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Socioeconomía para América Latina. Por Pablo A. Guerra (1) | |||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
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Sumario: 1.-
Introducción; 2.- La práctica socioeconómica en América Latina; 3.- La
teoría socioeconómica en América Latina; 4.- Activación socioeconómica de
los pobres: la economía popular; 5.- Hacia un nuevo concepto de desarrollo
en América Latina; 6.- El consumo y las necesidades humanas desde una
óptica alternativa;
1.- Introducción. En los últimos años hemos observado desde las ciencias sociales la necesidad que cada vez mayores cantidades de personas tienen, de contar con un concepto diferente al que ha sido paradigmático las últimas décadas en materia de desarrollo. En concreto, diferentes grupos sociales de diversas partes del mundo, del norte y del sur, se vienen movilizando para cambiar el sentido que la propia sociedad le ha dado al desarrollo, sobre todo luego de la II Guerra Mundial. En ese sentido, la simple alineación desarrollo-crecimiento, pareciera estar sumergida en una enorme crisis, al menos si las sociedades toman en cuenta -alumbradas por la labor de las ciencias sociales- las externalidades provocadas por el crecimiento en todos los países del mundo. Los problemas ecológicos, vienen a sintetizar de esa manera, una expresión real a la vez que alarmante de la anotada alineación, a la vez que trajo consigo un paradigma que denota una seria ausencia de la necesaria pregunta del ¿para qué? que debe acarrear todo objetivo perseguido por las sociedades. Por su lado, este fin de siglo, también presenta como rasgo característico el problema del desempleo aún en países que logran exitosas tasas de crecimiento. De esta manera, tenemos que el mero aumento del PBI, indicador ya de por sí escasamente relevante a la luz de nuestro marco teórico, no necesariamente conduce a mayores tasas de empleo, o a mejorar la calidad de los mismos, a la vez que pone en jaque la sustentabilidad del planeta. En el plano estrictamente teórico, creemos que ese modelo de desarrollo, que se igualaba al crecimiento, fue impuesto por los países "centrales" a los llamados "periféricos", partiendo del presupuesto que las relaciones económicas que debían regir a los segundos, eran las de "intercambios", esto es, las relaciones económicas más propiamente mercantiles, al menos partiendo de un concepto de mercado determinado como el que empezó a primar con fuerza a partir de la Revolución Industrial inglesa del Siglo XVIII. En tal sentido, puede comprenderse cómo para los voceros del desarrollo en nuestros países, sobre todo desde mediados de siglo, cuando se desata en América Latina una fermental discusión acerca de las políticas que debían regir el desarrollo de nuestros pueblos, el mercado debía catapultarse como la gran institución reguladora, y bajo su amparo, debían constituirse las unidades económicas que darían origen a las relaciones de compra - venta, supuestamente las más eficientes y correctas en aras del promocionado crecimiento. De hecho, la ciencia económica pareció desconocer a lo largo de este siglo, la existencia de unidades económicas que funcionaban con reglas de juego independientes y/o ajenas a las estipuladas por el mercado, constituyendo relaciones económicas diferentes a las de compra-venta, o relaciones de intercambio. La ciencia económica se convertiría de este modo, al menos en sus visiones más neo-clásicas y/o simplistas, en una ciencia de una forma particular de hacer economía, que no era otra que la predominante en el mundo occidental luego del Siglo XVIII. De esta forma, desconocía la riqueza de formas, modos y maneras de hacer economía, esto es, de producir, consumir, distribuir y acumular, distintas a las que coincidían con su modelo establecido como el único posible en sociedades complejas. Craso error, lo anterior, al menos si nos detenemos, como cientistas sociales que somos, en las formas reales de hacer economía de muchas unidades económicas que se comportan de acuerdo a normas, actitudes y valores desconocidos o minimizados por las visiones más neo-clásicas de la economía. En efecto, las ciencias sociales, y aquí por cierto incluyo no solo a la sociología y a la economía "heterodoxa", sino además, fundamentalmente a la antropología económica, y la historia económica, han sido testigos de prácticas económicas que van más allá del paradigma del mercado que ha regido los modelos de desarrollo más insistentemente implementados en buena parte del mundo. Según la tradición de la antropología económica, donde Karl Polanyi se constituyó como uno de los voceros más connotados, el comportamiento competitivo mercantilista, que hoy se pretende declarar como normal para todas las sociedades, es solo uno de los posibles entre las tres formas básicas de relaciones de cambio. Más allá de la lógica de los intercambios, han insistido numerosos investigadores, llamativamente silenciados por los voceros neoliberales de la ciencia económica, han existido y existen las lógicas de reciprocidad, y de redistribución. En este sentido, la socioeconomía se convierte en una particular mirada de estos fenómenos sociales, valiéndose de un argumento central, cuál es, que toda economía se halla imbricada en una sociedad (2). 2.- La práctica socioeconómica en América Latina. La evolución de la historia de las ideas, y las prácticas sociales en la humanidad han sido testigos, desde el comienzo de la edad moderna, aunque más acentuadamente a partir de la Revolución Industrial, dadas las enormes consecuencias en los estilos de vida de la gente, de diferentes intentos por pensar y hacer economía de forma alternativa. En América Latina, estos intentos encuentran sus raíces luego de la conquista por parte de los europeos de tierras americanas. Las formas concretas de producción, distribución, consumo y acumulación, que componen las fases de la economía, impulsadas por los europeos en estas tierras, chocaban directamente contra los valores y formas concretas que en la materia desarrollaban las diferentes culturas precolombinas. Valga en tal sentido, la famosa carta enviada al Presidente Franklin por parte del Jefe Seattle de la tribu de los Suwanish, donde se evidencian notorias diferencias acerca de lo que se compra y vende, de lo que puede ser intercambiado, y de lo que forma parte de valores superiores a los mercantiles. Decíamos que desde ese momento de la conquista, se sucedieron diversos intentos por preservar las particulares culturas económicas de nuestros pueblos, a la par de lograr novedosas formas y unidades económicas que basadas en los principios y valores nativos, hicieran posible su supervivencia, alejados de los circuitos mercantiles que se intentaban plasmar en estas tierras. La labor que en la materia han tenido las órdenes franciscanas, dominicas, y sobre todo jesuitas, ha sido fundamental en tal sentido. Las misiones jesuitas establecidas en las regiones de Itatin, Guayra y Tape, entre principios del siglo XVII hasta el año 1768 (3), que dieron origen a la llamada "República de los Guaraníes" (en obvia alusión a la utópica construcción Platónica en su República), lograron no solo conservar el grueso de su cultura autóctona, sino además la supervivencia de la etnia en los peores años de la institución de la encomienda. Pero sobre todo, lograron establecer de forma muy eficiente, un ordenamiento socioeconómico, de base comunitaria, que durante más de un siglo y medio, satisfizo a éstos guaraníes una pluralidad de necesidades en base a relaciones de reciprocidad y redistribución. Hasta el día de hoy son conservados rasgos de estas formas alternativas, que nosotros podemos llamar, sin duda, prácticas socioeconómicas. Es particularmente visible, por ejemplo, en las diferentes culturas nativas de nuestro continente: la cultura andina, los mapuches, las culturas caribeñas, los indígenas chiapanecos, levantándose contra la opresión política y económica; los asentamientos comunitarios del Movimiento Sin Tierra en Brasil, etc., son algunos ejemplos categóricos de cómo decenas de miles de hombres y mujeres aspiran a hacer socioeconomía, esto es, de incorporar todo su bagaje cultural, valores y ritos, en el quehacer económico, para hacer de éste, un subsistema incorporado a lo social, y no como quieren hacernos creer desde el neoclasicismo, un orden superior más allá de lo socialmente instituido. Se tratan además, de formas no solo alternativas, sino además eficientes si se las analiza desde una óptica socioeconómica, como es nuestra intención. En el caso del Movimento dos Trabalhadores Rurais Sem Terra, en Brasil, ya son 140.000 las familias asentadas en tierras, antes improductivas por parte de grandes latifundistas, ahora produciendo alimentos vitales para todo el país. Gran parte de estos asentamientos, además, se organizan en torno a cooperativas de producción, asociadas a la Confederacâo das Cooperativas de Reforma Agraria do Brasil (Concrab), bastante crítica a las tendencias mercantilistas de muchas cooperativas tradicionales nucleadas en torno a la ACI. En el caso de estos asentamientos, no solo notamos un aumento notable de la productividad de los suelos, unido a las prácticas de producción sino ecológicas, al menos autosustentables; sino además, se puede observar una inversión muy importante en educación; un status de la mujer mucho más equitativo con respecto al imperante en el resto del campo en Brasil; y una concientización política que sin duda contribuye al fortalecimiento de la ciudadanía. Podríamos seguir sumando experiencias exitosas a lo largo de todo el continente, que han intentado ser no sólo eficientes en el plano económico (condición excluyente en nuestros mercados globalizados), sino además en el plano social, involucrando en definitiva, la satisfacción de diversas y plurales necesidades humanas como veremos más adelante. 3.- La teoría socioeconómica en América Latina. Nos interesa resaltar los intentos provenientes desde las ciencias sociales para interpretar estos fenómenos, rescatarlos desde sus propias racionalidades, y construir una teoría que logre dar cuenta de sus características más específicas. Surge de esta manera, en América Latina, sobre comienzos de la década del ochenta, una corriente de pensamiento llamada Economía de la Solidaridad, que luego es divulgada por todo el continente hasta ser hoy referente para múltiples movimientos sociales, la Iglesia Católica, los Estados, y el propio mundo académico. Ya hemos hecho referencia en múltiples oportunidades a la vinculación que existe entre la socioeconomía, nacida en los países centrales, y la economía de la solidaridad, de origen latinoamericano. De hecho, la economía de la solidaridad puede ser entendida como una de las escasas líneas de reflexión que han dado paso a verdaderas "escuelas", con origen en nuestro continente. En la escasa lista de antecedentes, figuran el estructuralismo cepalino, la teoría de la dependencia, y la teología de la liberación. Así como la socioeconomía impulsa la necesidad de entender al mercado imbricado en la sociedad, y a las motivaciones humanas no entendidas en los términos meramente egoístas e individualistas, impulsando para ello una nueva teorización que superara la hegemónica visión neoclásica; la economía de la solidaridad nace en nuestro continente persiguiendo dos grandes objetivos: en primer lugar, rescatar las formas económicas alternativas a las meramente mercantiles, basadas en valores solidarios, tanto en el plano de la producción, como de la distribución, consumo y acumulación. En segundo lugar, reinventar la teoría económica, construir nuevos presupuestos y categorías de análisis, que justamente pudieran dar cuenta de esas formas alternativas. Efectivamente, la teoría económica neoclásica, difícilmente puede dar cuenta de las formas solidarias de hacer economía, basada en sus presupuestos, y munida de categorías de análisis ajenas a esta realidad. Desde el concepto de empresa, hasta la teoría de factores, pasando por el análisis de las relaciones económicas y las motivaciones para el consumo, obtenemos la necesidad imperiosa de construir un nuevo herramental que permita situar en el lugar justo, a las formas económicas que se basan en el trabajo y la cooperación, sobre el capital; que distribuyen de acuerdo a relaciones de donación, reciprocidad, redistribución y comensalidad; a diferencia de las meras relaciones de intercambio por el cuál se da a cambio de algo, razón por la cuál, los que no tienen nada valorado por el mercado, simplemente no tienen derecho a recibir nada, fenómeno por demás común, en los procesos de marginalización crecientes en nuestro continente; que consumen de forma ecológica y crítica, sin caer en el galopante consumismo; que prefieren acumular en sociabilidad y no en poder y materialidad. En este sentido, decimos que esta nueva teorización no se basa en la nada. Caeríamos, si así fuera, en un ideologismo muy común en esta línea de reflexión alternativa. En este caso, se propone hacer ciencia, y elaborar teoría en base a realidades presentes frente a nuestros ojos, que no obstante, pueden pasar desapercibidas, si usamos los anteojos neoclásicos. Con suerte, sino pasan desapercibidas, darán lugar a comentarios como que se tratan de formas de transición hacia el capitalismo, de escaso impacto en el mercado, etc. Craso error lo anterior si nos atenemos a algunas de las formas más frecuentes de socioeconomía - solidaria, como sucede con las donaciones. Efectivamente, las donaciones tuvieron un escaso desarrollo en la teoría económica, hasta que el socioeconomista Kenneth Boulding, fundador de la Association for the study of the grants economy, publicara en 1973 su "The Grant Economy of love and fear"(4) . Luis Razeto, en América Latina, afina la teoría, abriendo una gama más amplia de relaciones económicas. Sin embargo, lo que importa ahora es señalar, la importancia fundamental que tiene para todos los pueblos, especialmente los de más bajos ingresos, las donaciones económicas, ya sea en términos materiales, monetarios, o incluso por medio del trabajo, dando origen a oleadas importantísimas de trabajo voluntario. También podemos decir lo mismo de las relaciones de reciprocidad. Estas han sido ampliamente estudiadas en nuestro continente, ya sea aplicada a casos concretos de experiencias históricas exitosas basadas en este tipo de relacionamiento(5) , ya sea aplicado al caso de las comunidades nativas(6) , ya sea aplicadas al trabajo cotidiano de las familias pobres del Sur del continente(7) . La institución social del "cuate" en México, del "compadre" en amplias regiones del continente, o de las "gauchadas" en el Río de la Plata, son solo algunos ejemplos de ello. Evidentemente que estas relaciones van a tener escasa relevancia en el mercado, si nos guiamos por el criterio tradicional e insuficiente del PBI. Como se sabe, pero no se dice, el PBI lejos de medir las riquezas de un país, solo cuantifica las relaciones que tienen lugar bajo formas de intercambio. Deja de lado, por tanto, una enorme cantidad de relaciones extramercantiles, de indudable importancia en nuestro continente: desde el autoabastecimiento, pasando por las donaciones, las relaciones de reciprocidad, o incluso el trueque, institución que lejos de desaparecer, está teniendo nuevo auge en numerosas barriadas populares de nuestros países(8) . 4.- Activación socioeconómica de los pobres: la economía popular. Creemos que uno otro de los fenómenos interesantes en los últimos años, en América latina, es la activación socioeconómica de los sectores populares, dando origen a nuevas prácticas promovidas a raíz de los nuevos procesos de marginalización. Señala el citado Luis Razeto que "prácticamente en todos los países de América Latina, en los últimos cincuenta años se han verificado sucesivos procesos de activación y movilización de las clases y sectores sociales subalternos; procesos que, como en ondas sucesivas, han ido determinando el surgimiento de sujetos y movimientos sociales cuya presencia y acción han sido muy importantes en la configuración de los procesos y conflictos ideológicos, políticos, sociales y económicos" (9). En primer lugar, estos sectores populares se han movilizado desde un punto de vista geográfico, pasando del medio rural al medio urbano, atraídos por las supuestamente mejores condiciones de vida que otorgaba la ciudad (sistema de salud, educación, plazas de trabajo, etc.). Esta masa de población, movilizada geográficamente, se iría estableciendo en los cinturones de las grandes ciudades, dando origen a mediados de siglo, a los "cantegriles", "villas miserias", "favelas" o "callampas", como se dieron en llamar las poblaciones marginales en varios países latinoamericanos. Debido a que esa movilización geográfica fue mayor a la demanda efectiva de mano de obra por parte de las ciudades, es que se van constituyendo grandes núcleos de pobreza extrema, que según Razeto obliga a una nueva movilización, esta vez llamada movilización social, que presenta dos dimensiones: "por un lado es un esfuerzo por constituir sociabilidad, relaciones humanas, vínculos comunitarios, entre pobladores que dejaron atrás sus tradicionales relaciones humanas y sociales... Por otro lado, implica procesos de organización en torno a un conjunto de reivindicaciones específicas, todas ellas formando parte de una misma búsqueda de inserción, integración y participación en la vida moderna: acceso al trabajo y estabilidad en el mismo, acceso a la vivienda, acceso a los servicios públicos de salud y educación..." (10). Es en este marco que surgen los primeros actores sociales emergentes del mundo popular: junta de vecinos, comités de vivienda, centro de madres, grupo de cesantes, etc. Paralelamente al involucramiento del Estado, por medio de Leyes y promoción social para dar solución a estos problemas, es que se da paso a una nueva oleada de movilización, esta vez, una movilización política. Es decir, los sectores populares son activados políticamente. Partidos conservadores, junto a partidos reformistas, social cristianos y de bases marxistas, se disputan este sector considerado para unos "estratégicos", para otros como mera "masa electoral", para unos terceros "agentes propicios para el cambio" y finalmente "actores privilegiados para su propio desarrollo" para el resto. Ahora bien, el fracaso del Estado de Bienestar por un lado, inoperante para dar soluciones a masa humanas tan importantes, y por otro, la crisis institucional que irrumpiría en escena a principios de los setenta, echaba por tierra este proyecto de activación política de los sectores populares Aislados de los agentes políticos una vez implantadas las dictaduras en el continente, y caídas o por lo menos rebajadas, las políticas sociales del Estado protector, el sector se vio obligado a dar un paso más allá e implementar la llamada movilización económica del mundo de los pobres. Esta activación económica del mundo popular se da al margen de la actividad de los partidos políticos y del Estado por las causas señaladas. Da origen a la "economía popular", esto es, "el conjunto de formas (individuales, familiares, grupales) y niveles (de sobrevivencia, subsistencia o desarrollo)" que se dan los sectores populares para hacer economía, "combinando recursos y capacidades (laborales, tecnológicas, organizativas y comerciales) de carácter tradicional con otras de tipo moderno, dando lugar a un increíblemente heterogéneo y variado multiplicarse de actividades orientadas a asegurar la subsistencia y la vida cotidiana" de los más pobres De esta manera, los sectores populares, pasaron de expresarse en términos meramente reivindicativos y presión, a hacerlo de forma más activa y autónoma, creando ellos mismos los mecanismos necesarios para hacer frente a sus dramas diarios, es decir, haciendo economía por sus propios medios. Esta particular movilización popular, a su vez, ha ido generando en muchas ocasiones, experiencias de producción, distribución y consumo, basados en valores, principios, recursos y mecanismos distintos y alternativos a los hegemónicos en nuestros mercados determinados. Al igual que lo sucedido con los otros fenómenos socioeconómicos arriba señalados, la marginalización y escaso desarrollo en el plano mercantil de la economía popular, llevó a una paralela marginalización del plano académico, resultado de lo cuál, la ciencia económica más convencional, no podía (o no quería) con sus categorías y supuestos, interpretar adecuadamente sus formas de organización. 5.- Hacia un nuevo concepto de desarrollo en América Latina. Vimos cómo el concepto de desarrollo está en pleno proceso de revisión por parte de un número importante de personas en nuestros países. En los últimos años hemos comprendido que el mero crecimiento no contribuye por sí mismo a un verdadero desarrollo de los países. Es notorio observar cómo la evolución positiva del PBI no se relaciona con mejores indicadores en materia social: el desempleo sigue siendo preocupante; las condiciones de empleo se orientan a un mayor precarización; la pobreza sigue aumentando en números absolutos, y por momentos históricos también en términos relativos; la reforma de los sistemas de seguridad social, otrora basados en el principio de solidaridad, da lugar a una proporción importante de ciudadanos sin cobertura; los campesinos y pequeños productores caen a pasos agigantados en nuestros campos a expensas del avance capitalista; los cordones de marginalización son cada vez mayores en las principales ciudades del continente; en fín, la violencia ciudadana campea, y los gobiernos se ven obligados a aumentar sus gastos en represión de delitos, a la vez que los sectores pudientes llenan de rejas sus casas y se mudan a barrios más seguros, dando lugar a ciudades verdaderamente fragmentadas desde el punto de vista social (11). Sin embargo, reiteramos, el PBI sigue mostrando avances. Es momento de preguntarnos dos cosas. Una, más relacionada al campo de lo académico, consiste en preguntarnos si realmente el PBI puede seguir siendo la reina de las estadísticas oficiales en nuestros países, y el horizonte permanente de los ministerios de finanzas. La otra, de carácter más ciudadano, si acaso no fuera necesario relanzar un nuevo concepto del desarrollo, que realmente se haga carne en la ciudadanía. Detengámonos en este último asunto. Quizá en nuestro continente, la máxima contribución en la materia haya sido la elaboración de Manfred Max Neef y su equipo, del concepto de "Desarrollo a Escala Humana". Muy al estilo de las elaboraciones europeas de Schumayer (The small is beautiful), estos autores chilenos proponen un desarrollo "que se concentra y sustenta en la satisfacción de las necesidades humanas fundamentales, en la generación de niveles crecientes de autodependencia y en la articulación orgánica de los seres humanos con la naturaleza y la tecnología, de los procesos globales con los comportamientos locales, de lo personal con lo social, de la planificación con la autonomía, y de la sociedad civil con el Estado" .(12) En consonancia con esta línea, debemos sostener que una correcta interpretación del desarrollo es la que vincula éste con el tema de las necesidades humanas. Efectivamente, nuestro concepto de desarrollo necesita de una correcta teorización de las necesidades humanas, uno de los temas, además, de mayor relieve en el ámbito académico de la socioeconomía. Para llegar a las necesidades humanas, desde el concepto del "desarrollo a escala humana", se debe estipular con claridad que el desarrollo se refiere a las personas y no a los objetos. Esta premisa, nos recuerda las elaboradas desde la Doctrina Social de la Iglesia, por medio de la notable Populorum Progressio de Pablo VI, inspirada en el ideario Lebretiano de la Economía Humana, difundida ampliamente en América Latina en los fermentales años sesenta. Ahora bien, partiendo de la premisa anterior, podemos volver a la primer pregunta arriba formulada: ¿puede el PBI medir el desarrollo personal, o más bien se trata de un indicador de la evolución de las cosas?. La respuesta es clara, y de allí la necesidad de contar con nuevos indicadores, en este caso, quizá menos cuantitativos que cualitativos; por tanto más difíciles de elaborar, pero mucho más rigurosos en términos estrictamente científicos. Siguiendo a Max Neef en esta lógica de crear indicadores válidos metodológicamente para acercarnos al concepto de desarrollo a escala humana, obtenemos que lo más apropiado sería evaluar el desarrollo en correspondencia con la evolución de la calidad de vida de las personas. Esta, a su vez, dependerá de las posibilidades y capacidades que tengan las personas para satisfacer adecuadamente sus necesidades. Surge de esta manera, la necesidad de preguntarnos cuáles son y cómo operan esas necesidades en la persona humana y en las sociedades y culturas en que se desarrolla. . 6.- El consumo y las necesidades humanas desde una óptica alternativa Indudablemente la construcción de una adecuada teoría de las necesidades humanas ha sido un pilar básico para la socioeconomía, lo mismo que para la Economía de la Solidaridad. Concluyamos que para un enfoque socioeconómico solidario, entonces, el tema de las necesidades humanas es central. Parafraseando aquello de que "todo camino conduce a Roma", estamos en condiciones de señalar que todos los caminos en materia socioeconómica conducen a la definición y adecuada conceptualización de las necesidades humanas. Ahora bien, antes de desarrollar nuestras ideas al respecto, debemos relacionar las necesidades humanas, con la teoría económica, de donde obtenemos que éstas se relacionan con la fase culminante del proceso económico: nos estamos refiriendo a la fase del consumo, quizá la de mayor importancia para la socioeconomía solidaria, a pesar de la ausencia de construcción teórica al respecto. Efectivamente, el consumo, a pesar de ser la etapa decisiva de la economía (pues toda producción y distribución tiene como finalidad el consumo), se presenta como escasamente teorizada por parte de las grandes escuelas en las diferentes ciencias que estudian el fenómeno económico. Ello sin embargo no quita que en los últimos años, y fundamentalmente a raíz de lo que algunos han llamado "crisis ecológica", y otros han ampliado al concepto de "crisis de modelo" haya circulado una mayor cantidad de teoría abordando directamente estos asuntos desde la fase del consumo. Indudablemente nosotros en la construcción de nuestra teoría, incorporaremos estas reflexiones que creo acentúan su crítica, en forma acertada, en los valores y racionalidades que la "lógica mercantil" ha impregnado al consumo, convirtiéndose la nuestra, de esta manera, en una sociedad básicamente "consumista". Pero volvamos sobre la necesidad de hacer hincapié en esta fase. En ese sentido, hay al menos dos razones que nos mueven a propiciar un estudio detenido del consumo en la economía. Una razón teórica y otra práctica. En este último sentido, creemos que desde el punto de vista de la difusión de una socioeconomía solidaria, el consumo adquiere una importancia fundamental: mientras que la producción y la distribución son fases que ocupan a una porción determinada de la población, y muchas veces las posibilidades de incorporar elementos alternativos son particularmente difíciles; en el consumo todos somos partícipes a lo largo de nuestras vidas, y -al menos teóricamente- las posibilidades de actuar de manera alternativa son mayores con respecto a las otras fases. De hecho creemos, que buena parte de los cambios necesarios en nuestros países vendrán ya no desde el sistema político, como era esperable hasta hace unos años, sino más bien desde una sociedad civil que logre "hacer economía" desde una racionalidad y con valores alternativos, donde el consumo se constituye en una piedra angular .(13) La razón más teórica ha recibido muchas adhesiones a pesar de la escasa relevancia posterior, y se refiere al hecho que la economía debe apuntar siempre a sus fines, en este caso el consumo (entendido como la última fase del largo proceso que incluye a la producción y distribución). Si la economía pierde de vista estos fines, corre el riesgo observable en los procesos prácticos de muchos de nuestros países, de atender a los instrumentos y los medios con una fuerza inusitada que la mayor de las veces no deja espacio para la pregunta que debe guiar todas estas clases de acciones; esto es, preguntarnos el ¿para qué?. En principio podemos definir al consumo como el proceso que implica la utilización de bienes y servicios para la satisfacción de alguna o algunas de las diversas necesidades humanas que redundará en un posterior beneficio o deterioro de su integridad. En esta definición estamos haciendo referencia a algunos elementos centrales. En primer lugar, nos referíamos al objeto de consumo, que definíamos como el conjunto de bienes y servicios que son consumidos por el sujeto de la acción. Creo que hasta aquí no se presentan dificultades de comprensión. Quizá lo más dificultoso podría ser definir con precisión los objetos de consumo, de acuerdo a la clasificación entre bienes y servicios, sin embargo creemos que esta es una discusión muy amplia que nos alejaría demasiado de algunas cuestiones más relevantes(14) . En cuánto al sujeto activo de la acción, surgen algunos elementos de fundamental importancia. En efecto, tenemos que de acuerdo a la definición, el consumo, si bien satisface necesidades, puede beneficiar o perjudicar al sujeto en su integridad. Si bien esto lo comprenderemos mejor cuando analicemos en las próximas líneas la clasificación de los objetos de consumo, hay una primer anotación que nos introduce a este complejo tema. Los sujetos pueden clasificarse en primarios y secundarios. Un sujeto primario es el que consume voluntaria y directamente un objeto; habiendo muchas veces sujetos secundarios, esto es, aquellos que consumen de forma indirecta, muchas veces sin quererlo. Es posible advertir cómo los efectos negativos serán más probables entre sujetos secundarios que primarios (aunque en estos existan casos muy particulares), ya que en aquellos, no hay una voluntad explícita de consumo. Este fenómeno, ha sido estudiado por la economía convencional quien lo catalogó como las "externalidades" del consumo, esto es, los efectos secundarios, muchas veces positivos, pero tantas otras negativos, que produce un objeto en el acto (y posteriormente) del consumo primario. Cuando un sujeto decide prender un cigarrillo para satisfacer una necesidad determinada, estará generando externalidades; tanto a su interior (en este caso externa a la necesidad), como es el caso de las posibles enfermedades que le provoque; como a su alrededor, cuando aparece la figura del "fumador pasivo". Por otro lado, un cableado de alta tensión en un barrio populoso puede generar la satisfacción de algunas necesidades explícitas, como ser el tener una suficiente cantidad de energía eléctrica, no obstante lo cuál, también aparejará "externalidades" negativas en el plano ecológico, como prueban las cada vez mayores movilizaciones ocurridas al respecto. El concepto de las "externalidades" se vuelve entonces particularmente importante. Por tal entenderemos todos los efectos que produce el consumo de un determinado bien o servicio por algún sujeto, más allá de aquellos coherentes con sus objetivos explícitos. Como vemos, tal definición, nos permite incorporar tanto los efectos negativos como los positivos. La correcta utilización de esta categoría económica, servirá también especialmente, a la hora de hacer un balance adecuado de las necesidades reales (explícitas e implícitas; directas e indirectas) que ocasiona el consumo de determinados bienes. Si así fuera, la medición del PBI volvería a aparecer como insuficiente para tal correcto balance de una economía nacional. Continuando con nuestro esquema, decíamos que ese bien, en definitiva, debía satisfacer necesidades humanas. Ya es tiempo de analizar este apasionante tema de las necesidades. Han sido muchos los esfuerzos, durante los últimos años, para superar desde las ciencias sociales, la visión psicologista y a veces mecanicista de las necesidades humanas. Entre ellos, creemos que la teoría desarrollada por Max Neef y su equipo, presente logros verdaderamente trascendentes. En primer lugar, diferencian las necesidades de los satisfactores de esas necesidades. La persona es un ser de necesidades múltiples, las que pueden ordenarse en términos existenciales (necesidades del ser, tener, hacer y estar) y en términos axiológicos (necesidades de subsistencia, protección, afecto, entendimiento, participación, ocio, creación, e identidad). De esta manera, podemos decir que las necesidades humanas son finitas, pocas y clasificables. Estas, a su vez, no varían de cultura en cultura, ni con el paso del tiempo. Lo que está culturalmente determinado son los satisfactores de esas necesidades; de manera que el cambio social vendrá de la mano del cambio de satisfactores. Un tercer nivel lo componen los bienes y servicios que permiten afectar la eficiencia del satisfactor. Incluimos a continuación, la matriz que sintetiza los vínculos entre las necesidades finitas, y los satisfactores múltiples. A nuestro criterio, la excelente clasificación, deja de lado, no obstante, una necesidad que ha sido fundamental a lo largo de la historia de la humanidad y que pareciera no estar debidamente contemplada en la clasificación; nos referimos a las necesidades espirituales o de trascendencia.
Cuadro1: Matriz de satisfactores y necesidades
Fuente: Max Neef et alt, 1986. Creemos que este esquema de las necesidades presenta, sin embargo, algunas dificultades que nos llevarán a intentar otra clasificación entre las tantas posibles. En ese sentido, creemos que el esquema de Max Neef es poco práctico, pues del cruce entre las dos dimensiones resulta una matriz con 36 tipos de necesidades distintas que hacen poco comprensible el fenómeno. El otro problema es la dificultad que se nos presenta para distinguir plenamente los conceptos de necesidades, satisfactores y bienes. En tal sentido, parece muy genérico, por ejemplo, catalogar la "subsistencia" como una necesidad, siendo sus satisfactores la alimentación, el abrigo y el trabajo. ¿El problema?: creemos que en realidad muchas veces se confunden las necesidades con los satisfactores. Parecería en tal sentido más lógico pensar en la alimentación y el abrigo como necesidades. Por lo demás, el pasaje a los bienes tampoco resulta claro. En ese sentido, vale la pena releer la matriz para observar cómo se presentan muchos bienes como si fueran satisfactores. Manteniendo estas críticas, apoyamos la intención de los autores por superar los análisis simplistas de las necesidades humanas, a la vez que intentaremos otra clasificación. Razeto, por ejemplo, coincide con Max Neef en englobar las necesidades en categorías abstractas. Ahora bien, en un esfuerzo de simplificación, que encontramos absolutamente pertinente, el citado autor escoge dos ejes fundamentales en la vida humana que intentan cobijar todas las necesidades, aspiraciones y deseos humanos: se trata del eje cuerpo-espíritu, y por otro lado el eje individuo-comunidad. De tal forma lo anterior, que habrá cuatro grandes categorías de necesidades: las fisiológicas (cuerpo), las psico-culturales (espíritu), las de autoconservación (individuo) y de participación en la vida colectiva (comunidad). Podemos observar ahora cómo muchas de las necesidades que se cobijan bajo estas cuatro categorías no implican actos de consumo desde el punto de vista mercantil. Por ejemplo, una conversación agradable es una acción que afortunadamente suele correr por carriles extra-económicos(15) , y que satisfacen las necesidades de tipo espiritual y colectivas. Ya volveremos sobre esto. El otro asunto interesante que nos parece fundamental rescatar, es que las personas no están motivadas solamente por las carencias, como suele suponerse cuando se maneja el concepto "necesidad". En ese sentido, son motivo a la acción las potencialidades de los sujetos, de manera que, guiados por la búsqueda de "ser más", las personas suelen perseguir diferentes medios para tales fines. De esta manera, el consumo se presenta como un proceso dinámico, que lejos de inmovilizar las culturas, las modifica dando lugar a los procesos de desarrollo cultural y material de los pueblos. Decíamos sobre los bienes, que, al satisfacer múltiples necesidades humanas, evidentemente no tendrán la forma únicamente de mercancías. De hecho dudosamente podamos satisfacer necesidades espirituales en base a objetos comprados en el mercado, aunque indudablemente el mercado hoy en día ofrece una variedad muy completa de mercancías para tales efectos, tanto en su forma de bienes como de servicios. Nuestra perspectiva, sin embargo, no pretende ser -como el lector seguramente habrá comprendido a lo largo de estas páginas- de corte mercantilista. En tal sentido, habrá una enorme variedad de bienes y servicios que no asumen la forma de mercancías, y que por lo tanto es posible integrar más allá de la lógica de los intercambios. Una tal pluralidad, entonces, necesita de una clasificación adecuada. Razeto en tal sentido, afirma que de acuerdo al tipo de necesidades que satisfacen, es posible distinguir las siguientes:
Finalmente, cabe analizar esos bienes, de acuerdo a los efectos que producen sobre el sistema de necesidades humanas. Este último cuadro, que tomamos del análisis de Max Neef, nos ilustra sobre algunos elementos claves en nuestra teoría del consumo. En primer lugar, tenemos que hay una pluralidad de formas de satisfacer nuestras necesidades, aspiraciones y deseos. Ello nos conduce a pensar que podemos, efectivamente, consumir de forma alternativa. En segundo lugar, las personas tienen la posibilidad al optar entre diferentes cruces, de incidir directamente sobre la oferta (o producción de bienes y servicios). Finalmente, desde el momento que un bien o servicio satisface diferentes necesidades y tiene (o puede tener) efectos en terceros sujetos, entonces, las opciones de unos inciden (o pueden incidir) en la forma en que satisfacen sus necesidades otros.
Ahora bien, probablemente el lector esté recordando la Ley de Say (según la cuál, en definitiva la oferta determina la demanda) y su crítica por parte de la literatura post-fordista de los setenta. Preferiría en tal sentido, advertir que no creemos que la demanda pase a determinar la oferta. De hecho, es perfectamente constatable en las sociedades modernas el papel que la publicidad cumple para imponer determinados bienes en la población, modificando pautas habituales de consumo y valores asentados en el tiempo .(16) El papel de la publicidad como institución fundamental para el mantenimiento de una sociedad consumista es un tema que merecería mayor detenimiento. En numerosas intervenciones en el marco del desarrollo de estas ideas, hemos planteado a nuestro público que la sociedad consumista en la que estamos insertos, se nutre de dos grandes instituciones: en primer lugar la publicidad, que como vimos tiene el suficiente poder como para "imponer" mediante un bombardeo a veces francamente inusitado de mensajes por los medios masivos de comunicación, determinados bienes y servicios, cuyas características además, son finamente manipuladas por los expertos(17) . Este factor, unido a otros elementos que no analizaremos en esta ocasión, han llevado a que hoy en día se estén produciendo y comercializando un número gigantesco de productos (bienes y servicios tradicionales, y otros nuevos que se han incorporado al mercado) que parecen ir de perillas con una sociedad de consumo, que como nunca ha visto llenar los hogares con hornos microondas, lavadoras de todo tipo, teléfonos de todo tamaño, color ¡y forma!; portones que se abren y cierran automáticamente; celulares que suenan en los lugares más insólitos, juguetes con costos que ningún padre de familia soñó en su juventud poder comprar a sus hijos, etc. ¿Hay dinero suficiente para comprar todo esto?. Si no lo hay, se quita de los ingresos del futuro. Aquí surge la segunda institución funcional a la sociedad de consumo: el sistema de crédito, nunca antes tan extendido. El crédito emerge en las sociedades de consumo como la gran institución salvadora del poder de compra de los consumidores, al costo claro está, de gastar más de lo que uno tiene, generando endeudamientos que quizá nunca va a poder pagar por completo, sino hasta el momento en que el acreedor embargue sus bienes .(18) 7- Pluralidad de necesidades y desarrollo. Hemos visto cómo las necesidades, más allá de la clasificación que utilicemos son plurales. Esta pluralidad, por su parte, debe ser correctamente representada, a los efectos de poder ser utilizada como instrumento político dirigido a un verdadero concepto de desarrollo humano. Deberíamos preocuparnos, entonces, de diseñar, por ejemplo, correctos indicadores de satisfacción de cada una de las necesidades humanas. La tendencia, sin embargo, es a dirigir las baterías estadísticas hacia indicadores de materialidad. En nuestro continente, estos indicadores muestran por lo general un paulatino crecimiento económico y una mayor estabilidad de las economías, esto último relativizado por diversas sacudidas en el mundo de las finanzas que, cuán eficaz alergia, rápidamente afectan al conjunto de los países más vulnerables. Sin embargo, es tiempo de señalar que nuestra intención de construir indicadores de inmaterialidad no le resta un ápice de importancia a los indicadores de materialidad. En ese sentido, observamos cómo también existen indicadores materiales que muestran agudos desafíos para los socioeconomistas en América Latina. El primero de ellos es la desigualdad social. Efectivamente, América Latina muestra los promedios más altos del mundo en materia de desigualdad social. Los índices de concentración del ingreso (índice Gini) para nuestro continente muestran un promedio del 0.53. La variabilidad al interior del continente es amplia; por un lado tenemos a Uruguay con un 0.43, y por otro lado tenemos a Brasil, campeón mundial de la desigualdad, con 0.59. Notemos sin embargo, cómo el país con menor desigualdad en la región (Uruguay), presenta un índice superior al promedio mundial, otro dato que muestra a las claras la agudeza del problema. Por lo demás, como señala un reciente informe del BID, "el problema no muestra señales claras de mejoramiento". Si los años setenta manifestaron un mejoramiento, éste se vio fuertemente afectado en la llamada "década perdida" de los ochenta, para no registrar cambios visibles en la última década del milenio(19) . Pero además, y esto se relaciona con el fenómeno de la globalización, es notorio el aumento en las diferencias de ingresos entre países ricos y países pobres. La cada vez mayor brecha, no es sólo un fenómeno económico: la creciente desigualdad impacta duramente en los diferentes indicadores sociales. Nótese, por ejemplo, la distribución de las causas de muerte según niveles de desarrollo. El dato más impactante que surge del último informe de la OMS es que en los países en desarrollo el 43% de las muertes obedecen a casos de infecciones y parásitos; en tanto esa causal sólo representa el 1% en los países desarrollados (20). Por si esto fuera poco, sabemos además que estos fenómenos impactan en otras esferas de la vida pública: sabido es que la desigualdad se transforma en uno de los componentes fundamentales que condicionan el funcionamiento del sistema democrático. Así lo perciben además, los ciudadanos latinoamericanos, según se observa en las encuestas del latinobarómetro realizadas en los últimos años en 17 diferentes países, que veremos más adelante. Otros indicadores de materialidad muy cuestionados de las vías para el desarrollo de nuestros países, son la pobreza, las condiciones de trabajo y el deterioro medioambiental, para señalar sólo tres fenómenos alarmantes en la región. En tal sentido, los invito a hacer el ejercicio de comparar diversas estadísticas de varios de los países latinoamericanos. Nuestra intención aquí, es incluir algunas variables que expresaran directa o indirectamente la pluralidad de necesidades anteriormente señaladas; partiendo para ello de las estadísticas más manejadas en materia comparada. Estableciendo las respectivas correlaciones, estaremos en condiciones de apoyar empíricamente algunas de las afirmaciones arriba expuestas. Matriz de correlaciones
Correlación
en base a R de Pearsons Como se observa el PBI per cápita ofrece una interesante correlación con dos variables: hogares bajo el nivel de pobreza (en el sentido inverso) y el Indice de Desarrollo Humano. Sin embargo, presenta baja correlación con otras variables importantes a la hora de extender nuestra visión del desarrollo: claramente eso ocurre con el coeficiente Gini y con los niveles de inflación. Detengámonos en los niveles de pobreza: aquí se observa una fuerte correlación no solo con el PBI per cápita, en el sentido que a mayor PBI per cápita, menores niveles de pobreza, sino además con el impacto de la deuda externa, medida en esta ocasión no en términos absolutos, sino en relación al producto interno de cada país. También es notoria la correlación de la pobreza con el Indice de Desarrollo Humano (-,80), con el Indice de percepción de la democracia (-,66) y lógicamente con la esperanza de vida (-,64). En todos estos casos, a mayor pobreza, menor "desarrollo humano", menor percepción de democracia en sus respectivos países, y menor esperanza de vida. El citado Indice de Percepción de la Democracia (219, es fruto de la aplicación de encuestas de opinión pública en diferentes países de la región sobre la cuestión democrática. Obsérvese el siguiente cuadro: Cuadro2: Opiniones sobre la democracia en ocho países latinoamericanos (% que responde afirmativamente), año 1995.
Fuente: CEPAL, Oficina de Montevideo, en base al Reporte 1995: Encuesta latinobarómetro, Mayo de 1996. Pues bien, la percepción de los ciudadanos sobre la democracia en sus países, está correlacionada con las desigualdades medidas por el coeficiente Gini (-,75) y con los niveles de pobreza (-,66). Este dato no es menor, y estaría demostrando cómo la democracia política no será sustentable en la medida que no se avance en la democracia social. Lamentablemente para el caso de este Indice, no contamos con suficiente evidencia empírica, ya que las encuestas se han aplicado en escasos países. Otra de las correlaciones fuertes ocurre entre la esperanza de vida y el porcentaje de niños con peso por debajo de lo normal (-,76). En nuestro continente, ese porcentaje no baja del 8% en los países más adelantados, y se dobla ese porcentaje en la mayoría de los países centroamericanos. Indudablemente la correlación con la esperanza de vida, se cruza con otras variables como la tasa de mortalidad infantil (86/1000 para Haití), y la tasa de mortalidad de menores de cinco años (130/1000 en Haití, y 114/1000 en Bolivia, a manera de ejemplo). En resumidas cuentas, a lo largo de estas páginas hemos querido reivindicar la pertinencia de indicadores alternativos, que en conjunto con los anteriores nos permitan una mejor aproximación al concepto fundamental de la calidad de vida. Estos indicadores alternativos, más allá del análisis técnico que no realizaremos en esta ocasión, deben partir de la premisa que un pueblo "desarrollado" no es quien más tiene, sino quien más feliz se sienta. ¿Cómo lograr una aproximación a ello?. La primer tarea y el primer desafío para los socioeconomistas, es tomar en consideración la pluralidad de necesidades humanas arriba expuestas. Y en ese sentido, observar qué ocurre en materia de integración social, en el campo de la convivencia vs. la violencia; en el uso de espacios públicos vs. el predominio de lo privado; en el acceso igualitario a los diferentes servicios fundamentales; o lo que sucede en el plano familiar, con índices crecientes y alarmantes de divorcios, que nos deben conducir a pensar si realmente estamos viviendo o no de una manera más feliz. Incluir indicadores de carácter ambiental y otros de alcance comunitario. Finalmente, no olvidemos la cuestión de género, pues ésta es una dimensión fundamental en la calidad de vida, o parafraseando a J.S. Mill, sabremos cuán avanzado es un pueblo conforme cuánto se igualen los derechos de hombres y mujeres. Notas (1)Uruguayo, Sociólogo, Magister en Ciencias Sociales del Trabajo y Doctorando en Socioeconomía de la Solidaridad. Profesor en la Universidad de la República y Universidad Católica del Uruguay. Correo electrónico: pguerra@fcssoc.edu.uy (2)Cfr. Amitai Etzioni, en el prólogo a Pérez Adán, J.: Socioeconomía, Madrid, Trotta, 1997. (3)Año en que se expulsa a los Jesuitas de los territorios de ultramar de España, cerrando de esta manera una de las experiencias de economía alternativa más importante a lo largo de la historia de nuestro continente. Efectivamente, los franciscanos y el clero regular, encargados de continuar la obra jesuita, no fueron capaces de establecer esos particulares lazos que existieron solamente entre los misioneros de la Compañía de Jesús y los Guaraníes. (4)También publicado en español. Cfr. Boulding, K.: La economía del amor y del temor. Una introducción a la economía de las donaciones, Madrid, Alianza, 1976. (5)Cfr. Meliá, B.: "La reciprocidad de palabras en los guaraníes y la economía de la reciprocidad", en Irrupción del pobre y quehacer filosófico. Hacia una nueva racionalidad, Bs.As., Bonum, 1993. (6)Cfr. Temple, D.: "La reciprocidad" y "Fraternidad y reciprocidad", en Revista Iberoamericana de Autogestión y Acción Comunal, No. 31, Segunda Epoca, Inauco, Primavera de 1997. (7)De Lommitz, L.: Cómo sobreviven los marginados, México, Siglo XXI Ed., 1987. (8)Efectivamente, tenemos conocimientos de implementación de clubes de trueque en los barrios populares afectados por la falta de dinero. De esta manera, millones de personas, se proveen de bienes y servicios sin hacer uso del dinero. Numerosas experiencias han sido implementadas al menos en México, Centroamérica, Perú, Chile, Argentina y Uruguay. En este marco, diversas organizaciones no gubernamentales orientadas al desarrollo han estado promoviendo monedas alternativas en varios países, basadas en la confianza (caso de los "créditos" en los clubes de trueque de Argentina y Uruguay), basadas en el trabajo (caso del "tlalock" en México D.F.) etc. (9)Cfr. Razeto, L.: De la Economía Popular a la Economía de la Solidaridad en un Proyecto de Desarrollo Alternativo, Santiago, PET, 1993. (10)Cfr. Razeto, L.: Idem. ant., pág. 28. (11)Permítaseme una pequeña anécdota. Visitando Caracas hace unos años, me sorprendió observar el grado de fragmentación que sufría la ciudad. El proceso comenzó con claras distinciones entre barrios de clase alta, de clase media, y de clase baja. Los primeros, edificando enormes barreras en los contornos de sus terrenos, incluso con cortinas de hierro separando los dormitorios del resto de la casa ante la eventualidad de un copamiento. Con el correr de los años, algunos de los barrios más pudientes, agregaron verdaderas "fronteras" físicas, con murallas de piedras, controles cuasi - militares y constante vigilancia. Lo que parecía ser una expresión cruel de la desigualdad y violencia en un país determinado, sin embargo, resultó ser un proceso que iría lentamente tomando las principales ciudades del continente: Lima, Santiago, Buenos Aires, San Pablo, Río, e incluso Montevideo, ven crecer los barrios marginales al tiempo que los sectores medios y altos, pagan una proporción alta de sus ingresos para vivir en zonas protegidas y vigiladas las 24 hs. (12)Cfr. Max Neef, M. Et al: Desarrollo a Escala Humana, Montevideo, Nordan, 1993, pág. 26 (13)De hecho, esta es una constatación por parte del mismísimo sistema político. Hemos observado cómo cada vez que gana una fracción progresista en nuestro continente, se suceden discursos señalando la "imposibilidad" de realizar grandes cambios, conforme nuestros países sigan profundizando la ya inexorable globalidad que resta márgenes de libertad a los diferentes gobiernos nacionales. (14)Aún así, se puede consultar del mismo autor, Sociología del Trabajo, publicado por la FCU de Montevideo, donde incursionamos en esta materia. (15)Nótese sin embargo cómo en nuestras sociedades donde cada día se mercantilizan más bienes y servicios, se han instalado servicios telefónicos del tipo "0900", donde por determinada cantidad de dinero una persona tiene acceso a conversar telefónicamente con otra, con el fín -dice la publicidad- de "hacer amigos". (16)Nótese en tal sentido la historia de la Coca Cola en nuestros países. Nuestros abuelos nos cuentan que el procedimiento de marketing utilizado por la Coca Cola, fue regalar miles de botellas a los colegiales. Tan distante era el sabor de la bebida al paladar de los jóvenes, que éstos no encontraron mejor forma de mostrar su vínculo con el regalo, que agitar la botella para hacer saltar su contenido. Algunas décadas más tarde, parece inconcebible reunir un grupo de amigos sin la presencia de la -ahora- tradicional bebida. ¿La diferencia?. Varios millones de dólares en publicidad, no hay duda. (17)El análisis de la publicidad desde este punto de vista es particularmente sugerente. Véase por ejemplo el grado de manipulación que tienen los objetos ofrecidos, que para publicitar una caja de cigarrillos, se utilizan modelos de hombres y mujeres tipo californianos, con movimientos atléticos, desbordando erotismo, en un marco natural envidiable; cuando sabemos por estudios científicos que el cigarrillo produce los efectos contrarios: limita la acción física, altera los organismos, reduce la potencia sexual y contamina el ambiente. (18)La masificación de los créditos al consumo además, permitió que muchas Instituciones Financieras colocaran intereses usureros de alrededor del 600% anual, como fue denunciado en su oportunidad en el seno del Parlamento Uruguayo. (19)Cfr. BID: América Latina frente a la desigualdad. Informe 1998-1999, Washington, Noviembre de 1998. (20)Cfr. OMS, datos obtenidos en su página web oficial: www.who.int/whr/1998/ (21)Aclaro que es así llamado por el autor de este artículo, ante la ausencia de un nombre oficial y convencionalmente usado.
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