Las futuras relaciones laborales y el rol del conflicto
Dr. Pablo Guerra
Sociólogo
Las relaciones laborales en una sociedad
determinada, están conformadas por dos grandes dimensiones. Por un lado, una dimensión objetiva que da cuenta del
conjunto de normas que regulan las relaciones sociales en el mundo del trabajo.
Por lo general los estudios de las relaciones laborales clásicos se detienen en
este fenómeno, minusvalorando de esta manera el análisis de la segunda
dimensión, esto es, una dimensión de carácter más subjetivo, que tiene que ver
justamente con las características más vinculadas a la particular cultura de
trabajo que esgrimen cada uno de los actores.
En ambas dimensiones es de esperar cambios
significativos para los próximos años. Por una parte, las futuras autoridades
en materia laboral ya se han expresado en el sentido de privilegiar la pronta
convocatoria a Consejos de Salarios, y de esta forma dinamizar una negociación
colectiva venida a menos desde hace más de diez años, cumpliendo de esta manera
con una vieja reivindicación del movimiento sindical. La convocatoria a
Consejos de Salarios, sin embargo, no agota todo el espectro de negociación
colectiva que pueden y deben recorrer las partes empresariales y de
trabajadores. Es más, para los tiempos que corren, la mera Ley 10.449 de 1943,
que crea los Consejos de Salarios, parece más un instrumento propio del sistema
clásico de relaciones laborales –aquel que surge al amparo del modelo taylor
fordista en los años treinta- que una
norma adaptada a un mundo en el que trabajadores y empresarios necesitan mucho
más que discutir salarios y categorías. Es así que las futuras relaciones laborales
necesitarán un marco más amplio de
negociación, que incluya por ejemplo el compartir información y la toma de
decisiones de aspectos claves como el cambio tecnológico, la organización del
trabajo, la productividad, o incluso los mecanismos que favorezcan la
competitividad del conjunto del país. Sin duda que uno de los mayores logros de
la futura administración tendrá que ver con la regulación en estas materias, en
aras de avanzar desde una situación básicamente de negociación distributiva (“suma
cero” al decir de la teoría de juegos) hacia una negociación de tono más
integrador (o “juego de suma positiva”).
Ahora bien, parece evidente que todos estos
asuntos superan la dimensión meramente normativa del sistema de relaciones
laborales. Justamente será posible avanzar hacia un modelo de amplia negociación,
en la medida que se madure una determinada cultura de trabajo que sepa valorar
tanto los espacios de cooperación como los espacios de conflicto.
Y en esto último quisiera detenerme
especialmente. El conflicto cumple roles
tan importantes como la cooperación en la construcción de las relaciones
sociales, incluidas las laborales, mal que les pese a las corrientes
conservadoras de todos los tiempos, orientadas desde siempre a la mera búsqueda
del orden, la armonía y el delicado equilibrio. En las ciencias sociales,
sobran los buenos escritores y argumentos a favor de las funciones positivas
del conflicto. Desde George Simmel, pasando luego por Lewis Coser, Ralf
Dahrendorf, o incluso Hirschman más acá en el tiempo, tenemos ejemplos de
autores dispuestos a desmarcarse de la
idea según la cuál, por ejemplo, aspectos
como la modernización, o el desarrollo, o incluso la democracia, son posibles solo
si se destierra el conflicto y se hace posible manejar ciertos consensos
sociales. Antes bien, lo que enseñan ciertos textos fundamentales de las
ciencias políticas, es que la democracia surge justamente cuando los distintos
grupos de intereses logran "hacer política”, más que consensuar en
determinadas áreas.
Con esa clave deberían verse las relaciones
laborales de nuestro país. En esta materia, con más claridad que en otras, los
conflictos suelen provenir de la injusta distribución del producto. En concreto
para el caso uruguayo, la caída del salario real en términos históricos, la
espectacular diferencia entre la masa salarial en relación al PBI hace algunos
años con respecto a lo que ocurre hoy, o el hecho de que el país crezca y sin
embargo sigamos muy lejos del número de ocupados que había en 1995, a lo que se
suma el agravamiento en términos de la calidad del empleo, son todos temas
conflictivos que deberán encontrar un espacio democrático de búsqueda de
soluciones. Por más que suene muy difícil encontrarlas, lo cierto es que son
todos “conflictos negociables”, propios de nuestras sociedades, a diferencia de
los “conflictos no negociables”, más propios de sociedades divididas por
diferencias étnicas, linguísticas o religiosas, como seguramente el lector
podrá reconocer existen en ciertas partes del mundo muy cubiertas por los
medios en la actualidad.
De manera que la ausencia de conflicto no es
indicador de eficiencia en un sistema de relaciones laborales. De hecho, el
conflicto en el mundo del trabajo no se expresa solo de forma colectiva, sino
también individualmente. Con ausencia de sindicatos en grandes esferas de nuestra
economía como ocurre actualmente, el conflicto deja de manifestarse solamente por
medio de huelgas y paros de actividad, asumiendo su expresión por medio de la baja
productividad y el pésimo clima de trabajo. A manera de ejemplo, la muchacha
que trabaja en una empresa de limpieza, o el joven que oficia ocasionalmente
como vigilante para determinada empresa de seguridad (para hacer mención a dos
sectores de actividad de mucho dinamismo en los últimos años y sin ningún tipo
de negociación colectiva), al ver cómo sus derechos son continuamente
avasallados, terminan canalizando su bronca y dolor de forma individual. Y
cuando eso sucede, se cercena la posibilidad de fomentar el cambio de normas (jurídicas
o no), elemento este último que finalmente pasa a representar el mayor objetivo
de toda acción colectiva.