Encuentro Internacional de
Pensamiento Comunitarista
Paipa, Colombia, Julio de 2006
Dr. Pablo Guerra[1]
Uno de los ejes básicos de la
reflexión comunitarista tiene que ver con la necesidad de encontrar un balance
adecuado entre tres elementos constituyentes de nuestras sociedades, esto es,
el estado, la comunidad y el mercado. En ese sentido, el pensamiento
comunitarista se entronca con ciertas elaboraciones fundamentales en América
Latina, que en materia teórica se conocen como enfoque de la economía
solidaria, de la socioeconomía solidaria, o incluso en términos más
académicos, teoría comprensiva de la
economía[2].
En ambos casos, tanto el
comunitarismo, como la socioeconomía, así como el enfoque teórico de la
economía de la solidaridad, comparten ciertos presupuestos que podríamos
adscribir al paradigma del pensamiento complejo, en este caso, con respecto a
las especiales, amplias y diferentes articulaciones posibles entre la esfera de
lo social y de lo económico.
En tal sentido, nuestro enfoque
de estos diversos paradigmas, que desde siempre hemos intentado integrar y
articular para el caso específico latinoamericano[3], intenta hacer frente, por ejemplo, a la
simplista distinción entre el papel del estado y el papel del mercado en
nuestras economías, un enfoque que como se comprenderá tiene muchos seguidores
en el campo teórico y político latinoamericano. Esta particular y simplista
mirada de un fenómeno en sí complejo, sigue insistiendo en una falsa dicotomía
que estaría agrupando por un lado, a partidarios de uno de los polos en el
paradigma socialista – estatista, y por otro lado, en el polo contrario, a los
partidarios del paradigma capitalista – neoliberal. Desde nuestra visión esta
polarización (muy extendida en plena guerra fría y lamentablemente presente con
mucha fuerza en el esquema latinoamericano) no solo es perjudicial desde el
punto de vista político, sino además, absolutamente carente de bases desde el
punto de vista teórico y científico.
También desde el paradigma del
simplismo, se insiste en que la empresa es la unidad económica fundamental del
capitalismo, y por lo tanto su misión no es otra que garantizar el máximo de utilidades posible a quien la dota de
capital. Con esta visión tan estrecha como lamentablemente extendida, solemos
dejar de lado las diversas racionalidades y lógicas operativas que tienen lugar
en el panorama empresarial contemporáneo, e incluso algunas prácticas concretas
que no pueden analizarse desde tales posiciones.
En esta ponencia intentaremos
demostrar cómo desde el pensamiento comunitarista, desde la socioeconomía, y
desde el enfoque teórico de la economía solidaria, es necesario construir
categorías analíticas complejas para dar cuenta de nuestras realidades, y de paso
potenciar las capacidades del entorno para avanzar hacia una buena sociedad, y
un desarrollo integral. Nos detendremos en tal sentido, en la teoría de los
sectores económicos y de los mercados determinados, por un lado, y en la teoría
de empresas por otro.
1.
La falsa dicotomía estado vs.
mercado y la emergencia de la comunidad.
Primero David Ricardo y luego
Antonio Gramsci, hicieron referencia al concepto de “mercado determinado” para
hacer referencia “al conjunto de las actividades económicas concretas de una
forma social determinada” teniendo en cuenta además, siempre según Gramsci, que
“un determinado momento histórico-social no es nunca homogéneo, sino, por el
contrario, rico en contradicciones”[4].
En concreto, podemos encontrar entre tanta riqueza de contradicciones (agentes,
racionalidades, instrumentos operando en el mercado determinado), tres tipos de
comportamientos predominantes a lo largo de nuestra historia económica. Polanyi
los identificaba como el principio de la reciprocidad, el principio de la
redistribución (no asociados primariamente a la esfera de lo económico, sino de
lo social)[5],
seguido del principio de intercambio, esto es, el trueque, permuta y cambio,
principio que para su eficacia depende de la estructura del mercado, lo que no ocurre
con los demás.
Digamos en primer término que la
mayor parte de las civilizaciones humanas
basaron la producción y distribución de sus bienes en torno a los dos
primeros principios, esto es, se organizaron económicamente en torno a la
reciprocidad y a la redistribución, desconociendo la práctica de los mercados.
Me remito para ello a los análisis de antropología cultural y la antropología
económica. Entre los guaraníes, por ejemplo, la reciprocidad era entendida como
yopoi, un término que significa algo
así como “manos abiertas”, esto es, un gesto universal que significa compartir
lo que se tiene. La mayor parte de los bienes y servicios entre los guaraníes
se distribuían conforme a ese patrón de integración social. También existía la
práctica del Ñemu (intercambio) pero
reservado excepcionalmente al relacionamiento con extraños. Tanta importancia
asignaban los guaraníes a la reciprocidad, que quienes se negaran a esta
práctica eran pasibles de ser sancionados con la conducta del Tepy (venganza), que consistía ni más ni
menos que en prácticas de antropofagia que se celebraban en fiestas
comunitarias donde todos participaban con especial algarabía[6].
Ciertamente que los Jesuítas cambiaron esta última norma social cuando
comenzaron a desarrollar su conocida experiencia de las Misiones. Nótese como
el mercado no tiene aquí ninguna función precisa. Por lo demás, allí donde el
mercado comienza a operar, lo hace en primer término como mero lugar físico de
reunión para efectuar transacciones, pero siempre en un cuadro muy ordenado y
regulado (Los códices aztecas son ilustrativos de la regulación que existía en
el célebre mercado de Tenochtitlán que tanto asombro provocara a Cortés y los
suyos). Distinto es el concepto de “mercado como sistema”, más propio de nuestros tiempos, que en el marco de la ley
de oferta y demanda, termina por controlar los mecanismos económicos por medio
de instituciones separadas de la regulación social, comenzando por lo tanto un
período histórico donde la sociedad queda subsumida a lo económico (embedded economy). El paso de los
mercados aislados a la economía mercantil, y de los mercados regulados al
mercado autoregulado, va configurando el comportamiento más propio de nuestra
contemporaneidad, cosa que comienza a operarse con fuerza a partir de la
revolución industrial. La “economía moral de la multitud” de la que nos hablaba
Paul Thompson, da lugar a un modelo donde, según las enseñanzas de Adam Smith y
otros autores del Siglo XVII y XVIII, la moral y la ética nada tienen que aportar.
Pues bien, siguiendo ese esquema
inicial de Polanyi, hoy podríamos hablar de un mercado determinado donde operan
muchas lógicas distintas que podemos agrupar en tres grandes sectores: el
sector privado capitalista (o sector de los intercambios, siendo su motivo
fundamental la maximización de utilidades), el sector público estatal (o sector
redistributivo, siendo su motivo fundamental la consecución de fines primarios
y secundarios) y el sector de la economía solidaria (o sector de la
reciprocidad o cooperación, siendo su motivo principal la satisfacción de
plurales necesidades humanas).
Detengámonos brevemente en la
construcción analítica de tres sectores. La misma surge del cruzamiento de
estos principios de Polanyi, que en otros términos podríamos denominar
relaciones económicas[7]
con el tipo de factor económico que prima en las unidades productivas. Es así,
por ejemplo, que el capital suele primar en las relaciones de intercambio; la
Administración suele primar en las relaciones de redistribución; y el factor
solidario (factor C al decir de Razeto) suele primar en las relaciones de
cooperación y reciprocidad (lo mismo ocurre frecuentemente con el factor
trabajo). A su vez, cada uno de estos sectores presenta nexos muy evidentes con
las formas de propiedad dominantes. Es así que el capital tiende hacia formas
de propiedad individual, el Estado tiende hacia formas de propiedad colectiva,
y el factor C hacia formas de propiedad comunitaria. Finalmente, cada sector
corresponde a un particular tipo de racionalidad económica, como se desprende
del siguiente cuadro:
|
SECTOR |
FACTOR principal |
RELACION ECONOMICA |
TIPO DE PROPIEDAD |
RACIONALIDAD |
|
Sector de Intercambios |
Capital |
Intercambio |
Individual |
Individualista |
|
Sector Regulado |
Administración |
Redistribución |
Estatal |
Burocrática |
|
Sector Solidario |
Factor C / trabajo asociado |
Reciprocidad |
Comunitaria |
Solidaria |
Como veremos más adelante, este
cuadro solo representa tipos ideales, y no significa por lo tanto que no
reconozcamos la existencia de unidades económicas con comportamientos,
factores, relaciones económicas y tipos de propiedad correspondientes a
distintos sectores.
Nótese cómo desde esta
particular concepción, ya no tiene
sentido discutir si necesitamos más o menos mercado. En realidad, deberíamos
centrar la discusión acerca de qué tipo de mercado determinado queremos. De
acuerdo a nuestras concepciones, un mercado democrático y justo es aquel donde
cada sector pueda actuar libremente, con su propia lógica, potenciando sus
capacidades con cierto equilibrio en aras del bien común.
Ciertamente que nuestros
mercados determinados están muy lejos del paradigma de mercado democrático y
justo. La existencia de unos pocos millonarios que suman más ingresos que
millones de empobrecidos, la existencia de emprendimientos muy rentables desde
el puro economicismo (en realidad “crematística”, al decir de Aristóteles) pero
absolutamente letales desde el punto de vista social y ambiental, las enormes
dificultades para generar trabajo con tantas necesidades insatisfechas, son a
nuestro criterio, indicadores de un modelo económico falto de democracia y de
justicia, y por lo tanto muy alejado del sueño comunitario de una buena
sociedad.
La emergencia de la comunidad
con sus valores de reciprocidad, ayuda mutua y solidaridad, en los procesos
económicos, y con una lectura crítica acerca de las lógicas hegemónicas de
hacer economía, ha sido uno de los hechos sociológicos más significativos de
los últimos tiempos. Justamente estas experiencias comunitarias muy variadas,
pero transformadoras de la realidad, deberían tener un mayor peso en los
mercados determinados para avanzar hacia el paradigma del mercado democrático y
justo, y por esa vía avanzar también
hacia un desarrollo integral.
El equilibrio comunitarista en
materia económica, entonces, como ya se han referido varios autores, entre
quienes sin duda Etzioni, implicará en algunos casos mayor protagonismo del
estado, en otros mayor protagonismo del sector privado capitalista, y en otros,
un mayor protagonismo del sector solidario. Hoy al menos para el caso
latinoamericano, luego de un proceso donde el sector privado capitalista le ha
ganado terreno al estado, favorecido por el avance neoliberal de la mano del
mal llamado consenso de Washington, se hace imprescindible un mayor
protagonismo estatal en materia redistributiva, así como un mayor peso de las
economías solidarias en materias productivas.
Digamos también, que en la
realidad, los tres sectores señalados, no actúan de forma cerrada, sino que
están en permanente interacción. Esto implica, por un lado, que existan canales
o vínculos de mutua dependencia entre estado, sector privado y sector
solidario. Por otro lado implica que existan en los hechos múltiples
experiencias híbridas, que recogen elementos de más de uno de los sectores en
cuestión. Sobre esto nos explayaremos en el siguiente punto.
2.
La diversidad empresarial y los
casos híbridos
Tanto las ciencias económicas
tradicionales como la sociología de las organizaciones suelen partir de un
concepto sesgado de la realidad empresarial. Desde el enfoque organizacional se
denomina habitualmente empresa a una organización compleja que tiene como
objetivo la maximización de utilidades y que se estructuran verticalmente en
torno a dos grupos: un grupo llamado superior, que es el que toma las
decisiones, y un grupo inferior que es el que recibe las órdenes, de tal manera
que la única posibilidad de colaboración reside en el cálculo racional que hace
el segundo para aceptar la propuesta de incentivo económico que hace el primero,
básicamente bajo la fórmula de un contrato salarial.
La teoría económica
convencional, por su lado, suele distinguir en el mercado dos grandes agentes:
por un lado las empresas (que producen) y por otro lado las familias (que
consumen). Las empresas a su vez se definen básicamente como unidades de
capital que contratan trabajo y otros factores productivos, para generar
mercancías con ánimo de maximizar sus utilidades.
En realidad, no todas las
empresas se comportan de acuerdo a las definiciones más clásicas. A saber: no
todas las empresas tienen grupos inferiores y grupos superiores, no todas se
estructuran verticalmente, no todas basan la motivación para colaborar por
parte de sus trabajadores en el salario, no todas generan mercancías con ánimo
de lucro, no todas persiguen la maximización de sus utilidades. Desde un punto
de vista más amplio, ni todas las empresas son meramente productivas, ni todas
las familias son meramente consumidoras.
Es así entonces que debemos
privilegiar una teoría empresarial que de cuenta de la diversidad de nuestros
mercados determinados.
Desde nuestra visión, una
empresa es una unidad integrada de funciones que utiliza determinada
combinación de factores para producir de manera racional un bien o servicio.
Por ahora contentémonos con esta definición lo bastante amplia como para
incluir diferentes tipos de empresas. Luego veremos como cada subtipo incluye
otras características que les son fundamentales.
De acuerdo al esquema
anteriormente citado donde se exponen tres grandes sectores de la
economía, podemos distinguir en primer
término a las empresas capitalistas, de las empresas públicas, y las empresas
solidarias. Cuando las ciencias económicas y los estudios organizacionales
definen a las empresas, por lo general, están haciendo referencia a las
empresas capitalistas, pero nos deja sin mayores elementos para comprender
cabalmente a las empresas públicas y a las empresas del sector solidario.
Es así por ejemplo, que las
empresas del sector solidario rara vez incluyen un grupo superior y otro
inferior. Por lo general, son los propios trabajadores quienes autogestionan
todas las funciones, distribuyéndose los roles de manera democrática. Raramente
construyen relaciones piramidales. Por lo general predomina un estilo gerencial
democrático en la toma de decisiones, lo que a su vez legitima socialmente la
construcción de distintos grados de jerarquía, sobre todo en organizaciones
complejas. El factor organizador suele ser el factor C o el trabajo, y no el
capital, que pasa a ser en los hechos uno de los tantos factores subordinados.
Las relaciones económicas que priman a su interior son las de cooperación,
ayuda mutua y reciprocidad. Las relaciones de intercambio suelen ser aplicadas
en su vinculación con el resto del sistema (por ejemplo, vendiendo su
producción en el mercado). Sin embargo, el sector solidario también está
integrado por empresas que no privilegian el intercambio a la hora de colocar
sus bienes y servicios en el mercado. Finalmente, la particular racionalidad
del sector, lleva a que muchas empresas de la economía solidaria no persigan la
maximización de sus utilidades, sino que suelen realizar un cálculo racional
donde se contempla la satisfacción de una pluralidad de necesidades humanas,
donde las necesidades materiales, si bien importantes, lo son tanto como las
necesidades espirituales, de convivencia, de participación comunitaria, de
saber que se hace lo correcto, que se está sirviendo a determinados valores,
etc. Incluso el mismo concepto de beneficio o utilidad económica (ya no
maximización de utilidades) suele ser controvertido en muchos casos: numerosas
organizaciones de la economía solidaria se contentan con “empatar” sus números,
sabedores que hay otros intereses más allá de los materiales.
Como se comprenderá, el sector
de la economía solidaria se ha nutrido en los últimos años de una tendencia
sociológica crítica con respecto a los modelos de desarrollo imperantes, que
hacen hincapié en el crecimiento económico desconociendo las otras dimensiones
necesarias del verdadero desarrollo humano, esto es, aquellos aspectos
materiales e inmateriales que hacen a la mejora de la calidad de vida de la
gente (“de todo el hombre y de todos los hombres” como gustaba decir Lebret).
Es así que cierta racionalidad alternativa en materia económica ha llevado al
surgimiento y desarrollo de distintas conductas y nuevos movimientos sociales
en el marco de conceptos generales como
el ecologismo, el comunitarismo, la calidad de vida, etc. Citemos, por
ejemplo, el movimiento que en Europa se conoce como “la otra economía”, o la
producción biológica, las finanzas solidarias, los bancos éticos, el consumo
responsable, el comercio justo, el software libre, la austeridad voluntaria,
el slow food, el elogio a la lentitud,
lo pequeño es hermoso, los clubes de trueque, las monedas sociales, la
revalorización de las comunidades nativas, las culturas económicas locales y de
cada etnia y pueblo, las empresas recuperadas por trabajadores, las
cooperativas de construcción por ayuda mutua, el presupuesto participativo en
municipios, la economía de comunidades, etc. Quizá el slogan del Foro Social
Mundial: “otro mundo es posible”, y su referencia específica a lo económico que
popularizaran las redes de economía solidaria: “otra economía es posible”
sintetice este particular y dinámico estado de ánimo que nace justamente desde
la sociedad civil, desde las comunidades que reaccionan activamente en procura
de un mundo más humano.
Y justamente aquí es donde
pueden observarse particulares indicadores de hibridación[8].
Por un lado, muchas de estas corrientes alternativas, cuando activan sus
capacidades económicas, pasan a utilizar recursos e instrumentos antes
reservados al mundo clásico de las empresas capitalistas, y de la misma manera,
numerosas empresas del sector privado capitalista, comienzan a utilizar
instrumentos, acciones, e incluso lenguajes antes más propios de las
organizaciones comunitarias o del sector de las economías solidarias. Ejemplo
de lo primero lo tenemos con el uso cada vez mayor que las empresas de economía
solidaria hacen de ciertas estrategias de marketing, o el uso de ciertas
herramientas de logística. La segunda tendencia por su parte, está muy presente
tanto en el uso que algunas empresas capitalistas están haciendo del comercio
justo, que ha abierto una de las polémicas más interesantes y actuales dentro
del movimiento alternativo; como con respecto a la nueva oleada de la
responsabilidad social de las empresas.
Veamos esos casos.
El concepto de responsabilidad
social de las empresas, o responsabilidad social corporativa, justamente se
inscribe en el marco de las profundas transformaciones éticas del
comportamiento humano en el plano económico de los últimos años. En este caso,
hay a nuestro criterio, una diferencia muy clara con respecto a otras oleadas
manageriales como las ocurridas desde el surgimiento de la escuela de las
relaciones humanas en los años treinta, con el desarrollo de las teoría de las
motivaciones a partir de los años cuarenta, de las elaboraciones de la
corriente sociotécnica en los cincuenta, o de la gestión social de las empresas
en los años setenta, hasta llegar a los programas de calidad en los ochenta y
noventa. En estos casos el empresario buscaba fórmulas más eficaces de
producción donde, a diferencia del
pensamiento managerial clásico de corte taylorista, tal eficiencia venía de la
mano con un enfoque más humanista, pero siempre con el objetivo de mejorar las
performances empresariales. Probablemente el único movimiento de gestión
empresarial que dejaba los aspectos productivos en un segundo plano, para
elevar en primer lugar los objetivos de carácter social, haya sido luego de la
II Guerra Mundial, el movimiento de la “democracia industrial”. Aún así es
claro que salvo excepciones, no fue éste un movimiento que abrazaran con
especial cariño los empresarios de la época, sino que fue fundamentalmente
promovido desde el sistema político, apoyado en legislaciones específicas sobre
cogestión. Otro antecedente cercano de la responsabilidad social empresarial,
lo tenemos con el enfoque de la gestión participativa. Aquí, es claro que
muchos empresarios optaron por su inclusión habida cuenta de sus bondades para
elevar la productividad de las empresas. Otros sin embargo, lo hicieron
convencidos que estaban dando un paso fundamental para avanzar hacia el
concepto de la empresa como comunidad. En Uruguay, por ejemplo, la primera
práctica importante de gestión participativa ocurrió en los años setenta, en
una fábrica textil, luego que sus impulsores, inspirados en las enseñanzas
del Magisterio Social de la Iglesia, y
en particular del sacerdote belga
Cardijn, se decidieran a poner en práctica un modelo de empresa donde
los trabajadores pudieran participar tanto en la gestión como en sus utilidades[9]. En EUA, por su parte, el enfoque del “shared
capitalism” o “democratic capitalism”
han ido en el mismo sentido, esto es, intentando búsquedas de modelos
empresariales más integrales, y menos predispuestos a compartir las
características habitualmente atribuibles al grueso de las empresas del sector
capitalista. No cabe duda, que tal tipo de búsqueda no es propia de estas
últimas generaciones de empresarios. Y es que el Siglo XIX también supo de una
búsqueda permanente por parte de muchos empresarios, por encontrar la fórmula
empresarial que pudiera garantizar las utilidades al mismo tiempo que la mejora
en la calidad de vida de sus trabajadores. El de mayor notoriedad sin duda fue
Roberto Owen, cuyas empresas, desde New Lamark hasta la comunidad de New
Harmony, reflejaron la intensidad con la que vivió y soñó cada uno de sus
diversos emprendimientos. Ya entrado el Siglo XX, la doctrina social de la
Iglesia contribuiría a desarrollar un concepto personalista y comunitario de
empresa. Decía Juan Pablo II en su Centesimus Annus: “La empresa no puede
considerarse únicamente como una ´sociedad de capitales´; es al mismo tiempo,
una ´sociedad de personas´, en la que entran a formar parte de manera diversa y
con responsabilidades específicas los que aportan el capital necesario para su
actividad y los que colaboran con su trabajo” (No. 83). El Compendio de la
Doctrina Social de la Iglesia, subraya el rol que en ese sentido han tenido
“las empresas cooperativas, de la pequeña y mediana empresa, de las empresas
artesanales y de las agrícolas de dimensiones familiares”[10].
Pues bien, el concepto de
responsabilidad social de las empresas lo inscribo por lo tanto, en uno de esos
escasos enfoques empresariales que ponen primero su mirada en la dimensión social
antes que en su dimensión económica,
aunque sin descuidar esta última[11].
Si bien el concepto recoge antecedentes en la literatura empresarial de los
años sesenta[12], comienza a
manifestarse con fuerza recién en estos últimos años, luego de manifestarse al
interior de la teoría empresarial esta particular imbricación de la que
hablábamos supra, entre las racionalidades e instrumentos propios de cada uno
de los sectores de la economía[13].
Nótese que en los setenta, Milton Friedman fue lapidario al manifestar que la
única responsabilidad social de las empresas era asegurar un beneficio a sus
accionistas. Estas posiciones neoliberales siguen presentes en las prácticas de
muchas empresas y en el discurso de muchos intelectuales. El Presidente de la
fundación Competitive Enterprise Institute, por ejemplo, cree que la
responsabilidad social de las empresas en un ardid de ex socialistas que no
tienen en cuenta que la eficiencia capitalista no puede juntarse con la
justicia social, por el simple hecho de que no hay “suficientes Madres Teresas”
en el mercado, sino básicamente extraños, y por lo tanto sentencia que “el
comunitarismo no es suficiente para organizar una sociedad moderna”. Continúa
Fred Smith: “Una empresa no se funda
para resolver los problemas del mundo. Su formato distingue a un grupo de
personas como accionistas –los que aportan el capital- de todas las demás. La
empresa contrata gerentes para administrar el capital en beneficio de los
accionistas /.../ No tomar eso en cuenta y pretender que su empresa es mi empresa
nos conduce al colectivismo, lo cual socava las bases de la sociedad moderna y
amenaza con devolvernos a un pasado tribal”[14].
Nuestra posición, como podrá
comprenderse, antagoniza con la que acabamos de exponer. Ahora bien, si
realmente consideramos a la RSE como un fenómeno social de imbricación,
entonces deberíamos descartar las definiciones que hacen hincapié en la mera
“visión de negocios”, para vincularlo más bien a una estrategia empresarial
que, para utilizar un término muy usual en el campo empresarial, podríamos
vincular al concepto de filantropía empresarial, entendida ésta como un enfoque
filosófico que orienta acciones
concretas por parte de las empresas, mediante el aporte de recursos, con el fin
de colaborar en determinadas causas sociales, en el marco de una serie de
valores determinados, y sin ánimo de obtener retornos económicos. La RSE en tal
sentido, debería desmarcarse del concepto de marketing social, entendido éste
como un conjunto de acciones o programas de apoyo a causas sociales que la
empresa aplica con la intención manifiesta de generar un retorno[15].
No es justificable, desde nuestra posición comunitarista, aquellas
elaboraciones empresariales que hacen hincapié en la RSE como una visión de
negocios lucrativa. Eslóganes como “la RSE paga” o “ser responsable es
redituable”, suenan demasiado utilitaristas y olvidan que la puesta en práctica
de valores morales en la economía, desde nuestro paradigma[16], no persigue fines utilitaristas (más
vinculados a la racionalidad del homo
oeconomicus), sino fines solidarios. Un empresario debería instrumentar la
RSE porque éste es un enfoque correcto y noble. Lamentablemente ciertas
empresas y empresarios no lo hacen de esa manera, y solo pretenden sumarse a
una nueva oleada managerial, pensando sólo en términos de imagen y
reputación.
El comercio justo y las
empresas multinacionales.
Un periplo diferente, aunque
pertinente con muestro enfoque, es el que ha recorrido el concepto de comercio
justo. Como se sabe, la corriente de comercio justo nace en los años sesenta en
Europa para contribuir a corregir los mecanismos inequitativos del comercio
internacional, generados por multinacionales que compraban materias primas en
el sur al precio más bajo posible. Es así que surgen una serie de estrategias
comerciales entre diversas ONGs. europeas con productores del tercer mundo,
básicamente pequeñas empresas o cooperativas, dando inicio a un sistema de
comercio alternativo que desde entonces está en permanente crecimiento. Quien
visita una Tienda de Comercio Justo en cualquier país del mundo, encontrará
entonces una amplia gama de productos elaborados conforme determinadas pautas y
principios éticos. Justamente el crecimiento de este fenómeno condujo a la
creación de una Asociación Internacional de Comercio Alternativo (IFAT) así
como una entidad internacional encargada de etiquetar conforme esas pautas
(International Labelling Organization). Un producto etiquetado como
perteneciente al comercio justo, abre numerosas puertas, y se vuelve atractivo
ante un consumidor cada vez más consciente de su rol orientador en el mercado.
El primer producto etiquetado fue el café holandés “Max Havelaar” en 1989, y
desde entonces nacieron varias iniciativas que terminaron coordinando en la
FLO. Pues bien, el problema surge
cuando Nestlé, una multinacional muy cuestionada por sus políticas
corporativas, pretende certificar uno de sus productos, lo que finalmente
termina ocurriendo. La polémica se abre y da lugar a varias lecturas.
Lo cierto es que Nestlé, como
empresa, ha sido una de las multinacionales más boicoteadas por sus prácticas
empresariales. Recientemente, por ejemplo, fue punto de mira de la campaña Baby Milk Action, que acusa a Nestlé de
haber desarrollado una fuerte ofensiva de publicidad en Africa para convencer
sobre la utilidad de su leche en polvo, que termina por enfermar a miles de
niños por la contaminación de las aguas propia de esos países. Es obvio que una
empresa con cientos de productos, debiera avanzar en prácticas corporativas consistentes,
pues de lo contrario la lectura más adecuada sobre la certificación de comercio
justo, es que solo pretende beneficiarse de un sello legitimado por sus
acciones humanitarias. O dicho de otra manera, la justicia de una empresa de
ninguna manera puede medirse por uno solo de sus productos, sino que debe
contemplar la política empresarial dirigida a todos sus stakeholders (lo mismo vale para el concepto de rsponsabilidad
social).
Sería deseable en tal sentido
que las multinacionales se aproximaran al comercio justo realmente motivadas
por la construcción de un mundo y una economía más justa y solidaria. Sería
deseable que las empresas avanzaran hacia la responsabilidad social, no como
mera limpieza de cutis, sino como una práctica que pusiera a la ética en el
centro de sus acciones. Cuando ello ocurra habremos dado pasos decisivos para
avanzar hacia mercados más democráticos y justos, y por lo tanto, hacia una
buena sociedad.
En resumen, creemos que
el comunitarismo ofrece desde estas perspectivas de la hibridación, numerosas
combinaciones posibles entre las lógicas del mercado de intercambios, del
estado, y del tercer sector. Debemos leer tales combinaciones, desde el
paradigma de la complejidad, reconociendo por lo tanto la necesidad de superar
las falsas dicotomías, en un esfuerzo por construir, imitando el delicado
talento de los grandes artistas, diferentes fórmulas que permitan justamente
hacer frente a los grandes desafíos en términos de equidad y sustentabilidad
que se abren en las puertas del Siglo XXI para la inmensa mayoría de la
humanidad.
[1] Uruguayo. Sociólogo. Profesor en la Universidad de la República. Coordinador de la Asociación Iberoamericana de Comunitarismo. Preside la Comisión de Economía Solidaria del Gobierno Departamental de Canelones, Uruguay.
[2] Al respecto Cfr. Razeto, L.: Desarrollo, Transformación y Perfeccionamiento de la Economía en el Tiempo, Santiago, Universidad Bolivariana, 2000.
[3] La obra “socioeconomía de la solidaridad. Una teoría para dar cuenta de las experiencias sociales y económicas alternativas” apunta en ese sentido. Cfr. Guerra, P.: Socioeconomía de la Solidaridad, Montevideo, Nordan, 2002.
[4] Cfr. Gramsci, A.: Antología, México, Biblioteca del Pensamiento Socialista, Siglo XXI, 1970.
[5] También hace mención al principio de la “administración doméstica”, consistente en la producción para uso propio. Cfr. Polanyi, K.: La Gran Transformación, México, Juan Pablos editor, 1975.
[6] Cfr. Bartolomeu Meliá: “La experiencia económica entre los guaraníes” en Seminario Internacional sobre Economía Solidaria y Comercio Justo, Asunción, Mayo de 2006.
[7] Por relaciones económicas entendemos aquellas que se establecen entre diversos sujetos económicos, cuando entre ellos fluyen o se transfieren bienes. Son por lo tanto, la principal categoría analítica de los procesos de circulación económica.
[8] Etzioni le llama “el arte de la combinación”: “Los bienes sociales se consiguen habitualmente mediante híbridos en los que dos o tres sectores aparecen juntos, creando organizaciones superiores a las que surgen de la actuación de un solo sector en solitario”. Cfr. Etzioni, A.: La Tercera Vía hacia una buena sociedad. Propuestas desde el comunitarismo, Madrid, Trotta, 2000.
[9] Sobre el caso de Sagrin y de su principal dirigente el Cr. Sapriza, Cfr.López, E.: En busca del alma de una empresa, Montevideo, Mosca Hnos., 1996. Sobre las fuentes humanistas de los programas de gestión participativa, Cfr. Guerra, P.: Gestión Participativa y Nuevas Relaciones Laborales en Empresas Uruguayas, Montevideo, FCU, 1996.
[10] Cfr. Pontificio Consejo Justicia y Paz: Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, Bs.As., CEA, 2005.
[11] Con esto no ignoro que muchos empresarios se suman a esta idea como si fuera una moda más, y la inscriben dentro de su concepción de marketing empresarial. Ahora bien, tal comportamiento parece ser ajeno a la filosofía que envuelve el concepto.
[12] Cfr. Bowen, H.: Social Responsabilities of the Businessman,
Harper & Brothers, NY, 1953; Drucker, P.: The practice of the management, Mercury Books, Londond, 1965;
Baver, R. And Fenn, D.: “What es a corporate social audit?”, Harvard Business
Review, 1972.
[13] Jugó un papel central en tal sentido, tanto el llamado de Kofi Annan en el Foro Económico de Davos de 1999 (preámbulo del Pacto Mundial de las Naciones Unidas), como la apuesta de la Comisión de la Unión Europea en el Libro Verde de 2001, donde se invitaba a las empresas a realizar un balance económico, social y ambiental. Cfr. Cortina, A.: “Etica de la empresas. No solo responsabilidad social”, Revista Futuro No. 13, Madrid, 2006.
[14] Cfr. Smith, F.: “Sea bueno, produzca utilidades”, en www.aipenet.com/indice
[15] Al respecto, Cfr. Licandro, O.: “Las prácticas de RSE en Uruguay”, mimeo, Montevideo, UCU, 2006.
[16] Véase el concepto de “voz moral” en Etzioni. Cfr. Etzioni, A.: La nueva regla de oro, Barcelona, Paidos, 1999.