1ro. de Marzo de 2005

Fruto de una mística que deberá recrearse

 

Por Dr. Pablo Guerra

Sociólogo

 

Abrazos, llantos, nudos en las gargantas de miles y miles, a la  par que baile, festejo y cánticos por doquier. Recuerdos del pasado, memoria de las raíces, con cierta pizca de nostalgia por quienes lucharon por esto y no pudieron estar. Mientras tanto una gran oleada de esperanza, mucha esperanza, por lo que vendrá; la mirada puesta en el futuro y en los sueños por un país mejor.

 

Es cierto que todos los primeros de marzo son especiales como manifestación cívica por excelencia, pero convengamos que no todos los primeros de marzo son iguales. El que acabamos de  celebrar por diferentes motivos no tendrá parangón: las manifestaciones de emotividad,  las condiciones en que se generó, la historia que hay detrás de la conquista electoral, pero por sobre todas las cosas las expectativas de la gente, son ingredientes de un cóctel que convierte a ésta, en una fiesta irrepetible.

 

Lo más parecido sin duda, tuvo lugar veinte años atrás. El 1ro de marzo de 1985, la alegría dominó las calles, y las grandes masas celebraban el traspaso del poder. Sin embargo, la principal razón de tantas emociones entonces, residía en el hecho de que la democracia reaparecía en escena, cerrando de esa manera una de las peores páginas de la historia nacional, aquella escrita por la dictadura entre 1973 y 1984.

 

Veinte años después la situación es otra. Tan otra, que muchos no dudan en señalar que un nuevo siglo se abre en materia política. Una curiosidad de nuestra historiografía es que cien años atrás, con el fin de las guerras intestinas y con el primer gobierno de Batlle y Ordoñez, también se abría un nuevo siglo político. Más curioso aún es que otro Batlle, con otras ideas, y por sobre todas las cosas, con otros resultados de gobierno, marcaría el último mojón de un sistema caracterizado por el dominio absoluto de los dos partidos tradicionales.

 

Es cierto también que cualquier ruptura de un sistema bipartidista tradicional genera una dosis especial de atractivo entre las masas. Pero para el caso particular que nos toca analizar, esa ruptura se da por la acción de una fuerza política con una historia muy particular. No se trata, por ejemplo, de un movimiento político efímero como tantos que han marcado rupturas en otros sistemas, fundamentalmente en Latinoamérica. En nuestro caso se trata de un Frente Amplio – Encuentro Progresista – Nueva Mayoría que hunde raíces en la coalición de izquierda creada en 1971. Desde entonces es muy evidente que el FA comenzaba a generar una particular mística entre sus adherentes,  cimentada primero en la búsqueda de unidad entre el progresismo, luego en la lucha contra el totalitarismo, y desde siempre por intentar representar los intereses de los menos favorecidos. No en vano los colores de Artigas distinguieron desde su fundación a una fuerza que desde entonces conquistaba sobre todo el interés y apoyo de los jóvenes. Este dato, es el que llevó a algunos colegas a vaticinar, solo por la mera proyección demográfica, el triunfo de la izquierda en esta ocasión.

 

Juan Pablo Terra, justamente uno de los fundadores del FA, definía a la mística en 1968 como “una poderosa motivación para la acción política, para buscar el poder y para ejercer el gobierno de la sociedad humana. Pero una motivación que no arranca del interés, del orgullo o del resentimiento propios, sino que proyecta a los hombres más allá de si mismos, hacia un bien  que justifica los sacrificios y el heroísmo”. La mística se va construyendo por los ideales y por los jalones históricos, plenos de significados que se apropian para fortalecer el espíritu de pertenencia.

 

Y vaya si los festejos de octubre pasado, y las características especialmente emotivas de este primero de marzo, no contribuirán a fortalecer la mística frenteamplista. Aún así, ésta no puede ser considerada como algo estático, sino que por el contrario, debe ser continuamente reelaborada: en tal sentido, las tareas de gobierno abren una nueva etapa para la izquierda, donde esa mística generada desde la oposición, que tantos réditos le deparó hasta ahora,  deberá dar lugar a una nueva, esta vez basada en los logros concretos de su gestión gubernamental. No será tarea sencilla, y no solo porque las restricciones económicas son y serán muy importantes en los próximos años, sino fundamentalmente porque no cualquier logro puede convertirse en credencial de presentación para una fuerza de izquierda. Nótese en tal sentido las dificultades que tiene la administración de Lula: el correcto manejo macroeconómico es fundamental para tener un buen gobierno, pero no es suficiente para generar esa mística de la que hablamos.  

 

La euforia de la gente, los actos de masas que despistan a quienes ya daban por muerta la política, las caras pintadas, las lágrimas hermanadas con las risas, solo podrán repetirse –aunque solo sea en parte- si la izquierda logra reforzar la actual mística con aquella proveniente de los actos de gobierno,  y eso significa ni más ni menos, dar cuenta de las enormes expectativas de la gente.

 

El discurso de asunción de Tabaré Vazquez ya da algunas pistas sobre los principales actos de gobierno. Falta por verse si el Programa de Emergencia, la aclaración de los asuntos pendientes en materia de derechos humanos, el impuesto a la renta o la reimplantación de la negociación colectiva, por ejemplo, constituirán suficiente material para la mística del mañana, o deberán pensarse en otros. Volviendo a Terra: “Una mística del servicio y de la liberación del hombre necesita convertirse en acción; y en acción efectiva que objetivamente sirva y libere”.