Lecciones del 2004:
el desafío de crear no solo más, sino mejores
puestos de trabajo.
Por Dr. Pablo Guerra
Sociólogo
El Instituto Nacional de Estadísticas (INE)
ha publicado en los últimos días dos Informes especialmente esperados. Me
refiero a “principales resultados de la Encuesta Continua de Hogares (ECH)”, y
las “estimaciones de pobreza por el método de ingresos”, ambos recogiendo datos
del 2004.
Los dos informes son muy oportunos dado que
cierran la información de un ciclo político (gobierno de Batlle), como de un
ciclo económico orientado por concepciones políticas de base neoliberal. Así
como la década de los noventa en Uruguay dejó sentado que el importante
crecimiento económico registrado entre 1990 y 1998 (35%) no se correspondió con
la evolución de importantes indicadores sociales (por ejemplo, el desempleo
trepaba año a año, y la pobreza si bien disminuye hasta 1994, desde entonces
comienza a aumentar), así el período de gobierno que va del 2000 al 2004,
muestra –especialmente por la recesión económica- un deterioro en la mayoría de
los indicadores sociales. Restaba observar, mientras tanto, que había ocurrido
en el 2004, un año de notorio crecimiento económico (del entorno al 12%), que
muchos observadores auguraban también generaría mejoras en todos los
indicadores sociales. Y es justamente aquí donde vienen a nuestro auxilio los
citados informes del INE, para cuestionar una de las bases programáticas del
neoliberalismo, que reza más o menos así: “dejen que el mercado se preocupe del
crecimiento económico, que luego éste generará beneficios para todos”.
Quienes defienden este postulado, seguramente
pensaron tener en la disminución del desempleo, situado para el 2004 en 13.1%,
un aliado inmejorable. Sin embargo, una lectura más pormenorizada de la
información, nos permite concluir en lo que creo es la máxima que debe orientar
la articulación entre políticas económicas y políticas sociales en los próximos
años: la mera reducción en la tasa de desempleo no es condición suficiente para
reducir los niveles de pobreza. Veamos en que basamos esta sentencia.
Si bien es cierto que en el 2004 se crearon
varios miles de puestos de trabajo, debemos sincerarnos y establecer que los
más perjudicados por el comportamiento de los mercados de trabajo, no son solo
los aproximadamente 193 mil desocupados en todo el territorio nacional (una
cifra de por sí todavía sumamente elevada en el plano internacional), sino
además, aproximadamente 202 mil subempleados (15.8% del total de ocupados), y
la escandalosa cifra de 520 mil trabajadores precarios que no cotizan a la
seguridad social (40.7% del total de ocupados).
Pero sin duda que la información más
inesperada por parte de los defensores del programa neoliberal, surge de la
mano del informe sobre pobreza. Allí venimos a descubrir que ese pomposo
crecimiento económico, al que el ex ministro Alfie calificaba de verdadera
fuente de inspiración y análisis por parte de universidades y expertos del
primer mundo, no solo no había sido suficiente para detener el aumento de la
pobreza, sino que además la disparó, especialmente entre los más pobres, esto
es, los indigentes. La información oficial releva un 32% de pobreza para el
último trimestre del año, lo que representa a 1.037.083 personas en todo el
territorio nacional. Quisiera detenerme específicamente, sin embargo, en la
letra chica del Informe: cuando analizamos el comportamiento laboral de los
pobres, descubrimos que sus tasas de desempleo, si bien se mantienen mucho más
altas con respecto a los no pobres, caen de forma importante con respecto al
año pasado. En otros términos, si bien resulta relativamente sencillo entender
la existencia de 91 mil desempleados pobres en todo el país, menos sencillo
resulta explicar la impresionante cifra de aproximadamente 320 mil personas que
a pesar de tener trabajo, no logran superar el umbral de pobreza en sus
hogares. ¿Cómo explicar un descenso en la tasa de desempleo entre los pobres,
al mismo tiempo que aumenta el número de los que viven bajo la línea de
pobreza?. Parece evidente que al menos los puestos de trabajo generados allí,
son de la peor calidad posible.
Justamente si la década de los noventa nos enseñó que el crecimiento económico en sí mismo no mejoraría la calidad de vida de los uruguayos, el año 2004 nos enseña que la mera disminución del desempleo tampoco sería condición suficiente. ¿Qué hacer entonces?. Por un lado, los sectores más postergados de la sociedad necesitan una inserción laboral fuertemente apoyada en las políticas sociales, pues en muchos casos se trata de personas con serias dificultades para aspirar a un empleo ofrecido naturalmente desde el mercado, o dicho de otra manera: el núcleo duro de la indigencia difícilmente se verá beneficiado de una reducción en las tasas de desempleo, si no operan mecanismos específicos para generarles condiciones genuinas de empleabilidad. Por otro lado, es indispensable velar por la calidad del empleo, lo que obligadamente incluye aumentar el poder de compra por parte de los salarios, especialmente de los más sumergidos, de donde se deduce la importancia de generar políticas salariales redistributivas: mientras que el 15% de los ocupados en Carrasco ganan por encima de los 30 mil pesos mensuales, en barrios como Villa García y Manga el 20% de los que dicen estar ocupados ganan menos de 1.300 pesos, una situación no solo ilegal, sino fundamentalmente inmoral.