Financiamiento
solidario y banca ética
Una
introducción al tema[1].
Por Pablo Guerra[2]
Uno de los cambios más significativos en los
últimos años ha tenido que ver con la irrupción de numerosas formas de hacer
economía articuladas en base a valores solidarios, en el marco de una fuerte
crítica hacia los parámetros constitutivos que hegemonizan nuestros mercados
determinados. Se trata de experiencias que sostienen una mirada crítica hacia
aquellas instituciones y comportamientos guiados por ciertos (anti) valores
como es el caso de la competitividad desenfrenada, la maximización de
utilidades, el lucro a toda costa y costo, el egoísmo y la especulación, entre
otros, proponiéndo en su lugar, la ayuda mutua, la solidaridad, la comunión y
cooperación, la justicia y ayuda al necesitado.
Entre tanta diversidad de experiencias
surgidas con este sentido crítico hacia los paradigmas más establecidos en
nuestras economías (dominadas por cierto neoliberalismo y materialismo), nos
toca el turno esta vez de analizar en el marco de este esperado coloquio, el
caso de las finanzas solidarias y de la banca ética.
Ambos conceptos sin duda que pueden generar
cierto impacto entre nuestra gente. Esto debido a que los uruguayos en su
enorme mayoría jamás oyeron hablar de propuestas de este tipo, que articulen
por un lado nociones como “banca” y “finanzas”, pertenecientes a un submundo de
la economía donde más bien predomina un perfil profesional más propio del homo oeconomicus, y por otro lado,
nociones como “solidaridad” y “ética” que más bien el común de la gente asocia
a fenómenos que por lo general muy poco tienen que ver con los procesos
económicos. Ciertamente, además, que los hechos de notoriedad ocurridos el año
pasado y que llevaran a la crisis del sistema financiero, nada ayuda para
asociar categorías tan disímiles.
Sin embargo, al igual que el concepto de
economía de la solidaridad ha logrado imponerse en el mundo de las ideas y de
las prácticas socioeconómicas, los conceptos de “finanzas solidarias” y “banca ética” han ido logrando cierto
espacio sobre todo en Norteamérica y
algunos países europeos. Reconocemos en tal sentido una ignorancia importante
por parte de los actores sociales y económicos del Uruguay, que en parte
intentaremos zanjar a partir de estos tres días de trabajo.
En ese contexto es que nos parece pertinente
comenzar nuestra exposición sentando las bases conceptuales y analíticas con
las que creemos deberíamos movernos en estas temáticas. En momentos en que
diversas instituciones de las finanzas tradicionales operan con instrumentos
parecidos a los surgidos en el ámbito de la economía solidaria, nos vemos en la
obligación de distinguir lógicas y racionalidades de funcionamiento. Veremos
como, por ejemplo, no es lo mismo un banco ético que un banco convencional, así
como tampoco es equiparable una institución que se especialice en
microcréditos, con una institución que practique la lógica de las finanzas
solidarias.
El caso de los
bancos éticos.
De acuerdo a las nociones más divulgadas en
la materia, podemos definir como banco ético, toda institución especializada en
servicios financieros que persiga dos fines: por un lado financiar actividades
económicas que tengan un impacto social positivo, y en segundo lugar obtener
beneficios que permitan la continuidad de la experiencia en el tiempo.
La idea de incorporar nociones éticas a las
actividades financieras, proviene de los años 20 del siglo pasado cuando la
Iglesia Metodista de los EUA cuestionó las derivaciones que podían tener sus
inversiones bursátiles. Es así que se fijan como objetivo invertir allí donde
no se financiara ni la producción de alcohol, ni el juego ilegal. Deberemos
esperar sin embargo hasta los años 60 para que la idea de la inversión ética
adquiriera popularidad. Por entonces, también en los EUA, numerosos activistas
de los DDHH, de las Iglesias y de los movimientos pacifistas, pusieron al
descubierto cómo el conjunto de los ciudadanos involuntariamente estaban
financiando por diversos medios la producción del letal gas Nápalm que tantas
vidas costara en la Guerra de Viet Nam. En base al presupuesto de que los
ahorristas quieren saber el destino de sus ahorros, y que los bancos deben
velar por ciertos valores, nacen los primeros fondos éticos de inversión,
antecedentes de los modernos bancos éticos.
Estos bancos éticos suelen demarcar sus
operaciones en el marco de ciertas limitaciones valóricas, ya sean definidas
por la negativa, ya sean definidas por la positiva.
Las delimitaciones por la negativa suelen
ser: no financiar actividades productivas que dañen el medioambiente, donde
trabajen niños, donde no se respeten determinados derechos humanos, producción
de armamentos, de tabaco, etc.
Las delimitaciones por la positiva suelen
estar vinculadas a promover actividades de la economía solidaria, de la
economía social, del comercio justo, o mejorar las condiciones de vida de
ciertos sectores vulnerables.
Bajo el dominio de las finanzas solidarias
incluimos las experiencias de crédito y servicios financieros que se alejan del
manejo clásico liberal dominante desarrollado por la banca tradicional (tanto
de tipo público como privado), para manejar productos y servicios inscriptos en
una lógica socioeconómica (donde lo social predomina sobre lo económico) orientada
a la consolidación de las economías alternativas y solidarias. Entre los
instrumentos que manejan estas instituciones figura en un lugar destacado el
microcrédito. Ahora bien, no toda institución que trabaje el microcrédito puede
considerarse institución de finanzas solidarias. En tal sentido, el grupo de
trabajo sobre estas materias del Polo de Socioeconomía Solidaria, manejó la
necesidad de diferencias dos tipos de microfinanzas:
a)
Aquellas
instituciones que prestan créditos a partir de un segmento abandonado por el
mercado de los grandes bancos, o incluso aquellos grandes bancos que se han
permitido trabajar con este segmento persiguiendo fines de lucro.
b)
Aquellas
instituciones que brindan servicios financieros y brindan crédito al servicio
del desarrollo humano y social[3].
En definitiva se trata de distinguir aquellas
instituciones que brindan un servicio con fines puramente comerciales, de
instituciones que nacen con una visión crítica de los procesos económicos y
salen a la ayuda de los más necesitados por medio de servicios específicos en
la materia. Por ejemplo, mientras que los primeros ven en las Mypes solo una
salida laboral, los segundos aspiran a convertir a las Mypes y otras
experiencias asociativas, en semillas de una economía más solidaria y humana.
Las
manifestaciones de las finanzas solidarias y de la banca ética.
Las formas y manifestaciones que asumen las
numerosas organizaciones que cumplen con los requisitos arriba expuestos son
múltiples.
Sin duda que el primer antecedente en la materia lo pueden constituir las cooperativas de ahorro y crédito, que tienen sus orígenes con Fréderic Guilaume Raffeisen, en el S. XIX, y que luego dan origen a diferentes fórmulas como las Cajas Populares, las Cajas Solidarias, etc. En sus orígenes los fundadores de estas experiencias mostraban claramente un discurso muy crítico al sistema, no obstante lo cuál conforme han evolucionado en el tiempo se fueron adaptando a la lógica más propia del mercado de intercambios, haciéndose difícil entonces distinguir entre la banca comercial y estas cooperativas de ahorro y crédito. Aún así, es notorio la mejor imagen social que generan estas fórmulas cooperativas en comparación con los bancos tradicionales, dada la cantidad de recursos que muchas veces utilizan para actividades con fines sociales.
Intentando volver a esos principios solidarios del cooperativismo en sus fases de inicio, han surgido en diversos lugares del tercer mundo, ciertas cooperativas informales y locales de ahorro y crédito. En ese sentido, numerosos grupos de vecinos, a los que por lo general los unen lazos de socialización secundaria, como puede ser la integración de una parroquia, partido político, etc.; deciden ahorrar en conjunto y destinar la bolsa de ahorro a préstamos con carácter social o económico alternativo, a tasas inferiores a las de mercado.
Más allá de las fórmulas cooperativas clásicas, han surgido otras figuras asociativas con mucha fuerza en los últimos años en países del tercer mundo.
Entre los casos de más notoriedad, debemos citar las experiencias de microcrédito desarrolladas por el equipo de Muhammad Yunus, en el ambiente rural de Bangladesh. Los números de esta experiencia surgida en uno de los países más pobres del mundo opr el año 1976 son elocuentes: hoy el Grameen es uno de los mayores bancos del país, reuniéndo a unos 10.0000 funcionarios, y una cartera de ahorro de más de 100 millones de dólares. Luego del éxito obtenido por el Grameen Bank, extendido a varios países del tercer mundo, el mismísimo Banco Mundial se vio tentado a reproducir la experiencia en otros lugares.
Asociado a este fenómeno podemos incluir el caso de los bancos populares que promueven el desarrollo local. Se trata de bancos que nacen con el objetivo de facilitar créditos para la instalación empresarial y el consumo dentro de determinada localidad o región. Es el caso concreto del Banco Palma$, administrado por los líderes comunitarios del Conjunto Palmeiras, un barrio ubicado en el sur de Fortaleza (Brasil), y que incluso crearon para ello una tarjeta de crédito que estimula a las familias a comprar en el barrio. Su misión institucional es combatir la pobreza económica de forma alternativa, siendo la solidaridad su principio maestro.
Luego tenemos diversas experiencias surgidas en Europa y EUA. Se tratan de bancos alternativos que difunden conceptos como “balance responsable” (A socially Responsible balanced No-load Mutual fund, del Pax World Fund, establecido en 1970, o el Citizens Fund, para citar casos en norteamérica); o “ahorro e inversión ética”, etc. En todos los casos, por este medio se trata de concientizar a los ciudadanos de depositar sus ahorros en bancos que no invertirán, por ejemplo, en empresas que dañen el medioambiente o violen los derechos humanos de sus empleados o contratistas.
La amplia difusión que se le ha dado a hechos como el financiamiento de armamentos a Irak por parte de la Banca Nazionale del Lavoro, o las realizadas al régimen racista de Sudáfrica antes de la apertura, por parte de la Banca Cariplo, etc., han contribuído a esta concientización hacia un ahorro ético. Estas líneas de trabajo coinciden además con estudios sociológicos que confirman el interés de los ahorristas por saber sobre el destino de sus ahorros[4].
De esta cultura crítica del ahorro, también han formado parte las Iglesias, que en las últimas décadas han puesto especial detenimiento en el destino de sus ahorros, constituyendo, por ejemplo, comités de análisis a tales efectos, sobre todo luego de conocerse casos de cómo muchos bancos comerciales que trabajaban con diferentes Iglesias, invertían sus dineros en empresas con objetivos y métodos poco coherentes con la ética cristiana, por ejemplo.
Valga citar en ese sentido a la Ethical Investment Research Service, creado en 1983 por el British Council of Churches y otras organizaciones solidarias británicas con el fin de estudiar la viabilidad ética de ciertas inversiones; o el Ecumenical Commitee for Corporate Responsability, que también investiga el comportamiento de las multinacionales en diversos aspectos.
Desde entonces se han popularizado las consultoras que informan a sus clientes sobre inversiones éticas. En 1984, por su lado se funda el Stewardship Unit Trust y en 1987 el Stewardship income Trust, como los dos primeros fondos de inversiones éticas de Gran Bretaña, con rendimientos similares a los obtenidos por los fondos “normales” (al menos en su versión durkheimiana). En Norteamerica, esta vez animado por la ética judeo-cristiana, se funda el Interfaith Center for Corporate Responsability, con una cartera de 50.000 millones de dólares, que incluye a pequeños ahorristas. Finalmente podemos citar el caso del Info-centre for Responsable Investment, creado en Suiza en 1990, con el objeto de favorecer la “inversión socialmente responsable” y la democracia en la gestión de las sociedades.
Asociado a esta línea de bancos alternativos, surge el concepto de los “títulos verdes”, y emergen Fondos de Ahorros como el Enviromental Investor Fund, de Londres. Al interior de las sociedades anónimas, por su lado, se han creado grupos de accionistas críticos, dispuestos a interpelar a los socios mayoritarios sobre diversos aspectos éticos, como ha pasado en Nestlé, Deutsche Bank, Bayer, Fiat etc.[5].
Un paso más allá de no financiar a empresas cuestionables desde el punto de vista ético, lo dan las diversas entidades que invierten en economías alternativas. Es el caso del Industrial Common Ownership Finance, que instituyó también en Inglaterra un fondo para financiar emprendimientos locales de base cooperativa cuyos objetivos vayan en la línea de beneficiar la vida en comunidad, mejorar el entorno social, y no buscar provecho personal. Otros fondos alternativos relevados por el Centro Nuovo Modello di Sviluppo lo constituyen el Mercury Prevident, fundado en 1974, financiando también a experiencias solidarias, cuya originalidad es que le consulta sus ahorristas la tasa de interés que necesitan y los proyectos donde quieren invertir sus dineros o el Shared Interest, que financia a cooperativas de países en desarrollo
La Banca Popolare Etica de Italia es probablemente una de las experiencias que más ha apostado a estos cambios en la cultura económica. Fundado a comienzos de los noventa, hoy es un banco que reúne unos 15 mil socios, cubriendo cuatro sectores: cooperación social, cooperación internacional, ambiente y sociedad civil. Su casa central se encuentra en Pádova,. Entre sus principales asociados se encuentran diversas organizaciones sociales como Amnistía Internacional, Cáritas, Etimos, centrales sindicales, etc. De mayor antigüedad en Italia son las MAG (sociedades cooperativas para la mutua autogestión) nacidas a partir de 1978 para solucionar la demanda de financiamiento de grupos sociales.
Oikocrédit, es una sociedad cooperativa creada en 1974 en Holanda, y hoy difundida en diversos países de Europa. Asía, Africa y América. El ahorro de más de 18000 personas ha generado desde su fundación, unos 120 millones de euros destinados a proyectos en 70 diferentes países, obteniendo un interés variable de 2% anual.
Triodos Bank es una experiencia que surge en 1980 en Holanda que recoge antecedentes en el cooperativismo de crédito. Hoy tiene sucursales en Inglaterra y Bélgica, reuniendo a unos 40.000 ahorristas y 4.000 accionistas, que se esmeran por contribuir a la mejora del medio ambiente, de la economía social, y del comercio justo.
La Banque Alternative Suisse, surgida en 1990, llama la atención por su política de cristalinidad en un país que basó la fortaleza de su sistema financiero justamente en lo contrario. Las opciones que brindan a sus clientes incluyen la posibilidad de reducir la tasa de interés para otorgar créditos destinados a organizaciones del tercer sector.
Los franceses, por su parte, han creado clubes de ahorro para mujeres emprendedoras, aunque ha sido mucho más divulgado el caso de los clubes de inversores para una gestión alternativa y local del ahorro (cigales). Creada en 1983 federa hoy a unos 200 clubes que financian 350 empresas, responsables de 1800 puestos de trabajo.
Inaise es la Asociación Internacional de Inversores en Economía Social. Se trata de una red creada en 1989 con el objeto de reunir a las instituciones que financian proyectos de utilidad social y ambiental. Sus miembros comparten no solo determinado público destinatario de inversiones (cooperativas, empresas comunitarias, etc.), sino una forma diferente de gestionar la actividad bancaria, donde sobresale la necesidad de formar críticamente a los ahorristas.
Entre tantas otras organizaciones repartidas por todo el mundo podríamos citar el caso del Öko-Bank de Frankfurt, fundado en 1987 para financiar experiencias de economía ecológicas y humanitarias; el Fondo de Inversión para el Desarrollo Solidario en Francia; el Cooperative Bank del Reino Unido, el Citizens Bank de Canadá, el Citizen Bank de Japón, o numerosos fondos de inversión ética en los EUA.
En América Latina, también hay una amplia experiencia de fondos para el financiamiento de actividades solidarias, la mayoría de los cuáles son sostenidos por donaciones del primer mundo.
A nuestro criterio, el
principal desafío de estas y otras experiencias, es velar por una gestión que
definitivamente las muestre como alternativas a la banca tradicional. Que la
opción por un marco ético sea fruto de una visión clara sobre el modelo de
desarrollo que se pretende, y no una mera técnica de marketing. Que en momentos
en que los organismos multilaterales ofrecen líneas de créditos
multimillonarias para pequeños emprendimientos, el objetivo de estas
instituciones no sea generar un “capitalismo popular” o “capitalismo de pies
descalzos”, sino experiencias económicas basadas en trabajo y factor C, en aras de consolidar un circuito
de economía solidaria.
Por lo demás, la
evidencia demuestra que fines éticos y apuesta por los pobres, no significan
menores márgenes de eficiencia en la actividad financiera. Eso ya constituye
una base para solidificar un sector con perfil propio.
[1] Ponencia presentada en el Coloquio Internacional sobre finanzas solidarias e inversión ética, Montevideo, Instituto Goethe, Noviembre de 2003.
[2] Dr. en
Sociología, profesor e investigador en la Universidad de la República y
Universidad Católica del Uruguay. Integrante del gabinete socio-técnico del
Instituto Cuesta Duarte. Mail:
pguerra@elsitio.net.uy
[3] Cfr. Polo de Socioeconomía solidaria: “Finanzas solidarias”, Cuaderno de propuestas para el Siglo XXI, Nov. 2001. En http://finsol.socioeco.org
[4] El Scottish
Equitable Fund, por ejemplo, concluyó que el 96% de los entrevistados en 1990,
no querían invertir su dinero en determinados sectores por razones éticas,
sociales o ecológicas. Cfr. Centro
Nuovo Modello di Sviluppo, Op. Cit., p. 123.
[5] Idem. Ant., p. 130-136.