que poseen con relación a los que en necesidad se
encontraren: "No te pertenece —dice San Ambrosio— la parte de bienes
que das al pobre; le pertenece lo que tú le das. Porque lo que para uso de
los demás ha sido dado, tú te lo apropias. La tierra ha sido dada para
todo el mundo, no tan sólo para los ricos"[23]. Lo cual es tanto como
decir que la propiedad privada para nadie constituye un derecho
incondicional y absoluto. Nadie puede reservarse para uso exclusivo suyo
lo que de la propia necesidad le sobra, en tanto que a los demás falta
lo necesario. En una palabra: el derecho de propiedad no debe ejercerse
con detrimento de la utilidad pública, según la doctrina tradicional de
los Padres de la Iglesia y de los grandes teólogos. Si se llegase al
conflicto entre derechos privados adquiridos y exigencias comunitarias
primordiales, corresponde a los poderes públicos aplicarse a
resolverlos con la activa participación de las personas y de los
grupos sociales[24].
24. El bien común, pues, exige algunas
veces la expropiación, cuando algunos fundos —o por razón de su
extensión, o por su explotación deficiente o nula, o porque son causa de
miseria para los habitantes, o por el daño considerable producido a los
intereses de la región— son un obstáculo para la prosperidad
colectiva.
Al afirmarla con toda claridad[25], el Concilio recuerda
también, con no menor claridad, que la renta disponible no queda a
merced del libre capricho de los hombres y que las
especulaciones egoístas han de prohibirse. Por consiguiente, no es
lícito en modo alguno que ciudadanos, provistos de rentas abundantes,
provenientes de recursos y trabajos nacionales, las transfieran en su
mayor parte al extranjero, atendiendo únicamente al provecho propio
individual, sin consideración alguna para su patria, a la cual con tal
modo de obrar producen un daño evidente[26].
25. La
industrialización, tan necesaria para el crecimiento económico como para
el progreso humano, es a un mismo tiempo señal y factor del desarrollo.
El hombre, al aplicar tenazmente su inteligencia y su trabajo,
paulatinamente arranca sus secretos a la naturaleza y utiliza mejor
sus riquezas. Simultáneamente, mientras imprime nueva disciplina a sus
costumbres, se siente atraído cada vez más por las nuevas investigaciones
e inventos, acepta las variantes del riesgo calculado, se siente audaz
para nuevas empresas, para iniciativas generosas y para intensificar su
propia responsabilidad.
26. Con las nuevas condiciones creadas a la
sociedad, en mala hora se ha estructurado un sistema en el que el
provecho se consideraba como el motor esencial del progreso
económico, la concurrencia como ley suprema en la economía, la
propiedad privada de los medios de producción como un derecho absoluto,
sin límites y obligaciones sociales que le correspondieran. Este
liberalismo sin freno conducía a la dictadura, denunciada justamente por
Pío XI como generadora del imperialismo internacional del dinero[27].
Nunca se condenarán bastante semejantes abusos, recordando una vez más
solemnemente que la economía se halla al servicio del hombre[28]. Mas si
es verdad que cierto capitalismo ha sido la fuente de tantos sufrimientos,
de tantas injusticias y luchas fratricidas, cuyos efectos aún perduran,
injusto sería el atribuir a la industrialización misma males que son más
bien debidos al nefasto sistema que la acompañaba. Más bien ha de
reconocerse, por razón de justicia, que tanto la organización del trabajo
como la misma industrialización han contribuido en forma insustituible a
la obra toda del desarrollo.
27. De igual modo, si algunas veces
puede imponerse cierta mística del trabajo, en sí exagerada, no por
ello será menos cierto que el trabajo es querido y bendecido por Dios.
Creado a imagen suya, el hombre debe cooperar con el Creador a
completar la creación y marcar a su vez la tierra con la impronta
espiritual que él mismo ha recibido[29]. Dios, que ha dotado al hombre
de inteligencia, también le ha dado el modo de llevar a cumplimiento su
obra: artista o artesano, empresario, obrero o campesino, todo
trabajador es un creador. Inclinado sobre una materia que le ofrece
resistencia, el trabajador le imprime su sello, mientras él desarrolla su
tenacidad, su ingenio, su espíritu de inventiva. Más aún, vivido en
común, condividiendo esperanzas, sufrimientos, ambiciones y alegrías,
el trabajo une las voluntades, aproxima los espíritus, funde los
corazones; al realizarlo así, los hombres se reconocen como
hermanos[30].
28. El trabajo, sin duda ambivalente, porque promete
el dinero, la alegría, el poder, invita a unos al egoísmo y a otros a
la revuelta; desarrolla también la conciencia profesional, el sentido
del deber y la caridad hacia el prójimo. Más científico y mejor
organizado, tiene el peligro de deshumanizar al que lo realiza,
convirtiéndolo en esclavo suyo, porque el trabajo no es humano sino
cuando permanece inteligente y libre. Juan XXIII ha recordado la urgencia
de restituir al trabajador su dignidad, haciéndole participar realmente
en la labor común: se debe tender a que la empresa llegue a ser una
verdadera asociación humana, que con su espíritu influya profundamente
en las relaciones, funciones y deberes[31]. Pero el trabajo de los hombres
tiene, además, para el cristiano, la misión de colaborar en la creación
del mundo sobrenatural[32], no terminado hasta que todos lleguemos
juntos a constituir aquel hombre perfecto del que habla San Pablo, a la
medida de la plenitud de Cristo[33].
29. Urge darse prisa. Muchos
hombres sufren, y aumenta la distancia que separa el progreso de los
unos del estancamiento, cuando no del retroceso, de los otros. Necesario
es, además, que la labor que se ha de realizar progrese armoniosamente,
para no romper los equilibrios indispensables. Una reforma agraria
improvisada puede resultar contraria a su finalidad.
Una industrialización acelerada puede dislocar las estructuras, todavía
necesarias, y engendrar miserias sociales que serían un retroceso en
los valores humanos y en la cultura.
30. Cierto es que hay
situaciones cuya injusticia clama al cielo. Cuando poblaciones
enteras, faltas de lo necesario, viven en tal dependencia que les
impide toda iniciativa y responsabilidad, y también toda posibilidad de
promoción cultural y de participación en la vida social y política,
es grande la tentación de rechazar con la violencia tan graves injurias
contra la dignidad humana.
31. Sin embargo, como es sabido, las
insurrecciones y las revoluciones —salvo en el caso de tiranía evidente
y prolongada que atentase gravemente a los derechos fundamentales de la
persona y dañase peligrosamente el bien común del país— engendran nuevas
injusticias, introducen nuevos desequilibrios y excitan a los hombres a
nuevas ruinas. En modo alguno se puede combatir un mal real si ha de
ser a costa de males aún mayores.
32. Entiéndasenos bien: el
presente estado de cosas ha de afrontarse con fortaleza, y han de
combatirse y vencerse las injusticias que consigo lleva. El desarrollo
exige cambios que se han de acometer con audacia para renovar
completamente el estado actual. Con gran esfuerzo se ha de corregir y
mejorar todo lo que pide urgente reforma. Participen todos en ello con
magnanimidad y decisión, singularmente los que por cultura, situación y
poder tienen mayor influencia. Dando ejemplo, entreguen para ello una
parte de sus haberes, como lo han hecho algunos de Nuestros Hermanos en el
Episcopado[34]. De esta suerte responderán a la expectación de la sociedad
y obedecerán fielmente al Espíritu Santo, porque es "el fermento
evangélico el que suscitó y suscita en el corazón del hombre la
irrefrenable exigencia de su dignidad"[35].
33. Mas las iniciativas
personales y los afanes de imitar, tan sólo de por sí, no conducirán
al desarrollo a donde debe éste felizmente llegar. No se ha de proceder
de forma tal que las riquezas y el poderío de los ricos se aumenten
mientras se agravan las miserias de los pobres y la esclavitud de los
oprimidos. Necesarios, pues, son los programas para animar,
estimular, coordinar, suplir e integrar[36] las actuaciones
individuales y las de los cuerpos intermedios. A los poderes públicos
les corresponde determinar e imponer los objetivos que se han
de conseguir, las metas que se han de fijar, los medios para llegar a
todo ello; también les corresponde el estimular la actuación de todos
los obligados a esta mancomunada acción. Mas tengan buen cuidado de
asociar a la obra común las iniciativas de los particulares y de
los cuerpos intermedios. Unicamente así se evitarán la colectivización
integral y la planificación arbitraria, que, como opuestas a la
libertad, suprimirían el ejercicio de los derechos primarios de la
persona humana.
34. Porque todo programa concebido para lograr el
aumento de la producción no tiene otra razón de ser que el servir a la
persona humana; es decir, que le corresponde reducir las
desigualdades, suprimir las discriminaciones, liberar a los hombres de
los lazos de la esclavitud: todo ello de tal suerte que, por sí mismos
y en todo lo terrenal, puedan mejorar su situación, proseguir
su progreso moral y desarrollar plenamente su destino espiritual.
Cuando hablamos, pues, del desarrollo significamos que ha de entenderse
tanto el progreso social como el aumento de la economía. Porque no
basta aumentar la riqueza común para luego distribuirla según
equidad, como no basta promover la técnica para que la tierra, como si
se tornara más humana, resulte efectivamente más conforme para ser
habitada. Los que se hallan en camino del desarrollo han de aprender,
de quienes ya recorrieron tal camino, a evitar los errores en que aquellos
cayeron, en tales materias. El dominio de los tecnócratas —tecnocracia
le llaman— en un mañana ya próximo puede producir aún mayores daños que
los que antes trajo consigo el liberalismo. La economía y la técnica
carecen de todo valor si no se aplican plenamente al bien del hombre
a quien deben servir. Y el hombre mismo deja de ser verdaderamente
hombre si no es dueño de sus propias acciones y juez del valor de
éstas; entonces él mismo es artífice de su propio progreso: todo ello
en conformidad con la naturaleza misma que le dio el sumo Creador
y asumiendo libremente las posibilidades y las exigencias de
aquél.
35. También puede afirmarse que el crecimiento económico se
corresponde totalmente con el progreso social suscitado por aquél, y
que la educación "básica" es el primer objetivo en un plan de
desarrollo. Porque el hambre de cultura no es menos deprimente que el
hambre de alimentos: un analfabeto es un espíritu subalimentado. Saber
leer y escribir, adquirir una formación profesional, es tanto como
volver a encontrar la confianza en sí mismo, y la convicción de que
se puede progresar personalmente junto con los otros. Como decíamos en
nuestra carta al Congreso de la UNESCO, en Teherán, "la alfabetización
es para el hombre un factor primordial de integración social y de
enriquecimiento personal, mientras para la sociedad es un
instrumento privilegiado de progreso económico y de desarrollo"[37]. Y
en verdad que nos alegra grandemente el hecho de que se haya logrado
tanto trabajo y tan felices resultados en esta materia, así por la
iniciativa particular como por la de los poderes públicos y
organizaciones internacionales: son los primeros artífices del
desarrollo, por el hecho de que capacitan al hombre mismo para ser
personalmente el primer actuante en el desarrollo mismo.
36. Pero
el hombre no se pertenece verdaderamente sino en su propio ambiente
social, en el cual la familia juega papel tan importante. Papel que,
según tiempos y lugares, ha podido también ser excesivo, esto es,
siempre que se ejercitó en daño de las libertades fundamentales de
la persona humana. Mas, aunque frecuentemente sean demasiado rígidas y
mal organizadas, las viejas estructuras sociales de los países en vías
de desarrollo, son, sin embargo, necesarias todavía por algún tiempo,
siempre que paulatinamente vayan siendo apartadas de su
excesiva dominación. Pero la familia natural, esto es, la monógama y
estable, tal como ha sido concebida en el plan divino[38] y ha sido
santificada por el cristianismo, debe continuar siendo "el punto en que
se congregan distintas generaciones y se ayudan mutuamente para adquirir
una mayor sabiduría y para concordar los derechos de las personas con
todas las demás exigencias de la vida social"[39].
37. Mas no
cabe negar que un acelerado crecimiento demográfico con frecuencia añade
nuevas dificultades a los problemas del desarrollo, puesto que el
volumen de la población aumenta con mayor rapidez que los recursos de
que se dispone, y ello de tal suerte que aparentemente se está dentro
de un callejón sin salida. Fácilmente surge entonces la tentación de
frenar el incremento demográfico mediante el empleo de medidas
radicales. Cierto es que los poderes públicos, en aquello que es de su
competencia, pueden intervenir en esta materia, mediante la difusión de
una apropiada información y la adopción de oportunas medidas, siempre
que sean conformes a la ley moral y a sus exigencias, y también dentro
del respeto debido a la libertad justa de los cónyuges. Porque el
derecho a la procreación es inalienable; cuando se le daña, se aniquila
la verdadera dignidad humana. En última instancia, a los padres
corresponde decidir, con pleno conocimiento de causa, sobre el número
de sus hijos; derecho y misión que ellos aceptan ante Dios, ante sí
mismos, ante los hijos ya nacidos y ante la comunidad a la que
pertenecen, siguiendo los dictados de su propia conciencia iluminada
por la ley divina, auténticamente interpretada, y fortificada por la
confianza en El[40].
38. En la obra del desarrollo, el hombre, que
en su familia tiene su ambiente de vida primordial y originario, muchas
veces es ayudado por las organizaciones profesionales. Si éstas tienden
a promover los intereses de sus asociados, su responsabilidad y deberes
son grandes con relación a la función educativa que ellas pueden y
deben simultáneamente desarrollar. Porque tales instituciones, al
instruir y formar a los hombres en sus materias, pueden mucho en el imbuir
a todos el sentimiento del verdadero bien común y de las obligaciones
que éste exige a cada uno.
39. Toda acción social está encuadrada
en una doctrina determinada. El cristiano debe rechazar la que se funde
en una filosofía materialista o atea, puesto que no respeta ni la
orientación religiosa de la vida hacia su último fin ni la libertad y
dignidad humana. Siempre, pues, que estos valores queden
salvaguardados, puede admitirse un pluralismo en cuanto a las
organizaciones profesionales y sindicales; pluralismo que, desde
ciertos puntos de vista, es útil siempre que sirva para proteger la
libertad y conduzca a la emulación. De muy buen grado Nos rendimos
sincero homenaje a todos cuantos, renunciando a sus comodidades,
trabajan desinteresadamente en beneficio de sus hermanos.
40.
Además de estas organizaciones profesionales, se muestran muy activas las
instituciones culturales, contribuyendo grandemente al mayor éxito del
desarrollo. Con graves palabras afirma el Concilio: "Gran peligro corre
el futuro destino del mundo si no surgen hombres dotados de sabiduría".
Y aún añade: "Muchas naciones, aun siendo económicamente inferiores, al
ser más ricas en sabiduría, pueden ofrecer a las demás una
extraordinaria aportación en esta materia"[41]. Rica o pobre, toda
nación posee una civilización suya, propia, heredada de
las generaciones pasadas: instituciones requeridas para el desarrollo
de la vida terrenal y manifestaciones superiores —artísticas,
intelectuales y religiosas— de la vida del espíritu. Cuando estas
instituciones contienen verdaderos valores humanos, sería grave error
sustituirlas por otras. Un pueblo que consintiese en ello perdería lo
mejor de sí mismo: para vivir sacrificaría sus propias razones de vida.
También ha de aplicarse a los pueblos el aviso de Cristo: ¿De qué
le serviría al hombre ganar el mundo, si luego pierde su
alma?[42].
41. Nunca jamás estarán bastante prevenidos los pueblos
pobres contra la tentación que de parte de los pueblos ricos les viene.
Con harta frecuencia éstos ofrecen, junto con el ejemplo de sus éxitos
en el campo de la cultura y de la civilización técnica, un modelo de
actividad dirigida preferentemente a la conquista de la prosperidad
material. Y no es que ésta última por sí misma constituya un obstáculo
a la actividad del espíritu, cuando, por lo contrario, el espíritu, al
hacerse así "menos esclavo de las cosas, puede elevarse más fácilmente
al culto y contemplación del Creador"[43]. Sin embargo, "la
civilización actual, no ya de por sí, sino por estar demasiado enredada
con las realidades terrenales, puede dificultar cada vez más el acercarse
a Dios"[44]. En cuanto les viene propuesto, los pueblos en vías de
desarrollo deben, pues, saber hacer una elección: criticar y eliminar
los falsos bienes que llevarían consigo una peyoración del
ideal humano, aceptar los valores sanos y benéficos para
desarrollarlos, junto con los suyos, según su propio genio particular.
HACIA UN HUMANISMO
VERDADERO Y PLENARIO
CONCLUSIÓN
42. Tal es el verdadero y
plenario humanismo que se ha de promover[45]. ¿Y qué otra
cosa significa sino el desarrollo de todo el hombre y de todos los
hombres? Un humanismo cerrado, insensible a los valores del espíritu y
a Dios mismo, que es su fuente, podría aparentemente triunfar. Es
indudable que el hombre puede organizar la tierra sin Dios: pero sin Dios,
al fin y al cabo, no puede organizarla sino contra el hombre. Un
humanismo exclusivo es un humanismo inhumano[46]. Luego no hay
verdadero humanismo si no tiende hacia el Absoluto por
el reconocimiento de la vocación, que ofrece la idea verdadera de la
vida humana. Lejos de ser la norma última de los valores, el hombre no
se realiza a sí mismo sino cuando asciende sobre sí mismo, según la
justa frase de Pascal: "El hombre supera infinitamente al
hombre"[47].
PARTE SEGUNDA
HACIA
EL DESARROLLO SOLIDARIO DE LA HUMANIDAD
43. El desarrollo integral del
hombre no puede realizarse sin el desarrollo solidario de la humanidad,
mediante un mutuo y común esfuerzo. Nos lo decíamos en Bombay: "El hombre
debe encontrar al hombre, las naciones se deben encontrar como hermanos y
hermanas, como hijos de Dios. Dentro de esta comprensión y de esta amistad
mutua, en esta sacra comunión, debemos también comenzar a trabajar juntos
para edificar el futuro común de la humanidad".
Sugeríamos también
la búsqueda de medios concretos y prácticos de carácter organizativo
y cooperativo a fin de reunir en común todos los recursos disponibles y
realizar así una verdadera comunión entre las naciones
todas.
44. Este deber concierne, en primer lugar, a los más
favorecidos. Sus obligaciones se fundan radicalmente en la fraternidad
humana y sobrenatural y se presentan bajo un triple aspecto: deber de
solidaridad, esto es, la ayuda que las naciones ricas deben aportar a las
naciones que se hallan en vías de desarrollo; deber de justicia social,
esto es, enderezar las relaciones comerciales defectuosas entre pueblos
fuerte y pueblos débil; deber de caridad universal, esto es, la
promoción de un mundo más humano para todos, donde todos tengan algo que
dar y que recibir, sin que el progreso de los unos constituya un
obstáculo para el desarrollo de los demás. Grave es el problema: de su
solución depende el porvenir de la civilización mundial.[48]
I. ASISTENCIA A LOS
DÉBILES
45. "Si el hermano o la hermana
están desnudos —dice Santiago— y les falta el cotidiano alimento, y
alguno de vosotros les dijere: 'Id en paz, calentaos y hartaos', pero no
les diereis con qué satisfacer lo necesario para su cuerpo, ¿qué
provecho les vendría?"[49]. Hoy, ya nadie puede ignorarlo, en
continentes enteros son innumerables los hombres y las mujeres torturados
por el hambre, innumerables los niños subalimentados, hasta tal punto
que un buen número de ellos muere en la flor de su vida, el crecimiento
físico y el desarrollo mental de otros muchos queda impedido por la
misma causa, por todo lo cual regiones enteras desfallecen con la tristeza
y el sufrimiento.
46. Angustiosos llamamientos ya han resonado,
solicitando auxilios. El de Juan XXIII fue calurosamente acogido[50].
Nos lo hemos reiterado en nuestro radiomensaje navideño de 1963[51], y
luego de nuevo, en favor de la India, en 1966[52]. La campaña contra el
hambre, emprendida por la Organización Internacional para la
Alimentación y la Agricultura (FAO), y alentada por la Santa Sede, ha
sido secundada con generosidad. Nuestra Caritas Internationalis actúa
en todas partes y numerosos católicos, bajo el impulso de nuestros
hermanos en el episcopado, dan y se entregan sin reserva, aun
personalmente, para ayudar a los necesitados, ensanchando
progresivamente el círculo de cuantos reconocen como prójimos
suyos.
47. Pero todo ello no puede bastar, como no bastan las
inversiones privadas y públicas ya realizadas, las ayudas y los
préstamos otorgados. No se trata tan sólo de vencer el hambre, y
ni siquiera de hacer que retroceda la pobreza. La lucha contra la
miseria, aunque es urgente y necesaria, es insuficiente. Se trata de
construir un mundo en el que cada hombre, sin exclusión alguna por
raza, religión o nacionalidad, pueda vivir una vida plenamente humana,
liberada de las servidumbres debidas a los hombres o a una naturaleza
insuficientemente dominada; un mundo, en el que la libertad no sea
palabra vana y en donde el pobre Lázaro pueda sentarse a la mesa misma
del rico[53]. Ello exige a este último mucha generosidad, numerosos
sufrimientos espontáneamente tolerados y un esfuerzo siempre
continuado. Cada uno examine su conciencia, que tiene una voz nueva
para nuestra época. ¿Está cada uno dispuesto a ayudar, con su
propio dinero, a sostener las obras y empresas debidamente constituidas
en favor de los más pobres? ¿A soportar mayores impuestos, para que los
poderes públicos puedan intensificar su esfuerzo en pro del desarrollo?
¿A pagar más caros los productos importados, para así otorgar
una remuneración más justa al productor? ¿A emigrar de su patria, si
así conviniere y se hallare en edad juvenil, para ayudar a este
crecimiento de las naciones jóvenes?
48. El deber de solidaridad,
que está vigente entre las personas, vale también para los
pueblos: "Deber gravísimo de los pueblos ya desarrollados es el ayudar
a los pueblos que aún se desarrollan"[54]. Hay, pues, que llevar a la
práctica esta enseñanza del Concilio. Si es normal que una población
sea la primera en beneficiarse con los dones que le ha hecho la
Providencia como frutos de su trabajo, ningún pueblo puede, sin
embargo, pretender la reserva, para exclusivo uso suyo, de sus
riquezas. Cada pueblo debe producir más y mejor a fin de, por un lado,
poder ofrecer a sus conciudadanos un nivel de vida verdaderamente humano,
y, por otro, contribuir también, al mismo tiempo, al desarrollo
solidario de la humanidad. Frente a la creciente indigencia de los
países en vías de desarrollo, debe considerarse como normal que un país
ya desarrollado consagre una parte de su producción a satisfacer las
necesidades de aquéllos; igualmente es normal que se preocupe de formar
educadores, ingenieros, técnicos, sabios que pongan su ciencia y su
competencia al servicio de aquéllos.
49. Una cosa se ha de repetir
con firmeza: lo superfluo de los países ricos debe servir a los países
pobres. La regla, valedera en un tiempo, en favor de los más próximos,
ahora debe aplicarse a la totalidad de los necesitados del mundo. Por
lo demás, los ricos serán los primeros en beneficiarse de ello. Mas si,
por lo contrario, se obstinaren en su avaricia, no podrán menos de
suscitar el juicio de Dios y la cólera de los pobres, con consecuencias
difíciles de prever. Replegadas dentro de su coraza, las civilizaciones
actualmente florecientes terminarían atentando a sus valores más altos,
sacrificando la voluntad de ser más al deseo de tener más. Y se
les habría de aplicar aquella parábola del hombre rico, cuycas tierras
habían producido tanto que no sabía dónde almacenar su cosecha: Dios le
dijo: "Insensato, esta misma noche te pediran el alma"[55].
50.
Para obtener su plena eficacia, estos esfuerzos no deberían permanecer
dispersos o aislados, menos aún opuestos los unos a los otros por
motivos de prestigio o de poderío: la situación exige programas
concertados. En realidad, un programa es algo más y mejor que una ayuda
ocasional dejada a la buena voluntad de cada uno. Supone, Nos lo hemos
dicho ya antes, estudios profundos, precisión de objetivos,
determinación de medios, unión de esfuerzos con que responder a las
necesidades presentes y a las previsibles exigencias futuras. Pero es
aún mucho más, porque sobrepasa las perspectivas del simple crecimiento
económico y del progreso social y confiere sentido y valor a la obra
que ha de realizarse. Al trabajar por el mejor ordenamiento del mundo,
valoriza al hombre mismo.
51. Pero ha de irse más lejos. En Bombay,
Nos pedíamos la constitución de un gran Fondo mundial, alimentado con
una parte de los gastos militares, a fin de venir en ayuda de
los desheredados[56]. Lo que vale para la lucha inmediata contra la
miseria vale también para el nivel en escala de desarrollo. Sólo una
colaboración mundial, de la cual un fondo común sería a la par señal e
instrumento, permitiría superar rivalidades estériles y suscitar un
diálogo fecundo y pacífico entre todos los pueblos.
52. No hay
duda de que acuerdos bilaterales o multilaterales pueden útilmente
mantenerse, puesto que permiten sustituir aquellas relaciones de
dependencia y los rencores, herencia de la época colonial, por
provechosas relaciones de amistad, desarrolladas sobre el plano de
igualdad jurídica y política. Pero, al estar incorporados en un
programa de colaboración mundial, se mantendrían libres de toda
sospecha. Las desconfianzas de los beneficiarios también se atenuarían,
porque habrían de temer mucho menos el que, encubiertas por la ayuda
financiera o la asistencia técnica, se ocultasen ciertas
manifestaciones de lo que se ha dado en llamar neocolonialismo;
fenómeno que se caracteriza por la disminución de la libertad política o
por la imposición de carga económicas: todo ello para defender o
conquistar una hegemonía dominadora.
53. ¿Y quién, por otra
parte, no ve que tal fondo facilitaría la reducción de ciertos
despilfarros, fruto del temor o del orgullo? Cuando tantos pueblos
tienen hambre, cuando tantas familias son víctimas de la más absoluta
miseria, cuando viven tantos hombres sumergidos en la
ignorancia, cuando quedan por construir tantas escuelas, tantos
hospitales, tantas viviendas dignas de tal nombre, todos los
despilfarros privados o públicos, todos los gastos hechos, privada
o nacionalmente, en plan de ostentación, y finalmente toda aniquiladora
carrera de armamentos, todo esto, decimos, resulta un escándalo
intolerable. Nuestro gravísimo deber nos obliga a denunciarlo. ¡Ojalá
Nos escuchen los que en sus manos tienen el poder antes de que
sea demasiado tarde!
54. Todo ello significa que es
indispensable establecer, entre todos, un diálogo, por el
que formábamos los más intensos deseos ya en nuestra primera encíclica,
Ecclesiam Suam[57]. Semejante diálogo, entre los que aporten los
medios y los que hayan de beneficiarse con ellos, fácilmente logrará
que las aportaciones se midan justamente no sólo según la generosidad
y disponibilidad de los unos, sino también según el criterio de las
necesidades reales y de las posibilidades de empleo de los otros.
Entonces los países en vías de desarrollo ya no correrán en adelante el
peligro de verse ahogados por las deudas, cuya satisfacción absorbe la
mayor parte de sus beneficios. Una y otra parte podrán estipular tanto
los intereses como el tiempo de duración de los préstamos, todo ello en
condiciones soportables para los unos y los otros, logrando el
equilibrio por las ayudas gratuitas, los préstamos sin interés alguno o
bien con un interés mínimo, así como por la duración de las
amortizaciones. A quienes proporcionen medios financieros se les habrán
de dar garantías sobre el empleo del dinero, de suerte que todo
se cumpla según el plan convenido y con razonable preocupación de
eficacia, puesto que no se trata de favorecer ni a perezosos ni a
parásitos. Los beneficiarios, a su vez, podrán exigir que no haya
injerencia alguna en su política y que no se perturben sus estructuras
sociales. Por ser Estados soberanos, sólo a ellos les corresponde
dirigir con autonomía sus asuntos, precisar su política, orientarse
libremente hacia el tipo de sociedad que prefirieren. Es, por lo tanto,
una colaboración lo que se desea instaurar, una eficaz coparticipación
de los unos con los otros, en un clima de igual dignidad, para
construir un mundo más humano.
55. Semejante plan podría aparecer
como irrealizable en las regiones donde las familias se ven limitadas a
la única preocupación de prepararse la diaria subsistencia y que, por lo
tanto, difícilmente pueden concebir un trabajo que les prepare para un
porvenir de vida, que pudiera parecer menos miserable. Mas precisamente
a estos hombres y mujeres es a los que se ha de ayudar, convenciéndoles
primero de la necesidad de que ellos mismos pongan mano al trabajo
y adquieran gradualmente los medios necesarios para ello. Ciertamente
esta obra común sería imposible sin un esfuerzo concertado, constante y
animoso. Pero, sobre todo, quede bien claro para todos y cada uno que
se trata del peligro en que se hallan la vida misma de los
pueblos pobres, la paz civil en los países en desarrollo y aun la misma
paz mundial.
II. LA JUSTICIA SOCIAL EN
LAS RELACIONES COMERCIALES
56. Mas todos los esfuerzos, aun
los ciertamente no pequeños, que se están haciendo financiera o
técnicamente para ayudar a los países en vías de desarrollo serán falaces
e ilusoros, si su resultado es parcialmente anulado en gran parte por
la variabilidad en las relaciones comerciales mantenidas entre los
pueblos ricos y los pobres. Porque éstos perderán toda esperada
confianza desde el momento en que teman que los otros les quitan con
una mano lo que con la otra se les ha ofrecido.
57. Las naciones
altamente industrializadas —en número y en productividad—
exportan principalmente sus manufacturas, mientras las economías poco
desarrolladas no pueden vender sino productos agrícolas o materias
primas. Gracias al progreso técnico, los primeros rápidamente aumentan
su valor y encuentran fácilmente su colocación en los mercados,
mientras, por lo contrario, los productos primarios procedentes de
países en desarrollo sufren amplias y bruscas variaciones en los
precios, que se mantienen siempre a gran distancia de la
progresiva plusvalía de los primeros. De aquí las grandes dificultades
con que han de enfrentarse las naciones poco industrializadas cuando
deben contar con las exportaciones para equilibrar su economía y
realizar sus planes de desarrollo. Así, los pueblos pobres continúan
siempre aun más pobres, mientras los pueblos ricos cada vez se hacen
aun más ricos.
58. Claro, pues, aparece que la llamada ley del
libre cambio no puede, ella sola, seguir rigiendo las relaciones
públicas internacionales. Puede, sin embargo, aprovechar bien cuando se
trata de partes no muy desiguales en potencia económica: es un estímulo
del progreso y una recompensa a los esfuerzos. Por eso, las naciones
muy industrializadas juzgan que en dicha ley existe clara la justicia.
Pero de otro modo se ha de pensar cuando se trata de condiciones muy
desiguales entre los países: los precios formados "libremente" por los
negociadores pueden conducir a resultados totalmente injustos. Ha de
reconocerse, por lo tanto, que el principio fundamental
del liberalismo, como norma de los intercambios comerciales, se halla
aquí en no recta posición.
59. Luego la doctrina de León XIII en su
Rerum novarum mantiene toda su validez, aun en nuestro tiempo:
el consentimiento de las partes, cuando se hallan en situaciones muy
desiguales, no basta para garantizar la justicia del pacto; y entonces
la regla del libre consentimiento queda subordinada a las exigencias
del derecho natural[58]. Mas lo que allí se enseña como justo sobre el
salario de los individuos, debe acomodarse a los pactos internacionales,
porque una economía de intercambio no puede fundarse tan sólo en la ley
de la libre concurrencia, que, a su vez, con demasiada frecuencia
conduce a una dictadura económica. Por lo tanto, el libre intercambio
tan sólo ha de ser tenido por justo cuando se subordine a las exigencias
de la justicia social.
60. Por lo demás, esto lo han comprendido
muy bien los países mismos más desarrollados económicamente, puesto que
se esfuerzan con medidas adecuadas en restablecer, aun dentro de la
propia economía de cada uno, el equilibrio que los intereses encontrados
de los concurrentes perturban en la mayoría de los casos. Esta es la
razón de que estas naciones frecuentemente favorezcan a la agricultura
a costa de sacrificios impuestos a los sectores económicos que mayores
incrementos han logrado. E igualmente, para mantener bien las mutuas
relaciones comerciales, principalmente dentro de los confines de un
mercado común y asociado, su política financiera, fiscal y social se
esfuerza por procurar, a industrias concurrentes de
prosperidad desigual, oportunidades semejantes para restablecer la
competencia.
61. No está bien usar aquí dos pesos y dos medidas. Lo
que vale en un mismo campo, dentro de una economía nacional, lo que se
admite entre países desarrollados, vale también en las relaciones
comerciales entre países ricos y países pobres. No se trata de abolir el
mercado de concurrencia; quiere decirse tan sólo que ha de mantenerse
dentro de los límites que lo hagan justo y moral y, por lo tanto,
humano. En el comercio entre las economías desarrolladas y
las infradesarrolladas, las situaciones iniciales fundamentalmente son
muy distintas, como están también muy desigualmente distribuidas las
libertades reales. La justicia social impone que el comercio
internacional, si ha de ser humano y moral, restablezca entre las partes
por lo menos una relativa igualdad de posibilidades. Claro que esto no
puede realizarse sino a largo plazo. Mas, para lograrlo ya desde ahora,
se ha de crear una real igualdad, así en las deliberaciones como en las
negociaciones. Materia en la cual también serían convenientes
convenciones internacionales de una geografía suficientemente vasta:
podrían establecer normas generales para regularizar ciertos precios,
garantizar ciertas producciones y sostener ciertas industrias en
su primer tiempo. Todos ven la eficacia del auxilio que resultaría de
semejante esfuerzo hacia una mayor justicia en las relaciones
internacionales para los pueblos en vías de desarrollo, un
positivo auxilio que tendría resultados no tan sólo inmediatos, sino
también duraderos.
62. Pero hay todavía otros obstáculos que se
oponen a la estructuración de un mundo más justo, fundado firme y
plenamente en la mutua solidaridad universal de los hombres: nos referimos
al nacionalismo y al racismo. Todos saben que los pueblos que tan sólo
recientemente han llegado a la independencia política son celosos de
una unidad nacional aún frágil y se empeñan en defenderla a toda costa.
Natural es también que naciones de vieja cultura estén muy
orgullosas del patrimonio que su historia les ha legado. Pero
sentimientos tan legítimos han de ser elevados a su máxima perfección
mediante la caridad universal, en la que caben los miembros todos de
la familia humana. El nacionalismo aisla a los pueblos, con daño de su
verdadero bien; y resultaría singularmente nocivo allí donde la
debilidad de las economías nacionales exige, por lo
contrario, mancomunidad en los esfuerzos, en los conocimientos y en la
financiación, para poder realizar los programas del desarrollo e
intensificar los cambios comerciales y culturales.
63. El racismo
no es propio tan sólo de las naciones jóvenes, en las que a veces se
disfraza bajo el velo de las rivalidades entre los clanes y los
partidos políticos, con gran perjuicio para la justicia y con peligro
para la misma paz civil. Durante la era colonial multiplicó a veces
las diferencias entre colonizadores e indígenas, suscitando obstáculos
para una fecunda inteligencia recíproca y provocando odios como
consecuencia de reales injusticias. También constituye un obstáculo a
la colaboración entre naciones menos favorecidas y un fermento generador
de división y de odio en el seno mismo de los Estados, cuando, con
menosprecio de los imprescriptibles derechos de la persona humana,
individuos y familias se convencen de estar sometidos a un régimen de
excepción, por causa de su raza o de su color.
64. Semejante
situación, tan saturada de peligros para lo futuro, Nos aflige
profundamente. Pero aún conservamos la esperanza de que una necesidad
más sentida de colaboración, un sentimiento más agudo de solidaridad
terminarán venciendo las incomprensiones y los egoísmos. Esperamos que
los países de menos elevado nivel de desarrollo sabrán aprovecharse de
las buenas relaciones de vecindad con los otros limítrofes, para
organizar entre sí, sobre áreas territoriales más vastas, zonas de
desarrollo bien concertado; estableciendo programas
comunes, coordinando inversiones, distribuyendo las zonas de
producción, organizando los cambios. Esperamos también que las
organizaciones multilaterales e internacionales encuentren,
mediante una reorganización que se impone, los caminos que permitan a
los pueblos, todavía infradesarrollados, salir de los puntos muertos en
que parecen cerrados y descubrir por sí mismos, con la fidelidad debida
a su índole nativa, los medios para su progreso humano y
social.
65. Porque ésta es la meta a la que ha de llegarse. La
solidaridad mundial, cada día más eficiente, debe lograr que todos los
pueblos por sí mismos, sean los artífices de su propio destino. Los
tiempos pasados se han caracterizado, con frecuencia mayor que la debida,
por la fuerza violenta en las relaciones mutuas entre naciones:
alboree, por fin, la serena edad en que las relaciones internacionales
lleven la impronta del mutuo respeto y de la amistad, de
la interdependencia en la colaboración y de la promoción común bajo la
responsabilidad de cada uno. Los pueblos más jóvenes y los más débiles
reclaman la parte activa que les corresponde en la construcción de un
mundo mejor, más respetuoso de los derechos y de la vocación de
cada uno. Su llamada es justa: luego todos y cada uno deben escucharla
y responder a ella.
III. LA CARIDAD
UNIVERSAL
66. Gravemente enfermo está el
mundo. Su mal está menos en la dilapidación de los recursos o en su
acaparamiento por parte de algunos que en la falta de caridad entre los
hombres y entre los pueblos.
67. Por ello, nunca dejaremos de
aconsejar bastante sobre el deber de la hospitalidad —deber
de solidaridad humana y de caridad cristiana—, que corresponde tanto a
las familias como a las organizaciones culturales de los países que
acogen a extranjeros. Sobre todo, para acoger a los jóvenes, deben
multiplicarse hogares y residencias. Ante todo, para protegerles contra
la soledad, el sentimiento de abandono y la angustia que destruyen todo
resorte moral; pero también para defenderlos contra la situación
malsana en que se encuentran, por la que se ven forzados a comparar la
pobreza de su patria con el lujo y derroche que a menudo les rodea. Más
todavía: para ponerlos a buen recaudo de doctrinas subversivas y de las
tentaciones agresivas, a las que les expone el recuerdo de tanta
miseria inmerecida[59]. Sobre todo, en fin, para ofrecerles, con el
calor de una acogida fraternal, el ejemplo de una vida sana, el goce
de una caridad cristiana, auténtica y eficaz, el estímulo para apreciar
los valores espirituales.
68. Gran dolor nos causa el pensamiento
de que numerosos jóvenes, venidos a países más avanzados para aprender
la ciencia, la preparación y la cultura que les hagan aptos para servir
a su patria, en no pocos casos terminan perdiendo el sentido de los
valores espirituales que con frecuencia estaban presentes, cual
precioso patrimonio, en las civilizaciones que les habían
visto nacer.
69. La misma acogida debe dispensarse a los
trabajadores emigrados, que viven en condiciones frecuentemente
inhumanas, obligados a ahorrar su propio salario, para poder remitirlo a
fin de aliviar un poco a las familias que quedaron entre miserias en su
tierra natal.
70. También dirigimos nuestra exhortación a todos
aquellos que, en virtud de su actividad económica, acuden a países
entrados recientemente en industrialización:
industriales, comerciantes, jefes y representantes de las grandes
empresas. Y tratándose de hombres que en su propio país no están
desprovistos de sentido social, ¿por qué retroceden a los
principios inhumanos del individualismo cuando trabajan en países menos
desarrollados? Precisamente su propia condición de superioridad en la
fortuna, debe, por lo contrario, moverles a hacerse iniciadores del
progreso social y de la promoción humana, también allí donde sus negocios
les conducen. Su mismo sentido de la organización deberá sugerirles la
mejor manera para valorizar el trabajo indígena, para formar operarios
cualificados, para preparar ingenieros y dirigentes, dejar espacio a su
iniciativa, introducirlos gradualmente en los puestos más
elevados, preparándolos así a condividir, en un tiempo no lejano, las
responsabilidades en la dirección. Que por lo menos la justicia regule
siempre las relaciones entre jefes y subordinados, que han de sujetarse
a contratos regulares con obligaciones recíprocas. Finalmente, que nadie,
cualquiera que sea su condición, quede injustamente sometido a merced
de la arbitrariedad.
71. Cada vez son más numerosos, y nos
alegramos de ello, los técnicos enviados en misión de desarrollo por
instituciones internacionales o bilaterales o por organismos privados:
"Han de portarse no como dominadores, sino como auxiliares y
cooperadores"[60]. Toda población percibe en seguida si los que vienen
en su ayuda lo hacen con o sin benevolencia, si se hallan allí tan sólo
para aplicar métodos técnicos o también para dar al hombre todo su valor.
Su mensaje peligra con no ser acogido, si no va acompañado por un
espíritu de amor fraternal.
72. A la competencia técnica
indispensable han de juntar, pues, señales auténticas de un
amor desinteresado. Libres tanto de todo orgullo nacionalista como de
cualquier apariencia de racismo, los técnicos han de aprender a
trabajar en colaboración con todos. Sepan bien que su competencia no
les confiere superioridad en todos los campos. La civilización en que se
han formado contiene indudablemente elementos de humanismo universal,
pero no es única ni exclusiva y no puede ser importada sin conveniente
adaptación. Los responsables de estas misiones deben preocuparse por
descubrir, junto con su historia, las características y
riquezas culturales del país que los acoge. Surgirá así una
aproximación que resultará fecunda para
ambas civilizaciones.
73. Entre las civilizaciones, como entre
las personas, un diálogo sincero de hecho es creador de fraternidad. La
empresa del desarrollo acercará a los pueblos en las realizaciones
proseguidas mancomunadamente si todos, comenzando por los gobiernos y
sus representantes, hasta el más humilde técnico, se hallaren animados
por un espíritu de amor fraterno y movidos por el sincero deseo de
construir una civilización fundada en la solidaridad mundial. Un diálogo,
centrado sobre el hombre y no sobre los productos y las técnicas, podrá
abrirse entonces, siendo fecundo cuando traiga a los pueblos que de él
se benefician los medios de elevarse y de alcanzar un más alto grado de
vida espiritual; si los técnicos supieren también hacerse educadores y si
la enseñanza transmitida llevare la señal de una cualidad espiritual y
moral tan elevada que garantice un desarrollo, no tan sólo económico,
sino también humano. Pasada ya la fase de asistencia, las relaciones
así establecidas perdurarán, y nadie deja de ver la importancia que tales
relaciones tendrán para la paz del mundo.
74. Nos consta que
muchos jóvenes han respondido ya con ardorosa solicitud al llamamiento
de Pío XII para un laicado misionero[61]. También son numerosos los
jóvenes que espontáneamente se han incorporado a organismos, oficiales
o privados, de colaboración con los pueblos en vías de desarrollo.
También nos alegra grandemente saber que en algunas naciones el
"servicio militar" puede cambiarse en parte con un "servicio civil", un
"servicio puro y simple"; bendecimos tales iniciativas y las buenas
voluntades que a ellas responden. ¡Ojalá que todos cuantos se dicen "de
Cristo" obedezcan a su ruego! Porque tuve hambre y me disteis de comer;
tuve sed, y me disteis de beber; era extranjero, y me acogisteis; estaba
desnudo, y me vestisteis; estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y
me visitasteis; preso, y vinisteis a verme[62]. Porque a nadie le es
lícito permanecer indiferente ante la suerte de sus hermanos
que todavía yacen en la miseria, son presa de la ignorancia o víctimas
de la inseguridad. Que el corazón de todo cristiano, imitando al
Corazón de Cristo, ante miserias tantas se mueva a compasión y exclame
con el Señor: Siento compasión por esta muchedumbre[63].
75. Que la
oración suplicante de todos ascienda a Dios Padre omnipotente para que
la humanidad, consciente de tan grandes males, con inteligencia y con
corazón se dedique a abolirlos. Mas con la oración constante de todos
ha de corresponder la firme resolución de cada uno, en la medida de sus
fuerzas, en la lucha contra el subdesarrollo. ¡Ojalá que los hombres,
los grupos sociales, las naciones todas se den fraternalmente las
manos, ayudando los fuertes a los débiles, poniendo en esto toda su
competencia, su entusiasmo y su amor desinteresado! El animado por la
verdadera caridad es más ingenioso que todo otro en descubrir las causas
de la miseria, en encontrar los medios para combatirla, en vencerla
resueltamente. Siendo colaborador de la paz, él recorrerá su camino,
encendiendo la antorcha de la alegría e infundiendo luz y gracia en los
corazones de todos los hombres por toda la superficie de la tierra,
ayudándoles a descubrir, una vez pasadas todas las fronteras, y sin
cesar, rostros de hermanos y rostros de amigos[64].
EL DESARROLLO ES EL
NUEVO NOMBRE DE LA PAZ
CONCLUSIÓN
76. Las tan grandes
desigualdades económicas, sociales y culturales entre los diversos
pueblos provocan tensiones y discordias y ponen en peligro la paz
misma. Como decíamos a los Padres Conciliares, a la vuelta de nuestro
viaje a la ONU: "La condición de las poblaciones en vías de desarrollo
debe formar el objeto de nuestra consideración, digamos mejor, nuestra
caridad hacia los pobres que se encuentran en el mundo —y son legión
infinita— debe tornarse más atenta, más activa, más generosa"[65].
Combatir la miseria y luchar contra la injusticia es promover,
junto con la mejora de las condiciones de vida, el progreso humano y
espiritual de todos y, por lo tanto, el bien común de toda la
humanidad. La paz no se reduce a una ausencia de guerra, fruto del
equilibrio siempre precario de las fuerzas. La paz se construye día a día,
prosiguiendo aquel orden querido por Dios, que lleva consigo una
justicia más perfecta entre los hombres[66].
77. Siendo los
pueblos, cada uno, los artífices de su propio desarrollo, los pueblos son
sus primeros responsables. Mas no podrán realizarlo, aislados unos de
otros. Los acuerdos regionales entre los pueblos débiles a fin de
apoyarse mutuamente, los acuerdos más amplios para venir en su ayuda,
las convenciones más ambiciosas entre unos y otros para
establecer programas concertados, son los jalones de este camino del
desarrollo que conduce a la paz.
78. Esta colaboración
internacional, en plano de vocación mndial, pide instituciones que
la preparen, la coordinen y la rijan, hasta que se llegue a constituir
un orden jurídico universal. Con todo corazón Nos animamos a las
organizaciones que han emprendido esta colaboración en el desarrollo, y
deseamos que su autoridad se acreciente. "Vuestra vocación —decíamos a
los representantes de las Naciones Unidas, en Nueva York— es hacer que
fraternidad no sólo unos pocos pueblos, sino todos los pueblos...
¿Quién no ve la necesidad de llegar así progresivamente a la
instauración de una autoridad mundial que esté en condiciones de
actuar eficazmente en el plano jurídico y político?"[67].
79.
Quizá algunos crean utópicas tales esperanzas. Bien pudiera suceder que su
realismo pecase por defecto y que ellos no hayan percibido el dinamismo
de un mundo que quiere vivir más fraternalmente y que, a pesar de sus
ignorancias, de sus errores y aun de sus pecados, de sus recaídas en la
barbarie y de sus alejados extravíos fuera del camino de la salvación, se
va acercando lentamente, aun sin darse cuenta de ello, a su Creador.
Este camino hacia una mayor humanidad en la vida requiere esfuerzos y
sacrificios; pero aun el mismo sufrimiento, aceptado por amor de los
hermanos, es portador de progreso para toda la familia humana. Los
cristianos saben que la unión con el sacrificio del Salvador contribuye
a la edificación del Cuerpo de Cristo en su plenitud: el Pueblo de Dios
reunido[68].
80. En este camino todos somos solidarios. Por ello, a
todos hemos querido recordar la amplitud del drama y la urgencia de la
obra que se ha de realizar. Ha sonado ya la hora de la acción: la
supervivencia de tantos niños inocentes, el acceso a una condición humana
de tantas familias desgraciadas, la paz del mundo, el porvenir de la
civilización, están en juego. A todos los hombres y a los pueblos todos
corresponde asumir sus responsabilidades.
LLAMAMIENTO FINAL
81. Nos conjuramos, ante todo, a
nuestros hijos. En los países en vías de desarrollo, no menos que en
los otros, los seglares deben tomar como su tarea propia la renovación del
orden temporal. Si es oficio de la Jerarquía enseñar e interpretar en
modo auténtico los principios morales que en este terreno hayan de
seguirse, a los seglares les corresponde, por su libre iniciativa y sin
esperar pasivamente consignas o directrices, penetrar con espíritu
cristiano la mentalidad y las costumbres, las leyes y las estructuras
de sus comunidades de vida[69]. Necesarios son los cambios,
indispensables las reformas profundas: deben emplearse en infundirles
resueltamente el soplo del espíritu evangélico. A nuestros hijos
católicos pertenecientes a los países más favorecidos, Nos les pedimos
que aporten su activa participación en las organizaciones oficiales o
privadas, civiles o religiosas, que se dedican a vencer las
dificultades de las naciones en vía de desarrollo. Estamos muy seguros de
que tendrán empeño en hallarse en la primera fila entre los que
trabajan para traducir en hechos una moral internacional de justicia y
de equidad.
82. Todos los cristianos, nuestros hermanos, Nos
estamos seguros de ello, querrán ampliar su esfuerzo común y concertado
a fin de ayudar al mundo a triunfar sobre el egoísmo, el orgullo y las
rivalidades, a superar las ambiciones y las injusticias, a abrir a todos
los caminos para una vida más humana, en la que cada uno sea amado y
ayudado como su prójimo y su hermano. Y, todavía conmovidos por el
recuerdo del inolvidable encuentro de Bombay con nuestros hermanos no
cristianos, Nos les invitamos de nuevo a laborar con todo su corazón y
toda su inteligencia, a fin de que todos los hijos de los hombres
puedan llevar una vida digna de los hijos de Dios.
83.
Finalmente, Nos nos dirigimos a todos los hombres de buena voluntad,
conscientes de que el camino de la paz pasa por el desarrollo.
Delegados en las instituciones internacionales, hombres de Estado,
publicistas, educadores, todos, cada uno en vuestro sitio, vosotros sois
los constructores de un mundo nuevo. Nos suplicamos al Dios
Todopoderoso que ilumine vuestras inteligencias y os dé nuevas fuerzas
y aliento para poner en estado de alerta a la opinión pública y
comunicar entusiasmo a los pueblos. Educadores, a vosotros os pertenece
despertar ya desde la infancia el amor a los pueblos que se encuentran
en la miseria. Publicistas, os corresponde poner ante nuestros ojos el
esfuerzo realizado para promover la mutua ayuda entre los pueblos, así
como también el espectáculo de las miserias que los hombres tienen
tendencia a olvidar para tranquilizar sus conciencias: que los ricos
sepan, por lo menos, que los pobres estan junto a su puerta y que
esperan las migajas de sus banquetes.
84. Hombres de Estado: os
incumbe movilizar vuestras comunidades en una solidaridad mundial más
eficaz, y, ante todo, hacerles aceptar las necesarias disminuciones de sus
lujos y de sus dispendios para promover el desarrollo y salvar la paz.
Delegados de las organizaciones internacionales, de vosotros depende
que el peligroso y estéril enfrentamiento de fuerzas deje paso a la
colaboración amistosa, pacífica y desinteresada para lograr un progreso
solidario de la humanidad: una humanidad, en la que todos los hombres
puedan desarrollarse.
85. Y si es verdad que el mundo se encuentra
en un lamentable vacío de ideas, Nos hacemos un llamamiento a los
pensadores y a los sabios, católicos, cristianos, adoradores de Dios,
ávidos de lo absoluto, de la justicia y de la verdad, y a todos los
hombres de buena voluntad. A ejemplo de Cristo, Nos nos atrevemos a
rogaros con insistencia: Buscad y encontraréis[70], emprended los
caminos que conducen a través de la mutua ayuda, de la profundización del
saber, de la grandeza del corazón, a una vida más fraterna en una
comunidad humana verdaderamente universal.
86. Vosotros todos,
los que habéis oído la llamada de los pueblos que sufren; vosotros, los
que trabajáis para darles una respuesta; vosotros sois los apóstoles
del desarrollo auténtico y verdadero que no consiste en la riqueza
egoísta y deseada por sí misma, sino en la economía al servicio del
hombre, el pan de cada día distribuido a todos, como fuente de fraternidad
y signo de la Providencia.
87. De todo corazón Nos os bendecimos
y hacemos un llamamiento a todos los hombres para que se unan
fraternalmente a vosotros. Porque si el desarrollo es el nuevo nombre de
la paz, ¿quién no querrá trabajar con todas sus fuerzas para lograrlo?
Sí, Nos os invitamos a todos para que respondáis a Nuestro grito de
angustia, en el nombre del Señor.
Dado en Roma, junto a San
Pedro, el 26 de marzo, fiesta de la Resurrección de Nuestro Señor
Jesucristo, año cuarto de nuestro pontificado.
NOTAS
[1] Dirigida: A los
Obispos, a los Sacerdotes, a los Religiosos, y a los cristianos de todo el
orbe católico y a los hombres de buena voluntad.- Pascua (26 de marzo)
1967
[2] Cf. AL 11 (1892) 97-148.
[3] Cf.
A.A.S. 23 (1931) 177-228.
[4] Cf. en particular, Radiomensaje
del 1 de junio de 1941 (en el 50 aniversario de la Rerum novarum):
A.A.S. 33 (1941) 195-205; Radiomensaje de Navidad de 1942 A.A.S.: 35
(1943) 9-24; Aloc. a trabajadores en el aniversario de la Rerum
novarum 14 de mayo de1953: A.A.S. 45 (1953) 402-408.
[5]
Cf. A.A.S. 53 (1961) 401-464.
[6] Cf. A.A.S. 55 (1963)
257-304.
[7] Cf. Enc. Mater et magistra, 15 de mayo de
1961 A.A.S. 53 (1961) 440.
[8] Gaudium et spes n.
63-72 A.A.S. 58 (1966) 1084-1094.
[9] Motu proprio
Catholicam Christi Ecclesiam: A.A.S. 59 (1967) 27.
[10] Enc.
Rerum novarum l. c., 98.
[11] Gaudium et spes
n. 63 A.A.S. 58 (1966) 1026.
[12] Cf. Luc. 7,
22.
[13] Gaudium et spes n. 3, l. c.
1026.
[14] Cf. Enc. Immortale Dei, 1 de nov. de 1885
AL 5 (1885) 127.
[15] Gaudium et spes n. 4, l. c.,
1027.
[16] L. J. Lebret. O. P., Dynamique concrete du
développement (Paris, Economie et Humanisme, Les Editions
Ouvrieres, 1961) pág. 28.
[17] 2 Thes. 3,
10.
[18] Cf., p. e., J. Maritain, Les conditions
spirituelles du progres et de la paix, en Rencontre de cultures
a l'UNESCO sous le signe du Conc. Oecumén. Vat. II, París, Mame, 1966,
66.
[19] Cf. Mat. 5, 3.
[20] Gen.
1, 28.
[21] Gaudium et spes n. 69, l. c.
1090.
[22] 1 Io. 3, 17.
[23] De
Nabuthe 12, 53 PL 14, 747. Cf. J. R. Palanque, Saint Ambroise et
l'empire romain. Paris, De Boccard, 1933, 336 ss.
[24]
Carta a la Semana social de Brest, en L'homme et la révolution
urbaine. Lyon, Chron. Soc. 1965, 8-9.
[25] Gaudium
et spes n. 71, l. c. 1093.
[26] Cf. ibid. n. 65,
l. c. 1086.
[27] Enc. Quadragesimo anno l. c.
212.
[28] Cf., p. e., Colin Clark, The conditions of
economic progress 3a. ed., London, Macmillan & Co., New York,
St. Martin's Press, 1960, 3-6.
[29] Carta a la Semana Social
de Lyon, en Le travail et les travailleurs dans la
societé contemporaine Lyon, Chron. Soc. 1965. 6.
[30]
Cf., p. e., M. D. Chenu, O. P., Pour une théologie du travail.
Paris, Edit. du Seuil, 1955.
[31] Mater et magistra l.
c. 423.
[32] Cf., p. e., O. von Nell-Breuning, S. J.,
Wirtschaft und Gesellschaft, t. 1, Grundfragen. Freiburg,
Herder, 1956, 183-184.
[33] Eph. 4,
13.
[34] Cf., p. e., Mons. M. Larrain Errázuriz, Ob. de Talca
(Chile), Pres. del CELAM. Carta past. sobre el desarrollo y la
paz. Paris, Pax Christi, 1965.
[35] Gaudium et spes
n. 26, l. c. 1046.
[36] Mater et magistra M l. c.
414.
[37] Osserv. Rom. 11 sett. 1965. Doc.
cathol., t. 62 Paris, 1965, col. 1674-1675.
[38] Cf.
Mat. 19, 6.
[39] Gaudium et spes n. 52, l. c.
1073.
[40] Cf. ibid. n. 50-51 (con nota 14), l. c.
1070-1073; y n. 87, l. c. 1110.
[41] Ibid. n. 15 l. c.
1036.
[42] Mat. 16, 26.
[43] Gaudium
et spes n. 57, l. c. 1078.
[44] Ibid. n. 19, l. c.
1039.
[45] Cf., p. e., J. Maritain, L'humanisme intégral.
Paris, Aubier, 1936.
[46] H. de Lubac, S. I., Le drame de
l'humanisme athée, 3a. ed., Paris, Spes, 1945, 10.
[47]
Pensées, ed. Brunschvieg, n. 434. Cf. M. Zundel, L'homme passe
l'homme. Le Caire, Ed. du lien. 1944.
[[48] Alloc. ai
Rappresentanti delle religioni non cristiane, 3 dic. 1964. A.A S.
57 (1965), 132.
[49] Iac. 2, 15-16.
[50]
Cf. Mater et magistra l. c. 440 ss.
[51] Cf.
Radiomensaje de Navidad de 1963 A. A. S. 56 (1964),
57-58.
[52] Cf. Osserv. Rom. 10 febr. 1966. Enc. e
Disc. di Paolo VI, vol. 9. Roma, Ed. Paoline, 1966, 132-136;
«Ecclesia», 19 de febrero de 1966 (n. 1279) p. 9 (269).
[53]
Cf. Luc. 16, 19-31.
[54] Gaudium et spes n. 86,
l. c. 1109.
[55] Luc. 12, 20.
[56]
Mensaje al mundo entregado a los periodistas el 4 de diciembre de 1964.
Cf. A.A.S. 57 (1965), 135.
[57] Cf. A.A.S. 56 (1964) 639
ss.
[58] Cf. AL 11 (1892) 131.
[59] Cf.
ibid. 98.
[60] Gaudium et spes n. 85, l. c.
1108.
[61] Cf. Enc. Fidei Donum l. c.
246.
[62] Mat. 25, 35-36.
[63]
Marc. 8, 2.
[64] Cf. Alocución de Juan XXIII en la
entrega del premio Balzan, el 10 de mayo de 1963. A.A.S. 55
(1963), 455.
[65] A A.S. 57 (1965) 896.
[66] Cf. Enc.
Pacem in terris l. c. 301.
[67] A.A.S. 57 (1965)
880.
[68] Cf. Eph. 4, 12; Lumen gentium n. 13
A.A.S. 57 (1965) 17.
[69] Cf. Apostolica actuositatem
n. 7. 13. 24. A.A.S. 58 (1966) 843. 849. 856.
[70]
Luc. 11, 9.
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