MENSAJE DEL SANTO PADRE
PARA LA CUARESMA 2006
El Mensaje de Benedicto XVI para la Cuaresma 2006, lleva por título un
versículo del Evangelio de San Mateo: "Al ver Jesús a las gentes se
compadecía de ellas". Sigue el documento íntegro:
"La Cuaresma es el
tiempo privilegiado de la peregrinación interior hacia Aquél que es la fuente
de la misericordia. Es una peregrinación en la que Él mismo nos acompaña a
través del desierto de nuestra pobreza, sosteniéndonos en el camino hacia la
alegría intensa de la Pascua".
"Incluso en el
"valle oscuro" del que habla el salmista mientras el tentador nos mueve a desesperarnos o a confiar de
manera ilusoria en nuestras propias fuerzas, Dios nos guarda y nos sostiene.
Efectivamente, hoy el Señor escucha también el grito de las multitudes
hambrientas de alegría, de paz y de amor. Como en todas las épocas, se sienten
abandonadas. Sin embargo, en la desolación de la miseria, de la soledad, de la
violencia y del hambre, que afectan sin distinción a ancianos, adultos y niños,
Dios no permite que predomine la oscuridad del horror".
"En efecto, como
escribió mi amado predecesor Juan Pablo II, hay un "límite impuesto al mal
por el bien divino", y es la misericordia. En este sentido he querido
poner al inicio de este Mensaje la cita evangélica según la cual "Al ver
Jesús a las gentes se compadecía de ellas".
"A este respecto deseo
reflexionar sobre una cuestión muy debatida en la actualidad: el problema del
desarrollo. La "mirada" conmovida de Cristo se detiene también hoy
sobre los hombres y los pueblos, puesto que por el "proyecto" divino
todos están llamados a la salvación. Jesús, ante las insidias que se oponen a
este proyecto, se compadece de las multitudes: las defiende de los lobos, aun a
costa de su vida. Con su mirada, Jesús abraza a las multitudes y a cada uno, y
los entrega al Padre, ofreciéndose a sí mismo en sacrificio de expiación".
"La Iglesia, iluminada
por esta verdad pascual, es consciente de que, para promover un desarrollo
integral, es necesario que nuestra "mirada" sobre el hombre se
asemeje a la de Cristo. En efecto, de ningún modo es posible dar respuesta a
las necesidades materiales y sociales de los hombres sin colmar, sobre todo,
las profundas necesidades de su corazón. Esto debe subrayarse con mayor fuerza
en nuestra época de grandes transformaciones, en la que percibimos de manera
cada vez más viva y urgente nuestra responsabilidad ante los pobres del mundo.
Ya mi venerado predecesor, el Papa Pablo VI, identificaba los efectos del
subdesarrollo como un deterioro de humanidad. En este sentido, en la encíclica "Populorum
progressio" denunciaba "las carencias materiales de los
que están privados del mínimo vital y las carencias morales de los que están
mutilados por el egoísmo... las
estructuras opresoras que provienen del abuso del tener o del abuso del poder,
de las explotaciones de los trabajadores o de la injusticia de las
transacciones".
"Como antídoto contra
estos males, Pablo VI no sólo sugería "el aumento en la consideración de
la dignidad de los demás, la orientación hacia el espíritu de pobreza, la
cooperación en el bien común, la voluntad de la paz", sino también
"el reconocimiento, por parte del hombre, de los valores supremos y de
Dios, que de ellos es la fuente y el fin".
"En esta línea, el Papa
no dudaba en proponer "especialmente, la fe, don de Dios, acogido por la
buena voluntad de los hombres, y la unidad de la caridad de Cristo". Por
tanto, la "mirada" de Cristo sobre la muchedumbre nos mueve a afirmar
los verdaderos contenidos de ese "humanismo pleno" que, según el
mismo Pablo VI, consiste en el "desarrollo integral de todo el hombre y de
todos los hombres". Por eso, la primera contribución que la Iglesia ofrece
al desarrollo del hombre y de los pueblos no se basa en medios materiales ni en
soluciones técnicas, sino en el anuncio de la verdad de Cristo, que forma las
conciencias y muestra la auténtica dignidad de la persona y del trabajo,
promoviendo la creación de una cultura que responda verdaderamente a todos los
interrogantes del hombre".
"Ante los terribles
desafíos de la pobreza de gran parte de la humanidad, la indiferencia y el
encerrarse en el propio egoísmo aparecen como un contraste intolerable frente a
la "mirada" de Cristo. El ayuno y la limosna, que, junto con la
oración, la Iglesia propone de modo especial en el período de Cuaresma, son una
ocasión propicia para conformarnos con esa "mirada". Los ejemplos de
los santos y las numerosas experiencias misioneras que caracterizan la historia
de la Iglesia son indicaciones valiosas para sostener del mejor modo posible el
desarrollo".
"Hoy, en el contexto de
la interdependencia global, se puede constatar que ningún proyecto económico,
social o político puede sustituir el don de uno mismo a los demás en el que se
expresa la caridad. Quien actúa según esta lógica evangélica vive la fe como
amistad con el Dios encarnado y, como Él, se preocupa por las necesidades
materiales y espirituales del prójimo. Lo mira como un misterio
inconmensurable, digno de infinito cuidado y atención. Sabe que quien no da a
Dios, da demasiado poco; como decía a menudo la beata Teresa de Calcuta:
"la primera pobreza de los pueblos es no conocer a Cristo". Por eso
es preciso ayudar a descubrir a Dios en el rostro misericordioso de Cristo: sin
esta perspectiva, no se construye una civilización sobre bases sólidas".
"Gracias a hombres y
mujeres obedientes al Espíritu Santo, han surgido en la Iglesia muchas obras de
caridad, dedicadas a promover el desarrollo: hospitales, universidades, escuelas
de formación profesional, pequeñas empresas. Son iniciativas que han
demostrado, mucho antes que otras actuaciones de la sociedad civil, la sincera
preocupación hacia el hombre por parte de personas movidas por el mensaje
evangélico. Estas obras indican un camino para guiar aún hoy el mundo hacia una
globalización que ponga en el centro el verdadero bien del hombre y, así, lleve
a la paz auténtica".
"Con la misma compasión
de Jesús por las muchedumbres, la Iglesia siente también hoy que su tarea
propia consiste en pedir a quien tiene responsabilidades políticas y ejerce el
poder económico y financiero que promueva un desarrollo basado en el respeto de
la dignidad de todo hombre. Una prueba importante de este esfuerzo será la
efectiva libertad religiosa, entendida no sólo como posibilidad de anunciar y
celebrar a Cristo, sino también de contribuir a la edificación de un mundo
animado por la caridad. En este esfuerzo se inscribe también la consideración
efectiva del papel central que los auténticos valores religiosos desempeñan en
la vida del hombre, como respuesta a sus interrogantes más profundos y como
motivación ética respecto a sus responsabilidades personales y sociales.
Basándose en estos criterios, los cristianos deben aprender a valorar también
con sabiduría los programas de sus gobernantes".
"No podemos ocultar que
muchos que profesaban ser discípulos de Jesús han cometido errores a lo largo
de la historia. Con frecuencia, ante problemas graves, han pensado que primero
se debía mejorar la tierra y después pensar en el cielo. La tentación ha sido
considerar que, ante necesidades urgentes, en primer lugar se debía actuar
cambiando las estructuras externas. Para algunos, la consecuencia de esto ha
sido la transformación del cristianismo en moralismo, la sustitución del creer
por el hacer. Por eso, mi predecesor de venerada memoria, Juan Pablo II,
observó con razón: "La tentación actual es la de reducir el cristianismo a
una sabiduría meramente humana, casi como una ciencia del vivir bien. En un
mundo fuertemente secularizado, se ha dado una "gradual secularización de
la salvación", debido a lo cual se lucha ciertamente en favor del hombre,
pero de un hombre a medias, reducido a la mera dimensión horizontal. En cambio,
nosotros sabemos que Jesús vino a traer la salvación integral".
"Teniendo en cuenta la
victoria de Cristo sobre todo mal que oprime al hombre, la Cuaresma nos quiere
guiar precisamente a esta salvación integral. Al dirigirnos al divino Maestro,
al convertirnos a Él, al experimentar su misericordia gracias al sacramento de
la Reconciliación, descubriremos una "mirada" que nos escruta en lo
más hondo y puede reanimar a las multitudes y a cada uno de nosotros. Devuelve
la confianza a cuantos no se cierran en el escepticismo, abriendo ante ellos la
perspectiva de la salvación eterna. Por tanto, aunque parezca que domine el
odio, el Señor no permite que falte nunca el testimonio luminoso de su amor. A
María, "fuente viva de esperanza", le encomiendo nuestro camino
cuaresmal, para que nos lleve a su Hijo. A ella le encomiendo, en particular,
las muchedumbres que aún hoy, probadas por la pobreza, invocan su ayuda, apoyo
y comprensión. Con estos sentimientos, imparto a todos de corazón una especial
Bendición Apostólica". (Fuente: www.vatican.va)