Hacia una economía más humana

Ponencia presentada al Seminario Internacional sobre Juventud y Humanismo Cristiano, Asunción del Paraguay, Mayo de 2004.

 

Escribe Dr. Pablo A. Guerra

Sociólogo

 

Introducción.

 

Si los organizadores de este evento nos proponían titular nuestra exposición “hacia una economía más humana”, es porque partían de dos presupuestos que a mí me parecen pertinentes para dar comienzo a nuestra participación:

 

El primer presupuesto es que la economía tiene rasgos de humanidad. No cabe duda, en tal sentido, que la economía es una práctica humana, enraizada en lo social, consistente en lograr producir, consumir, distribuir y acumular conforme a determinadas patrones culturales que distinguen a cada una de las civilizaciones que pasaron a lo largo de la historia por nuestros suelos. De hecho, esta idea de la economía como fenómeno social (y por lo tanto humano), es la que nos ha movido a un grupo importante de académicos en todo el mundo a preferir la denominación de “socioeconomía” para hacer referencia a la  necesidad de reconducir a la economía a sus orígenes, esto es, una ciencia que no desconocía de los aportes de su contexto social y moral.

 

Parecería ser, sin embargo, que esos rasgos de humanidad no son suficientes. En efecto, si bregamos por una “economía más humana”, entonces deberíamos coincidir en el segundo presupuesto, esto es, que el grado de humanidad de nuestras economías no es suficiente. Y por cierto, cuando en este caso decimos “grados de humanidad” no nos estamos refiriendo al simple hecho de que la economía supone actos humanos; sino que estamos tratando de interpretar sus resultados desde un punto de vista antropológico y ético: desde nuestra posición como punto de partida antropológico, una economía será verdaderamente humana si logra ser reflejo de determinados valores que consideramos forman parte de una identidad verdaderamente humana, caso de la solidaridad, la justicia, la fraternidad, el amor,  la igualdad, la participación, y la armonía con el entorno,  entre otros.

 

Comprenderá nuestra auditorio, sin embargo, que valores como los anteriormente citados, raramente forman parte del discurso habitualmente esgrimido por parte de la inmensa mayoría de los escritos económicos de nuestro tiempo. Y esto es así, puesto que nuestra economía está en crisis tanto desde el punto de vista del resultado de sus prácticas, como desde el punto de vista de su elaboración teórica. Intentaremos en los próximos minutos argumentar esta primera hipótesis de trabajo.

 

Estado de situación actual: el resultado de las prácticas económicas hegemónicas.

 

Si analizamos el estado de situación del desarrollo en el mundo desde el punto de vista de un mínimo de caridad cristiana, encontraremos que el mismo dista mucho de una situación mínimamente decorosa. Los datos que año a año vienen publicando diversos organismos internacionales sobre la situación socioeconómica del mundo no pueden pasar desapercibidos por quienes anhelan un mundo mejor. Al contrario: deben ser el punto de partida para la generación de los cambios. Para decirlo en clave pastoral: debemos partir de un VER para luego JUZGAR y finalmente ACTUAR.

 

Este último paso es definitivamente el consustancial al trabajo político. Debemos definir por lo tanto qué tipo de acción es la posible y deseable luego de “conocer el terreno” e interpretarlo con nuestro marco doctrinario. Tal “actuar” como se comprenderá luego, deberá estar guiado por una vocación profunda para lograr los cambios de aquellas situaciones y estructuras que siguen golpeando con dureza a los más débiles. Se trata entonces, de un actuar valiente y manifiestamente anticonservador, o al decir de Juan Pablo Terra: “Quien mira el continente, el nivel de vida de sus pueblos, su sujeción y miseria, difícilmente pueda conciliar amor cristiano y posición conservadora”.

 

Según los datos divulgados por el último Informe de las Naciones Unidas sobre el Desarrollo Humano (2003), existen hoy en todo el mundo 1.200 millones de indigentes, 800 millones de personas hambrientas, 448 millones de niños menores de cinco años de edad con peso inferior al normal, 114 millones de niños en edad escolar que no asisten a ningún establecimiento educativo, y 150 millones de adultos que no encuentran trabajo.

 

Las mejorías en los ingresos de un pequeño grupo de grandes afortunados en todo el mundo, sigue sin impactar positivamente en las grandes mayorías: 54 países se empobrecieron aún más en el decenio de los noventa, y en 21 países una gran proporción de la población pasa hambre. En 14 países se están produciendo más muertes de niños y la esperanza de vida se ha reducido en 34 países. La OMS ha señalado, por su lado, que mientras las enfermedades infecciosas explican la mitad de las muertes en los países pobres, solo representan el 1% de las causas de muerte en los países ricos.

 

Mientras eso sucede, la asistencia oficial para el desarrollo se redujo del 0,33% al 0,22% del PBI de los países donantes, un porcentaje muy inferior al 0,7% comprometido. De los 49 países menos adelantados, 31 reciben hoy menos ayuda que diez años atrás. Las subvenciones de los países ricos, mientras tanto, siguen siendo vergonzosas para el sur del mundo: mientras que la subvención anual a la industria lechera en la UE es de 913 dólares por vaca, la ayuda a Africa es de 8 dólares por africano. Mientras que en los EUA se paga 10,7 millones de dólares por día a los agricultores de algodón, la asistencia prestada al Africa subsahariana es de 3,1 millones al día.  Con este panorama, las metas del milenio –ya de por sí cuestionables desde el punto de vista de lo que realmente debemos y podemos hacer- están gravemente puestas en cuestión.

 

La forma hegemónica de hacer economía hoy en el mundo, también impacta seriamente en el medio ambiente. Confundiendo permanentemente las nociones de crecimiento económico con desarrollo, en el mundo han crecido alarmantemente las emanaciones de dióxido de carbono produciendo el conocido proceso de recalentamiento de la tierra; o aumentan las emanaciones de monóxido de carbono, con grandes trastornos en la salud de inmensa poblaciones. Otros gases propios de un modelo de crecimiento que no atiende a las consecuencias futuras, como los cloroflurocarbonados, están provocando la destrucción de las moléculas de Ozono, generando aumento en la radiación de rayos ultravioletas, la pérdida de biodiversidad, y el cambio de  determinadas conductas sociales. Justamente la pérdida de biodiversidad (se estima en 400 las especies extinguidas en las últimas décadas, en tanto son millares las que están actualmente en riesgo) es otro de los problemas ambientales generados por un modelo de crecimiento económico destructivo. Piénsese que la mayoría de las especies se encuentran en los bosques tropicales, que han disminuido en un 50% en los últimos treinta años. Los desiertos, mientras tanto aumentan constantemente, ganando 8 millones de hectáreas por año. El suministro de agua potable, verdadero “oro azul” de los tiempos que vendrán, continúa siendo uno de los principales problemas ecológicos de nuestros tiempos. La salinización, sin embargo, continúa avanzando sobre nuestros acuíferos. Así podríamos seguir sumando otros indicadores tan nefastos, producidos por un modelo económico de crecimiento que podríamos catalogar sin más, no solo como anti humano, sino además, falto de solidaridad con las generaciones futuras.

 

La crisis de la economía en el plano teórico.

En el plano teórico la economía también está en crisis. Para traer a colación la clásica distinción aristotélica, más que una oeko – nomía (ciencia que estudia los problemas del ambiente donde la satisfacción de las necesidades son su principal referente); la economía se ha ido transformando en los últimos dos siglos en una ciencia crematística, donde lo fundamental pasa a ser el estudio del dinero, y se pierde de vista el fin último, esto es, mejorar la calidad de vida de la gente.

 

En este pasaje, el pensamiento económico más convencional ha sufrido y sufre de serias carencias que una teoría económica con rostro humano (llámese socioeconomía, economía solidaria, o como prefería Lebret, lisa y llanamente “economía humana”), debe enfrentar con argumentos sólidos. Veamos en esta oportunidad algunas de esas carencias:

 

(A)   La simple alineación crecimiento – desarrollo ha entrado en una seria crisis.

 

El concepto de desarrollo económico asociado al crecimiento, al menos como paradigma ha entrado en crisis desde hace varios años, tanto en el plano teórico como en el de las prácticas sociales. Para llegar a esta conclusión, debemos centrar nuestra atención en el concepto de las “externalidades” (o efectos no deseados) , en este caso del crecimiento económico, dando cuenta por ejemplo, de indicadores muy negativos en materia medioambiental, desempleo, pobreza, así como  segmentación y exclusión social, como los vistos anteriormente.

 

En lo particular hemos insistido en nuestros escritos, que ese modelo de desarrollo no es autóctono, sino que nos fue impuesto por los países centrales, que confiados en las relaciones de intercambio, fueron destruyendo los ricos tejidos sociales y comunitarios de amplias comunidades nativas. Aprovecho esta disertación en Paraguay, para hacer referencia, como ejemplo de lo anterior, al caso de la llamada “República de los Guaraníes”, experiencia sin parangón, organizada en términos económicos en base a relaciones comunitarias y de reciprocidad. Como se sabe, fue un proyecto lamentablemente abortado por la injerencia de la Corona Hispánica y Lusitana, con evidentes intereses geopolíticos y económicos opuestos a los desarrollados durante ciento cincuenta años por jesuitas y nativos.

 

Más acá en el tiempo, mientras tanto, hemos asistido de la mano del llamado Consenso de Washington, a una nueva oleada que asociaba el desarrollo a la mayor competitividad mercantil. Hoy en día, salvo en ciertos nichos neoliberales, nadie niega que esta visión no ha dado los frutos esperados. Los propios organismos internacionales han ido variando sus marcos teóricos y hoy señalan que el mercantilismo dejado a su arbitrio no es solución, y que el desarrollo es mucho más que mero crecimiento.

 

También ofician de indicadores de fracaso de ese modelo crematístico de crecimiento, las numerosas experiencias de economías alternativas y solidarias que han emergido en todo el mundo en las últimas décadas, así como los movimientos críticos a las ideas predominantes en materia de políticas económicas.

 

En tal sentido debemos hacer referencia a cómo sobre fines del siglo XX surgen corrientes que analizan al desarrollo como un proceso que tiene como referentes a las personas y no a los bienes. Conceptos como “Desarrollo a Escala Humana”, o “The Small is Beautiful”, para señalar solo dos que han tenido amplia divulgación en el Sur y Norte del mundo, se presentan como nuevos paradigmas de desarrollo.

 

Las consecuencias de estos enfoques son inmediatas: pensar una economía más humana, implica tener una concepción del desarrollo lo más integral posible. El mero aumento del PBI no nos dice nada acerca de la calidad del crecimiento. Piénsese que si ese aumento en un país determinado se debe a la construcción de  nuevas cárceles y a la compra de más armas para hacer frente a la mayor delincuencia, entonces estamos muy lejos de una mejor situación social. Algunos nuevos enfoques que compartimos, velan por la construcción de indicadores de salud social que incorporan aspectos como la estabilidad familiar, la integración social, el nivel de consumo de drogas, o la evolución de la criminalidad para complejizar la idea de desarrollo en nuestros países.

Mientras tanto, el simple Indice de Desarrollo Humano que desde hace algunos años viene divulgando el PNUD, nos expone con claridad cómo los países más desarrollados no coinciden con las principales potencias mundiales en cuanto riqueza material.

 

(B)   Al separarse de la dimensión ética, la economía se está convirtiendo en mera crematística.

 

La idea de incorporar los valores,  la moral y la ética a la economía, es algo difícil de comprender para algunos, e imposible de considerar para otros, a pesar de los numerosos antecedentes que se remontan a Aristóteles. ¿Por qué debería ser humana una economía?. La economía es lo que es, dejémosla actuar tranquilamente, y recién luego pongamos en acción nuestros valores. Así parecen pensar los seguidores del paradigma que Sen llama técnico, y que tiene en Lionel Robbins a su más  fiel representante: en su influyente Essay on the Nature and Significance of Econommic Science de 1930 sentenciaba que “no parece posible, desde un  punto de vista lógico, relacionar dos materias  (economía y ética)  de ninguna forma, excepto por la mera yuxtaposición”.

 

Otra posición, distinta  pero no menos desafortunada que la anterior, es la que intenta edificar el pensamiento económico en torno a los antivalores. Esta  idea, hecha raíces en la filosofía política de los siglos XVII y XVIII: ya no se trata de rechazar la moral y la ética en la economía, sino de convencernos que ésta funciona mejor si nos dejamos llevar por nuestras “pasiones”[1] egoístas. Los aportes de Adam Smith, pero también de  Say, Menger, Vico, Mandeville, Spinoza, Hume, Hobbes, Steuart, etc., son elocuentes en la materia, por lo que le ahorraremos al lector los detalles.

 

Friedrich Hayek, verdadero maestro de los  neoliberales  contemporáneos continúa en esta línea, parapetando al mercado como principio ético. Dice Hayek: “La popularidad de la idea según la cuál siempre es mejor cooperar que competir, demuestra el general desconocimiento de la verdadera función orientadora del mercado. La cooperación, al igual que la solidaridad, sólo son posibles si existe un amplio consenso, no solo en cuanto a los fines a alcanzar, sino  también en lo que atañe a los medios a emplearse. En los colectivos de reducida dimensión ello es realmente posible, pero difícilmente lo es cuando de lo que se trata es adaptarse a circunstancias desconocidas. Ahora bien, es en esta adaptación a lo  desconocido en lo que se apoya la coordinación de los esfuerzos en un orden extenso. La competencia no es otra cosa que un ininterrumpido proceso de descubrimiento, presente en toda evolución,  que nos lleva a responder inconscientemente a  nuevas situaciones. Es la renovada competencia, y no el consenso, lo que aumenta cada vez más nuestra eficacia”[2]. De esta manera, al defender el “orden extenso”, descalifica el valor de la justicia social. En “Nuestra Herencia Moral”, por ejemplo, esperaba que quienes hablaran de justicia social sintieran “una vergüenza insoportable al utilizar su término”.

 

Desde la socioeconomía y economía de la solidaridad, sin embargo, pensamos distinto. Quienes trabajamos en esta corriente de pensamiento creemos que los valores morales y éticos forman parte de la economía, tanto en el plano teórico como en el de las prácticas concretas.

 

Gracias a la existencia de esos valores morales, es que nuestros mercados no son el reflejo solamente de las relaciones de compra – venta, sino que existen otras relaciones económicas de fuerte inspiración solidaria. Pensemos, por ejemplo, en la importancia que tienen las donaciones en nuestras economías.

 

A pesar de ello, han sido increíblemente dejadas de lado por las ciencias económicas hasta que Kenneth Boulding, sobre fines de los sesenta fundara junto a otros investigadores la Association for the estudy of the grants economy, y publicara su The economy  of love   and fear – A preface  to grants economy[3].

 

¿Porqué la economía no le ha prestado la suficiente atención a este fenómeno?.  No es que se le desconozca, ya que obviamente a nadie escapa la importancia de los dones en  la economía  moderna. Sin embargo, son escasas las referencias a las donaciones y a la reciprocidad entre los economistas, salvo excepciones:  “A lo largo de  mi vida me han ofrecido muchas cosas gratuitas... y no solo en mi primer año de existencia”, sentenciaba Paul Samuelson en un artículo de 1974[4].  El citado autor  en otro artículo publicado por Newsweek un año antes de ser merecedor del premio Nobel de economía (1970) contradiciendo según él, las enseñanzas recibidas en la Universidad de Chicago, negaba el principio de que todo tiene precio: “¿No hay nada gratuito?. Qué disparate. Una ley  científica con solo cuatro billones de excepciones. Si fuese verdad  eso, ningún miembro de la especie humana sobreviviría ni siquiera una semana”[5].

 

Samuelson  de esa manera pasa a legitimar el uso de la palabra amor en el análisis económico: “Me refiero, por supuesto, al amor no en el sentido griego de eros, sino más bien de ágape, que se define como `amor espontáneo y altruista que se  expresa libremente sin cálculo de coste o de ganancia para quien lo otorga o de mérito  en quien lo   recibe´”. Con esto, se distancia de la doctrina más recibida por los economistas, heredera de Smith[6], según la cual, en palabras de Samuel Butler, “el mundo lo gobernará siempre el egoísmo del propio interés”. “¿Qué es lo que economizan los economistas?”, preguntó alguna vez Sir Dennis Robertson. Amor, fue su sorprendente respuesta.

 

La tesis que defendemos quienes nos movemos en el marco de una socioeconomía solidaria, es que la economía  debe dar entrada a todas las lógica alternativas; y que el egoísmo es tanto parte del mercado como el altruismo, la solidaridad y el amor. Con este dato podremos comprender mejor el siguiente apartado.

 

(C)   Las posiciones económicas más convencionales insisten en polémicas estériles como las de “más mercado o más estado”.

 

Una polémica como la anterior carece de fundamento. Más bien deberíamos preguntarnos qué mercado y qué estado. Desde la socioeconomía de la solidaridad, el mercado se entiende como una creación social muy útil para la distribución de los bienes producidos por determinada economía. Pero para llegar a una conclusión de este tipo, conviene distinguir primero entre el mercado como lugar físico y como instrumento de asignación (distinción polanyiana), y en segundo lugar presentar el concepto de mercado determinado (de raíz ricardiana y luego gramsciana), esto es , entender al mercado como lugar de encuentro de varios tipos de racionalidades e instrumentos económicos. De tal manera lo anterior, que según nuestro análisis, en cada mercado determinado, coexisten al menos tres grandes lógicas: la capitalista, la estatal, y la solidaria.

 

Desde posiciones liberales el mercado es entendido como instrumento idóneo para la asignación de bienes y servicios, cuya cantidad y precio debe depender exclusivamente de la Ley de Oferta y Demanda. Para que el mecanismo opere correctamente el Estado y otros actores colectivos deberían interferir lo menos posible. Sin embargo, lo solidario y lo estatal no solo han estado participado en los hechos, sino que además de acuerdo a sus fuerzas y estilos han ido haciendo del mercado, un verdadero constructo social donde sus fuerzas y lógicas conviven con las del intercambio.

 

Se trata de ver cómo es posible y deseable, la construcción de un comportamiento mercantil que lejos de lo que ocurre hoy en día con nuestro mercado determinado, pueda volverse incluyente.

 

Y es que la realidad de nuestro continente es la de un mercado determinado que lejos de acercarse al paradigma democrático y justo que impulsamos, está  haciendo avanzar la lógica capital individualista, en medio de una feroz cultura neoliberal que pone a nuestro mundo en una situación social tan dramática como la vivida en medio de la llamada “cuestión social” del Siglo XIX.

 

Tenemos que ser muy críticos a esa oleada neoliberal que intenta restarle fuerza a lo público y a lo solidario. Recordemos que ese liberalismo sin frenos ya fue denunciado por la Quadragesimo Anno de Pío XI, como generador de un verdadero “imperialismo internacional del dinero”; y que más recientemente es nuevamente condenado por Juan Pablo II en su Exhortación Post Sinodal “La Iglesia en América”, cuando expresamente se refiere al neoliberalismo como un “sistema que haciendo referencia a una concepción economicista del hombre, considera las ganancias y las leyes del mercado como parámetros absolutos en detrimento de la dignidad y del respeto de las personas y los pueblos”.

 

 

D) No siempre nos comportamos como homo oeconomicus

 

El cuarto nudo conflictivo que queríamos tratar en esta ocasión tiene que ver con las dificultades que tiene el pensamiento económico hegemónico para dar cuenta de las racionalidades alternativas. En concreto, se nos quiere hacer creer que cada uno de nosotros se comporta como verdadero “homo oeconomicus”, una persona fría y calculadora –“sujeto billetera” al decir de Hinkelammert-, cuando en realidad, en numerosos actos de nuestra vida cotidiana, incluido numerosos actos puramente económicos, nuestro comportamiento se opone a ese modelo individualista y egoísta.

 

Desde la socioeconomía de la solidaridad pretendemos superar la visión utilitarista que aplica al conjunto de las actividades humanas la lógica instrumental. El utilitarismo olvida lo práxico, esto es, los comportamientos inmanentes que tienen un fin en si mismos. Una de las peores expresiones de la teoría económica contemporánea es la que pretende explicar, por ejemplo, el amor conyugal o la tenencia de hijos, por medio de complicados cálculos económicos como los que llevaron al Nobel de Economía al nortemericano Gary Becker.

 

Nuestra postura en estas materias es que la racionalidad instrumental no es suficiente para explicar todas las acciones económicas, y que es inmoral pretender aplicarla al resto de las actividades humanas. En este punto nuestro marco teórico entronca con el comunitarismo de Etzioni, que distingue entre el Rational Economic Man y el Socio Economic Person, y pone en un mismo pie de igualdad la razón, con los valores y las emociones. Desde este punto de vista, múltiples actividades relacionales de nuestras vidas cotidianas no terminan “satisfechas” (en el sentido utilitarista del placer) sino ennoblecidas. Solo así comprenderíamos en su cabalidad, por ejemplo, el dar por sobre el recibir. Siguiendo esta misma línea de razonamiento, decimos que el peor peligro que encierra el neoliberalismo es pretender ya no solo una economía de mercado, sino además una sociedad de mercado. Desde nuestro punto de vista, es legítima y deseable la economía con mercado (funcionando éste de manera democrática y en vista a promover la justicia social); pero es perverso invadir el campo de lo relacional y social con los criterios mercantilistas. Un buen indicador de salud social es descubrir, en tal sentido, cuántas cosas aún no pueden ser compradas por el dinero en cada uno de nuestros países.

 

Es así entonces que distinguimos entre una racionalidad de tipo “homo oeconomicus”, de otra tipo “homo utopicus”, esta última capaz de animarnos a pensar que es posible, además de necesario, construir un mundo mejor para todos.

 

Concluyendo

 

Una economía más humana, finalmente, debe ser expresión de un mundo más humano. Como decía Lebret, “nosotros no aceptamos la separación de la economía de lo humano, el desarrollo de las civilizaciones en que está inscrito. Lo que cuenta para nosotros es el hombre, cada hombre, cada agrupación de hombres, hasta la humanidad entera”. Por eso todavía resuena en nosotros el llamado de Pablo VI en su Populorum Progressio a construir un verdadero desarrollo integral, “a todos los hombres y a todo el hombre”.

 

Desde nuestra visión, debemos ser los primeros en intentar torcer el rumbo de este verdadero “desorden establecido”, como llamaba magistralmente Mounier al estado de situación del mundo sobre mediados del siglo XX.

 

O como decía nuestro maestro Tomic: “No somos los servidores de los satisfechos de este mundo, sino que existimos para hacer nuestra la batalla de los desposeídos de la tierra. Y no tan solo de los desposeídos de trabajo, de tierra o de pan; sino principalmente de los humillados en su dignidad esencial de seres humanos; de los privados de libertad y decoro; de la muchedumbre innumerable para quienes el orden social en nuestra América Latina es una continua vigilia de zozobras”[7].

 

 

Que así sea.

 

NOTAS:

[1] Utilizo el término “pasiones”, para ser justo con la interesante investigación de Hirschman. Cfr. Las pasiones y los intereses. Argumentos a favor del capitalismo previo a  su triunfo, Barcelona, Península, 1998.

[1] Cfr. Hayek, F.: La fatal arrogancia. Los errores del socialismo, Madrid, Unión Ed., 1990; citado por Rebellato, J.: La encrucijada de la ética, Montevideo, Nordan, 1995, p. 24.

[1] Traducida al español, Cfr. Boulding, K.: La economía del amor y del temor. Una introducción a la economía de las donaciones, Madrid, Alianza Ed., 1976.

[1] Cfr. Samuelson, P.: “Economía Navideña”, Newsweek, 30 de  Diciembre de 1974, en Economía desde el corazón, Barcelona, Orbis, 1984, p. 16.

[1] Cfr. Samuelson, P.: “Amor”, Newsweek, 29 de Diciembre de 1969; en Idem. ant., p. 19.

[1] “No esperamos nuestra comida de la benevolencia del carnicero, del cervecero o del panadero; la esperamos del  cuidado que ellos  tienen de su propio interés. No  nos dirigimos a sus sentimientos humanitarios, sino a su  amor de si mismos, y jamás les  hablamos de nuestras necesidades sino de las ventajas que ellos sacarán”. Cfr. Smith, A.: Op. Cit., p. 17.

[1] Cfr. Tomic, R.: “Somos una fuerza mundial y aspiramos a construir una nueva sociedad”, tercera conferencia mundial de la Democracia Cristiana, Santiago, 1961.

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 



[1] Utilizo el término “pasiones”, para ser justo con la interesante investigación de Hirschman. Cfr. Las pasiones y los intereses. Argumentos a favor del capitalismo previo a  su triunfo, Barcelona, Península, 1998.

[2] Cfr. Hayek, F.: La fatal arrogancia. Los errores del socialismo, Madrid, Unión Ed., 1990; citado por Rebellato, J.: La encrucijada de la ética, Montevideo, Nordan, 1995, p. 24.

[3] Traducida al español, Cfr. Boulding, K.: La economía del amor y del temor. Una introducción a la economía de las donaciones, Madrid, Alianza Ed., 1976.

[4] Cfr. Samuelson, P.: “Economía Navideña”, Newsweek, 30 de  Diciembre de 1974, en Economía desde el corazón, Barcelona, Orbis, 1984, p. 16.

[5] Cfr. Samuelson, P.: “Amor”, Newsweek, 29 de Diciembre de 1969; en Idem. ant., p. 19.

[6] “No esperamos nuestra comida de la benevolencia del carnicero, del cervecero o del panadero; la esperamos del  cuidado que ellos  tienen de su propio interés. No  nos dirigimos a sus sentimientos humanitarios, sino a su  amor de si mismos, y jamás les  hablamos de nuestras necesidades sino de las ventajas que ellos sacarán”. Cfr. Smith, A.: Op. Cit., p. 17.

[7] Cfr. Tomic, R.: “Somos una fuerza mundial y aspiramos a construir una nueva sociedad”, tercera conferencia mundial de la Democracia Cristiana, Santiago, 1961.