Hacia una economía más humana
Ponencia presentada al Seminario
Internacional sobre Juventud y Humanismo Cristiano, Asunción del Paraguay, Mayo
de 2004.
Escribe Dr. Pablo A. Guerra
Sociólogo
Introducción.
Si los organizadores de este
evento nos proponían titular nuestra exposición “hacia una economía más
humana”, es porque partían de dos presupuestos que a mí me parecen pertinentes
para dar comienzo a nuestra participación:
El primer presupuesto es que la
economía tiene rasgos de humanidad. No cabe duda, en tal sentido, que la
economía es una práctica humana, enraizada en lo social, consistente en lograr
producir, consumir, distribuir y acumular conforme a determinadas patrones
culturales que distinguen a cada una de las civilizaciones que pasaron a lo largo
de la historia por nuestros suelos. De hecho, esta idea de la economía como
fenómeno social (y por lo tanto humano), es la que nos ha movido a un grupo
importante de académicos en todo el mundo a preferir la denominación de
“socioeconomía” para hacer referencia a la
necesidad de reconducir a la economía a sus orígenes, esto es, una
ciencia que no desconocía de los aportes de su contexto social y moral.
Parecería ser, sin embargo, que
esos rasgos de humanidad no son suficientes. En efecto, si bregamos por una
“economía más humana”, entonces deberíamos coincidir en el segundo presupuesto,
esto es, que el grado de humanidad de nuestras economías no es suficiente. Y
por cierto, cuando en este caso decimos “grados de humanidad” no nos estamos
refiriendo al simple hecho de que la economía supone actos humanos; sino que
estamos tratando de interpretar sus resultados desde un punto de vista
antropológico y ético: desde nuestra posición como punto de partida
antropológico, una economía será verdaderamente humana si logra ser reflejo de
determinados valores que consideramos forman parte de una identidad
verdaderamente humana, caso de la solidaridad, la justicia, la fraternidad, el
amor, la igualdad, la participación, y
la armonía con el entorno, entre otros.
Comprenderá nuestra auditorio,
sin embargo, que valores como los anteriormente citados, raramente forman parte
del discurso habitualmente esgrimido por parte de la inmensa mayoría de los
escritos económicos de nuestro tiempo. Y esto es así, puesto que nuestra economía está en crisis tanto desde
el punto de vista del resultado de sus prácticas, como desde el punto de vista
de su elaboración teórica. Intentaremos en los próximos minutos argumentar
esta primera hipótesis de trabajo.
Estado de situación actual: el resultado de las prácticas económicas hegemónicas.
Si analizamos el estado de
situación del desarrollo en el mundo desde el punto de vista de un mínimo de
caridad cristiana, encontraremos que el mismo dista mucho de una situación
mínimamente decorosa. Los datos que año a año vienen publicando diversos
organismos internacionales sobre la situación socioeconómica del mundo no
pueden pasar desapercibidos por quienes anhelan un mundo mejor. Al contrario:
deben ser el punto de partida para la generación de los cambios. Para decirlo
en clave pastoral: debemos partir de un VER para luego JUZGAR y finalmente
ACTUAR.
Este último paso es
definitivamente el consustancial al trabajo político. Debemos definir por lo
tanto qué tipo de acción es la posible y deseable luego de “conocer el terreno”
e interpretarlo con nuestro marco doctrinario. Tal “actuar” como se comprenderá
luego, deberá estar guiado por una vocación profunda para lograr los cambios de
aquellas situaciones y estructuras que siguen golpeando con dureza a los más
débiles. Se trata entonces, de un actuar valiente y manifiestamente
anticonservador, o al decir de Juan Pablo Terra: “Quien mira el continente, el
nivel de vida de sus pueblos, su sujeción y miseria, difícilmente pueda
conciliar amor cristiano y posición conservadora”.
Según los datos divulgados por
el último Informe de las Naciones Unidas sobre el Desarrollo Humano (2003),
existen hoy en todo el mundo 1.200 millones de indigentes, 800 millones de
personas hambrientas, 448 millones de niños menores de cinco años de edad con
peso inferior al normal, 114 millones de niños en edad escolar que no asisten a
ningún establecimiento educativo, y 150 millones de adultos que no encuentran
trabajo.
Las mejorías en los ingresos de
un pequeño grupo de grandes afortunados en todo el mundo, sigue sin impactar
positivamente en las grandes mayorías: 54 países se empobrecieron aún más en el
decenio de los noventa, y en 21 países una gran proporción de la población pasa
hambre. En 14 países se están produciendo más muertes de niños y la esperanza
de vida se ha reducido en 34 países. La OMS ha señalado, por su lado, que
mientras las enfermedades infecciosas explican la mitad de las muertes en los
países pobres, solo representan el 1% de las causas de muerte en los países
ricos.
Mientras eso sucede, la
asistencia oficial para el desarrollo se redujo del 0,33% al 0,22% del PBI de
los países donantes, un porcentaje muy inferior al 0,7% comprometido. De los 49
países menos adelantados, 31 reciben hoy menos ayuda que diez años atrás. Las
subvenciones de los países ricos, mientras tanto, siguen siendo vergonzosas
para el sur del mundo: mientras que la subvención anual a la industria lechera
en la UE es de 913 dólares por vaca, la ayuda a Africa es de 8 dólares por africano.
Mientras que en los EUA se paga 10,7 millones de dólares por día a los
agricultores de algodón, la asistencia prestada al Africa subsahariana es de
3,1 millones al día. Con este panorama,
las metas del milenio –ya de por sí cuestionables desde el punto de vista de lo
que realmente debemos y podemos hacer- están gravemente puestas en cuestión.
La forma hegemónica de hacer
economía hoy en el mundo, también impacta seriamente en el medio ambiente.
Confundiendo permanentemente las nociones de crecimiento económico con
desarrollo, en el mundo han crecido alarmantemente las emanaciones de dióxido
de carbono produciendo el conocido proceso de recalentamiento de la tierra; o
aumentan las emanaciones de monóxido de carbono, con grandes trastornos en la
salud de inmensa poblaciones. Otros gases propios de un modelo de crecimiento
que no atiende a las consecuencias futuras, como los cloroflurocarbonados,
están provocando la destrucción de las moléculas de Ozono, generando aumento en
la radiación de rayos ultravioletas, la pérdida de biodiversidad, y el cambio
de determinadas conductas sociales.
Justamente la pérdida de biodiversidad (se estima en 400 las especies
extinguidas en las últimas décadas, en tanto son millares las que están
actualmente en riesgo) es otro de los problemas ambientales generados por un
modelo de crecimiento económico destructivo. Piénsese que la mayoría de las
especies se encuentran en los bosques tropicales, que han disminuido en un 50%
en los últimos treinta años. Los desiertos, mientras tanto aumentan
constantemente, ganando 8 millones de hectáreas por año. El suministro de agua
potable, verdadero “oro azul” de los tiempos que vendrán, continúa siendo uno
de los principales problemas ecológicos de nuestros tiempos. La salinización,
sin embargo, continúa avanzando sobre nuestros acuíferos. Así podríamos seguir
sumando otros indicadores tan nefastos, producidos por un modelo económico de
crecimiento que podríamos catalogar sin más, no solo como anti humano, sino
además, falto de solidaridad con las generaciones futuras.
La crisis de la economía en el plano teórico.
En el plano teórico la economía
también está en crisis. Para traer a colación la clásica distinción
aristotélica, más que una oeko – nomía
(ciencia que estudia los problemas del ambiente donde la satisfacción de las
necesidades son su principal referente); la economía se ha ido transformando en
los últimos dos siglos en una ciencia crematística,
donde lo fundamental pasa a ser el estudio del dinero, y se pierde de vista el
fin último, esto es, mejorar la calidad de vida de la gente.
En este pasaje, el pensamiento
económico más convencional ha sufrido y sufre de serias carencias que una
teoría económica con rostro humano (llámese socioeconomía, economía solidaria,
o como prefería Lebret, lisa y llanamente “economía humana”), debe enfrentar
con argumentos sólidos. Veamos en esta oportunidad algunas de esas carencias:
(A)
La
simple alineación crecimiento – desarrollo ha entrado en una seria crisis.
El concepto de desarrollo económico asociado al crecimiento, al menos
como paradigma ha entrado en crisis desde hace varios años, tanto en el plano
teórico como en el de las prácticas sociales. Para llegar a esta conclusión,
debemos centrar nuestra atención en el concepto de las “externalidades” (o
efectos no deseados) , en este caso del crecimiento económico, dando cuenta por
ejemplo, de indicadores muy negativos en materia medioambiental, desempleo,
pobreza, así como segmentación y
exclusión social, como los vistos anteriormente.
En lo particular hemos insistido en nuestros escritos, que ese modelo
de desarrollo no es autóctono, sino que nos fue impuesto por los países
centrales, que confiados en las relaciones de intercambio, fueron destruyendo
los ricos tejidos sociales y comunitarios de amplias comunidades nativas.
Aprovecho esta disertación en Paraguay, para hacer referencia, como ejemplo de
lo anterior, al caso de la llamada “República de los Guaraníes”, experiencia
sin parangón, organizada en términos económicos en base a relaciones
comunitarias y de reciprocidad. Como se sabe, fue un proyecto lamentablemente
abortado por la injerencia de la Corona Hispánica y Lusitana, con evidentes
intereses geopolíticos y económicos opuestos a los desarrollados durante ciento
cincuenta años por jesuitas y nativos.
Más acá en el tiempo, mientras tanto, hemos asistido de la mano del
llamado Consenso de Washington, a una nueva oleada que asociaba el desarrollo a
la mayor competitividad mercantil. Hoy en día, salvo en ciertos nichos
neoliberales, nadie niega que esta visión no ha dado los frutos esperados. Los
propios organismos internacionales han ido variando sus marcos teóricos y hoy
señalan que el mercantilismo dejado a su arbitrio no es solución, y que el
desarrollo es mucho más que mero crecimiento.
También ofician de indicadores de fracaso de ese modelo crematístico
de crecimiento, las numerosas experiencias de economías alternativas y
solidarias que han emergido en todo el mundo en las últimas décadas, así como
los movimientos críticos a las ideas predominantes en materia de políticas
económicas.
En tal sentido debemos hacer referencia a cómo sobre fines del siglo
XX surgen corrientes que analizan al desarrollo como un proceso que tiene como
referentes a las personas y no a los bienes. Conceptos como “Desarrollo a Escala Humana”, o “The Small is Beautiful”, para señalar
solo dos que han tenido amplia divulgación en el Sur y Norte del mundo, se
presentan como nuevos paradigmas de desarrollo.
Las consecuencias de estos enfoques son inmediatas: pensar una
economía más humana, implica tener una concepción del desarrollo lo más
integral posible. El mero aumento del PBI no nos dice nada acerca de la calidad
del crecimiento. Piénsese que si ese aumento en un país determinado se debe a
la construcción de nuevas cárceles y a
la compra de más armas para hacer frente a la mayor delincuencia, entonces
estamos muy lejos de una mejor situación social. Algunos nuevos enfoques que
compartimos, velan por la construcción de indicadores de salud social que incorporan
aspectos como la estabilidad familiar, la integración social, el nivel de
consumo de drogas, o la evolución de la criminalidad para complejizar la idea
de desarrollo en nuestros países.
Mientras tanto, el simple Indice
de Desarrollo Humano que desde hace algunos años viene divulgando el PNUD, nos
expone con claridad cómo los países más desarrollados no coinciden con las
principales potencias mundiales en cuanto riqueza material.
(B)
Al
separarse de la dimensión ética, la economía se está convirtiendo en mera
crematística.
La
idea de incorporar los valores, la
moral y la ética a la economía, es algo difícil de comprender para algunos, e
imposible de considerar para otros, a pesar de los numerosos antecedentes que
se remontan a Aristóteles. ¿Por qué debería
ser humana una economía?. La economía es lo que es, dejémosla actuar
tranquilamente, y recién luego pongamos en acción nuestros valores. Así
parecen pensar los seguidores del paradigma que Sen llama técnico, y que tiene
en Lionel Robbins a su más fiel
representante: en su influyente Essay on
the Nature and Significance of Econommic Science de 1930 sentenciaba que
“no parece posible, desde un punto de
vista lógico, relacionar dos materias
(economía y ética) de ninguna
forma, excepto por la mera yuxtaposición”.
Otra
posición, distinta pero no menos
desafortunada que la anterior, es la que intenta edificar el pensamiento
económico en torno a los antivalores. Esta
idea, hecha raíces en la filosofía política de los siglos XVII y XVIII:
ya no se trata de rechazar la moral y la ética en la economía, sino de
convencernos que ésta funciona mejor si nos dejamos llevar por nuestras
“pasiones”[1]
egoístas. Los aportes de Adam Smith, pero también de Say, Menger, Vico, Mandeville, Spinoza, Hume, Hobbes, Steuart,
etc., son elocuentes en la materia, por lo que le ahorraremos al lector los
detalles.
Friedrich
Hayek, verdadero maestro de los
neoliberales contemporáneos
continúa en esta línea, parapetando al mercado como principio ético. Dice
Hayek: “La popularidad de la idea según la cuál siempre es mejor cooperar que
competir, demuestra el general desconocimiento de la verdadera función
orientadora del mercado. La cooperación, al igual que la solidaridad, sólo son
posibles si existe un amplio consenso, no solo en cuanto a los fines a
alcanzar, sino también en lo que atañe
a los medios a emplearse. En los colectivos de reducida dimensión ello es
realmente posible, pero difícilmente lo es cuando de lo que se trata es adaptarse
a circunstancias desconocidas. Ahora bien, es en esta adaptación a lo desconocido en lo que se apoya la
coordinación de los esfuerzos en un orden extenso. La competencia no es otra
cosa que un ininterrumpido proceso de descubrimiento, presente en toda
evolución, que nos lleva a responder inconscientemente
a nuevas situaciones. Es la renovada
competencia, y no el consenso, lo que aumenta cada vez más nuestra eficacia”[2].
De esta manera, al defender el “orden extenso”, descalifica el valor de la
justicia social. En “Nuestra Herencia Moral”, por ejemplo, esperaba que quienes
hablaran de justicia social sintieran “una vergüenza insoportable al utilizar
su término”.
Desde
la socioeconomía y economía de la solidaridad, sin embargo, pensamos distinto.
Quienes trabajamos en esta corriente de pensamiento creemos que los valores
morales y éticos forman parte de la economía, tanto en el plano teórico como en
el de las prácticas concretas.
Gracias a la existencia de esos
valores morales, es que nuestros mercados no son el reflejo solamente de las
relaciones de compra – venta, sino que existen otras relaciones económicas de
fuerte inspiración solidaria. Pensemos, por ejemplo, en la importancia que
tienen las donaciones en nuestras economías.
A pesar de ello, han sido increíblemente dejadas de lado por las
ciencias económicas hasta que Kenneth Boulding, sobre fines de los sesenta
fundara junto a otros investigadores la Association
for the estudy of the grants economy, y publicara su The economy of love and fear – A preface to grants economy[3].
¿Porqué la economía no le ha
prestado la suficiente atención a este fenómeno?. No es que se le desconozca, ya que obviamente a nadie escapa la
importancia de los dones en la economía moderna. Sin embargo, son escasas las
referencias a las donaciones y a la reciprocidad entre los economistas, salvo
excepciones: “A lo largo de mi vida me han ofrecido muchas cosas
gratuitas... y no solo en mi primer año de existencia”, sentenciaba Paul
Samuelson en un artículo de 1974[4]. El citado autor en otro artículo publicado por Newsweek un año antes de ser merecedor del premio Nobel de economía
(1970) contradiciendo según él, las enseñanzas recibidas en la Universidad de
Chicago, negaba el principio de que todo
tiene precio: “¿No hay nada gratuito?. Qué disparate. Una ley científica con solo cuatro billones de
excepciones. Si fuese verdad eso,
ningún miembro de la especie humana sobreviviría ni siquiera una semana”[5].
Samuelson de esa manera pasa a legitimar el uso de la
palabra amor en el análisis económico: “Me refiero, por supuesto, al amor no en
el sentido griego de eros, sino más bien de ágape, que se define como `amor
espontáneo y altruista que se expresa
libremente sin cálculo de coste o de ganancia para quien lo otorga o de
mérito en quien lo recibe´”. Con esto, se distancia de la
doctrina más recibida por los economistas, heredera de Smith[6],
según la cual, en palabras de Samuel Butler, “el mundo lo gobernará siempre el
egoísmo del propio interés”. “¿Qué es lo que economizan los economistas?”,
preguntó alguna vez Sir Dennis Robertson. Amor,
fue su sorprendente respuesta.
La tesis que defendemos quienes
nos movemos en el marco de una socioeconomía solidaria, es que la economía debe dar entrada a todas las lógica
alternativas; y que el egoísmo es tanto parte del mercado como el altruismo, la
solidaridad y el amor. Con este dato podremos comprender mejor el siguiente
apartado.
(C)
Las
posiciones económicas más convencionales insisten en polémicas estériles como
las de “más mercado o más estado”.
Una polémica como la anterior carece de fundamento. Más bien
deberíamos preguntarnos qué mercado y qué estado. Desde la socioeconomía de la
solidaridad, el mercado se entiende como una creación social muy útil para la
distribución de los bienes producidos por determinada economía. Pero para
llegar a una conclusión de este tipo, conviene distinguir primero entre el
mercado como lugar físico y como instrumento de asignación (distinción
polanyiana), y en segundo lugar presentar el concepto de mercado determinado
(de raíz ricardiana y luego gramsciana), esto es , entender al mercado como
lugar de encuentro de varios tipos de racionalidades e instrumentos económicos.
De tal manera lo anterior, que según nuestro análisis, en cada mercado
determinado, coexisten al menos tres grandes lógicas: la capitalista, la
estatal, y la solidaria.
Desde posiciones liberales el mercado es entendido como instrumento
idóneo para la asignación de bienes y servicios, cuya cantidad y precio debe
depender exclusivamente de la Ley de Oferta y Demanda. Para que el mecanismo
opere correctamente el Estado y otros actores colectivos deberían interferir lo
menos posible. Sin embargo, lo solidario y lo estatal no solo han estado
participado en los hechos, sino que además de acuerdo a sus fuerzas y estilos
han ido haciendo del mercado, un verdadero constructo social donde sus fuerzas
y lógicas conviven con las del intercambio.
Se trata de ver cómo es posible
y deseable, la construcción de un comportamiento mercantil que lejos de lo que
ocurre hoy en día con nuestro mercado determinado, pueda volverse incluyente.
Y es que la realidad de nuestro
continente es la de un mercado determinado que lejos de acercarse al paradigma democrático y justo que
impulsamos, está haciendo avanzar la lógica capital individualista, en medio
de una feroz cultura neoliberal que pone a nuestro mundo en una situación
social tan dramática como la vivida en medio de la llamada “cuestión social”
del Siglo XIX.
Tenemos que ser muy críticos a
esa oleada neoliberal que intenta restarle fuerza a lo público y a lo
solidario. Recordemos que ese liberalismo sin frenos ya fue denunciado por la Quadragesimo Anno de Pío XI, como
generador de un verdadero “imperialismo internacional del dinero”; y que más
recientemente es nuevamente condenado por Juan Pablo II en su Exhortación Post
Sinodal “La Iglesia en América”, cuando expresamente se refiere al
neoliberalismo como un “sistema que haciendo referencia a una concepción
economicista del hombre, considera las ganancias y las leyes del mercado como
parámetros absolutos en detrimento de la dignidad y del respeto de las personas
y los pueblos”.
D) No siempre nos comportamos
como homo oeconomicus
El cuarto nudo conflictivo que
queríamos tratar en esta ocasión tiene que ver con las dificultades que tiene
el pensamiento económico hegemónico para dar cuenta de las racionalidades
alternativas. En concreto, se nos quiere hacer creer que cada uno de nosotros
se comporta como verdadero “homo
oeconomicus”, una persona fría y calculadora –“sujeto billetera” al decir
de Hinkelammert-, cuando en realidad, en numerosos actos de nuestra vida
cotidiana, incluido numerosos actos puramente económicos, nuestro
comportamiento se opone a ese modelo individualista y egoísta.
Desde la socioeconomía de la solidaridad pretendemos superar la visión
utilitarista que aplica al conjunto de las actividades humanas la lógica
instrumental. El utilitarismo olvida lo práxico, esto es, los comportamientos
inmanentes que tienen un fin en si mismos. Una de las peores expresiones de la
teoría económica contemporánea es la que pretende explicar, por ejemplo, el
amor conyugal o la tenencia de hijos, por medio de complicados cálculos
económicos como los que llevaron al Nobel de Economía al nortemericano Gary
Becker.
Nuestra postura en estas materias es que la racionalidad instrumental
no es suficiente para explicar todas las acciones económicas, y que es inmoral
pretender aplicarla al resto de las actividades humanas. En este punto nuestro
marco teórico entronca con el comunitarismo de Etzioni, que distingue entre el Rational Economic Man y el Socio Economic Person, y pone en un
mismo pie de igualdad la razón, con los valores y las emociones. Desde este
punto de vista, múltiples actividades relacionales de nuestras vidas cotidianas
no terminan “satisfechas” (en el sentido utilitarista del placer) sino
ennoblecidas. Solo así comprenderíamos en su cabalidad, por ejemplo, el dar por
sobre el recibir. Siguiendo esta misma línea de razonamiento, decimos que el
peor peligro que encierra el neoliberalismo es pretender ya no solo una
economía de mercado, sino además una sociedad de mercado. Desde nuestro punto
de vista, es legítima y deseable la economía con mercado (funcionando éste de
manera democrática y en vista a promover la justicia social); pero es perverso
invadir el campo de lo relacional y social con los criterios mercantilistas. Un
buen indicador de salud social es descubrir, en tal sentido, cuántas cosas aún
no pueden ser compradas por el dinero en cada uno de nuestros países.
Es así entonces que distinguimos entre una racionalidad de tipo “homo
oeconomicus”, de otra tipo “homo utopicus”, esta última capaz de animarnos a
pensar que es posible, además de necesario, construir un mundo mejor para
todos.
Concluyendo
Una economía más humana, finalmente, debe ser expresión de un mundo
más humano. Como decía Lebret, “nosotros no aceptamos la separación de la
economía de lo humano, el desarrollo de las civilizaciones en que está
inscrito. Lo que cuenta para nosotros es el hombre, cada hombre, cada
agrupación de hombres, hasta la humanidad entera”. Por eso todavía resuena en
nosotros el llamado de Pablo VI en su Populorum
Progressio a construir un verdadero desarrollo integral, “a todos los
hombres y a todo el hombre”.
Desde nuestra visión, debemos ser los primeros en intentar torcer el
rumbo de este verdadero “desorden establecido”, como llamaba magistralmente
Mounier al estado de situación del mundo sobre mediados del siglo XX.
O como decía nuestro maestro Tomic: “No somos los servidores de los
satisfechos de este mundo, sino que existimos para hacer nuestra la batalla de
los desposeídos de la tierra. Y no tan solo de los desposeídos de trabajo, de
tierra o de pan; sino principalmente de los humillados en su dignidad esencial
de seres humanos; de los privados de libertad y decoro; de la muchedumbre
innumerable para quienes el orden social en nuestra América Latina es una
continua vigilia de zozobras”[7].
Que así sea.
NOTAS:
[1] Utilizo el término “pasiones”, para ser justo con la interesante investigación de Hirschman. Cfr. Las pasiones y los intereses. Argumentos a favor del capitalismo previo a su triunfo, Barcelona, Península, 1998.
[1] Cfr. Hayek, F.: La fatal arrogancia. Los errores del socialismo, Madrid, Unión Ed., 1990; citado por Rebellato, J.: La encrucijada de la ética, Montevideo, Nordan, 1995, p. 24.
[1] Traducida al español, Cfr. Boulding, K.: La economía del amor y del temor. Una introducción a la economía de las donaciones, Madrid, Alianza Ed., 1976.
[1] Cfr. Samuelson, P.: “Economía Navideña”, Newsweek, 30 de Diciembre de 1974, en Economía desde el corazón, Barcelona, Orbis, 1984, p. 16.
[1] Cfr. Samuelson, P.: “Amor”, Newsweek, 29 de Diciembre de 1969; en Idem. ant., p. 19.
[1] “No esperamos nuestra comida de la benevolencia del carnicero, del
cervecero o del panadero; la esperamos del
cuidado que ellos tienen de su
propio interés. No nos dirigimos a sus
sentimientos humanitarios, sino a su
amor de si mismos, y jamás les
hablamos de nuestras necesidades sino de las ventajas que ellos
sacarán”. Cfr. Smith,
A.: Op. Cit., p. 17.
[1] Cfr. Tomic, R.: “Somos una fuerza mundial y aspiramos a construir una nueva sociedad”, tercera conferencia mundial de la Democracia Cristiana, Santiago, 1961.
[1] Utilizo el término “pasiones”, para ser justo con la interesante investigación de Hirschman. Cfr. Las pasiones y los intereses. Argumentos a favor del capitalismo previo a su triunfo, Barcelona, Península, 1998.
[2] Cfr. Hayek, F.: La fatal arrogancia. Los errores del socialismo, Madrid, Unión Ed., 1990; citado por Rebellato, J.: La encrucijada de la ética, Montevideo, Nordan, 1995, p. 24.
[3] Traducida al español, Cfr. Boulding, K.: La economía del amor y del temor. Una introducción a la economía de las donaciones, Madrid, Alianza Ed., 1976.
[4] Cfr. Samuelson, P.: “Economía Navideña”, Newsweek, 30 de Diciembre de 1974, en Economía desde el corazón, Barcelona, Orbis, 1984, p. 16.
[5] Cfr. Samuelson, P.: “Amor”, Newsweek, 29 de Diciembre de 1969; en Idem. ant., p. 19.
[6] “No esperamos nuestra comida de la benevolencia del carnicero, del
cervecero o del panadero; la esperamos del
cuidado que ellos tienen de su
propio interés. No nos dirigimos a sus
sentimientos humanitarios, sino a su
amor de si mismos, y jamás les
hablamos de nuestras necesidades sino de las ventajas que ellos
sacarán”. Cfr. Smith,
A.: Op. Cit., p. 17.
[7] Cfr. Tomic, R.: “Somos una fuerza mundial y aspiramos a construir una nueva sociedad”, tercera conferencia mundial de la Democracia Cristiana, Santiago, 1961.