La economía de la solidaridad. O la vuelta de los valores sociales a la economía[1].
Dr. Pablo Guerra[2]
Introducción.
Desde los tiempos más remotos existieron movimientos de ideas, corrientes de pensamiento,
e incluso prácticas concretas a todos los niveles, que por sus características
se presentaban como críticas con respecto a ciertas diferencias sociales
inaceptables para los parámetros morales de cada época. Estos discursos, que
bien podríamos denominar proféticos, estuvieron siempre dispuestos a abrazar
las banderas de la igualdad y de la justicia social, poniendo el acento en la
forma y contenidos que adoptaban determinados mecanismos económicos y sociales
en sus respectivos marcos históricos, y proponiendo muchas veces, una utopía,
que como nos la describe Tomás Moro en su inigualable obra de 1516, no debe
confundirse con una quimera, sino que debe interpretarse como un proyecto tanto
cuestionador del statu quo como disparador de acciones que permitan dar pasos concretos para
alcanzarla.
Desde la tradición judeo – cristiana, por
ejemplo, adquieren especial relevancia los textos de Amós (S.VIII A.C.),
verdadero profeta de la justicia social, o su contemporáneo Isaías, con sendos
pasajes muy duros contra quienes “compraron el barrio poco a poco”, “juntan
campo a campo”, “dictan leyes injustas”, “despojan de sus derechos a los
pobres”, “venden al inocente por dinero” o “amontonan la rapiña y el fruto de
sus asaltos en sus palacios”.
Las tradiciones utópicas están igualmente
presentes en el Oriente: los escritos del Libro de los Ritos (Li Ji) donde se describe el período de
la Gran Unidad (datong), las ideas
del trabajo comunitario en los campos (jingtian)
de Mencio (S. IV AC); las semejanzas del paraíso cristiano con la descripción
del inicio de la humanidad que hace el taoismo de la mano de Zhuangzi, donde
“todo era virtud perfecta”; las reformas igualitarias de Wang An –shi; los
graneros comunes de Taiping, o la utopía de Tao Yuanming (S.IV DC) descrita en La fuente del jardín de los melocotoneros,
donde prevalece una atmósfera comunitaria, no hay necesidades insatisfechas y
no existe la guerra. En la tradición budista podemos citar el concepto de
fraternidad de la Dhamma, o el concepto de Lokka
Nibba de los birmanos, una especie de Nirvana realizado en este mundo. En
fin, desde el Islamismo tenemos figuras relevantes como Abu Dharr al-Ghiffari,
con sus duras críticas hacia la riqueza material.
Estas visiones, entonces, que desde luego
tienen correlatos en la Edad Media, en el Renacimiento (donde justamente nace
el concepto de utopía), y obviamente en la Modernidad, pasan a ser centrales en
el Siglo XIX con la irrupción de numerosas corrientes que deseaban un mundo
distinto al que estaba conformándose a partir de la Revolución Industrial. De
hecho, la entrada en escena de la doctrina social de la Iglesia con la
Encíclica Rerum Novarum de 1891 donde
se denuncia cómo “un número muy pequeño de opulentos y excesivamente ricos ha
impuesto sobre la multitud de los proletarios un yugo casi de esclavitud”, debe
ser entendida en este marco de profundo dinamismo social y de las ideas, así
como de profunda crítica al orden instalado, o como gustaba decir Mounier, del
“desorden establecido”.
Entrados en el Siglo XX, y luego de superar
la etapa de la Guerra Fría, donde caricaturesca y falsamente se pretendía
dividir al mundo entre adherentes del capitalismo y adherentes al socialismo,
algunos intelectuales llegaron a pensar que ya no había más nada que discutir:
la historia ha acabado con el desplome de los socialismos reales, las
ideologías se han vaciado, los metarrelatos han caído, y ya no queda sino un
camino por recorrer: el camino de una economía libre basada en los mecanismos
de mercado. Obviamente que quienes pensaban de esa manera lo hacían desde una
concepción ideológica determinada, y a su manera, tenían también una utopía en
sus manos. Más allá de esa discusión, sin embargo, lo cierto es que la caída de
los socialismos reales no le dio al capitalismo la carta del triunfo, y contra
toda profecía liberal, fueron apareciendo en el concierto internacional
numerosas voces críticas acerca de los valores que guían las prácticas
económicas actuales. Es así que a lo largo y ancho de todo el mundo empiezan a activarse
movimientos que reclaman una postura crítica frente al modelo hegemónico, o
para decirlo parafraseando al Foro Social Mundial, se trata de mostrar que
“otro mundo es posible”, que “otra economía es posible”, pero que además se
hace carne por medio de diversas experiencias concretas.
La economía de la solidaridad o socioeconomía
de la solidaridad, en ese sentido, debe ser vista como un movimiento de ideas y
de prácticas alternativas a las hegemónicas, y por lo tanto formando parte de
una historia riquísima de ideas y de prácticas que se han negado y se niegan a
pensar que no es posible un mundo más justo, más humano, de todos los hombres y de todo el hombre, como gustaba decir Lebret
y como popularizó Pablo VI en su notable Populorum
Progressio.
La economía de la
solidaridad.
No es sencillo definir a la economía de la
solidaridad. Se trata de uno de esos términos que han adquirido mucha
notoriedad en los últimos años, y que por lo tanto convoca a una pluralidad
importante de reflexiones y teorizaciones, muchas veces no coincidentes del
todo. Aún así, en términos generales podemos señalar que bajo esta denominación
se pretende hacer referencia a aquellas experiencias y comportamientos
económicos que tanto por sus lógicas, racionalidades, e instrumentos concretos
de gestión, se distinguen tanto de la economía privada capitalista, como de la
economía estatal. Nótese cómo entonces la economía de la solidaridad se
emparienta a otro concepto también de mucha notoriedad en los últimos años: el
tercer sector. Justamente desde esta óptica, se entiende que las prácticas de
la economía solidaria conforman un verdadero tercer sector de la economía, que
coexiste junto a los otros dos sectores, cada cual con sus particularidades,
conformando lo que David Ricardo y luego Gramsci llamaron el “mercado
determinado”, esto es, la situación histórica concreta en la que operan las
diferentes lógicas en materia económica.
Desde este punto de vista, la economía de la
solidaridad se entronca con otro concepto muy divulgado primero en Europa, y
luego también en nuestros países latinoamericanos: la economía social. Es así
que los europeos, vienen analizando y teorizando desde hace ya largo tiempo,
acerca de cuáles son los componentes de este sector. Aunque la discusión lejos
está de haber acabado, parece haber cierta coincidencia en señalar que los
debates de los años noventa son concluyentes acerca de su definición. La
comisión científica del CIRIEC – España, por ejemplo define a la economía
social como el “conjunto de empresas privadas que actúan en el mercado con la
finalidad de producir bienes y servicios, asegurar o financiar, y en las que la
distribución del beneficio y la toma de decisiones no están ligadas
directamente con el capital aportado por cada socio, correspondiendo un voto a
cada uno de ellos. La economía social también incluye a aquellos agentes
económicos privados cuya función principal es producir servicios no destinados
a la venta para determinados grupos de hogares y cuya financiación se efectúa
por contribuciones voluntarias efectuadas por las familias como consumidores”[3]. Esta definición incluye básicamente los
mismos componentes que la dada por el Consejo Valón de Economía Social (CWES –
Bélgica) en 1990: “la economía social se compone de actividades económicas
ejercidas por sociedades, principalmente cooperativas, mutualidades y
asociaciones cuya ética se traduce en los principios siguientes:
1.
Finalidad
de servicio a los miembros o a la colectividad antes que al beneficio.
2.
Autonomía
en la gestión.
3.
Procesos
de decisión democrática.
4.
Primacía
de las personas y de trabajo sobre el capital en el reparto de los beneficios”[4].
En América Latina, por su parte, las
corrientes impulsoras del cooperativismo y de las mutuales adoptan no solo las mismas práctica europeas (las
primeras cooperativas y mutuales son fundadas por las corrientes migratorias)
sino que además, adoptan la misma terminología del viejo continente. Sin
embargo, algo comienza a cambiar en los años ochenta. Por una parte, el
movimiento cooperativo comienza a dar signos de estancamiento no solo en lo
estrictamente productivo, sino además en el mensaje alternativo que siempre le
caracterizó en materia socioeconómica. A la crisis de cierto cooperativismo
tradicional, además, debemos sumarle la emergencia de nuevos movimientos y
experiencias sociales surgidos desde los sectores populares, donde se comienza
a percibir una centralidad insoslayable tanto de cierto discurso contra
hegemónico en materia socioeconómica, como de instrumentos concretos de cooperación,
ayuda mutua y reciprocidad. Luis Razeto junto a su equipo de trabajo del PET de
Chile denomina a este fenómeno “organizaciones económicas populares” (OEPs.), y
son el antecedente de lo que luego el mismo denominaría experiencias de
“economía de la solidaridad”. Veamos cuáles eran entonces sus características:
·
Las
OEPs. son iniciativas surgidas en ambientes populares, tanto del medio urbano
como del medio rural.
·
Son
experiencias asociativas, muchas veces de carácter familiar, otras veces de carácter
vecinal o funcional.
·
Como
organizaciones, se proponen alcanzar ciertos objetivos precisos, a partir de
los cuáles crean sus propias estrategias.
·
Son
iniciativas que surgen para enfrentar un conjunto de carencias. Lo distintivo
es que por lo general satisfacen no solo necesidades individuales, sino también
sociales.
·
Enfrentan
las carencias con sus propios recursos. Se trata de organizaciones que
movilizan las energías de la propia sociedad civil. Aún así, se trata de
experiencias muchas veces apoyadas por terceras instituciones.
·
Son
iniciativas que implican relaciones y valores solidarios (esto daría pie al
concepto de economía de la solidaridad).
·
Son
iniciativas que se proponen ser participativas, democráticas, autogestionarias
y autónomas.
·
Por
lo general no se limitan a realizar una sola tarea, sino que propender a dar
respuestas integrales.
·
Finalmente,
son experiencias que desarrollan un discurso y una práctica alternativa
respecto del sistema dominante[5].
Tenemos entonces que el concepto de Organizaciones Económicas Populares,
sirvió para catapultar luego el concepto de Economía de la Solidaridad. No puede llamar la atención en ese
sentido, que mucha literatura de la época, e incluso de los últimos años,
manejara el concepto de “economía
popular solidaria”.
Llegado a este punto conviene precisar
algunos asuntos, que si bien en principio pueden resultar en una mayor
complejidad del panorama, seguramente contribuirán finalmente a un mejor
recorte de los comportamientos económicos que nos interesa rescatar.
La primera precisión es que no toda economía popular puede ser
considerada economía de la solidaridad: numerosas experiencias de
sobrevivencia entre los sectores populares, lejos de practicar valores
solidarios se basan en mecanismos y racionalidades ajenas a las que se
promueven desde nuestro paradigma, nos referimos a distintas salidas de corte
individualistas, delictivas o inmorales. Esta primer precisión nos servirá para
rechazar cierta literatura ideológica que encuentra loable y positivo todo lo
que proviene de las capas populares. Desde nuestro punto de vista, la economía
popular se canaliza en buena parte en economías solidarias, pero en otra parte
en salidas no solidarias. Allí asoma como primer desafío conducir las salidas
individualistas a salidas de corte comunitario entre esos sectores[6].
Una segunda precisión, es que no todas las experiencias de economías
solidarias surgen y se desarrollan en ambientes populares: buena parte de
las experiencias se originan en otros contextos socioeconómicos, menos
apremiados por las necesidades materiales, y por lo tanto muchas veces con un
mayor margen para apostar por ciertos cambios de valores en la puesta en
práctica de numerosas experiencias económicas.
Una tercera precisión es de carácter más académico:
la existencia de un rico entramado social de corte solidario entre las capas
populares y culturas autóctonas de América Latina, no es algo de reciente
descubrimiento, sino que ha sido objeto de estudio desde hace un buen tiempo
por parte de las ciencias sociales. Numerosas investigaciones vienen a
confirmar la presencia de relaciones de reciprocidad y solidaridad que se
expresan en términos e “instituciones sociales” también muy autóctonas y
arraigadas en la cultura de nuestros pueblos, como es el caso de las relaciones
de compadrazgo, el “padrinazgo”, o las llamadas “gauchadas” en el ambiente
cultural rioplatense.
En cuarto lugar digamos que si bien el
concepto de economía de la solidaridad es reciente, y de cuño latinoamericano,
la idea misma hunde raíces en los
orígenes de la especie humana. Lejos del principio del homo oeconomicus[7],
según el cuál seríamos por naturaleza egoístas e individualistas, lo que
muestra la historia (y prehistoria) de la humanidad, es que sin solidaridad no
hubiera sido posible sobrevivir como especie. Estudios clásicos de la
antropología económica subrayan en ese sentido, que los valores solidarios,
encarnados por ejemplo en la reciprocidad, la redistribución, el don o incluso
mecanismos de economía doméstica, fueron básicos para entender la forma en que
hacíamos economía, hasta que con la modernidad, comienzan a primar otros
valores (o antivalores) como el afán de lucro, el individualismo, la
concentración de riquezas, etc.
En nuestro continente americano, un buen ejemplo
de economía solidaria en contexto de emergencia del mercantilismo, lo tenemos
con la llamada República de los
Guaraníes o Misiones Jesuíticas de la región del Guaira. Allí, y por siglo
y medio, nació y se desarrolló un sistema socioeconómico basado en la
reciprocidad y en el trabajo comunitario. Recordemos que para los guaraníes, Tupambaé, es la “Tierra de Dios”, y en
tanto de todos, debía tener prevalencia frente a las tierras particulares. En
el mismo contexto histórico surge el concepto de la Minga (o trabajo comunitario), lo que asociado a los particulares
valores de las comunidades nativas en lo referente a los procesos económicos,
van forjando una particular cultura que luego entronca con las visiones
comunitarias europeas del Siglo XIX que pueden entenderse como precursoras del
cooperativismo. En efecto, autores y activistas como Plocboy, Owen, Fourier,
King, Buchez, Blanc, Kropotkin, etc., deben ser entendidos como verdaderos
precedentes del cooperativismo que formalmente nace con los Pioneros de
Rochdale en 1844.
La economía de la
solidaridad, por lo tanto, reúne a las diversas experiencias de hacer economía
en todas sus etapas (producción, distribución, consumo y ahorro) que se
caracterizan por vertebrarse en torno a la solidaridad como valor supremo. La solidaridad (del latin solidum) a su vez debe entenderse en un
doble sentido: en primer lugar como todo aquello que hacemos en conjunto con
otros, dando lugar a la asociatividad; y en segundo lugar, como todo
comportamiento que tenga en cuenta el bienestar de un tercero. Desde este punto
de vista, son emprendimientos solidarios tanto aquellos de carácter asociativo
(una cooperativa, una asociación de productores, una comunidad de trabajo),
como aquellos que se organizan no para beneficio propio, sino orientados por el
bien común o el bien de algún sector desfavorecido de la sociedad (una Tienda
de Comercio Justo, un Banco ético, etc.).
Nótese como la economía de la solidaridad es
mucho más que la reunión de determinadas experiencias. Pretende ser en tal
sentido, una corriente crítica de la forma y los valores que imperan hoy en
nuestros mercados. Allí donde se exacerba el individualismo, la economía
solidaria promueve el comunitarismo; allí donde se exacerba la competencia, la
economía solidaria promueve la cooperación; allí donde se exacerba el lucro, la
economía solidaria promueve un justo beneficio; allí donde se exacerba el
materialismo, la economía solidaria promueve la satisfacción de todas las
necesidades humanas; allí donde se exacerba el consumismo, la economía
solidaria promueve el consumo responsable; allí donde se exacerba el libre
comercio, la economía solidaria promueve el comercio justo; en fin, cuando solo
se habla de crecimiento económico, la economía solidaria prefiere hablar de
desarrollo a escala humana.
Podemos decir que hay dos fuentes en los
orígenes de las experiencias de economía solidaria en todo el mundo. Por un
lado, básicamente en los países más ricos, las iniciativas surgen en un
contexto de crisis de un modelo de desarrollo que pretende vincular el
crecimiento económico con la felicidad de la gente. Craso error si tenemos en
cuenta que algunas de las ciudades más ricas del mundo, son ciudades críticas
desde el punto de vista de la seguridad, del cuidado del medio ambiente, de los
lazos comunitarios y de la vida familiar. Es así que en los últimos años han
surgido muchas iniciativas guiadas por valores alternativos, que pretenden
superar este concepto de desarrollo, poniendo el acento en fórmulas económicas
más amigables con la comunidad y con el medioambiente. Muchos europeos hablan
en ese sentido de “la otra economía”, donde incluyen básicamente el comercio
justo y solidario, la finanza ética, la agricultura biológica, el consumo
crítico, el turismo responsable, experiencias de reciclaje de materiales, con
energía renovable, intercambios no monetarios, sistemas de software libre, etc[8].
Por otra parte, en América Latina, los
orígenes de las prácticas de economía solidaria son distintos. Nacen, como
vimos, básicamente en ambientes populares, y en los hechos muchas veces se
originan no tanto como una alternativa guiada por el deseo de cambiar la forma
de hacer economía de nuestras sociedades, sino fundamentalmente como una
estrategia de sobrevivencia: o nos
juntamos y cooperamos, o estamos liquidados!, parecería ser la disyuntiva
en muchos casos. Es así que la mayoría de las cooperativas de producción nacen
como fruto de la crisis de una empresa, ahí está el caso de las empresas
recuperadas en los últimos años, o de numerosas prácticas asociativas. Esto no
quiere decir que los valores alternativos no estén presentes. De hecho, existen
en nuestros países, numerosas experiencias notables donde la asociatividad
comienza siendo un mero recurso de sobrevivencia, pero donde la propia dinámica
socioeconómica termina por situar determinados valores, no solo como medios
sino también como fines en sí mismos.
En todos los casos, la clave del éxito de
estos emprendimientos parecería estar en la escala humana, en el
fortalecimiento del factor C, y en la toma de conciencia de que se está
produciendo, consumiendo, distribuyendo o ahorrando, con criterios,
instrumentos y racionalidades distintas a las predominantes, y por lo tanto se
está conformando un sector de la economía distinto tanto al capitalista como al
estatal, (aunque obviamente con relaciones más o menos fluidas e imbricadas con
ambos), de tal manera que se hace indispensable construir, al interior del
sector solidario, mecanismos de coordinación y conformación de circuitos
económicos.
En América Latina estamos viviendo un momento
histórico clave donde se están ensayando diversos mecanismos de integración
social mediante políticas públicas específicas de distinto tipo. En esa materia
estamos convencidos que no hay mejor mecanismo de integración social que aquel
realizado mediante el trabajo, descartando por lo tanto el mecanismo de los
ingresos monetarios sin contraprestación. En ese sentido creemos que las
salidas laborales de carácter asociativo deberían tener un mayor peso en
nuestras políticas públicas. El desafío aquí consiste sin embargo, en reconocer
que las pautas culturales muchas veces juegan en contra de los proyectos
comunitarios, de donde se deduce la importancia de invertir en educación
específica en valores aplicados a la actividad económica, así como en la
conformación de grupos humanos solidarios.
Dicho de otra manera: la economía de la
solidaridad pretende superar la matriz formalista que predominó durante tanto
tiempo. El hecho de estar frente a una cooperativa, por ejemplo, poco me dice
acerca de los valores que allí se practican (en Uruguay se ha hecho popular el
mote de “cooperativa trucha” para hacer referencia a este concepto). Lo
importante, más allá de la forma jurídica que se elija, es que estemos en
presencia de emprendimientos que pretendan poner en práctica una serie de
valores concretos y que persigan como meta la construcción de una economía más
justa y democrática, a sabiendas que ésta es imposible sin aquella, o al decir
de Razeto: “No puede tenerse una alternativa de cambio para la sociedad en su
conjunto si no encontramos alternativas para lo pequeño, para las unidades
económicas, las organizaciones políticas, las instituciones culturales, los
modelos técnicos, etc. que la integran”[9].
[1] Publicado en Revista Umbrales No. 168, Montevideo, mayo de 2006.
[1] Sociólogo. Profesor en la Universidad República y Universidad
Católica del Uruguay. Autor de 15 libros y numerosos trabajos publicados en
diversos países de América y Europa. Coordinador de la Asociación
Iberoamericana de Comunitarismo. E-mail: profguerra@yahoo.com.ar
[1] Cfr. Barea, J.: “Concepto y agentes de la economía social”, Revista
Ciriec – España, No.8, 1990.
[1] Cfr. Ciriec: Economía Social
y empleo en Europa, Madrid, Ciriec España, 2000.
[1] Cfr. Razeto, L. Et al: Las
organizaciones económicas populares 1973 – 1990”, Santiago, Pet, tercera
edición ampliada, 1990.
[1] Otros desafíos que surgen en materia de economía popular pueden
verse en Guerra, P. (coord): Haciendo la
calle, Montevideo, Nordan, 2000.
[1] Bien llamado por Hinkelammert “sujeto billetera”. Cfr. Hinkelamert,
F.: El grito del sujeto, Costa Rica.
Dei, 1998.
[1] Cfr. “Cosa è l´altra economia”, Comune di Roma, agosto de 2004.
[1] Cfr. Razeto, L.: Las Empresas
Alternativas, Montevideo, Nordan, 2002, p. 17.
[1] Publicado en Revista Umbrales No. 168, Montevideo, mayo de 2006.
[2] Sociólogo. Profesor en la Universidad República y Universidad Católica del Uruguay. Autor de 15 libros y numerosos trabajos publicados en diversos países de América y Europa. Coordinador de la Asociación Iberoamericana de Comunitarismo. E-mail: profguerra@yahoo.com.ar
[3] Cfr. Barea, J.: “Concepto y agentes de la economía social”, Revista Ciriec – España, No.8, 1990.
[4] Cfr. Ciriec: Economía Social y empleo en Europa, Madrid, Ciriec España, 2000.
[5] Cfr. Razeto, L. Et al: Las organizaciones económicas populares 1973 – 1990”, Santiago, Pet, tercera edición ampliada, 1990.
[6] Otros desafíos que surgen en materia de economía popular pueden verse en Guerra, P. (coord): Haciendo la calle, Montevideo, Nordan, 2000.
[7] Bien llamado por Hinkelammert “sujeto billetera”. Cfr. Hinkelamert, F.: El grito del sujeto, Costa Rica. Dei, 1998.
[8] Cfr. “Cosa è l´altra economia”, Comune di Roma, agosto de 2004.
[9] Cfr. Razeto, L.: Las Empresas Alternativas, Montevideo, Nordan, 2002, p. 17.