Proyectos
de desarrollo alternativo en América Latina:
¿una
auténtica alternativa?
Dr. Bruno Mallard
Grupo de Investigación en Ciencias Sociales
sobre América Latina (GRESAL/MSH-Alpes)
Universidad de Grenoble (Francia)
Resumen
Una de las particularidades de la vida
intelectual chilena de los últimos veinte años consiste en haber generado una
corriente de reflexión muy activa sobre el tema del "desarrollo
alternativo". Popularizado mediante denominaciones como "proyecto de
desarrollo a escala humana" o "proyecto de creación de una economía
de solidaridad", este pensamiento social ha sustentado una vigorosa
crítica de las carencias de la dinámica modernizadora dominante y originado
interesantes propuestas teóricas e iniciativas concretas. Sin embargo, pese a
sus cualidades, se enfrenta a severas limitaciones tanto en sus aplicaciones prácticas
como en el plano conceptual. En efecto, las ambigüedades o contradicciones que
conllevan estos proyectos son reveladores del hecho que éstos han sido plasmados en buena medida en el
imaginario del propio sistema al cual se oponen. Esto lleva a cuestionar sus
fundamentos y les quita credibilidad. Con esto, dicha reflexión no
necesariamente ha de repudiar sus intuiciones básicas. En cambio, cabe pensar
que sí le es indispensable manifestar más radicalidad crítica.
En los últimos años, la
doctrina neoliberal se ha visto criticada con creciente ahínco y acierto. En
América Latina, las arremetidas han surgido desde diversas trincheras, pero
todas apuntan a demostrar que el predominio de tal ortodoxia económica es
estructuralmente generadora de pobreza, desigualdad, precariedad y
desintegración social. De hecho, se cuenta ahora con incontrastables evidencias
de que varios de los rezagos sociales registrados en los países de la región
son atribuibles en mayor o menor grado a políticas o modelos inspirados en
dicho ideario (Franco y Sáinz, 2001 ; Agacino, 1998). Con todo, parece
excesivo culpar este pensamiento de todos los males que aquejan al continente
en la actualidad, como se inclinan a hacerlo algunos analistas. En efecto,
existen también sólidas razones para pensar que buena parte de la problemática
socioeconómica vigente tiene una raigambre cultural más honda, y que la
búsqueda de derroteros alternos implica trascender el ámbito de las
“ideologías” en la acepción convencional para pasar a cuestionar los
fundamentos y la naturaleza del propio concepto de desarrollo.
En esa dirección se orientan
precisamente las reflexiones fundantes del “desarrollo alternativo”, a veces
calificadas como “humanistas críticas” (Hopenhayn, 1991). Éstas gozan
ahora de cierto influjo en los círculos académicos, las ONGs y la sociedad
civil en general, pero rara vez se las ha sometido a un análisis riguroso. Ésta
es una carencia de no poca consideración ya que una mirada crítica hace pensar
que pese a innegables méritos, las mencionadas reflexiones se hallan atrapadas
en ambigüedades o contradicciones difíciles de superar.
Haciéndose cargo de tal
situación, la presente contribución se propono una reflexión sintética sobre esta línea
investigativa, articulada en dos etapas principales: 1) una breve aproximación
descriptiva a proyectos de “desarrollo alternativo” famosos, con particular
referencia a sus principios y conceptos centrales ; 2) un extenso análisis
crítico de dichos proyectos, orientada a iluminar sus fragilidades y paradojas
escondidas.
I – Los proyectos de desarrollo
alternativo en América Latina: una breve presentación
La línea de pensamiento básica que
sustenta el concepto de “desarrollo alternativo” es bastante conocida hoy en
América Latina. Cuenta con aportes de prominentes cientistas sociales –en su
mayoría economistas o sociólogos– que animan activas redes de intercambio
intelectual. Entre ellos sobresalen algunos pensadores chilenos a quienes se
hará a menudo referencia en el presente texto, en especial a Manfred Max-Neef,
economista que fue galardonado con el Premio Nobel Alternativo (Premio “Right
Livelihood”) en 1983, y, más aún, a Luis Razeto, prólifico autor que hizo mucho
por renovar la mirada hacia los sectores populares y sus quehaceres
socioeconómicos.
A veces, se presenta la postura
propia de esta categoría de autores como nueva en el escenario intelectual y
los debates sobre el presente y futuro de las sociedades de la región. Y cierto
es que es relativamente reciente su amplia difusión en los círculos de la
investigación social y el mundo académico. Sin embargo, cabe puntualizar que
muchas de las ideas que la estructuran se derivan parcialmente de una tradición
de pensamiento antigua en el continente, referente a la “promoción de las
clases populares” (Haubert, 1992). sta conoció sus primeros esbozos a fines del siglo XIX.
Posteriormente, se perpetuó y evolucionó hasta los últimos decenios, gracias a labor
la atrevida y pertinaz de pensadores e instituciones no gubernamentales que han
mezclado en diversas proporciones humanismo, progresismo, marxismo y hasta
convicciones religiosas como en el caso de los seguidores de la teología de la
Liberación (Haubert, 1992 ; Hinkelammert, 2001). Los militantes de la
tendencia humanista solían señalarse por su tenaz crítica al orden
socioeconómico vigente, así como por su afán en apoyar concretamente a pobres y
excluidos en su lucha por el progreso social y el crecimiento personal. En los
años 1970 et 1980, la reflexión se acercó al incipiente movimiento de
cuestionamiento de los programas de desarrollo implementados en el Tercer Mundo, y pasó a criticar tanto las
estrategias intervencionistas como las políticas de corte liberal, censurando
el carácter perverso de un desarrollo ciegamente asimilado al imperativo de
expansión industrial e importación del modelo societal de Occidente (Joyal,
1990). Para la sensibilidad humanista, semejante meta no podía sino generar insalvables
dificultades económicas y, sobre todo, agudos problemas sociales y ecológicos.
Parecía urgente, por tanto, sentar las bases de “otra economía” y perfilar vías
de “desarrollo alternativo” que atendieran realmente al bienestar de todos y
cada uno. Esta inquietud se tradujo en la creación, en diversos lugares de
Latinoamérica, de proyectos o teorías de desarrollo “solidario”, “integrado”,
“humanista”, “comunitario”, “endógeno”, “sustentable”, etc.
§ 1 – Las etapas de la reflexión
Respecto de su contenido, el
discurso sobre desarrollo alternativo se articula esquemáticamente en cuatro
fases. La primera consiste en la exposición de un diagnótico crítico: según los
pensadores “alternativos”, las sociedades latinoamericanas se enfrentan a una
crisis global que abarca a los ámbitos socioeconómico, político y ecológico. En
uno de sus ensayos más conocidos, Los caminos de la economía de solidaridad,
Luis Razeto resumía la situación de la siguiente manera:
“[Nos enfrentamos a una profunda crisis
de civilización. Es la crisis de una sociedad] que se ha constituído en dos
pilares: la gran industria y el gran Estado en lo político. Es la crisis de una
civilización basada en la competencia, en el conflicto y en la lucha; de una
civilización que pone en la conquista del poder y en la acumulación de riqueza
los motivos de éxito que pretenden las personas y colectividades” (Razeto,
1993a, p. 167).
Desde luego, semejante diagnóstico
acusador invita a ahondar en la temática. Se inicia entonces la segunda etapa
de la reflexión, consistente en aclarar las finalidades y los procedimientos
que deben privilegiarse. En opinión de Max-Neef y sus colegas, se requieren
reformas drásticas en los principios que sustentan y configuran las sociedades
modernas:
“A una lógica económica heredera de la
razón instrumental que impregna la cultura moderna, es preciso oponer una ética
del bienestar. Al fetichismo de la cifras debe oponerse el desarrollo de las
personas. Al manejo vertical por parte del Estado y a la explotación de unos grupos
por otros hay que oponer la gestación de voluntades sociales que aspiran a la
participación, a la autonomía y a una utilización más equitativa de los
recursos. (...) [Con estas premisas, podemos esperar crear] un orden que
compatibilice crecimiento económico, solidaridad social y crecimiento de todas
las personas y toda la persona” (Max-Neef y otros, pp. 88 y 78).
Esta visión lleva naturalmente a concluir
-parafraseando a Luis Razeto (Razeto, 1993a)-, que urge la creación de “otra
economía” y hasta de una “nueva civilización”, fundada no en una tentativa
alienante y contraproducente de homogeneización social en nombre del “progreso”
o de la “modernidad”, sino en un “proceso de recuperación de todas las
diferenciaciones y de todas las complejidades, el pluralismo y la
heterogeneidad estructural existente en lo político, económico, demográfico y
cultural” (Razeto, 1993a, p. 174).
Sentado esto, se abre la tercera
fase del recorrido discursivo: la de la revisión conceptual y la especulación
teórica. En este terreno, Max-Neef y su equipo dedican amplio espacio a una
labor de reconceptualización de las necesidades humanas sobre la base de
categorías más o menos nuevas como ser/tener/hacer o
subsistencia/afecto/participación/libertad, tratando de identificar cuáles son
los “satisfactores” de estas necesidades fundamentales que resulta apropiado
producir y fomentar (Max-Neef y otros, 1993, pp. 33-78).
Por su lado, Luis Razeto propone una
teoría del “desarrollo solidario” que destaca la necesidad de transformar las
estructuras y lógicas que conforman y rigen la actividad económica. El autor
enfatiza que la solidaridad no debe ser reducida a un mero paliativo externo a
la economía sino que se debe incorporarla a la misma práctica de la economía,
en las distintas fases del ciclo económico como son la producción, la
acumulación, el consumo etc. (Razeto, 1993a, p. 14). Al poner en práctica
esta idea, podría surgir, a juicio del autor, una nueva manera de hacer
economía, una nueva “racionalidad económica” (p. 15).
La última etapa de la reflexión está
dedicada a los “pobladores” (los habitantes desfavorecidos de las periferias
urbanas) así como a las innumerables organizaciones que por ellos creadas y
administradas: organizaciones económicas populares, microempresas informales,
redes de ayuda mutua, etc. (Razeto, 1993b). Los autores insisten en el papel
crucial desempeñado por tales organizaciones en la vida cotidiana de los
sectores pobres, y aseguran que muchas de ellas son portadoras de “lógicas
contrahegemónicas” (Max-Neef y otros, 1993), esto es que encerrarían los
gérmenes de la anhelada economía “solidaria” o “alternativa”. Como es lógico,
los defensores del desarrollo alternativo abogan por un apoyo activo a aquellos
emprendimientos populares, no con el ánimo de condenarlos a una condición de
perpetuos asistidos sino más bien para convertir esta llamada “economía
popular” en un “sector productivo dinámico, vinculado al resto de la economía y
capaz de competir con las demás formas de organización económica” (Razeto, 1993a,
p. 51). Y dicha intervención debiera conducirse dándoles a los actores involucrados
la oportunidad de percatarse de y desarrollar los valores humanos y sociales
esenciales de los que son o pueden ser portadores: solidaridad, cooperación,
disposición a compartir, laboriosidad, dedicación, etcétera (Razeto, 1993a;
Max-Neef y otros, 1993)[1].
§ 2 – Unos planteamientos
meritorios
Queda fuera de duda que los
proyectos aludidos tienen innegables méritos, los cuales han fueron resaltados
en varias ocasiones en el pasado (véase por ejemplo: Hopenhayn, 1991). En
particular se ha señalado lo siguiente: a) en contraste con los estudios de
inspiración tecnocrática, las teorías sobre desarrollo alternativo no vacilan
en formular severas críticas de fondo y en plantear interrogantes cruciales en
cuanto a los modos de vivir en sociedad, al porqué del quehacer económico y a
las metas deseables para una colectividad humana –elementos, todos éstos, que
propician el despertar de nuevas sensibilidades en la ciudadanía; b) son
trabajos que presentan un conjunto de hipótesis originales, especialmente en lo
relativo a la “economía popular”, concebida como el fruto de los “modos de
pensar, de sentir, de relacionarse y de actuar” del mundo popular (Razeto,
1993a, p. 29) ; c) por último, son reflexiones que no permanecen en el
plano de lo abstracto sino que se concretan en programas de ayuda específicos[2].
Pero no obstante estas virtudes, los proyectos de desarrollo alternativo
tropiezan con inquietantes limitaciones y paradojas.
II – Las trabas derivadas de la
institucionalidad
La más fácil de identificar
dice relación con el marco institucional en que se insertan las ONGs
“solidaristas”, las cuales son los actores privilegiados en la tarea de
promover la implementación práctica del desarrollo alternativo. En el caso de
Chile, país que va a servir como ejemplo en los siguientes apartados, se
comprueba que la gran mayoría de las acciones de ayuda han estado organizadas y
monitoreadas por el Fondo de Solidaridad e Inversión Social (FOSIS), entidad
estatal que proporciona fondos para intervenciones orientadas a aliviar la
pobreza y a estimular el crecimiento económico de los sectores “atrasados”. El
problema es que dicha entidad aboga por una aproximación técnocrática a la
realidad social, lo que se traduce en un paquete de normatividades y
prescripciones al cual no siempre se ajustan los proyectos alternativos. De
allí que muchas ONGs propugnadoras de una “línea alternativa” deban sea
abandonarla parcial o totalmente, sea procurar alterarla de tal modo que encaje
en el “formato” impuesto. Sin embargo, a pesar de las reformas, no son pocas
las organizaciones que terminan refiriéndose a un discurso teórico cada vez más
alejado de la realidad de su práctica cotidiana (por lo demás, muchos profesionales
involucrados que se percatan del problema, o por lo menos lo intuyen[3]).
Es más: al multiplicarse los requisitos oficiales, es el entero modelo de
intervención que las ONGs pretenden aplicar que termina alterado y
distorsionado. Es así como varios profesionales de instituciones de apoyo
solidario a la “economía popular” expresan abiertamente una:
“crítica a la burocratización de la actividad institucional, lo que amarra
el profesional a un conjunto de normas burocráticas que le quitan el tiempo que
necesitaría para desarrollar el tipo de relación que se espera entre el
microempresario y la institución de apoyo” (Skewes, 1997).
Y observadores concluyen que:
“La voluntad innovadora no se aviene con el clima institucional
existente. La estructura institucional actual se percibe ‘como un factor que
afecta la calidad del trabajo de analistas y capacitadores’ (TPH-Concepción
09/09/97), limitando sus posibilidades e impidiendo el logro de los fines” (ídem).
II – El atolladero de la integración con diferenciación
El impedimento señalado es ya de por sí
relevante, pero existen problemas más fundamentales. Uno de ellos se refiere a
la cuestión de la compatibilidad entre los distintos objetivos perseguidos por
los proyectos: en particular, por un lado, fortalecer la dinámica social
alternativa propia de las organizaciones populares, como son sus prácticas de
reciprocidad y solidaridad, y por otro, garantizar la integración de dichas
organizaciones dentro de la economía nacional. Una revisión de las experiencias
de terreno conducidas en el pasado lleva a adoptar una visión crítica hacia
este doble propósito.
En primer lugar, puede advertirse que en los años 1980, abundaban los
casos de experiencias de ayuda que, por atender primariamente a la dimensión
solidaria de la organizaciones populares, redundaban en aberraciones económicas
que precipitaban su terminación, a veces tras registrar descalabros tan
considerables como la inviabilidad comercial o la quiebra de parte de los
emprendimientos apoyados (Carrasco y otros, 1993). A finales de los años 1980 y
principios de los ’90, el panorama cambió en alguna medida ya que muchas ONGs
reformaron sus métodos de intervención luego de hacerse cargo de la absoluta
necesidad tener en cuenta de modo acucioso las reglas propias de la economía de
mercado. Sin embargo, no por ello se desvaneció la contradicción aludida; sólo
fue diferente el desenlace de las experiencias, tendiendo posteriormente a
predominar los imperativos económicos por sobre las lógicas de tipo solidario.
Una ilustración de este proceso puede hallarse en la historia de la
organización FPP-SUR (Fondo de Proyectos Productivos SUR), que se dedicaba a
finales de los años 1980 a asistir, con un enfoque solidario y alternativo,
organizaciones populares de Santiago y demás ciudades de importancia del país.
Inicialmente, la entidad registró resultados alentadores, pero con la
generalización y profundización de las intervenciones, muchas expectativas
quedaron defraudadas, no tanto porque las unidades asistidas pasaron a tener
dificultades de manejo económico, sino más bien porque conforme se iban
insertando en el mercado formal, tendían a perder su dimensión comunitaria y a
desatender sus objetivos sociales como la gestión participativa de la actividad
o el principio de tomar decisiones consensuadas (Razeto, 1987). Este
desventurado ensayo corrobora a su manera la existencia de una “aguda tensión
entre la lógica participativa y solidaria y la lógica instrumental y
productiva” (Raczinski, 1991).
El segundo punto que cabe señalar es
que a raíz del proceso de “readecuación” de muchas ONGs frente al escenario
económico, existen hoy cada vez menos diferencias entre los programas de apoyo
presuntamente “alternativos” y aquellos emanados de las políticas
gubernamentales clásicas, orientadas a convertir a los emprendimientos
populares en empresas capitalistas convencionales[4]. La similitud es tanta que varias ONGs vinculadas a la corriente
solidarista se topan en sus intervenciones con efectos sociales negativos
similares a aquellos registrados por las instituciones de perfil ortodoxo. A
modo de ejemplo, en una encuesta realizada en 1997 con los miembros de la
Fundación Trabajo para un Hermano (TPH), se comprobó que las acciones de apoyo
favorecen:
“el surgimiento de fuertes efectos
perturbadores en lo familiar y lo social debido a la acumulación económica;
algunos de estos riesgos son el ausentismo del microempresario, por una parte,
exclusión y diferenciación social en la comunidad, por la otra” (Skewes, 1997,
p. 3).
Esto explica que incluso para aquellos microempresarios
suspuestamente apoyados con éxito, el balance no siempre parezca satisfactorio.
Una microempresaria comentaba así:
“El éxito va
en descuido de la casa. Cumplo mi meta pero descuido a mis hijos. Y pese a que
ha habido aumento de productos, nuevos ingresos para la casa, bienestar
económico, arreglo de la casa, compra de artículos para la casa, pago de
cuentas, apoyo económico para mi esposo… en términos personales el costo ha
sido alto en lo familiar. He dedicado mucho tiempo al trabajo, descuidado mi
salud y mi familia” (Skewes,
1997, p. 24).
Y la entrevistada concluía:
“Demasiada exigencia personal en lo económico,
descuido de mi familia, poco participativa en actividades en la población… Me
di cuenta que estaba trabajando solamente por la plata… Perdí el norte de la
familia al centrarme en lo económico” (Skewes, 1997, p. 24).
Huelga
subrayar la importancia de tomar en cuenta esta clase de impactos a la hora de
evaluar los programas de desarrollo solidario. Pero ahí no paran los motivos de
escepticismo: si uno pone atención en los aspectos teóricos de los proyectos,
no tarda en encontrarse con sorprendentes ambigüedades, cuando no preocupantes
incongruencias.
IV — Una fundamentación teórica
ambigua
§ 1 – Un léxico problemático
Al leer con detención los textos sobre desarrollo alternativo, una cosa
no deja de llamar la atención: éstos aparecen en ocasiones como moviéndose en
una suerte de ambigüedad, une especie de indeterminación. Es así como ciertos
vocablos que juegan un papel clave en la reflexión humanista, como el mismo
término de “desarrollo”, remiten sucesivamente a lo que se plantea como
deseable y a aquello de lo que es preciso librarse, situación que puede generar
cierta confusión. Esta tendencia no es específica de los pensadores
latinoamericanos pues se halla también bajo una forma muy parecida en la
producción científica de determinados autores europeos adscritos a la misma
línea de pensamiento y defensores de la pluralidad de modos de vida en
sociedad. Al respecto resulta muy ilustrativo el ensayo Essai critique sur
le concept de développement (“Ensayo crítico sobre el concepto de
desarrollo”), de la economista francesa Anne-Marie Chartier (Chartier, 1996).
En la parte introductiva del libro, puede leerse lo siguiente:
“El
crecimiento económico del producto bruto confunde la producción física con la
producción de riqueza en dinero. En el transcurso del tiempo, esta realidad ha
ido generando los conceptos de crecimiento y desarrollo, inicialmente
muy próximos pero que han terminado por acoplarse como si esta unidad cayera de
su peso. Ello permite decir que se trata de conceptos derivados de la
ideología capitalista” (traducción y subrayados nuestros, p. 7).
A estas alturas el discurso parece bastante
claro, pero se explica a continuación:
“Asumir
apriorísticamente que el crecimiento fundamenta el desarrollo equivale a quitarse
la posibilidad de pensar el desarrollo en términos distintos a los del
capitalismo, o simplemente en términos de una reproducción simple donde
ciencia y técnica estarían puestas al servicio de una producción útil para
todos” (ídem, pp. 8-9).
En otras palabras, se
insinúa que el concepto de desarrollo inicialmente definido como consubstancial
al capitalismo debe finalmente pensarse fuera del marco de lectura capitalista.
Lo menos que puede decirse que es que reina cierta confusión…
En términos más globales, el pensamiento humanista crítico suele
plantear problema por su uso recurrente de la palabra “desarrollo”. En efecto,
una de dos. O bien se asigna al término desarrollo un sentido sumamente
extensivo, vale decir susceptible de referirse más o menos a cualquier
trayectoria evolutiva –y en este caso el término se sale de su estatuto de
concepto, con contenido claramente identificado, y se encuentra relegado al
rango de simple noción de contornos borrosos– ; pero resulta difícil
entonces construir un análisis riguroso sobre una base tan fluctuante, ya que
se corre el peligro de llegar a un estado de confusión donde ni siquiera se
sabe lo que se está hablando. O bien –y ésta suele ser la opción prevaleciente
en la literatura sobre desarrollo alternativo–, el término desarrollo conserva
algún grado de consistencia en el plano semántico. Lo molesto es que tal opción
va aparejada con dos trampas insidiosas. Primero, la rigurosidad que se
pretende lograr difícilmente puede compaginarse con el pluralismo radical
propugnado por la corriente humanista crítica, por cuanto dicha rigurosidad
implica una determinación, una elección en materia de organización social,
aunque sea en términos muy generales. En segundo lugar, es probable que al
fijar el (nuevo) sentido de la noción de desarrollo éste conserve una estrecha
vinculación con la acepción inicial –aquélla criticada– del término, lo que
augura razonamientos poco confiables por mucho que se use el calificativo de
“alternativo”.
Esa disyuntiva remite a una interrogante
más amplia, a saber si puede haber una plena “emancipación” y una auténtica
“pluralidad” en el momento en que dichas nociones tienden a amoldarse a un
determinado “proyecto” (Hopenhayn, 1991). De hecho, un examen detenido sugiere
que pese a las precauciones tomadas, los planteamientos humanistas no conducen
a la apertura más amplia al ámbito de lo posible sino que fijan un determinado
rumbo, a menudo de manera solapada o inconsciente. Nuevamente, el problema
puede ilustrarse a través del texto Ensayo crítico sobre el concepto de
desarrollo. Ahí se afirma que:
“Si bien no
tenemos derecho a respaldar un modelo más que otro, parece necesario, empero,
actuar conforme a una jerarquía de valores. Pero es imposible considerar que
dicha jerarquía esté ya dada y determinada. No puede surgir sino de un debate
constante” (ídem, p. 91).
Pero se asevera más adelante:
“Podemos
establecer una jerarquía de valores fundadas en el derecho fundada el
derecho, la democracia, el Estado nación al servicio de los ciudadanos, los
derechos en sentido amplio” (ídem, p. 24).
¿Qué hemos de
opinar entonces acerca de la mencionada jerarquía de valores? Está determinada
sí o no? ¿Y dónde entra el supuestamente imprescindible debate constante? Ahí
se ve con claridad la manera como el discurso se halla atrapado en una
situación casi esquizofrénica y vacila entre apertura y restricción,
determinación e indeterminación.
Igual de reveladores son
ciertos planteamientos del economista y filósofo Frantz Hinkelammert,
partidario de una vía alternativa de tipo humanístico-socialista. En uno de sus
últimos ensayos, El Nihilismo al desnudo (Hinkelammert, 2001), el
autor explica que:
“Aparece la necesidad de un pluralismo
nuevo, que sea pluralismo de culturas, de estilos de vivir, de formas de
producción” (p. 137).
Pero puntualiza también:
“Lo primero que habría que destacar, con
respecto a la tradición de pensar alternativas, es que cualquier alternativa
pensable y realizable debe darse al interior de las grandes instituciones que
se han conformado en la historia de la Humanidad, en especial, el mercado y el
Estado (…). Yo creo que éste es un punto de partida que no debería implicar
mayor discusión. Desde luego, siempre habrá espacio para la discusión, pero
partir, en la búsqueda de alternativas, de la abolición del dinero, del Estado
y del matrimonio [o sea la trinidad del anarquismo], significa pretender abolir la condición humana misma”
(p. 277).
Uno siente la
tentación de preguntarse cómo el autor conceptúa entonces a las numerosas
comunidades indígenas que durante siglos se las han ingeniado para vivir sin
Estado, sin mercado y sin matrimonio, pero el punto que procede destacar es que
la reinvindicación de un “pluralismo nuevo” se ve curiosamente acompañada por
importantes limitaciones. La paradoja asoma incluso en el terreno que mejor
domina el autor, el de la economía política: se plantea que todo proyecto debe
basarse en una economía política renovada, alejada de la concepción liberal que
la reduce a una “teoría de administración de la escasez” (p. 265), y se
indica que:
“si tomamos el concepto de economía como
el espacio de reproducción de la vida humana, lo económico es la producción y
reproducción de los elementos que el ser humano necesita para vivir (…)”
(p. 264).
Con esta definición muy amplia de lo económico, nos enfrentamos a
un dilema similar al analizado para el término “desarrollo”: ¿concepto
científico o noción general? Puede argüirse que la “reproducción la vida
humana”, en cuanto es humana y no meramente fisiológica, abarca a actividades y
realidades relativas a los más diversos órdenes: afecto, juego, reposo,
aprendizaje y reflexión, comer y beber, etc. Pero el autor no considera (y
desde un punto de vista lógico no puede considerar) esta diversidad implícita.
El resto del texto da así a entender que la definición enunciada remite en
realidad a un dominio mucho más restringido, en concreto aquél de la
producción, distribución y consumo de bienes y servicios destinados a
satisfacer las necesidades materiales de los individuos, cual es el campo
tradicional de la economía. Aflora otra vez el titubeo teórico arriba
mencionado.
La interrogante que surge luego es
la del significado de tales divergencias en la argumentación. Nuestra tesis es
que las orientaciones paradójicas detectadas no pueden reducirse a simples
descuidos o deslices; reflejan la existencia de una profunda tensión en el
pensamiento humanista crítico: por un lado, se manifiesta una sincera
aspiración a apartarse de la ortodoxia desarrollista, pero por otro, no se atina
a cuestionar los postulados y las premisas que sustentan la misma, vale decir
los componentes de la cultura occidental moderna que la fundan. El resultado es
que las teorías sobre desarrollo alternativo, por hallarse prisioneras de la
“matriz cognitiva” propia de la cultura occidental, salen de facto en
defensa de un pluralismo “limitado” y encauzan sus ideas y propuestas por una
vía sociocéntrica que no se aviene exactamente con su pretensión de pluralismo.
§ 2 – La prevalencia del
paradigma económico
a) La centralidad de lo económico
Semejante orientación redunda en una
notable ausencia de cuestionamiento acerca del dispositivo o paradigma
económico. Si bien se censura al marcado “economicismo” de las ideologías
dominantes, y en especial la neoliberal, se continúa otorgando a lo económico
un rol central en las vías “alternativas” perfiladas. En casi todos los
escritos sobre desarrollo alternativo, y tal como lo sugiere la cita anteriormente
comentada, lo económico, sea o no “reformado”, es la insoslayable base sobre la
cual se configura toda organización social: “otro desarrollo significa
otra economía” enfatiza Luis Razeto (Razeto, 1993a, p. 103)…
Lo llamativo no es la referencia en
sí a lo económico sino su centralidad en el discurso. Todo el
pensamiento “alternativo” se construye en torno a los conceptos claves de la
economía política clásica: necesidades, trabajo, producción, utilidad, mercado,
etc. Por cierto se arguye que éstos tienen un sentido distinto a los de la
economía convencional y que remiten a una base material común a todas las
sociedades actuales y pasadas, lo cual corresponde a la conocida tesis
elaborada por el historiador y antropólogo Karl Polanyi (Polanyi, 1983)
consistente en una oposición entre la “economía formal” (sistema racional
propio del desarrollo capitalista) y la “economía substantiva” (realidad
antropológica universal). Pero más allá de este importante matiz, queda claro
que los conceptos mencionados siguen siendo económicos y que se justifica el
enfoque que les subyace amparándose implícita o explícitamente en una presunta
“naturalidad” de la esfera económica y de sus principios articuladores. Los
siguientes párrafos apuntan a recordar que tal planteamiento es en gran medida
equivocado, y que el recurrir indiscriminadamente al paradigma económico para
fines analíticos y especulativos puede traer paradójicas e inquietantes consecuencias.
a) Las necesidades humanas
Uno de los componentes claves del
dispositivo económico es el concepto de “necesidad”; y resulta que en todas las
teorías del desarrollo alternativo la referencia a las “necesidades humanas”
juega un papel primordial. Esto queda clarísimo en el “desarrollo a escala
humana” de Manfred Max-Neef, pero es igualmente válido, si bien con menor
nitidez, para los otros proyectos. A primera vista, el concepto de necesidad
parece estar a salvo de todo conato de descontrucción crítica. No obstante, si
se considera la importancia que se le otorga y la representación que lo
sustenta, su empleo casi sistemático no puede sino despertar sospechas.
Ciertamente, cualquiera sea la
sociedad considerada, todas las personas duermen, comen, se pasean, etc. Esto
es una realidad indesmentible. Pero el problema es otro. Lo que hay que
visualizar es que el proceso de abstracción tendiente a subsumir este espectro
de fenómenos bajo la categoría de necesidad no es una operación neutra; origina
algo específico, y ese “algo” crea toda la diferencia: se trata de la
proyección del esquema de pensamiento del cual participa el concepto de
necesidad. El concepto de necesidad, como cualquier concepto, se relaciona con
un determinado imaginario (en nuestro caso el de la “modernidad occidental”)
que contribuye a plasmar las formas societales así como su trayectoria evolutiva.
En el enfoque del desarrollo alternativo, al igual que en el pensamiento
occidental en general, el concepto de necesidad, clave y omnipresente, emana de
una definición profunda del ser humano, de lo que se concibe como su esencia.
La persona es percibida primordialmente como un “arsenal” de necesidades por
satisfacer, un gran vacío por llenar; su destino consiste en descubrir fuera de
sí misma sus necesarios complementos: saberes, artefactos, tecnologías…; de
aquí la importancia que suele otorgarse a la esfera productiva y a todos los
ámbitos a ella vinculadas. Semejante actitud fue denominada “principio de
extrincisidad” por ciertos pensadores: el “bien” viene de afuera, del exterior[5].
Esta forma de relacionarse al mundo bien puede considerarse legítima, y tanto
más que no está desprovista de virtudes. Sin embargo, no puede desconocerse que
no es la única posible y existente en el mundo, y que, por tanto, no tiene
universalidad ni tampoco, a priori, rango de superioridad.
La necesidad, por su centralidad en
el imaginario occidental, induce la emergencia de un “impulso existencial”
especial, una cierta proclividad del ser: se aspira a “tener más”, o por lo
menos a “ser más”, por retomar una expresión clásica del humanismo crítico. Sin
embargo, se encuentran sociedades donde la “buena vida” no consiste en “tener
más”, ni tampoco en “ser más”, sino en “ser no más” según la bella expresión
del canadiense Robert Vachon (Vachon, 1998). El ser humano puede percibirse no
tanto como un “vacío” por llenar –léase un paquete de necesidades por
satisfacer– sino como una plenitud por descubrir, actitud que puede observarse
por ejemplo en varios pueblos autóctonos (Vachon, 1992). Obviamente, tal
disposición existencial no puede dejar de repercutir profundamente en el ordenamiento
de la sociedad y los modos de vida.
En síntesis, no siempre resulta
pertinente utilizar el concepto de “necesidad” para interpretar la realidad
social. Su institución como clave de comprensión básica puede generar equívocos
acerca de la “naturaleza humana” y darnos una visión distorsionada del espacio
de lo posible. Además, afirmar por ejemplo que el “desarrollo deseable” debe
asegurar que las necesidades de todos, tanto “básicas” como “refinadas y
superiores”, sean “satisfechas diferenciadamente en función de las distintas
motivaciones y gustos personales y grupales” (Razeto, 1993a, p. 99) parece
ciertamente una encomiable propuesta; pero, al mismo tiempo, uno puede
preguntarse con perplejidad si esta finalidad es al fin y al cabo tan diferente
de aquella reinvindicada por todas las sociedades industriales avanzadas…
b) El trabajo
Similares dudas inspira el examen de
otros conceptos que asumen un rol protagónico en los proyectos de desarrollo
alternativo. En el caso del trabajo, se explica por ejemplo:
“El trabajo constituye mucho más que un
factor de producción: propicia creatividad, moviliza energías sociales,
preserva la identidad de la comunidad, despliega solidaridad, y utiliza la
experiencia organizacional y el saber popular para satisfacer necesidades
individuales y colectivas” (Max-Neef y otros, 1993, p. 103).
A su vez, Luis Razeto destaca que:
“El trabajo expresa la dignidad del
hombre al tiempo que lo dignifica. (…) El hombre se realiza en y por el trabajo
al nivel de su más íntima esencia” (Razeto, 1993a, p. 56).
Cabe recordar primero que esa
“determinación productiva” del hombre no corresponde a alguna “ley eterna” de la
naturaleza sino que, como lo han aclarado ya gran cantidad de estudios, se
deriva de una determinada “matriz cultural” y un sistema definido de
representaciones (Baudrillard, 1985 ; Castoriadis, 1978 ; Freyssenet,
1993 ; Méda, 1995). Pero lo más notable es que los proyectos de desarrollo
alternativo propenden en ocasiones a una verdadera exaltación del trabajo
humano, del homo faber; e irónicamente, este discurso raya no pocas
veces con cierta literatura gerencial para empresarios y ejecutivos, dedicada a
enseñar los diversos procedimientos de maximización de la productividad de los
“recursos humanos” (Le Goff, 1992).
c) La utilidad
El concepto de “lo útil”, cuyo empleo es muy recurrente en los escritos
humanistas, suscita también a su vez interrogantes. En lo fundamental, la
utilidad es un código de lectura abstracta de los objetos y artefactos que
establece que existe una correspondencia funcional entre ellos y las
“necesidades humanas”. Es interesante cotejar este concepto con el objetivo
exhibido por el desarrollo alternativo de poner coto al crecimiento
desenfrenado de la producción, pues el criterio de utilidad difícilmente
permite discriminar entre las producciones que convendría abandonar y aquellas
otras que sería recomendable conservar. En efecto, paradójicamente, en el
contexto cultural de las sociedades modernas, todo resulta “útil” de una
u otra manera, y es ilusorio creer que se puede establecer una línea divisoria
entre lo útil y lo inútil (Baudrillard, 1970): cualquier bien o servicio
satisface alguna “necesidad”; de no ser así no podría venderse. Ello conduce
finalmente a preguntarse si resulta tan atinado erigir la utilidad como
componente estratégico de propuestas alternativas encaminadas a combatir el
“materialismo” irrestricto (por ser éste generador de considerables
frustraciones entre los más desposeídos, y de pérdida de sentido entre los más
acomodados).
d) El mercado
Por último, es conveniente dedicar
un comentario al concepto de mercado. Este es de vital importancia en los
planteamientos del humanismo crítico, tal como lo sugieren las siguientes
reflexiones de Luis Razeto:
“La idea y el proyecto de la economía de
solidaridad, no los pensamos como negación de la economía de mercado o como
alternativa frente a la economía de empresas. Hacerlo sería completamente
antihistórico e incluso ajeno al hombre tal como es y como puede ser. La
economía de solidaridad no es negación de la economía de mercado; pero tampoco
es su simple reafirmación” (Razeto, 1993a,
p. 17).
Puede inferirse de lo anterior que se aboga por una economía de
mercado “reformada”. Más específicamente, se arguye que se puede –y debe–
inyectar una importante dosis de “solidaridad” en el quehacer de los actores
del mercado:
“Lo que
sostenemos es que la solidaridad se introduzca en la economía misma, y que
opere y actúe en las diversas fases del ciclo económico, o sea, en la
producción, circulación, consumo y acumulación. Ello implica producir con
solidaridad, distribuir con solidaridad, consumir con
solidaridad, acumular y desarrollar con solidaridado” (Razeto, 1993a,
p. 15).
Ahora bien, se resalta con igual
isistencia la importancia de la “racionalización productiva” y de la permanente
búsqueda de la “eficiencia”:
“[La economía de solidaridad tiene que]
ser capaz de competir con las demás formas de organización económica (Razeto,
1993a, p. 51) [y de asegurar] una utilización plena y eficiente de los
recursos humanos y materiales” (Razeto, 1993a, p. 99).
El problema es que muchas veces tal propósito choca con el
principio de relacionamiento solidario. Valgan, para convencerse, los
siguientes ejemplos: el pequeño productor que busca afanosamente mejorar su
desempeño económico bien puede terminar por poner en graves dificultades a los
colegas que compiten con él localmente; el empleado de microempresa puede tener
que sacrificar gran parte de su vida social si se le impone acrecentar cada vez
más su aporte productivo al establecimiento donde trabaja; el comprador en
busca de mejores precios para disminuir costos en su propio proceso productivo
fácilmente puede elegir las firmas ya dominantes en el mercado, en detrimento
de aquellas empresas de menor tamaño desesperadamente necesitadas de más ventas
para salir a flote.
En resumen, puede afirmarse que las dos
lógicas que se pretende compaginar muchas veces están en pugna. Y no es
aventurado pensar que, al surgir tales situaciones conflictivas, el objetivo de
eficiencia solerá prevalecer por sobre el principio de solidaridad, por la
simple razón de que en un mercado regido por la lógica económica la eficiencia
es requisito absoluto para sobrevivir y prosperar[6].
§ 3 – Una complicidad
involuntaria
Se manifiesta, por tanto, un marcado
sesgo “economicista” en el ideario humanista crítico, sesgo probablemente
derivado de una labor de cuestionamiento trunca, o sea de una insuficiente
radicalidad del discurso. Esta insuficiencia propicia la permanente inyección
en los escritos supuestamente alternativos de los conceptos y premisas de la
institución socioeconómica dominante, vale decir del sistema vituperado por
esta misma literatura. Esta propensión se nota con mayor claridad aún al
examinar los análisis especializados y pormenorizados que ofrecen los autores.
Tomaremos aquí dos ejemplos, uno referido a la llamada “economía popular”
urbana y otro al mundo agrario.
a) La “economía popular” urbana[7]
En una conferencia dictada en Venezuela
sobre el tema de la “racionalidad especial” de los emprendimientos populares
urbanos, Luis Razeto explicaba en substancia:
“Nos ocurría en Chile, siempre viendo
estas experiencias de economía solidaria, populares, que había en las
poblaciones: llegábamos allá los economistas, los administradores a tratar de
ayudar, porque teníamos conceptos económicos –antes de darnos cuenta de que no
nos servía mucho lo que habíamos aprendido, porque no nos explicaba nada. Pero,
entonces, antes de entender esto, veíamos que la gente de alguna organización
hacía una cosa tan absurda, para nosotros… Como por ejemplo, ganaban una
cantidad de dinero, formaban un fondo, y nosotros estábamos muy contentos,
porque les iba a ir bien comprar una máquina o qué sé yo. Y en vez de hacer
eso, la gente organizaba una fiesta, o hacían un almuerzo, organizaban una
convivencia…” (Razeto, 1996).
Estas
observaciones dejan esperar un planteamiento teórico apuntando a una revisión
radical del marco de lectura economista. Pero en lugar de eso, el autor se
encamina luego en una dirección muy distinta:
“Después,
nos dimos cuenta de que la gente era muchísimo más sabia y operaba con una
lógica económica que no era que hacía una fiesta porque le gustaba pasarlo
bien. Necesitaban hacer una fiesta para seguir funcionando, para resolver
problemas internos, para mejorar el ambiente. Si no hacían la fiesta les
aseguro que ese taller quebraba. Hacían la fiesta, se reforzaba el ‘factor C’
[entiéndase la solidaridad comunitaria, la colaboración, el compadrazgo, el
compañerismo…] y seguían trabajando. Si hubieran comprado la máquina, juntando
plata, en vez de hacer la convivencia, esa empresa fracasa al poco tiempo,
porque el factor ‘C’ era el factor principal” (ídem).
Y el conferencista concluye:
“Lo que quiero decir es que todo el
crecimiento tiene que ser un crecimiento orgánico. Un crecimiento donde se
invierte en el desarrollo de todos los factores y cuando digo invertir no digo,
necesariamente, sacar plata y comprar cosas. Invertir significa dedicarle
tiempo, dedicarle esfuerzo para mejorar la tecnología, para aprender. (…) Lo
mismo pasa con el ‘factor C’. (…)
Bueno, eso es lo que yo podría resumir un
poco de esta lógica económica. Este pensar sobre economía de solidaridad con
los criterios propios de la ciencia económica, o sea, aplicando los mismos
conceptos de factores, productividad, eficiencia, pero solamente a partir de
esta idea básica que es reconocer esta realidad obvia de que la unión es fuerza
productiva que tiene su propia productividad y que, además, ayuda a mejorar la
productividad de cada uno de los demás factores” (ídem).
Considerando lo que se sabe ya acerca de la economía popular,
estas observaciones ciertamente no están desprovistas de pertinencia. No
obstante, puede sostenerse igualmente que resultan problemáticas por su modo de
conceptualizar el intercambio social. Al respecto, el análisis de “la fiesta”
que se ofrece es altamente sugerente.
Puede decirse en primer lugar que valerse
de esta clase de evento como ejemplo con valor argumental constituye una opción
azarosa para quien esté empeñado en elaborar una interpretación económica (como
es el caso del autor). En efecto, si bien es verdad que los festejos reflejan
la unidad u organicidad de los integrantes del establecimiento, también se
presentan a primera vista como el acto antieconómico por antonomasia –hecho
reconocido por lo demás por el mismo autor cuando alude al carácter
aparentemente “absurdo” de esta práctica. Sin embargo, Luis Razeto logra
“neutralizar” el fenómeno estudiado, quitarle su carga subversiva en el orden
teórico y conceptual para destacarlo, a la inversa, en prueba –o seudoprueba–
de la validez de su tesis. Es así como argumenta que por cierto los pobladores
se dedican a festejar, pero no es “únicamente” por placer; una especie de
sabiduría económica les induce a obrar de esa forma; una (sub)conciencia
calculadora les proporciona una motivación oculta –garantizar la futura
prosperidad de su empresa– que les mueve a actuar como si supieran que, a largo
plazo, les resulta más rentable asignar recursos financieros a una fiesta que a
la compra de equipos productivos.
Bajo esa óptica, la fiesta no
aparece sino como una de las modalidades singulares en que los pobladores
“hacen economía” (Razeto, 1993a), o sea que detrás de la aparente herejía del
fenómeno, se esconde la ortodoxia confortante de lo económico. Ahí se
manifiesta la consabida propensión a la codificación funcionalista, y más
específicamente al uso del artefacto marxiano de la infra- y superestructura:
superestructura “sociocultural”, con la sociabilidad informal y los vínculos
solidarios, la cual se halla determinada en última instancia por una
“infraestructura económica”, descifrable mediante los conceptos de factor
productivo, inversión, productividad, etc. Se trata ni más ni menos de un
repliegue organizado frente a la hipótesis más obvia, a saber que el acto
festivo puede considerarse como un genuino momento de placer y alegría
compartida, y que puede interpretarse como una expresión de dilapidación, de
rescisión del valor económico. En ninguna parte hace referencia el autor a esta
posible lectura. Lo que hace es desdoblar el fenómeno de manera que éste
aparezca a la postre como el fruto de un cálculo racional más o menos
inconsciente: los pobladores se encontrarían guiados por una especie de segunda
intencionalidad que les haría “funcionar” económicamente. Aquí puede apreciarse
la enorme paradoja en que desembocan estas contorsiones teóricas: el discurso
que pretende captar las especifidades sociales irreductibles, las
singularidades culturales de carácter alternativo, conspira en realidad en
liquidar las expresiones de alteridad y pluralismo insertándolas en un marco
conceptual de corte racionalista/funcionalista. Con semejante orientación
interpretativa, no es de sorprenderse que muchas ONGs declaradamente inclinadas
por la vía “alternativa” no apliquen en realidad métodos de apoyo genuinamente
heterodoxos y que sus intervenciones fácilmente se atengan a las prescripciones
de fomento productivo e incorporación al mercado dictadas por las autoridades
estatales.
Este caso grafica de manera casi
caricaturesca cómo puede pasarse desde una (aparente) crítica del marco de
interpretación económico a un rescate bajo cuerda de las categorías
económico-racionales. A menudo, empero, la ambigüedad se trasluce de forma más
discreta. Ejemplo de ello puede encontrarse en el interesante estudio titulado:
“Racionalidad y evaluación de las microempresas populares”, realizado a
mediados de los años 1990 por el economista chileno Ignacio Larraechea, de
clara sensibilidad humanista (Larraechea, 1995). En este texto, se impugna
explícitamente la pertinencia del grueso de los trabajos sobre la microempresa
popular. Se critica especialmente la dependencia de los modelos de análisis
respecto de las características de la “empresa formal industrial”
(p. 206); y se denuncia a continuación el empeño en promover acciones de
ayuda orientadas a la “normalización” de los establecimientos populares y a la
“racionalización de su modo de funcionamiento” (p. 207), desconociendo que
éstos no son “empresas funcionando en pequeña escala” y que tienen una “lógica
operacional y objetivos [que] los caracteriza cualitativamente” (p. 206).
Sin embargo, simultáneamente, el autor destaca que entre los criterios de
medición del desempeño microempresarial
–elementos declarados indispensables de considerar a la hora de diseñar
vías de “intervención eficaz sobre las microempresas populares” (p. 224)–
está la “movilización de las competencias de trabajo”, la cual incluye la
integración de la “racionalidad económica” en el modo de gestión de los
establecimientos (p. 218).
Se comprueba otra vez que el afán
impugnador experimenta curiosas fallas. Y esto no deja de infundir
preocupaciones en cuanto a lo que puede esperarse concretamente de los
proyectos, ya que tales incoherencias hacen pensar al fin y al cabo que el
desarrollo alternativo es, en realidad, apto no tanto para fomentar prácticas
sociales inéditas sino para impulsar de hecho procesos de normalización, formalización
o “economización” de las actividades populares.
b) El caso de la agricultura
Este efecto de “colonización” del
imaginario por el paradigma económico queda igualmente de manifiesto en
algunos textos que tratan del mundo rural. En el libro Ensayo crítico sobre
el concepto de desarrollo, se explica así que:
“Al irrumpir en la agricultura, la
acumulación del capital reemplazó el principio de productividad por el de
rendimiento, lo que significó la destrucción de la sociedad campesina y, en
ocasiones, la destrucción de la agricultura. En la actividad agrícola, el
rendimiento por hectárea nada tiene que ver con la productividad física por
hora del obrero o campesino. El rendimiento puede ser bajo con una buena
productividad física por hora del obrero o campesino, por ejemplo en las
extensas fincas americanas, canadienses o australianas, cuando un obrero
trabaja con una máquina agrícola en el sistema de cultivo intensivo. A la
inversa, el rendimiento puede ser alto con una baja productividad física del
obrero agrícola en el caso del cultivo intensivo. Esto explica por qué el
rendimiento del cultivo de cereales es mayor en Europa que en Estados Unidos, a
pesar de ser más alta la productividad en el suelo norteamericano. Esto explica
también por qué se ha podido documentar que en las antiguas sociedades poco
afectadas por la colonización, como puede encontrarse en frica o en América Latina,
existían altos rendimientos agrícolas y graneros llenos, con una población
rural de alta densidad y, por ende, una baja productividad. Con la industrialización,
en los espacios de cultivo intensivo, el rendimiento fue supeditado al
principio de productividad mediante el uso masivo de fertilizantes químicos
vertidos por máquinas. La productividad se tornó en el motor de la
rentabilidad. Sintetizando todo lo escrito sobre el tema, puede argumentarse
que la sustitución del principio básico de rendimiento por el de productividad
contribuyó a desmantelar la agricultura campesina y las sociedades rurales. Muy
a menudo, este proceso desembocó en la destrucción de la tierra como riqueza
natural, causó una considerable erosión del suelo, dio origen al éxodo rural y
al desempleo, echó a perder los abonos naturales, contaminó al medio ambiente
(…)” (Chartier, 1996, pp. 32-35, traducción nuestra).
Estas observaciones remiten a una
conocida oposición entre, por un lado, la agricultura campesina, difundida
predominantemente –aunque no exclusivamente– en las sociedades tradicionales, y
por otro la agricultura moderna, “industrialista” o “productivista”, descrita
como típica de las sociedades capitalistas regidas por la acumulación
indefinida y la lucratividad. En el primer tipo de agricultura, prevalecería el
principio de rendimiento, esto es la cantidad de unidades producidas con
relación a la superficie cultivada, mientras que en la segunda imperaría la
regla de la productividad, o sea la cantidad producida dividida por el número
de trabajadores o de horas laborales. Subyacente a esta dualidad es la
siguiente tesis: priorizar el objetivo del rendimiento permitiría prevenir el
surgimiento de una actividad agraria de tipo “industrial”, entregada a los
abusos del productivismo.
No cabe duda de lo bien intencionado
del planteamiento anterior, pero no convence del todo pues descansa en una
importante falla teórica. El texto argumenta que puede haber un bajo
rendimiento a la par que una buena productividad, lo cual puede admitirse sin
dificultad. En cambio, es mucho más controvertible insinuar que el rendimiento
“nada tiene que ver” con la productividad del trabajo per cápita o por hora. De
hecho, existe una vinculación importante entre ambas nociones, siendo
claramente la maximización del rendimiento un camino privilegiado para
incrementar la productividad (es el sistema de la agricultura intensiva). La
otra vía, complementaria de la primera, consiste obviamente en ampliar la superficie
cultivada, opción que, eventualmente, puede llevar al modo de producir de tipo
extensivo. No obstante, es preciso reparar en el hecho esencial de que en ambos
casos se trata de maximizar la cantidad producida (léase el numerador de
la fracción que define la productividad), de manera que, salvo contadas
excepciones (específicamente las explotaciones donde se da un fuerte
crecimiento de la mano de obra), buscar el incremento del rendimiento y buscar
el de la productividad son dos objetivos que van de la mano. Ello permite
inferir que la focalización en el “principio fundamental de rendimiento” no
constituye un freno natural a la modernización a ultranza de la agricultura y
al productivismo, sino que, por el contrario, propicia esta tendencia
evolutiva. Por lo demás, no es casualidad si tanto en Europa como en otras
partes del mundo las empresas agrarias empeñadas en aumentar el rendimiento por
hectárea –es decir dedicadas al cultivo intensivo– se encaminen muchas veces
hacia el productivismo denunciado, entregándose al uso masivo e irrestricto de
fertilizantes, productos fitosanitarios y maquinaria agrícola.
A estas alturas se puede objetar, en
referencia a hechos mencionados en la cita, que en diversas civilizaciones
antiguas como la Europa de la Edad Media o los imperios precolombinos de
América Latina, así como, en la actualidad, en muchas sociedades tradicionales
del Sur, existen o existieron actividades agrarias caracterizadas por niveles
de rendimiento bastante altos, pero que no por ello han desembocado en un
productivismo desenfrenado. El reparo sin duda tiene validez. Sin embargo, no
puede verse en él un contraejemplo por cuanto la especificidad de las
sociedades aludidas reside precisamente en el hecho de que no organizan primordialmente
sus faenas y demás actividades con arreglo a un principio de rendimiento –ni,
con mayor razón, de productividad–, aun cuando en muchos casos no les sea ajeno
este parámetro. Prevalecen otras inquietudes, valores o pautas internalizadas,
como la perpetuación del orden comunitario vigente o la participación en
determinados intercambios simbólicos con la Tierra[8].
La “irrupción del capitalismo” ciertamente acarrea profundos trastornos en las
sociedades tradicionales, pero se estaría equivocado si se asumiera que el
cambio consiste esencialmente en la sustitución del principio de rendimiento
por el de productividad. Lo que sí produce en la (sub-)conciencia y las
prácticas colectivas es la paulatina conformación y sistematización del
principio de “eficiencia económica”; propicia el surgimiento de un constante
afán por la racionalización material, expresándose ésta sea en la modalidad del
rendimiento, sea en la de la productividad. Dicho de otro modo, la cultura moderna/capitalista
transforma la “cosmovisión” imperante (el sistema de representaciones y de
relaciones con la realidad). Para las sociedades concernidas, se gesta un nuevo
modo de percibir la propia existencia y la actividad agraria; gradualmente, los
sujetos adquieren otra visión de sí mismos y del mundo rural circundante, una
visión en que los conceptos y las significaciones económicas juegan un papel
central.
En resumen, lo que se
desprende de los diversos casos analizados a lo largo del presente artículo es
que, más allá de las variaciones de un
autor a otro, el discurso referente al desarrollo alternativo se organiza de
tal modo que tiende a socavar sus propios fundamentos. Y hasta se podría
aventurar que retoma solapadamente los conceptos que rechaza explícitamente,
toda vez que se ortogue a dichos conceptos una acepción algo distinta y más
radical de la usual. Eso vale para el “productivismo”, censurado en tanto
búsqueda desenfrenada del aumento de los rendimientos, pero omnipresente si lo
entendemos como saturación del imaginario por la categoría producción. Otro
tanto sucede el “utilitarismo”, reprobado como propensión al cálculo egoísta de
las ganancias y pérdidas, pero aplicado en cuanto reducción de cualquier cosa a
una substancia única: lo útil. Lo mismo ocurre con el “racionalismo” y el
“materialismo”, denunciados por inducir un deslizamiento hacia el primado del
cálculo y lo cuantitativo, pero lógicamente preservados en un discurso que
naturaliza lo económico y lo instituye como dispositivo lógico autónomo y
modelo de comprensión de toda experiencia humana.
Lo anterior no significa,
claro está, que los proyectos de desarrollo alternativo estén desprovistos de
virtudes críticas. Significa que, en último término, éstos se quedan
bajo la estela del sistema imperante, de sus mitos, paradigmas y presupuestos.
El desarrollo alternativo no se gesta alrededor de un eje inédito, no origina
realmente un nuevo horizonte de pensamiento y acción.
Conclusión
¿Qué balance puede sacarse
de todo lo anterior? Recordamos antes que nada (y tanto más que sólo se aludió
de manera escueta a este aspecto) que debe reconocerse notables cualidades a
las teorías y los proyectos de desarrollo alternativo: unos análisis
estimuladores de la reflexión, una labor crítica legítima (si bien no siempre
totalmente acertada), la formulación de algunas hipótesis novedosas… Pero ello
no impide que, a nuestro juicio, no se deba adherirse sin más a esas
propuestas. Tanto en lo práctico como en lo teórico, los proyectos de
desarrollo alternativo revisten demasiadas ambigüedades y complicidades
involuntarias como para que uno deje de guardar las distancias. Desde
una perspectiva global, el ideario propio del desarrollo alternativo no
consigue convencer plenamente; y, lo que es peor, hay razones para sospechar
que revitaliza a fin de cuentas lo que supuestamente critica, esto es la lógica
fundamental del sistema socioeconómico dominante. En tanto ensayo de
pensamiento novedoso, incursión en el substrato filosófico de la modernidad, la
sensibilidad humanista crítica podía plantearse como desafío ante el paradigma
del desarrollo, como apertura irrestricta al pluralismo de la realidad,
rompiendo con cualquier forma de monoculturalismo. Pero por falta de autoexamen
de conciencia, se encamina finalmente por un sendero muy distinto.
La emergencia en Latinoamérica de
una tradición de reflexión sobre el tema del desarrollo alternativo puede
considerarse con razón como un hito importante y halagüeño en la evolución del pensamiento
social. Pero al dejar cada día más al descubierto sus insuficiencias y
paradojas, dicha reflexión parece invitarnos ahora a obrar por su propia
superación, por la auténtica apertura a ese más allá social al cual quiere
convocarnos.
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Fleuve, pp. 5-30.
[1] El
hecho de que aparezca este aspecto “pedagógico” no es sorprendente, pues son
muchos los análisis adscritos a la posición “alternativa” que recalcan la vital
importancia del tema educativo. A modo de ejemplo, un grupo de estudiosos de la
cuestión del desarrollo regional solidario explicaba: “El primer desafío
consiste en generar las condiciones en materia de educación para el desarrollo
de una cultura asociativa capaz de sustentar una economía social integrada en
el mercado bajo las formas autónomas y duraderas. Se trata de generar una
cultura de la cooperación y solidaridad, que supere el individualismo y que se
funde en la educación [de los niños, jóvenes y adultos]” (Donovan,
Williamson y Díaz, 2000, p. 9).
[2] Véase, entre
otros muchos ejemplos, el trabajo de apoyo crediticio a microempresarios que
viene efectuando desde hace muchos años la Cooperativa de Ahorro y Crédito
Liberación, presente en varias ciudades chilenas (Klenner y Del Pino, 1993).
[3] Entrevista con el
director de la ONG SER (Concepción,
Chile), mayo de 1995.
[4] Es evidente que
siempre existe cierto desfase entre los escritos teóricos, a menudo muy
ambiciosos, y las intervenciones y objetivos concretos de las ONGs
solidaristas. Sin embargo, no parece ilegítimo cotejar el accionar de las
mismas con los planteamientos y las reflexiones generales (la “economía de
solidaridad”, el “desarrollo a escala humana”…) de los seguidores de la línea
alternativa, dado que en buen número de casos estas ideas conforman
explícitamente una fuente de inspiración básica para dichas entidades. Por si
acaso quedaran dudas, baste recordar que la presentación del ensayo Los
caminos de la economía de solidaridad (Razeto, 1993a) fue redactada por
Josefina Errázuriz, presidenta de la Fundación Trabajo para un Hermano, quien
señalaba: “Nos reconocemos, pues, caminando –junto con otras instituciones,
grupos y personas que despliegan experiencias e iniciativas similares y complementarias
a la nuestra–, por varios de los senderos de que nos habla este libro”
(p. 7).
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